INGLATERRA, ESCOCIA, IRLANDA… — Lapizázulix la galaxia del cuento

La pagoda de Babel Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen […]

INGLATERRA, ESCOCIA, IRLANDA… — Lapizázulix la galaxia del cuento

El invitado de Rubén García García

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Su delicadeza me ganó y durante meses fui su amante. Mi esposo en la construcción de su novela interminable, nunca se dio por enterado. Me confundía y, mi estado de ánimo iba de un extremo a otro. Me decidí a dejarle pequeñas pistas, hasta que una de esas veces que teníamos intimidad en vez de gritar ¡Oh dios Roberto!, dije Antonio. En la sobre cama me dijo con una calma de franciscano: «¿Quién es ese Antonio?».

Con Antonio las cosas fueron más sencillas, «mi esposo sabe de nuestra relación». —le dije— Con el tiempo, ambos me preguntaron lo mismo y por más que evadía ese tipo de cuestiones íntimas, poco a poco supieron de mis preferencias y de las suyas.

Un día, mi esposo me dijo que lo invitara. La cena y los vinos fueron una delicia.

«¿De quién fue la idea del menú?, está excelente. «la idea del menú y de los vinos fue de Roberto». La platica siguió por dos horas y aunque se habló de todo, no hubo discrepancias, llegó el momento de despedirse, y estando en la calle, dice Antonio «la otra cena la invito yo».

Ayer llamó, yo estaba con deseos de él. Pero no escuché esa palabra que te enciende «¿a dónde vamos a comer chiquita?»” En la plática estuvo un tanto evasivo, al final se decidió y me dijo: «Pásame a Roberto».

Descubren la tumba de una princesa egipcia de la época de Tutankamón. — Andando tras tu encuentro…

Un equipo internacional de arqueólogos ha descubierto la que podría ser la tumba de una antigua princesa egipcia que vivió durante la dinastía XVIII. La tumba se encuentra, sin embargo, en malas condiciones de conservación a causa de las inundaciones que sufrió hace unos 3.500 años. A pesar de ello, los arqueólogos creen que las […]

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La moneda de Rubén García García

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No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió enérgica. Era un joven imberbe que traía un arreglo floral. Pensó que se había equivocado de dirección.

— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?

— Sí.

— Traigo flores para ella.

¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.

Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron en una combinación de girasoles, margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”

— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.

Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, respiró un aroma a lavanda. En el interior, había una medalla de plata y una carta escrita a puño y letra:

Estimada Celia:

Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que dieron sentido a mi vida. Aún conservo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida contigo. Pero debía respetar tu decisión.

He estado pendiente de ti, sin que te percataras. De los títulos que y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido, sin estar, a la boda de tus hijos. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y, en el último instante, no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, y ahora espero que por ella me recuerdes también. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte lo ordené antes de esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.

Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.

Mario ha visto las fotos en la que estamos juntos y en una ocasión me preguntó quién eras. Le dije que eras su tía y desde entonces, creció con esa idea. Por eso, hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.

Hasta siempre mi bella amiga.

Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con dificultad.

—Vamos a la sala de estar.

Le ofreció un té a Mario y se enteró de los últimos días de su amigo. La carta la puso en su pecho, y la moneda en un compartimiento secreto de su monedero.

— Soy una mujer complicada que ama la soledad; sería difícil hacerme cargo de ti, pero estaré pendiente de tus estudios. Te acompañaré a instalarte y considera tuya mi casa. ¿Dónde dejaste tu equipaje?

—Lo dejé en el pasillo.

Mientras iba por él, observó su cuerpo esbelto, ligero al caminar y con una sutil agilidad. Regresó con una maleta que parecía portafolio escolar. Poco después merendaban. En la cocina se colaba una ventisca fría, y Mario se levantó a cerrar la ventana percatándose de un desajuste. Observó y manipulando con habilidad hizo correr la hoja.

— ¿Mañana saldrá a caminar? Le preguntó, dándole a entender que podría cambiar el clima.

—No me asustan estas ventiscas.

