Nació en Santiago de Chile en 1972. Narradora. Desde el año 2007 participa de talleres literarios. Sus trabajos han sido publicados en diferentes antologías. Autora del libro A pesar del miedo, Editorial Mosquito, 2009.
Sin prisas. Recauación. Textos para disfrutar. tomado de «O dispara usted o disparo yo» selección de Lilian Elphick.
Sin pistas Meses enterrada en papeles e informes inútiles que le gritaban la misma conclusión: ni una sola prueba; ni la más mínima pista. La PDI había puesto a su disposición el mejor equipo humano y 2 técnico para resolver estos crímenes. Pese al minucioso y exhaustivo trabajo, seguían sumando cuerpos. Estaban igual que al principio. No dejaba de sentir cierta simpatía por el homicida. La elección de sus víctimas no podía ser al azar, cada uno de ellos merecía, al menos, la silla eléctrica: pedófilos, violadores, torturadores; todos criminales de la peor calaña. Se encontraba frente a un solitario justiciero, pero la ley era clara y no podía hacer ninguna excepción aunque quisiera: encontrar al culpable, quien debía pagar sí o sí. En sus manos estaban todas las autopsias e informes de criminología. No se cansaba de revisarlos una y otra vez, pero no encontraba ninguna evidencia que los guiara a su autor. El asesino era excepcionalmente inteligente. El murmullo suave de una carcajada contenida interrumpió sus pensamientos. Su inquilino interior se reía sabiendo que no podrían atraparlo jamás.
Recaudación Sentada en la endeble silla en el pórtico de su casa, pausadamente masticaba coca para el dolor. Su mirada vacía oscilaba entre el suelo y el horizonte velado. Las facciones reflejaban el espíritu inquebrantable de su dueña. Sabía que ya le quedaba poco tiempo, que él vendría a llevársela en cualquier momento, pero no le importaba nada. Los causantes de cada una de las grietas que cubrían su rostro, habían pagado un elevado precio por ello y ella había quedado conforme. Por eso, ahora él vendría a cobrarse la deuda pactada.
Tomado del Microdecamerón- Paola Tena organizadora
No entiendo por qué no ovacionan ustedes con más entusiasmo. A veces, querido público, me indigna su indiferencia, esa manera tan intrascendente de presenciar nuestro espectáculo, como si estuviesen hojeando con desgana el suplemento de un periódico dominical en busca del sudoku. Sinceramente, he visto estatuas aplaudir de manera más efusiva. ¿Acaso no les gusta el número de nuestro funambulista? ¿Les incomoda que no se caiga? ¿Echan de menos algo de tragedia en su número? Sí, es eso: les molesta su perfección, pensar que todo sale según lo previsto. Pues pasen ustedes por taquilla todas las tardes y quizá algún día de estos puedan contemplar cómo, en ocasiones, tiene un traspié. Y ese día, el día que nuestro funambulista pierda el paso y se precipiteal vacío, descubrirán ustedes su verdadero truco: comprobarán, en fin, que en realidad solo sabe volar.
José Manuel Dorrego Saenz Comencé a escribir muy joven, cuando en la televisión solo había un canal con películas malísimas donde siempre ganaban los buenos, así que era la manera de inventarme mis propias historias. Luego, en 2002 me encontré en Internet con Ficticia, página decana del cuento en la red, y donde el microrrelato tiene un hueco esencial. Desde entonces escribo y colaboro en esa página, igual que otros están apuntados a un club de críquet. Tengo relatos publicados en la antología “Latidos”, “101 fictimínimos” o “La lectora impaciente”, y he sido ganador o finalista de concursos como “Relatos de verano” (ABC) “Los microrrelatos de El País” (El País) “Relatos” (ABC), “Concurso de relatos de RENFE”, “Cuentos en la Onda” (Onda Madrid), “El museo de la palabra”, “Augusto Monterroso”, “Maratón de microrrelatos Navacerrada 2015” o “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser, donde he sido 8 veces finalista, y estaré presente en la final anual de 2015. En mayo, presenté y publiqué mi primer libro en solitario de microrrelatos, “El contrabajista del Titanic”, cuya segunda edición se espera para el mes de junio.
