Diego Muños Valenzuela y dos ficciones

Del libro «O dispara usted o disparo yo»

Antología de la minificción organizada por Lilian Elphick

Vengador sucesivo

Lo atravesó con una certera estocada y murió ipso facto. El
desdichado contendor se derrumbó y el espadachín lo abrió en cruz.
Por el tajo salió un hombre más pequeño que el anterior. De inmediato
se tornó belicoso y atacó al asesino de su predecesor. El diestro
esgrimista se apresuró a darle muerte y cuando -de acuerdo a su
inveterada costumbre- lo destripó, de su interior emergió un enano
furioso. Aunque menudo, el chico era de cuidado; con un salto se
precipitó al cuello del criminal, que aprovechó el momento para
demediarlo con un solo alfanjazo. Una vez más, de los restos mortales
surgió un vengador tan furioso como minúsculo.
Y así sucesivamente, hasta que el adversario alcanzó el tamaño
de un ínfimo mosquito. El espadachín no pudo asestarle ni un solo
golpe, y el ente microscópico se introdujo por el oído hasta el cerebro
y le ordenó cortarse en dos a sí mismo. Obedeció. No tenía a nadie
más en su interior.

Crimen novelesco

Hubo momentos en que el escritor estuvo a punto de tomar su
libreta para registrar la terrible historia que la anciana le narró aquella
noche. Se trataba de su propia vida, pero con revelaciones de un
calibre sorprendente, inimaginable en aquella mujer suave y
distinguida. Crímenes espantosos, conspiraciones inconmensurables.
¿Por qué había decidido revelársela a él y en esa precisa oportunidad?
¿Presentía su muerte? ¿Deseaba consciente o inconscientemente que él
escribiera esa historia para darla a conocer? ¿Obedecería a una
tendencia autodestructiva? ¿Estaba genuinamente arrepentida y
pretendía expiar sus culpas mediante esa confesión?
No podía revelar aquella verdad sin destruir la vida de su
anciana amiga. Pero tampoco podía renunciar a escribir la historia que
lo llevaría ciertamente a la fama. Por ambas razones la asesinó. Y al
momento de hacerlo, concluyó que sería el final perfecto para la novela.

Diego Muñoz Valenzuela

Ha publicado once libros de cuentos y microcuentos,
incluyendo dos libros ilustrados de microcuentos, y cuatro novelas. Se
distingue como cultor de la ciencia ficción y del microrrelato. Libros
suyos han sido publicados en Argentina, España, Croacia e Italia.
Obras suyas han sido traducidas al croata, francés, italiano, inglés, ruso,
islandés y mapudungun. Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996

Descontexto: “El verdugo”, de Diego Muñoz Valenzuela

Adriana Azucena Rodriguez: Chanza

Tomado del libro el Microdecamerón organizado por Paola Tena


Una estudiante bonita es mayor estímulo para un profesor que cientos de evaluaciones, solía decir el profe Chaires, que se volvió loco por Sheila, quien, para su buena suerte, iba mal en todas sus materias y le propuso algunas sesiones de sus asesorías especiales. Sheila sugirió un cuarto de limpieza oscuro y discreto, que quién sabe cómo conocía. Corrió con Meche, su compañera más ruda pero menos agraciada. A la hora de la cita, fue por el director con su cara más combativa y denunció dónde y cuándo. Chaires fue descubierto y él descubrió que no había obtenido a Shaila. El director, para evitar el escándalo, tuvo que acceder a cuantos exámenes especiales pusieran en manos de Sheila su certificado.
Meche quedó muy a gusto.

RAB

Renato Leduc y Leonora Carrington. Todo comenzó en París

Tomado de milenio.com

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Publicado por Vaso roto

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Retrato de Renato Leduc

Retrato de Renato Leduc

Leonora Carrington, St Martin d ́Ardèche, 1939

Publicado por Vaso roto

Retrato de Renato Leduc

Retrato de Renato Leduc

1

Renato Leduc llegó a París en 1934 para trabajar en la Delegación Fiscal que la Secretaría de Hacienda creó para evitar los abusos de los diplomáticos mexicanos en el manejo de divisas; se instaló en un hotel del Barrio Latino y frecuentó los ambientes callejeros, excéntricos, vanguardistas. En el Café de Flore y en Les Deux Magots conoció a André Breton, Benjamin Péret, Marcel Duchamp, Max Ernst y a los demás integrantes del grupo surrealista.