Antes de retirarse a descansar, le dio un beso en la mejilla y dijo en voz baja “gracias”. La fragancia de su perfume la condujo por un camino de abetos.

Ella trotaba por las callejuelas entre penumbras. “La ciudad es bella; se escucha el frotar de las escobas sobre las piedras de las calles, algún vehículo en la lejanía que rompe el silencio. ¡Las estrellas titilan tan cerca! Tengo sesenta y tantos años y mi salud es envidiable.

En el trayecto pensó en Mario y la envolvió el recuerdo de aquellos días, sin embargo, se dijo una vez más que la decisión de vivir sola fue acertada.

Mario la esperaba con una toalla y un vaso con jugo de frutas. Ella le sonrió y fue a ducharse. El agua hervía en la tetera, y en la sartén se cocían unas ricas galletas de harina con aroma a naranja. Poco después se percató de que él lucía como dispuesto a salir de paseo.

— ¿Vas a recorrer la ciudad?

—Será en otro momento. El tiempo va a cambiar y quizá haya necesidad de hacer compras, deseo acompañarla si usted lo permite.

—Magnífico, iremos de compras, ¡me revienta!, pero es necesario.

Cuando estaba por abrir el vehículo…

—Déjeme manejar. Soy buen chofer. —le dijo.

Lo miró a los ojos y encontró seguridad. Le dio las llaves y se sentó a su lado. Fue guiándolo por las avenidas y sus temores se diluyeron. Cuando compraban víveres frescos recordó a sus hijos y la obligación se transformó en un paseo. El tiempo alcanzó para enseñarle la ciudad y terminaron riéndose en una cafetería de la plaza central.

Muy en la mañana, calzó tenis, tomó su monedero y salió despreciando el frío. Trotaba por la cuesta que va hacia la iglesia, cuando escuchó otra zancada. Instintivamente miró hacia atrás, y sólo había pedazos de niebla. Se detuvo, y quedó el silencio. Reinició; ahora el trote de otros pasos que no eran los suyos, pero no venían de atrás, tampoco iban delante, sino que los oía en sus pies. Miró hacia abajo y se dijo “estoy loquita”. Llegando a la cúspide perdió el equilibrio. Segundos después, también se iría la conciencia.

Más tarde recordaría: “Cuando avanzaba sobre la cuesta escuché otra pisada distinta a la mía; el ritmo no era el mismo. Adyacente a la iglesia, de unas escaleras que conducen a una construcción rocosa saltó una sombra que detuvo mi caída y frotó los pulsos del cuello, al tiempo que rezaba. Aún percibo el olor de hierbas y la paz que siguió después de la oración”.

Evocó con claridad el ulular de la ambulancia, de cómo fue trasladada al hospital y los estudios a los que fue sometida. Sólo escuchaba lo importante, el resto era el tiempo interminable que la hacía ensoñar, reír, llorar, compadecerse, emocionarse. Era vivir de otro modo.

Tres días después, la voz de su hija le acariciaba la mejilla y la alegría la transformó en una ola depositada en la playa.

— ¡Mamá qué lindo está el día!, hay un olor de pan que revolotea y que tienes que sentirlos. Dime que los hueles mamá.

—Siento el aroma hija…

— ¡Mamá, has regresado! ¡Dios, qué alegría! ¡Mi hermano viene en camino!

En el hogar caminaba reconociendo el departamento, aún quedaba espuma en el entendimiento. Fue hacia la pieza donde había estado Mario y encontró a su hija profundamente dormida. Cierta vez lo mencionó, pero leyó en los ojos de sus hijos una interrogación. Platicaban que algún velador la encontró y dio parte a los servicios de urgencia.

Meses después, reestablecida, contestó el teléfono.

— ¿Sra. Bazán?

—Sí.

— ¿Estuvo internada en el hospital los días…?

—Sí.

—Hay un monedero que no sabemos de quién es, si es suyo, descríbalo por favor.

—Es pequeño, color negro, de piel, con cierre marrón.