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza. Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas viene apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella. El hombre sonríe confiado. Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto. Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras. – Mañana a las diez, recuerden el examen de química. La que había levantado el brazo, incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado. – Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe. La plaza entera vibra con el estampido. Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.
Pía Barros Bravo nació en Melipilla, Chile, en 1956. Ha destacado en el cuento, aunque también ha escrito algunas novelas. Además, ha publicado una treintena de libros-objeto con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos chilenos, lo que le ha valido la obtención del Fondart (Fondo Nacional de las Artes) en dos oportunidades. Obtuvo también la Beca de la Fundación Andes, con la que escribió la primera novela de difusión digital en Chile, Lo que ya nos encontró, y la Beca del Escritor, del Consejo Nacional del libro y la lectura.
Dirige los talleres literarios Ergo Sum desde 1976; también es directora de Ediciones Asterión. Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías.
Ayer pinté mis uñas temprano para no atrasarme, lavé los pies y les puse crema. Pero igual me cuesta ponerme los tacos. Se resisten. Doblegué el izquierdo y el derecho quedó suelto. Me veo al espejo. Mierda. Barba de un día. Aplico el after shave de mi viejo. Old Spice olor a Leña. Sonrío. El pachulí lo disimula. Salgo. Estoy a tres cuadras. Mientras camino, me arreglo las tetas. Me muevo despacio. Siento venir un auto a mi espalda. Cambio de luces. Se detiene a mi lado. Baja la ventanilla. Yo me inclino coqueta. Nunca digo nada, solo lo miro. Mi voz sigue siendo grave y eso los espanta. Se engrupen con lo que ven. Sube, me dice. Me siento. Me arreglo el pelo y paso la mano por mi cuello. Y justo ahí siento el olor a leña de mi viejo. Mierda. Busco disimuladamente el pachuli en mi cartera. No está. Lo veo en el baño de casa al lado del lavamanos. Semáforo en rojo. Me mira. Estira su mano a mis piernas y se acerca a besarme el cuello. Me huele. No puedo evitarlo. Él se aleja rápido y frunce el ceño. Qué te pasa, conchetumadre, ¡huevón maricón! ¡Me querías cagar! Semáforo en verde. El auto no se mueve. Siento cómo me golpea. Cierro los ojos y escucho un estruendo y el olor a leña ahora es pólvora. Se abre la puerta y me empuja a la calle. Intento moverme y el taco derecho se quiebra. Me caigo. No tengo fuerzas para abrir los ojos. La sangre. Llega a mis tobillos. A mis tacos. Ellos sabían que no debía salir hoy.
Una lágrima Murió convencido que el silencio era su mayor acto de resistencia, que su inmovilidad era la respuesta más directa a los movimientos de aquel hombre apretando el gatillo. En el mismo segundo en que el arma expulsaba rabiosa la bala de su cañón, una lágrima comenzaba el derrotero a través de su mejilla hasta llegar a sus labios secos. La humedad de la muerte y de su llanto se anidaron simultáneas en su boca.
Alex Daniel Barril Saldivia. Es Periodista y Magíster en Antropología y Desarrollo. En 2006, publicó su novela La Memoria del Caracol, bajo el sello de MAGO Editores. Algunos de sus cuentos han sido publicados en antologías sobre la narrativa chilena actual, producidas por la misma casa editorial. Ha participado en los talleres literarios de las escritoras Lilian Elphick, Diamela Eltit y Ana María Del Río.
En la casa, hay un silencio diferente. Los enfermos han dejado de quejarse y su lamento es un zumbido de abejas. La nieve ha dado paso a un frío agradable. Algunos brotes se abren paso en la tierra yerma. Los que permanecieron sanos tienen un ánimo diferente: se sienten inmunes y eso les otorga una acidez particular a lo que escriben. Hay humo en algunas partes de la casa que comparten. Dos hombres fuman sin piedad y sin respeto hacia los demás. Inundan todo con su olor. La mujer de los ojos celestes los increpa sin piedad y los incita a salir al bosque: –Son cobardes para ir afuera, pero no para contaminar la casa –les dice y ellos no saben qué hacer y apagan sus cigarrillos. El silencio parece devorarlo todo alrededor.
