LOS FICTIMÍNIMOS DE ARREOLA
Los habitantes de Ficticia somos realistas. Aceptamos
en principio que la liebre es un gato: Homero Santos
(JJA, Palindroma, 69 p.)
Juan Belmonte, el llamado fundador de la tauromaquia moderna, dijo: “Se torea como se es”. Tal frase, que ya tiene un siglo de ser citada, sirve de punto de partida para casi cualquier semblanza en la que se pretenda reflexionar sobre la vida y obra —o un aspecto de la obra— de tal o cual personaje, sea torero, médico, abogado, literato o buscador de tesoros.
¿Cómo era, pues, Juan José Arreola?, de quien estamos conmemorando sus cien años de nacido.
Yo, que salí del vientre de la ballena medio siglo después que Arreola, lo vi muchas veces por televisión, pero sólo una vez en persona, hará unos treinta años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la que dio una charla en petit comité —pese a su enorme popularidad— porque era época de exámenes extraordinarios y la mayoría de los compañeros estaban de vacaciones.
Ahí llegó tal como arribaba a cualquier set de televisión: un hombre con sombrero de copa y capa negra, más parecido a un mago que a un escritor, aunque los escritores como Arreola sean ilusionistas de la palabra, hombres capaces de encontrar el milagro de la existencia en cualquier cosa.
Arreola era, pues, un hombre de una cultura barroca que la expresaba con la sencillez y naturalidad de la proporción clásica, ésa que algunos llaman áurea y que posee la virtud implícita de Midas, de transformar las imágenes, ideas, anécdotas, personajes e, incluso, chismes, en oros codiciados. Arreola era, sí, un narrador que hablaba como poeta, y un poeta que escribía como narrador.
Así se descubre al Arreola gambusino, creador de fictimínimos en su obra en general y en los libros Punto de plata (1959) y Palindroma —sí, palindroma, sin acento en la i y con terminación femenina, que es como la nivola de Unamuno) (1971) en particular, en la que el prosista de Zapotlán el Grande legitima al más nuevo de los géneros literarios, ése que se práctica como tal en México desde principios del siglo XX en páginas de Díaz Dufóo hijo, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Alfonso Reyes, Julio Torri y Salvador Novo.
Para la segunda mitad del siglo aparecen cuatro libros fundamentales para comprender lo que Edmundo Valadés llamaba, primero, “minificción” —pequeñas citas textuales, entendibles por sí mismas, que se sacan de un texto mayor—, que fue la pauta de origen de lo que después nombró “cuento brevísimo” (pequeños cuentos escritos ex professo como tales), que definía formalmente como “un texto que no exceda el tamaño de una cuartilla por una sola cara y a doble espacio de la máquina de escribir”, cuyo mayor cultor de los mencionados fue justo Arreola, tanto en papel como de manera oral, y esto es importante porque así como hablaba —y hablaba mucho—, escribía —y escribía poco.
Punta de plata —el germen de lo que a partir de 1963 se llamaría Bestiario— se publicó 10 años antes que La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso, y Palindroma, cinco años antes que El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés —quien en la revista El cuento, promueve, desde 1968 hasta 1994, y de manera póstuma hasta 1999, el nuevo género literario que ahora también se le conoce como minicuento, microcuento, cuento jíbaro, bonsái, cuántico, liliputiense, fictimínimo, etcétera.
Pero ¿cómo se puede hablar de un nuevo género cuando los mismos autores titulan a sus libros como Bestiario y “fábulas”, dos géneros tan viejos como los orígenes de la literatura?
¿Qué es un bestiario?
Según el Breve diccionario de términos literarios, de Demetrio Estébanez Calderón, es el “Nombre con el que se designa ciertas obras medievales, aparecidas en Francia e Italia, en las que se presenta una amplia nómina de animales reales o imaginarios a los que confiere una significación alegórica o se les convierte en símbolos de una determinada virtud: el dragón y el cocodrilo son los símbolos del mal, el ave fénix de la inmortalidad o de la resurrección, etc. La fuente de estos bestiarios es un texto griego del siglo II d. C., hoy perdido, al que se le conoce con el título de Pshysiologus, que, a su vez tendría influencia de la Biblia (bestiario del Apocalipsis) y de otros libros orientales relativos a seres y monstruos imaginarios”.