— Puede venir por él…

Cuando lo tuvo, recordó que lo llevaba en el bolso del short. Una luz apremió a que hurgara en el compartimiento secreto, al golpearlo salió rodando por el piso una moneda de plata que giraba, pero al detenerse quedó de canto y rodó hacia ella, hasta guarecerse entre sus dedos.

Al día siguiente se levantó con deseos de saborear dulce de coco y encontró una pequeña porción en la alacena, puso la tetera sobre la estufa y sentada esperó a que se calentara el agua. El monedero apareció sobre la mesa y distraídamente sacó la moneda y la hizo virar, ésta dio vueltas por toda la superficie y detuvo su movimiento cuando se encontró entre sus dedos. Lo volvió a hacer obteniendo el mismo resultado. La siguiente vez, escondió las manos y la rondana daba miles de vueltas. Habían pasado algunos minutos y seguía. Puso su mano en un extremo de la mesa y ésta fue atraída y buscó meterse entre los dedos. La llevó hasta su boca, la besó, y sonrió luminosamente.

El tío Laudano de Rubén García García

Sendero

Se rompió la presa, se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio salieron por las calles.

Lo reconocí por la camisa a cuadros estilo vaquero. Hui.

Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba él me decía, «Mira que ya estás tirando la ceniza, qué guapa te estas poniendo, ni muerto perderé las esperanzas».

«Ahora que el agua lo desenterró me sigue».

Me daba miedo el tio Laudano. Y alli venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. Lo sentí respirar por mi nuca, abrazándome, y diciendo: «¡Se me hizo sobrinita!, se me hizo», no tardaría en darme alcance.

Asi como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de Láudano parece que se lo llevó el río. El mío lo encontraron en las escaleras que van al campanario.

¿olvidar? ni lo pienses

Sendero

El escritor de historias detuvo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:

Soñé que escribías algo para mí.

Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró: «espérame sobrina que lo haremos con la pasión de Venus y el empuje de Marte y los dos nos bañaremos en las aguas del rio Lete para olvidar el agravio a la moral. Y cuando leas la crónica sentirás que fuiste la protagonista.

—No. Bañarnos en el rio Late no tiene sentido para mí. Tu texto lo quiero como perla brillante en la oscuridad de mi ombligo.

El origen de las expresiones populares: Chapado a la antigua — Las Palabras Descarriadas

En esta ocasión dedico este espacio a: «Chapado a la antigua».

El origen de las expresiones populares: Chapado a la antigua — Las Palabras Descarriadas

Camionero en apuros de Rubén García García

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Llueve, es media noche, los limpiadores de los parabrisas parecían desfallecer. «No seas bruto. Busca donde refugiarte». Poco después respiraba tranquilo. Allí, un viejo pueblo. Encontró a esas horas una señora que vendía café y antojitos. «son garnachas» pidió café y una orden que comió con gula. Miró la calle, la oscuridad. «La gente duerme, por eso no se ven luces». Dijo la señora: «tengo atole» «¿eso qué es?» «una bebida hecha de maíz azul, endulzada con panela y si desea agregarle pinole, es una delicia, bueno, eso dice mi mamá, que a todo le echa pinole». La vio de reojo y por lo menos tenía ochenta años. «¿Vive su madre?» «No, ya no, ella ya es difunta, pero cuando me distraigo, el pinole desaparece. Ah, pero conozco dónde lo esconde». Le cortó la plática con un cumplido «¡Qué ricas están las garnachas!» «Sí, este pueblo durante años vivió de los camioneros, pero hicieron la autopista y el pueblo se murió de hambre, imagínese, que algunos ya no alcanzaron a irse, los jovenes se largaron y el que se quedaba se metía en algún pozo minero. Yo quedé en el que se encuentra frente a la iglesia, fui de las afortunadas». El sujeto gritó hacia dentro: «¡¿A dónde madres me encuentro?!» «¿Qué dice señor» «nada, nada», «¿está arrepentido?, no se preocupe, ya se acostumbrará, todos los que han llegado por aquí, les cuesta trabajo…»