Tomado de la antologia de «Dispara usted o disparo yo» Luego de una llamada telefónica, el Inspector Pastrana se dirigió junto a un par de subalternos al sitio del suceso, a exceso de velocidad y con la baliza sonando constantemente, se detuvo con el vehículo policial en marcha, y descendieron corriendo hasta un costado de la rivera. Encontraron a un viejo vagabundo con una lata de cerveza en la mano, a una mujer en ropa interior y con serios síntomas de encontrarse bajo el efecto de las drogas, y a un oficial en retiro del ejército con su gorra de servicio, parecía estar un tanto enajenado. —¿Dónde está el cadáver? —preguntó Pastrana. —Se lo llevó el río —contestó el oficial—, los otros policías rastrearon el lugar sin encontrar vestigio de un posible crimen. Pastrana observó a los testigos, y sin dudarlo, procedió a la detención inmediata de los tres. —Son antropófagos —afirmó—, y se comieron al muerto. Sus acompañantes enmudecieron ante la asertiva decisión del oficial de policía, mientras tanto, el narrador se detuvo en este segundo de la historia, fue a la cocina, abrió la olla y revolvió la sopa en la que cocinaba la vaca que había degollado durante la tarde en un suburbio de Nueva Delhi.
Gregorio Angelcos
es un escritor, periodista y profesorde literatura. Ha incursionado en los géneros de poesía, ensayo y narrativa, destacándose sus libros de microficción: Dios necesita un siquiatra; El Abuelo que comía mariposas; 69 puñaladas a la realidad; La muerte está en mi conciencia; Reptilia, y Angelcos selecto (300 microcuentos).
Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar. Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte. Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca. Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla. Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza. De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás. No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer. Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido. No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta. Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida. Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor. Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle. -, -Necesitamos una casa mejor- le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible. Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente. -¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?- preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata. Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera. Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta. -Es para que nadie sepa lo del tapiz -dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: -Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos! La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer. Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente. Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar. Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana. La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas. Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.
Marina Colasanti (Asmara, Eritrea –colonia italiana-, 1937). Artista plástica, traductora, periodista, ilustradora y escritora ítalo-brasileña, quien a lo largo de su carrera ha incursionado en la escritura de diversos géneros literarios como la poesía, el ensayo, la literatura infantil y juvenil y la narrativa, con numerosas publicaciones en portugués, algunas de las cuales han sido traducidas al español, como es el caso de Hablando de amor (cuentos, 1988), Una idea maravillosa (LIJ, 1991), La mano en la masa y otros cuentos (LIJ, 1995), La joven tejedora (LIJ, 2004) –libro al cual pertenece el cuento que aquí se publica- y El hombre que no paraba de crecer (LIJ, 2005), entre otras. Como reconocimiento a su obra literaria, ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuentos para Niños convocado por UNICEF y Funcec con su relato “La muerte y el rey” (1994); y obtuvo el Jabuti, premio que otorga la Cámara Brasileña del Libro, en tres ocasiones (1993, 1994 y 1997). También recibió el Premio Norma Fundalectura en el año 1996, por su texto Lejos como mi querer.
Tomado del Microdecamerón, organizada por Paola Tena
Apareció en silencio, como si flotara, sobre el suelo de piedrecillas del cementerio. Vestía un traje de chaqueta negro sobre una blusa blanca de la que apenas se veía la gorguera de puntilla que envolvía su cuello. Se situó al final del círculo que rodeaba la tumba de Don Ambrosio, el prócer de la aldea. Y comenzaron los cuchicheos mientras el párroco seguía con su interminable letanía de alabanzas. Y siguieron las conjeturas. Y las elucubraciones. La nariz, pétrea, que sobresale de un cutis delicado. Tiene la mujer un tono seductor en su porte que les hace recordar a aquella mucama que trajo él desde Cuba. Y ella, silente, etérea, abre el círculo y se acerca a la tumba. Se enjuga una lagrimilla díscola que rueda por su mejilla. Mira a su alrededor. Mantiene la mirada de quienes la observan. Traga saliva y la nuez de Adán sobresale por la gorguera. Lee el epitafio: “Aquí yace todo un hombre, temeroso de Dios” Pensó añadir algunas palabras más a ese epitafio sobre su hombría, pero prefirió reír. La gente, desconcertada, salió corriendo. Su carcajada profunda resuena por todo el cementerio.