En agosto de 1937, Leonora Carrington, de 20 años, viajó de Londres a París para reunirse con su amante, el alemán Max Ernst, al que había conocido poco antes en la capital inglesa y quien la adentraría en el universo fascinante del surrealismo, uno de los movimientos artísticos más importantes del mundo.

En 1939 la guerra entre Francia y Alemania comenzó a destruir la historia de amor de Leonora y Max, quien como ciudadano de un país enemigo fue conducido a prisión pero, con la ayuda del poeta Paul Éluard, ella logró liberarlo. En marzo de 1940 lo apresaron nuevamente, llevándolo a un campo de internamiento. Leonora no pudo hacer nada para salvarlo y sufrió una severa crisis nerviosa.

Convencida por una amiga inglesa, viajó a España. En Madrid afloraron sus delirios y fue recluida en un sanatorio para enfermos mentales en Santander, donde le suministraban Cardiazol, precursor químico del electroshock.

En el epílogo de Memorias de abajo, Leonora recuerda que un día llegó a visitarla un primo; era médico y logró que le dieran permiso para salir a un restaurante a cenar con él. Platicaron y prometió sacarla del sanatorio. Cumplió su palabra y unos días después la regresaron a Madrid con una corpulenta vigilante alemana. El plan, pensado por su padre, era enviarla de allí a Lisboa y luego a un hospital a Sudáfrica.

Se hospedaron en un hotel grande y lujoso. Un día, para que se distrajera, custodiada por su celadora, asistió a un “thé dansant”. Allí, de manera inesperada, encontró a Renato Leduc, a quien había conocido en París: “Le conté lo que me había pasado —escribe en Memorias de abajo—, y le pregunté: ¿A dónde va, por amor de Dios? […] Renato me dijo entonces: a Lisboa”.PUBLICIDAD

Leonora llegó en tren a Lisboa. La recibieron dos hombres y una mujer. La llevaron a Estoril, a 25 kilómetros, pero al siguiente día, con el pretexto de comprar unos guantes para proteger sus manos del frío, regresó a Lisboa acompañada por la mujer “de cara avinagrada”, buscó un café lo más grande posible, fingió un fuerte dolor en el estómago y pidió ir al baño. Como había supuesto, era un local con dos puertas; entró por una y salió corriendo por la otra, abordó un taxi que milagrosamente iba pasando y, a gritos, le pidió al chofer que la llevara lo más rápido posible a la embajada de México.

Al llegar, preguntó por Leduc. No estaba. Le dijeron que regresara más tarde. Respondió que la buscaba la policía y la dejaron permanecer en la embajada. “No sé cuándo apareció Renato —escribe en el epílogo de Memorias de abajo—. Al final dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’ ”.

Cuando Renato volvió a la legación mexicana en Lisboa, encontró a Leonora. Ella le reiteró que quería salir de Europa y él se comprometió a ayudarla, pero en el camino surgieron obstáculos. Uno de ellos fue que la visa de Leonora se venció y las autoridades locales le exigían que regresara a Inglaterra o Francia y que desde allí solicitara un nuevo ingreso a Portugal. Para que no la deportaran, Leopoldo Urrea, compañero de trabajo de Leduc, lo animaba a que se casara con ella, con la que había comenzado a vivir. Renato se negaba; entre sus planes, decía, “no figuraba el contraer matrimonio, por lo menos en un buen tiempo”.

Leonora era joven, brillante, hermosa. Renato venció sus resquemores y accedió al matrimonio, que se llevó a cabo el 26 de mayo de 1941 en el Consulado General Británico. Leonora tenía 24 años, Leduc 42 (en realidad 44 si, como ha descubierto su hija Patricia, nació en 1895 y no en 1897, como él decía).

Mientras llegaba la fecha para casarse, Leonora se encontró en Lisboa con Max Ernst, quien seguía enamorado de ella y se sentía furioso al saber que estaba con Leduc, al que consideraba “un hombre inferior”.

El 11 de julio de 1941, Leonora y Renato abordaron el barco que los conduciría a Nueva York, donde él trabajaría en una oficina de Hacienda. Dos días después, acompañado por la rica coleccionista Peggy Guggenheim, con quien se había emparejado, Max Ernst volaba al mismo destino.

