Por supuesto condesa, en breve, el niño debe de ser alimentado, pues lo que usted le da no será suficiente para su desarrollo. No, mi señora, se debe de ir poco a poco, así sabrá usted que le gusta, que podría hacerle daño. Sí, de preferencia cada tres o cuatro días se le debe de dar un líquido nuevo. Inicie con betabel, y deje a lo último la fresa. ¡Claro!, cuando le salgan los colmillitos, hay que cambiar de alimentación a líquidos complejos, empiece por los de ave que son sencillos de digerir. No condesa, no es recomendable, sería exponer al pequeño a una infección, yo le sugiero que mejor vaya a un banco de sangre. Los cuidados que profesa el banco a su producto es de la más alta calidad. Claro que sí, pida un O Rh positivo que es la fórmula más adecuada para él.
Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada! Corríamos hasta el punto más alto. Cuando la alcanzaba, ella veía a lo lejos la silueta del río, el pedregal, la arena con su color canela y las enormes piedras encimadas, donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos con las uñas, diciendo cuanta cosa se le ocurría y de regreso me mostraba una hojas y decía que eran pétalos del niño Dios, pues en diciembre se volvía rojas y anunciaban el nacimiento de Jesús.
El río era una culebra de relámpagos y fulgores. Cuando las mulas de los arrieros lo atravesaban, sabíamos que al día siguiente habría fiesta. Mamá, buscando las especies, papá, los arreos para el caballo, mi hermana las peinetas, pasadores y cosas para colgarse en las orejas; yo, andaba a la caza de las canicas.
Dormíamos y la rodeaba con mis brazos, cuando escuché a mamá gritándole.
—¡Levántate, levántate!
Hacía frío. Al darse cuenta que seguía acostada, la zarandeó de su trenza.
— ¡Qué! ¿No oyes?
Le di mi camisa de franela para que se cubriera, pero mamá volvió a apresurarla y se levantó, tapándose con sus brazos. Papá había llegado dando tumbos y puso de pie a mamá para que le diera de cenar. Afuera se oía la gotera caer en la cubeta. Deeini salió a comprar un cuarto de aguardiente con don Chucho, regresó temblando. Estornudaba y el moco no la dejaba resollar.
En la mañana, mi madre se acercó y le puso la mano sobre la frente. ¡Por Dios! ¡Está ardiendo! Con rapidez, cortó del patio cáscara de árbol de chaca y albahaca, las martajó en alcohol y le puso lienzos en la cabeza y en los pies. Para la media noche tosía con dolor, al respirar sumía la panza, el pecho le gorgoteaba y una espuma del color amarillo le salía de la boca. Los ojos estaban secos e idos y su nariz aleteaba como una mariposa. Mamá y la abuela rezaban. Papá fue al pueblo grande en la madrugada por el médico. Encontró su cuerpo aún tibio; y lo sé porque yo estaba debajo de la cama apretándolo la mano.
Mi madre se hincaba frente al doctor.
—¡Regrésemela doctorcito! ¡Le pago lo que quiera, ándele no sea malito! ¡Regrésemela, por lo que más quiera! ¡Por lo que más quiera!
Llovía finito cuando la enterraron y el camino al cementerio se hizo chicludo. Los sollozos de mamá me picoteaban el pecho. Desde el cementerio veía el sendero donde corríamos. Me parecía verla.
La tristeza no se va como lo hacen las semillas que vuelan con el viento. lloro a diario, pero nadie me ve, porque lo hago hacia adentro. Cuando voy al monte por leña, me voy por el sendero para recordar a mi hermana; y al regreso, mamá me dice siempre lo mismo. ¿No quieres agua?’ Le digo que no.
Hoy mi papá trajo ramas y hojas grandes y lustrosas del monte, que llaman palmilla. Pusieron una mesa y con las varas hicieron arcos que rozan el techo. Van a hacer un altar: me dijeron que los muertos llegarán en la noche y, ¿saben? ¡Estoy feliz porque voy a encontrarme con mi hermana!
Mamá tiene en una mesa figuras humanas que cocerá en el horno de barro, será el pan de muerto. En otro lado está la abuela probando la pasta y la masa que luego envolverán en hojas de plátano, y después de tres horas en el fogón estarán los tamales. Así, en una labor de día y noche, tendremos el ofrecimiento a los que se fueron antes. Papá está fue por las flores de cempasúchil que son amarillas y despiden un olor vegetal intenso; ellas y las veladoras hacen que los santos difuntos encuentren el camino, guiados por la luz y el aroma. Primero llegan los muertos chiquitos, después los grandotes. Yo iré a la cañada y buscaré Lupitas, que es el fruto de monte que Deeini saboreaba. Traeré varias, porque hace mucho que no las come.
¡El altar ya está terminado! Las hojas de palmilla lo revisten; son de un verde intenso, oscuro, brillante, las flores alfombran en ramos el cielo y también los pilares. De entre las hojas cuelgan las naranjas, mandarinas, limas. Todas ellas como si salieran de las ramas. Sobre la mesa están las veladoras con su luz de cobre y los alimentos que saboreaban en vida los difuntos. Para mi abuelo dulce de calabaza, terrones de panela para una tía, ¡y a mi hermana lupitas que es su fruta de monte preferida! Una se la abrí y la otra no, para que se la llevara. ¡La estaré esperando!