Tomado de «O dispara usted o diasparo yo» Antología realizada por Lilian Elphick
Un auto abandonado en un sitio baldío siempre es sospechoso. Los niños juegan fútbol en esos lugares y es fácil que uno de ellos, curioso, se acerque al auto y después llame a los demás. Lo más seguro es que rodeen el auto, que intenten abrirlo y si no pueden, rompan un vidrio con una piedra. Posiblemente alguno finja que conduce y otro se entretenga en apretar botones y mover manijas. Es obvio que uno de esos movimientos será el preciso y la cajuela se abrirá con un sonido seco. Los niños que permanecen fueran del auto, rodeándolo y haciendo morisquetas frente a los vidrios, levantarán la cajuela empinando los pies, estirando las manos. Y es indudable que se encontrarán de frente y para siempre con la mujer muerta, bulto ensangrentado, su pelo pegajoso, el rostro destruido por la detonación, la cruz de oro colgando de su cuello. Correrán, gritando. Llegará la policía, examinará el auto, localizará el nombre del dueño en el sistema de tránsito, se dará cuenta que ha sido encargado por robo. En pocas horas estarán en la casa, verificarán relación con la víctima. Dirán que es necesario llevarlo a la brigada para interrogarlo. En el interrogatorio, derribarán una a una las coartadas esgrimidas hasta que sólo quede la verdad desnuda que lo llevará a una celda por 10 años y un día. «Mejor no», se dice, mirando desde la ventana su querido auto recién lavado. Y luego come el arroz pegajoso y la tortilla sosa que le ha servido la mujer de la cruz de oro en el cuello, como siempre, regañando
Tomado del Microdecamerón, compilación de Paola Tena
Son seres asombrosos y sensuales y propiciadores de deleite. Están dotados por la naturaleza –o tal vez por las diosas, no lo sé– de atributos felices. Porque los sirenos son lo opuesto de las sirenas: son viriles y hombres perfectos de la cintura hacia abajo y bellos peces del torso hacia arriba. Con lo cual podemos proceder libremente a nuestro antojo –sin instrucciones ni peticiones engorrosas– y obtener nuestro placer. Y, además de todos los deleites que brindan, dan besitos de pescado.
Hoy contamos con la maravillosa Dina Grijalva, nacida en Sonora. Conoció la minificción en los cursos de Lauro Zavala en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y so pretexto de su tesis de doctorado viajó a Buenos Aires el 2008 y durante esa estancia nació como minificcionista. Ha impartido e imparte talleres de minicuento y ha publicado dos libros de minificción: Goza la gula y Las dos caras de la luna. Dicta clases de Literatura en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Cuando la catoptrofílica entró en aquella cristalería del casco viejo y se vio multiplicada en las lunas que forraban las paredes, experimentó un orgasmo múltiple. El cristalero, que era un voyeur empedernido, se enamoró al instante de ella. Ahora le fabrica bellísimos espejos facetados, esféricos, cóncavos, convexos, caleidoscópicos. Ella goza al contemplar tan variadas versiones de sí misma y él, al mirarla.
Carmen de la Rosa, Santa Cruz de Tenerife.
Sus relatos y microrrelatos aparecen en Entre humo y cuentos”, “Todo vuela“, Acordeón”, las antologías: “Somos Solidarios”, “99 crímenes cotidianos”, “Primavera de microrrelatos indignados”, “Ellas”, “Eros y Afrodita en la minificción” “Perdone que no me calle”; la revista Fahrenheit XXI, los blogs: AntologíaMundial de Minificción, Químicamente Impuro, La cazadora de relatos, Máquina de coser palabras, Brevilla, Internacional microcuentista y Lectures d´ailleurs. Participó en el I y el II Simposio Canario de Minificción.