En Nueva York, Leduc salía temprano a trabajar y regresaba en la madrugada. Leonora pasaba el día extrañándolo. Plasmó esa experiencia en un relato llamado “Esperando” y también en la carta que le escribió a Renato el 22 de septiembre de 1941, en la que le dice:

Mi querido Renato, cuando volvía por la calle esperaba encontrarte aquí, es triste este lugar… Sin embargo, tengo la impresión de que has estado aquí. ¿Saliste de nuevo? ¿Llegué muy tarde?

Muero lenta y dolorosamente por las ganas de verte, vuelve pronto. Solo abriré la trampa de los fornicadores (la cama) cuando regreses. No me atrevo a acostarme sola en tal artilugio, tendría miedo de caer en el abismo que hay en medio. Te amo atrozmente, este lugar es horrible sin ti, y aquí me la paso toda la mañana. Detesto Nueva York. Te amo y tengo ganas de acostarme contigo, tengo ganas de abrazarte y de lamerte. Se hace tarde y no vienes, no le temo a nada, por amor de Dios o de Satán (más bien por amor de Satán). Regresa PRONTO PRONTO, RENATO. TENGO GANAS DE TI Y ME VUELVO LOCA SIN TI. VEN PRONTO. Estoy angustiada, te necesito. ¿Tienes idea de cuánto te necesito?

RENATO, POR EL AMOR DEL DIABLO VEN PRONTO.

No sé si deba salir a buscarte, y no sé dónde buscarte… es eso lo espantoso. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo cerca que estoy de volverme loca, por tan poco transpiro y tiemblo.

¿Salgo o no salgo?, es difícil saberlo. Si este amor se vuelve molesto para ti debes saber que no hay que enamorarse de las locas, todas somos así.

En Nueva York, Leonora contaba con la compañía de Max Ernst y de los demás surrealistas, tenía la oportunidad de seguir pintando y escribiendo, de participar en exposiciones, de lograr una proyección internacional. Pero Renato quería regresar a México y ella se había enamorado de él. Max Ernst, por su parte, se desesperaba al darse cuenta de que Leonora ya no lo amaba.

Renato y Leonora viajan a México a finales de 1942. Llegan en tren a la capital. Él a su ambiente, ella al asombro de un país exótico. Renato tuvo dificultades para encontrar trabajo, andaba de un lado a otro sin lograr nada. Pensó volver a Nueva York, donde tenía un empleo modesto pero seguro, pero el columnista Jorge Piñó Sandoval le insistió que se quedara y lo inició en los secretos del periodismo, un oficio que ya no abandonaría.

Como en Nueva York, donde tenía a Max para hacerle compañía a la hora que ella quisiera, Leonora comenzó a sentir las ausencias de Renato, que pasaba todo el día fuera de casa. No conocía la ciudad ni el idioma ni tenía amigos. Pasaba mucho tiempo sola, otra vez, esperándolo.

Todos buscaban a Renato, lo invitaban a las cantinas, a los restaurantes, a los centros nocturnos de aquella ciudad llena de vida, cosmopolita, con gente llegada de todas partes debido a la guerra. Todos querían estar con él, escuchar sus anécdotas, hablar de política y de toros, de los compañeros de la preparatoria que alcanzaban puestos importantes en el gobierno, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, que llegarían a ser presidentes de la República. A Leonora no le gustaba ese mundo y permanecía sola, abandonada en un lugar extraño, en una ciudad ajena.

En una carta sin fechar, que permanece, amarillenta y borrosa, en el archivo de Patricia Leduc, Leonora le escribe a su marido:

Renato, ¿por qué es tan raro que las personas que viven juntas no se escriban cartas? Escribiendo uno se vuelve más libre y bajo la insignificante molestia que hay entre nosotros…

Yo sé por qué escribo en este momento —quizá porque soy mi abogada y quiero defenderme contra el público (o mi público imaginario).

¿Qué debo hacer?

“Sacrificarme” —es decir ¿quedarme en casa como mártir, poniéndome fea, amargada e insoportable?

¿Partir? ¿Ahora que me amas y yo te amo?

Y en tanto que estas tormentas me asedian, tu vida no se altera —debes ganarte la vida (y la mía). Debes hacerlo a tu manera —y como lo haces en verdad, y te parece bien, y lo crees. Es lo justo.