El Bestiario de Arreola, sin embargo, es tan novedoso y único como novedosa y única sigue siendo la ironía de Sócrates, esa que dice “sólo sé que no sé nada” y, por lo tanto, no era susceptible a dejar una obra escrita, ya que quienes se acercaban al filósofo ateniense debían descubrir la verdad en el propio pensamiento mediante el método mayéutico —preguntas de Sócrates y respuestas de los educandos—, y si hoy se conoce tal técnica y otras posturas socráticas es gracias a su discípulo Platón, Aristóteles —discípulo de Platón—, Antístenes, Arístipo, entre otros.
En este sentido cuenta la leyenda que el Punta de plata de Arreola no fue escrito por él, sino por su discípulo o amanuense José Emilio Pacheco, siguiendo el método —se puede especular— mayéutico, pues el de Zapotlán el Grande era tan buen hablador como jugador de pingpong, razón por la que el mismo Octavio Paz escribiera que se trataba de un libro perfecto, según dicen varios oráculos de internet que, por supuesto, no citan la fuente.
O bien ese pingpong mayéutico o arreolino —es ésta otra especulación— también pudo haber sido con el pintor Héctor Xavier, quien ilustró Punta de plata y cuya técnica le dio nombre al libro, publicado por la UNAM. Sea lo que sea, tal bestiario es el antecedente directo de las fábulas monterrosinas, obras que, según ambos autores, Arreola y Monterroso, mucho le deben al aire, rugidos, aullidos, relinchos y demás onomatopeyas del zoológico de Chapultepec.
Pero ¿qué es una fábula?
Es un relato de animales que poseen características humanas o al revés y que, por lo común, siembran en el lector una moraleja tipo, lo que hoy se llamaría, superación personal. Sin embargo, tanto la cosecha arreolina como la de Monterroso no se caracterizan por su consejo moralizador, sino por su finísima ironía que, como se sabe, se trata de una figura retórica que sugiere lo contrario a lo que se escribe, detonando casi siempre una sonrisa discreta y, las más de las veces, inteligente, entre quien la comprende y quien la expresa, puente cómplice entre dos creadores: el autor y el lector.
Ahora bien, si las fábulas monterrosinas ponen énfasis en la anécdota y en el final sorpresivo, Arreola gusta más de jugar con las imágenes, en una suerte de greguerías —término inventado por Ramón Gómez de la Serna que las definía como la suma de una metáfora más humor— seguida una tras otra, que sitúa a las bestias arreolinas en un campo más poético y lúdico que prosístico.
Así, de ironía en ironía, de partida de ping pong en partida, como si la literatura fuera la pelotita del juego, o el caballo en el tablero de ajedrez —otra de las pasiones de Arreola—, el de hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, publica su libro Palindroma que, entre palíndromos —esas lecturas que lo mismo dicen al derecho y al revés—, fragmentos de diarios ficticios, cuentos, doxografías como el epígrafe que abrió la presente charla y una obra de teatro, se encuentran los denominados fictimínimos, en los que don Juan José, o bien se adelanta a su tiempo, o bien se intuye como el tronco de una de las ramas de un futuro ahuehuete bonsái.
La teoría palindromática de los fictimínimos arreolinos se sustenta no en la monotonía de lecturas banales como el palíndromo, léanse como se lean, de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, sino, más bien, se parece a aquellos discos de vinilo que, escuchados de manera normal, sonaban a rock pesado, pero, girados al revés, emitían, según la leyenda, frases e incluso himnos satánicos, con lo cual no se quiere decir que la literatura mínima de Palindroma sean versos satánicos, no, claro que no, son, eso sí, problemáticas que en un instante crean una tensión dramática que el destino lo resuelve como lo haría Esquilo, Sófocles o Eurípides, es decir, con la patente de quien conoce el sentido trágico de la vida, una vida paradójicamente sin sentido y que sólo es posible vivirla de manera religiosa —Arreola era creyente del Dios único occidental— o literaria, que es la parte pagana de un escritor erudito que, al final sabe que el humor es la única salida en un mundo cada vez más inhóspito, iletrado y poco dichoso.

Marcial Fernández

Narrador, antólogo y editor. Estudió Filosofía en la unam. Sus cuentos aparecen en más de una veintena de antologías y compilaciones de México, España y Canadá. Ha colaborado en diversos periódicos y revistas nacionales y extranjeras; es el creador de la ciudad virtual www.ficticia.com y Ficticia Editorial. Fue becario del fonca en el programa de apoyo a Jóvenes Creadores en tres ocasiones: Cuento (1994-1995/1999-2000) y Novela (1996-1997).

Marcial