A media noche veo cómo llega una luciérnaga y se posa sobre mi brazo, camina hasta alcanzar la mano y después vuela en zigzag, dejándome la sensación de que es el espíritu de mi hermana. Me despierto, ¡había prometido no dormir para verla…! pero ganó el sueño. Sin hacer ruido camino despacio hacia el altar, a la luz de las velas compruebo que las Lupitas están en el mismo sitio, nadie las ha tocado; o sea que quizás Deeini no había encontrado el camino, no la dejaron venir o, lo peor, no quiso. No sé, no sé. Con paso veloz decido ir rumbo al sendero. A la mitad del recorrido se abre la mañana.
Veo el río que culebrea y el viento fresco trae olores de limonaria. Voy hasta el lugar en el que mejor siento a mi hermana; es un rincón escondido, donde las enredaderas se tuercen formando un cielo de hojas y cuelgan de un amarillo intenso los frutos que al abrirse dan la dulce semilla y dentro dibuja la imagen de la virgen de Guadalupe. No puedo callar y grito con todas mis fuerzas, pero sólo escucho mi gemido. Salgo del escondite llorando. Con mi pequeño machete rompo con coraje las hierbas del camino y huelo el perfume de la flor de cempasúchil; vuelvo mis ojos a la hondonada y diviso que en el corazón de la mancha verde, justo en el centro, está la floración enrojecida de las nochebuenas.
El camino es árido. Colmado de cansancio vago por encima de los hombros del cerro. Me dice la buena gente que por aquí te vieron por última vez. Ibas mochila al hombro en la búsqueda de escarabajos. Si a la vera aparecen florecillas silvestres diré que son tus ojos, si encuentro un nido de peloteros comprenderé; y si a mi lado una solitaria mariposa me acompaña, entenderé que te has transformado.
La mano era fría, y se sentía pesada sobre su cadera. No era una mano humana, seguro que no. Era una pesadilla, eso era todo. Pero la mano seguía allí y ella no podía despertar. Intentó gritar, pero estaba bloqueada, atrapada en su sueño. La mano subió hasta llegar a su pecho, se cerró sobre su cuello, y empezó a apretar. El mundo se fue oscureciendo a medida que la mano la violentaba… intentó salirse de la pesadilla y lo logró: recordó en una brevedad su vida y como si subiera escalones llegó a la cima. Los aplausos de la sociedad, los abrazos de la familia y luego el disparo certero y fatal en su dormitorio; Así volvía a la paz de su muerte.
Me muero todos los díaspoquito a poco me muero;el tiempo sin poesíava cavando el agujero. Que si las piernas amainanque si los días se alargan;cuando quiero darme cuentaestoy junto a La Chingada. En la calle, en la piscinaen el cine, en el café;yo quiero sentirme jovenpero voy dando traspiés. Me muero todos los díasa llantos […]
Este hoy tiene silencio y ausencia. Comprendí que el carruaje en que nos instalamos era una calabaza. Permanecer en la montura de un viento que no existe, no tiene lógicani futuro.
Quizá en el corredor de los sueños, en un día neblinoso, te pregunte ¿nos conocemos?
Desperté sobresaltado y vi que la sala estaba llena de una luz brillante. Oía voces que decían que yo había regresado. Lo cierto es que estaba encerrado en una bolsa de plástico. ¿Cómo es que llegué hasta aquí? Fui a una fiesta loca y todos bebían. A punto de partir me tope con una mujer generosa que me puso en las manos una copa…¿me acompañas? y me condujo a un cuarto a media luz, donde un sujeto resoplaba un saxofón. Me dijo al oído: tengo frío, vamos a bailar. Estábamos pegados, muy pegados. Solo sentí un pinchazo en la nuca y minutos después me jalaba de la corbata hacia un lugar desconocido. He aceptado que estoy muerto, que habito dentro de una bolsa negra de plástico. No estoy solo, hay diez cabezas más en la bolsa.
Era una adolescente de melena rubia. Muy tímida, tocaba la guitarra. En aquel momento Joan Baez era mi cantante preferida, pero no hablaré de ella; hablaré de mi tío Joshean. Con él aprendí a rasgar las cuerdas de mi primera guitarra. Esta imagen y esta música se han fundido en mi memoria para recordar las […]
El olvido de su ama de recortar su plumaje y cerrar su jaula permitió que el cotorro de cabeza azul escapara hacia la copa del cielo. Se llenó de viento y voló hasta el bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta a su casa. No podía aceptar que otro perico, le diese de besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.
Por la mañana, si mamá hablaba sola, había que levantarse. Su voz era una exigencia. De pie para ir por agua al pozo, asearle y darle de comer al chancho y barrer el patio. Se oía el barullo de los cotorros, era un griterío espantoso. Desesperada les tiraba piedras para que se fuesen. Era enérgica la voz de mi madre y hoy solo la escucho en mis recuerdos. La entiendo en su carencia y soledad. Qué no daría por traerla y ¿dónde se fue el escándalo de los cotorros? ¿O acaso los has visto pasar en este cielo sin nubes? me pregunta mi madre.