El tiempo, las horas pasan rápido para ti, pues estás ocupado, no puedes imaginar lo lento que pasan las horas para mí. Tienes un pasado aquí, toda una vida formada por muchas personas que esperan cosas de ti… cosas, cosas…

Una vida atractiva en el exterior, nada que ver conmigo. Por supuesto que te atrae, no puedes seguirme como un ciego. Te atrae, es necesario para ti materialmente, también moralmente, pues como todo el mundo necesitas un público para expresarte.

Comprendo, pero estoy perdida porque —estoy sola.

¿Sí? ¿No? ¿Sí? ¿No?

Leonora y Renato procedían de mundos diferentes y su relación no podía prosperar. En México, casualmente, Leonora encontró a la pintora Remedios Varo y al poeta Benjamin Péret, del grupo de André Breton. Vivían en la misma colonia que ella —la San Rafael— y en su pequeña y destartalada casa convocaban a surrealistas y otros refugiados europeos. Allí comenzó a sentirse acompañada, identificada con los intereses de sus amigos y su manera de ver la vida. Allí conoció al fotógrafo húngaro Imre Emerico Weisz, llamado Chiqui, y de nuevo decidió cambiar su destino.

El 5 de enero de 1945, Leonora y Renato se divorciaron.

Leonora se casó el 7 de enero de 1946 con Chiqui Weisz, con el que tuvo dos hijos: Pablo y Gabriel.

Renato se casó el 14 de agosto de 1948 con Amalia Romero Elizalde, de 23 años, con la que tuvo a Patricia.

Leonora y Renato siguieron siendo amigos toda la vida. Del tiempo que pasaron juntos queda un retrato de Renato, sin fecha, pintado por Leonora, algunos dibujos y las cartas que le escribió. Como testimonio de su amistad queda el único libro en el que colaboraron: XV Fabulillas de animales, niños y espantos, con poemas de Renato y viñetas de Leonora, publicado en 1957 por la editorial Stylo en una edición de 300 ejemplares numerados, seguramente pagada por Leduc, como lo hizo con otros de sus libros.

Hasta ahora, XV Fabulillas… no había vuelto a publicarse con las viñetas de Leonora. Es un libro prácticamente inédito que encierra la historia de un amor, de una época, de una ciudad…

Leonora Carrington, St Martin d ́Ardèche, 1939

Autopsia

De Juan Mihovilovich


—Las uñas tienden a crecer después de muerto —me dijo el médico, mientras realizaba mi autopsia.
—Entonces es posible que siga vivo —le dije con cierta vergüenza, como si hubiera dicho un disparate.
—No. Ello no es posible. De hecho, lo único que crece siempre son las uñas. Lo demás es la ilusión que se desprende de ellas. Acto seguido, continuó sacando mis vísceras y arrojándolas a un
balde.

Juan Mihovilovich
Poeta, cuentista y novelista. Es, además, abogado de profesión y juez rural por elección. Actualmente reside en Puerto Cisnes, Región de Aysén. Ha publicado las novelas El contagio de la locura (2006), Desencierro (2008), Grados de referencia (2011), y el libro de cuentos Restos mortales (2004). Otras novelas de su autoría son: Sus desnudos pies sobre la nieve, El asombro, Yo mi hermano, y los libros de cuentos, El ventanal de la desolación, El clasificador y Los números no cuentan

La "otredad" en la obra de Juan Mihovilovich: Búsqueda y existencialismo en  las novelas “Yo mi hermano” y “Desencierro” - Cine y Literatura

Artemisa y Orión — El Blog de Lídia

¿Te has parado a pensar en el origen mitológico de las constelaciones? ¿Conoces la constelación de Orión? Si quieres saber la relación que hay entre esta constelación y la diosa Artemisa, ven y te lo cuento. 👇 👇 Más vídeos en Mitologías. Lídia Castro Navàs