Lleva un perfumero con su sangre colgado del cuello, como si fuera un indefenso adorno. Juraron amarse eternamente y, con sangre, firmaron las actas de su matrimonio. Días y noches se amaron con todos los adjetivos posibles. Incluso inventaron nuevos adjetivos para su loca pasión. La eternidad caducó a los tres años, el perfumero fue a dar a la basura, pero el amor fue eterno.
Ildiko Nassr (Río Blanco, Jujuy, Argentina, 1976) ha publicado libros de poemas (Reunidos al azar, 1999; La niña y el mendigo, 2002; y en coautoría Ser poeta, 2007), de cuentos (Vida de perro, 1998) y de microrrelatos (Placeres cotidianos, 2007, e-book, 2011). Es licenciada en letras y coordina talleres de escritura creativa. Sus microrrelatos han sido incluidos en recopilaciones como la de Laura Pollastri, El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo (Menoscuarto, Barcelona, 2007); 1001 cuentos de una línea (Thule), Monoambientes. Microrrelatos del Noroeste Argentino, 4 voces de la microficción argentina (selección y prólogo de Raúl Brasca), El micorrelato en Tucumán y el Noroeste Argentino. Velas al Viento. Los microrrelatos de la nave de los locos. Selección y Prólogo de Fernando Valls. (Ed. Cuadernos del Vigía. Granada. España.), entre otras. Ildiko cuenta con la siguiente página: http://ildikotxt.blogspot.com/2019/03/el-placer-de-la-relectura.htmly también se la puede seguir por Facebook: Ildiko Nassr
Tomado de «O dispara usted o disparo yo» Lilian Elphick antologa
El bueno y el malo El policía malo te rompió la cabeza; te sacó cuatro dientes. La nariz te sangra; te partió los labios; casi te asfixia. No te queda un hueso sano. ¿ Te sirvo champán helado? ¿Un poco de caviar? Por qué no me dices la verdad, ¿eh? ¿Que la verdad es relativa? Correcto; eso es verdad. Después del cabroncito de Einstein, la verdad se fue a bolina. Pero míralo así: yo soy el policía bueno que quiere ayudarte. Si no me ayudas a mí, el malo puede encarnar al bueno, y el bueno volverse malo, con mucha relatividad. De esa forma, habrá un absoluto cabrón de menos, en este mundo tan relativo.
Habitual del delito No tiene caso sufrir, y, sin embargo, estoy penando. No tiene caso lamentarse, y me quejo silencioso. No tiene caso derramar lágrimas, y no las derramo. No tiene caso mascullar improperios, y me los callo. No tiene caso, señor inspector. Búsquese otro sospechoso. El cadáver que examina es el mío propio. Y le juro por lo más sagrado que no fui yo quien lo mató.
Saturnino Rodríguez Riverón. Narrador y poeta. Ha obtenido premios y menciones en diversos concursos nacionales e internacionales. Premio Calendario Narrativa con el cuaderno Manuscritos en papel de cigarro ( Ed. Abril, 2001); publicó Cuentos de papel ( Letras Cubanas, 2007) y Muchas veces mucho ( Letras Cubanas, 2013). Tiene en proceso editorial la recopilación: Tres toques mágicos. Antología de la minificción en Cuba.