Artemisa y Orión — El Blog de Lídia

Piedras Mágicas de Paola Tena

Tomado del Microdecamerón


De verdad, esto fue lo que pasó: en el pueblo nos gustaba embromar a Bartolo, porque era tan inocente como un niño dentro del cuerpo de un hombre, y todo se lo creía. Sabíamos que estaba enamorado en secreto de Clarita, por eso le dijimos que en el río había piedras mágicas que hacían invisible a quien las llevara en la bolsa. Así vas a poder darle un beso sin que se dé cuenta, rematamos; él bajó corriendo al río y nosotros lo seguimos muertos de risa. Se guardó piedras negras en todos lados: en los bolsillos del pantalón, de la chaqueta, en la riñonera vieja que siempre llevaba y subió al pueblo con las piedras haciéndole racrac rac.
Cuando pasaba frente a los vecinos y nadie lo miraba –porque nos habíamos puesto todos de acuerdo – sonreía feliz. Por fin llegó a la casa de Clarita, entró al zaguán y viéndola ahí le dio un beso en la boca. Nosotros esperamos la reacción: una cachetada, un empujón, por lo menos un insulto, pero ella se abrazó fuerte a Bartolo, le dio otro beso y se esfumaron los dos en el aire, volviéndose invisibles a nuestros ojos y dejando en el suelo este montoncito de piedras negras, que ve usted ahí.

Piedras de río

O dispara usted o disparo yo, Antología del cuento negro, recopila Lilian Elphick

Antonio Montero (Valdivia, 1921- Santiago, 2013)

En nombre del pueblo

El patriarca ordenó
—¡Que los fusilen a todos en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron a los hombres.
Entonces las mujeres gritaron:
—¡Eran nuestros hombres y nuestros hijos ésos que fusilaste!
Y el patriarca ordenó:
—¡Que las fusilen a todas en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron a las mujeres.
El pueblo entero gritó entonces:
—¡Eran nuestras madres y nuestras mujeres y nuestras
hermanas ésas que fusilaste!
El patriarca ordenó:
—¡Que fusilen al pueblo en nombre del pueblo!
Y los soldados fusilaron al pueblo. Pero como los soldados también eran pueblo se fusilaron entre ellos.
Entonces el patriarca se retiró a escribir sus memorias a la solitaria e inexpugnable fortaleza. Pero también contrató los servicios de un extranjero erudito y muy famoso para que narrara la epopeya del pueblo. En nombre del pueblo.

En: Cien microcuentos chilenos (Selección y prólogo de Juan A. Epple, 2002)
Antonio Montero. Autor de las novelas Asunto de Familia, Tres Réquiem para Carmela, Triángulo para una sola Cuerda, y los volúmenes de cuentos Nos vemos en Santiago, No morir, El Círculo Dramático, Baracaldo o el Tercer Pabellón. Entre otras distinciones, obtuvo el Premio Municipal
de Santiago en 1979 y 1982. Sus cuentos han sido incluidos en antologías en Chile y en el extranjero. Cultivó la ciencia ficción, tanto en cuento como en novela.

Antonio Montero Abt (Author of Los superhomos)

Del «Microdecameron» Dina Grijalva

Sorpresa


Era casi una niña cuando su profesor usó todas sus artes de seducción. Ahora tiene dieciocho años y, sin querer, ha descubierto que ella no es la única víctima. Se acaba de enterar que ha citado a otra alumna, también casi una niña, justo a la misma habitación del hotel a donde la lleva a ella, cada vez con menos frecuencia. Laura, su mejor amiga le dice: hay que tenderle una trampa. Laura investiga y se entera que son varias lasadolescentes a las que él invita a esa habitación. Las convoca a todas a acudir el día y antes de la hora en la que él llegará con la chica nueva. Amenazan al del hotel con denunciar que permiten el abuso de menores y accede a abrirles la habitación. Cuando él abre el cuarto, todas gritan ¡Sorpresa!

Antología Virtual de Minificción Mexicana: Dina Grijalva Monteverde
Desafío a la geometría
 
Realizaron el experimento sobre una cama que era un perfecto paralelepípedo rectángulo. Se colocaron de manera horizontal y paralela y demostraron que dos paralelas pueden encontrarse a través de una perpendicular (¡qué palabra!) que no solo las une.

Las rosas de Heliogábalo — El Blog de Arena

(Nota bene antes de comenzar la lectura: para ver las imágenes en mayor tamaño –cosa que modestamente me atrevo a aconsejar– pueden hacer clic sobre cada una de ellas y se abrirá en una nueva pestaña para poder ser apreciada con mayor detalle. Además allí podrán, a su vez, magnificarlas aún más). . Heliogábalo fue […]

Las rosas de Heliogábalo — El Blog de Arena

Hobby de Rubén Pesquera Roa

Ficticiano y amigo

Es aficionado a los mechones de mujeres hermosas: bucles castaños y negros, rizos de oro, sortijas delicadas y cucardas de cabellos lacios. Dispone de ellos en preciosos guardapelos de oro, plata, platino, nácar y marfil.

Hoy a conseguido la guedeja perfumada de una actriz famosa, la acomoda en forma de anillo y la coloca en su estuche. Arroja la cabeza decapitada a la basura y sigue admirando su colección.

Entretiens Lectures d'ailleurs: Rubén Pesquera Roa (Mexique)
«No sé qué es lo que me impulsa. Siempre he escrito, pero de todo, y siempre de manera marginal —no porque no sea importante, sino porque dedico demasiado tiempo a otras cosas». 

Triángulo de Camilo Montecinos Guerra

de: » o dispara usted o disparo yo» coordinadora Lilian Elphick


En estricto rigor no eran amantes, porque la relación con su esposo ya había terminado hace un buen tiempo; vivían en la misma casa, es cierto, y compartían la misma habitación, pero ambos se encontraban en mundos totalmente lejanos; en estricto rigor, no lo engañaba, porque más de una ocasión le insinuó que veía a otro, que salía con alguien, que enviaba mensajes, pero él no le hizo caso, no la creyó capaz, y más de algún golpe le dio como respuesta; en estricto rigor, no había culpables y no había víctimas, no había sangre en esa casa oscura y vacía, no había gritos ni disparos, no había crimen, nunca hubo un triángulo amoroso…

Detalles
Como pudo el lobo borró toda evidencia, pero una gota de sangre había traspasado la página.

Camilo Montecinos Guerra. Poeta y microcuentista.
Sus textos han sido publicados en la Antología de escritores del norte (2012), Sech filial Arica y en la antología Trinacional Borrando fronteras (2014), colectivo Ergo Sum. Obtuvo el segundo lugar en el concurso
Hazla cortita años 2012, 2013 y 2014; primer lugar en el concurso Déjalo ahora, el año 2015; tercer lugar en el concurso Historias secretas de nuestra tierra, el año 2016 y Beca a la creación literaria 2017.

Camilo Montecinos G. (@cmontecinos10) | Twitter

Accidente casero

Lola Sanabria


Ahora, todos los días lo saco al sol de la terraza en su silla de ruedas, me siento frente a él, con el plato sobre el regazo, y le doy cucharadas de sopa mientras le digo: «Una para ti, otra para la puta con la que pensabas marcharte».

Lola Sanabria nació en Villanueva del  Rey  (Córdoba), «en una casa grande, llena de gente. Años de infancia y adolescencia donde germinaron las primeras historias». Trabaja como Técnico Auxiliar en Centros Ocupacionales con personas con discapacidad intelectual, y en Centros de Menores. Ha ganado algunos premios literarios (las ediciones 2012 y 2013 del Premio de Relato Policíaco de la Semana Negra de Gijón, o el segundo premio del 58 Concurso de Cuentos Gabriel Miró, por citar algunos). Relatos y microrrelatos suyos han sido publicados en De Antología (la logia del microrrelato), antologada por Rosana Alonso y Manu Espada,  editada por Talentura; en la revista Confluencia de la Universidad del Norte de Colorado y en otras antologías. En el 2013 publicó un libro en solitario, editado por Talentura, titulado «Partículas en suspensión».

Magia al ralenti

Elisa de Armas


Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.

Elisa de Armas

Profesora de Lengua y Literatura en un instituto de enseñanza secundaria. Como escritora aficionada cultiva el microrrelato y mantiene el blog Pativanesca (http://pativanesca.blogspot.com/). Algunos de sus textos han sido publicados en antologías del género, entre las que se encuentran Historias de las historias (Ediciones del Ermitaño, 2011), Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (Ficticia, 2012) y De antología. La logia del microrrelato (Talentura, 2013). Es asidua participante de la Marina, taller de minificciones de Ficticia, donde ejerce como tallerista el día uno de cada mes.