Tomado de » O dispara usted o disparo yo» compiladora Lilian Elphick
Un encuentro No era un fantasma quien surgió entre la niebla, aunque en ese momento lo hubiera preferido. He tenido más respeto por los vivos que por los muertos y esa figura que tenía parada al frente, mirándome con un brillo de odio bajo el sombrero que hacía sombra en su rostro, apuntándome con el frío acero de su pistola, estaba aterradoramente viva. —Es bueno verte, después de tanto tiempo. ¡Reza tus últimas oraciones! ¡Mulligan te envía sus recuerdos! Su voz resonaba cavernosa. Siempre pensé que en esas circunstancias, una calle oscura y la clara amenaza de ganarme un balazo, era mejor disparar primero y preguntar después. Así lo hice. —¡Brown, Brown, mi buen amigo Brown! Siempre fuiste más rápido con las palabras que con las pistolas. ¡Feliz estadía en el infierno! –Soplé mi automática que aún despedía un hilo de humo gris con el dulce olor que toma la pólvora cuando da en el blanco. Diciendo esto, le quité el arma, el maletín y la billetera por si hubiera algo que me pudiera interesar y me fui al centro a buscar a Mulligan.
Aparición
De repente, una figura surgió en la esquina, un tanto desdibujada por la niebla. Pensé en un fantasma, pero al mirarla bien, era Ella, después de tantos años de creerla muerta. Estaba allí, borracha y temblorosa, amenazándome con el arma que alguna vez fue mía. Detrás, un fulano silencioso en la moto. —Hola, inspector. ¡Ha pasado tanto tiempo! Masticaba de manera irónica las palabras, no sé si por la ebriedad, la emoción o el odio represado. Tal vez eran los tres motivos. —Ardía en deseos de encontrarte en este callejón. He sabido que aquí escondes a tu perra y cobras comisiones para proteger a los gusanos de siempre. No has cambiado, sigues siendo el mismo despreciable corrupto y cobarde que conocí. —Debí haberme encargado personalmente del asunto. No estaría aquí, apuntándome —pensé mientras ella me disparaba en dos ocasiones sin lograr darme en el cuerpo, haciendo blanco en mi sobretodo. Yo estaba paralizado por el pánico y la sorpresa. No sé explicar por qué, pero esa noche andaba desarmado. Nunca reaccioné, estático durante toda la eternidad de ese instante. Ella abordó la moto y ambos huyeron. —¡Nos veremos! —gritó. El ronroneo de la moto diluyó los rugidos de la avenida que la devoró entre vehículos, sombras y neones. Quedé algo confundido. En ese momento ya no estaba tan seguro de que no había sido un fantasma quien surgió entre la niebla. Los dos agujeros de bala en el gabán me sembraron la duda.
Emilio Alberto Restrepo. Médico colombiano, conferencista, columnista de varios medios. Algunos de sus libros publicados son: Textos para pervertir a la juventud (poesía); Los círculos perpetuos (novela); El pabellón de la mandrágora (novela, 2005); La milonga del bandido (novela). Qué me queda de ti sino el olvido (novela, 2008);Crónica de un proceso (novela); Después de Isabel, el infierno y ¿Alguien ha visto el entierro de un chino? (dos novelas cortas); Un asunto miccional y otros casos de Joaquín Tornado, detective (cuentos); Joaquín Tornado, detective (novela); GAMBERROS S.A.(Cuentos). Blog.
“¿Por qué siguen luchando? ¿Acaso no han tenido ya suficiente atención? ¿No les basta ser el centro de cada noticia? Con toda esa ropa extravagante y obscena los mariquitas siempre obtienen lo que quieren. Ya no saben ni qué inventar; buscan cualquier pretexto para salir a las calles. ¡Ya ni siquiera se puede hacer chistes de ellos!”, dijo a su grupo de amigos blancos el heterosexual privilegiado de provincia, mientras entraban al Starbucks. En ese momento reviso mi Facebook: “Madre asesina a su hijo gay a puñaladas”, “Campesinos agreden física y verbalmente a activistas LGBT+ en Bellas Artes”, “Padre religioso mata de tres disparos a su hijo homosexual”, “Ahorcan a travesti en un cuarto”… Bloqueo mi celular. “Sí, a veces nos cansamos de salir en el noticiero”, susurro.
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José Zenteno Aguilar (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 2001). Actualmente estudia la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana y la licenciatura en Formación en Arte y Cultura. Ha publicado en las revistas Huraño, Áspera, La Pulcata, y en la selección literaria “Punto De Fuga” de editorial Espantapájaros.