Café americano: tomado del microdecamerón

Karla Barajas


Aquí todo es ácido, como el humor de la pareja que forman Norah y Juanjo, quienes beben café americano con Lysol mientras se dicen que verse el día entero es insoportable y prefieren beber
de una botella de cloro sin diluir que pasar la cuarentena juntos. Guardan silencio, fingen fortaleza, pero el insomnio abraza su noche.
Cada uno en su lado de la cama repasa las frases que se dijeron entre bromas y que los hizo sentir insuficientes. Pero más ácida y corrosiva es la recomendación del presidente diciendo que beban o se inyecten desinfectante para evitar contagiarse de un virus, y es surrealista que la gente siga el consejo, como ese par de crédulos e intoxicados habitantes de Estados Unidos que arden por dentro
.

MicroDecamerón – Quarks Ediciones Digitales

Ana María Montalva con el silencio de mi tío Sam

Del libro O dispara usted o disparo yo, antología de minificciones organizada por Lilian Elphick

Aunque sólo tenía siete años, sabía interpretar el odio en la mirada de Maribel. Mi abuela, aseverando que todas las empleadas eran ladronas, la obligaba a contar varias veces la ropa recién planchada. Yo conocía también el dolor de esas ofensas. Solía hablarme mal de mi madre y avergonzarme por el color oscuro de mi piel. Era distinta con su perro Sam, lo llamaba “mi hijo menor”. Mimándolo por cualquier
motivo besaba su boca. Maribel debía limpiarlo con papel higiénico cuando regresaba del patio. Los ojos de la mujer volvían a irradiar odio.
Durante un viaje de mis padres viví en esa casa. Nos hicimos amigas con la joven. Ella preparaba mis comidas preferidas y reíamos cuando caminaba como mi abuela con las piernas tiesas y dando órdenes. Imitando su voz me pedía respetar a su hijo Sam, porque al ser hermano de mi papá, era mi tío. Una calurosa tarde, Maribel barría el jardín, yo la ayudaba afirmando la pala. Mi abuela lanzó al perro una pelota que se desvió hasta llegar al centro de la piscina. Sam saltó a buscarla y asustado tragó agua. La anciana, con gran dificultad, caminó a rescatarlo. Arrodillada cerca del borde de esa piscina, suplicándole al perro nadar, le estiró sus brazos. Él comenzó a acercarse. Se detuvo con el impacto del cuerpo de su “madre” en el agua, empujada por dos manos grandes, a las que se unieron otras dos más pequeñas. Sam logró salvarse. Nos miró. Supimos que guardaría silencio.

Pasionaria

Finaliza la misa dominical. Alarmantes gritos detienen el himno de alabanza: “¡Sangre!” “¡La Pasionaria está llena de sangre!” Los feligreses se apresuran a rodear la enredadera. Varios se paralizan suponiendo un milagro. Los incrédulos prefieren marcharse. Algunos más osados, con manos temblorosas, tocan la sangre y se arrodillan mirando al cielo en busca de explicaciones. El párroco se une al grupo que hace silencio para oír su juiciosa opinión. Una
cuidadora de autos se adelanta para hablar: “Padre, las pasionarias lloran sangre cuando Dios está triste”. El sacerdote observa aquella planta. Advierte que se eleva hasta la ventana de su dormitorio. Viene a su mente una imagen del día anterior, cuando minutos antes de comenzar la catequesis, al salir de ese dormitorio con el tímido Ignacio, lo tomó de los hombros, levantó su mentón y mirándolo a los ojos le dijo: “Recuerda, vienes a este lugar porque eres un buen niño. Por eso Dios te quiere mucho. Los tres, guardaremos el secreto: Dios, tú y yo. Nunca lo cuentes, porque… ¿tú no quieres poner triste a Dios, verdad?”.


Ana María Montalva Campos.

Nace y vive en Santiago, ciudad que recorre observando y jugando a inventar cuentos. Ha sido
publicada en antologías e invitada a encuentros de escritores en Chile, Perú y Venezuela. Cada año se compromete a lanzar su primer libro, deseos que sus rasgos obsesivos se encargan de frenar. Asiste al tallerde cuento dirigido por Lilian Elphick.

Que Trepadoras podemos plantar a pleno sol. | Eco y Ambiente
Ana María Montalva Campos, latinoamericana,  escribe sobre las historias que los personajes de sus cuentos le piden contar, las historias declaradas y las silenciadas. Ha participado en festivales y encuentros de escritores sudamericanos y sus textos han sido publicados en antologías.  Sus maestros literarios son: Poli Délano, Edmundo Herrera y Lilian Elphick.ría Montalva