5 fuertes escenas que hacen que Blonde sea solo para mayores — ahoradigital

Blonde (Rubia) es uno de los estrenos más arriesgados de la historia de Netflix. Por el tamaño de su producción, por el repulsivo modo de retratar la vida de Marilyn Monroe, porque su protagonista no deja de sufrir, por haber obtenido la calificación para mayores de 17 años. Que no sea apta para menores aporta un extra de […]

5 fuertes escenas que hacen que Blonde sea solo para mayores — ahoradigital

La dulce boca

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Al escucharte reír deseé besar tu boca de fruta… percibí temblor y brillo en tu mirada. Te conduje a un cuarto solitario de aquella mansión antigua. Sin el vestido negro tu cuerpo de diosa parecía descender. «no puede ser tan facil, es mi día» me dije. Tu boca dulce resbalaba de mi oreja hacía el perfil de mi cuello y se detuvo al encontrar el mejor latido.

Luna, la gata de Rubén García García

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Mi gata estuvo en mi velorio. Maullando como un bebo a su madre. Escondida. Luna sabía. Yo deseaba la muerte de mi esposo. Él también deseaba la mía. Ningún dinero de por medio, simplemente odio que se afilaba con el paso de los días. Él ganó la partida. Fue simple, regó lentejas en la escalera y … la única testigo fue Luna, mi gata. El vestido negro de lino con fina caída que me compre para el duelo, ahora me lo llevo de mortaja.

«Nada más que pase el novenario me encargaré de la gata». Eso piensa el viudo, mientras recibe las condolencias y eso Luna lo sabe.

Luna ya no duerme en el sillón, lo hace en un cuarto de trebejos, que siempre tiene la puerta cerrada. Ella entra por una ventana entreabierta.

Todas las madrugadas la gata llegaba a la recámara de él, se lamía el cuerpo con insistencia y antes que despertara, desaparecía. Noche tras noche, hasta que tuvo un acceso de tos intenso que lo llevó a un esfuerzo enorme. Hipertenso y obeso quedó doblado en el sillón, Así lo encontraron los paramédicos. Muerto y al lado la gata.

«Seguro que era su mascota preferida», dijo uno de los camilleros cuando lo sacaron de la recámara.

Un día en la vida de Rubén García García

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Ella descansó su cabeza sobre mi brazo, yo acariciaba su pelo. Ella sonreía y escondía su cara en mi cuello. «Qué velludo eres …quisiera dormirme contigo», «duérmete». Cerraba los ojos y los abría. «Mejor llévame a casa, si me duermo despertaré mañana y en casa se preocuparán». En el taxi volvió a dormirse en mi hombro.

«Eres al que amo. Otros halagan y solicitan respuesta a sus pretensiones. Este corazón está contento con el que no puede estar siempre para mí. Me hago muda cuando te vas, sin embargo, todo el coraje desaparece cuando sonríes. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero no dudaría en estar a tu lado, mis días los llenas; y el mañana es una pregunta que nadie puede contestar»

Un día se fue. Un día me fui. Quizá el temblor, nunca supe.

¡Qué me hiciste Rocío! de Rubén García García

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La ciudad de México en las horas pico es igual o peor que si desbarataras un hormiguero. Las calles son cordones de vehículos que se mueven en accesos, enganchados por el claxon y la ansiedad. Respiramos polvos con olores que cambian en cada esquina. Arriba, algunos pájaros nómadas, anuncios, antenas y nubes corpulentas que arrojarán cubetadas de agua.

Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre, algunos ilusos se cubren la cabeza con el periódico. En el local de enfrente están vistiendo a un maniquí con un traje azul y una peluca lacia. En ese momento tu imagen me llama y coincide con tu presencia.

Un carro ronronea frente a mí, que insiste con el claxon, y lo abordo. Iba a besarte en la mejilla, cuando el semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta. Con la ceja saludo al viejo auto, quién a diario se rompe el espinazo por ti.

Tomas mi mano y la aprietas, como preguntando «¿por qué no me has hablado?» En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y la suavidad que me acariciaba se desplaza al volante.

Hablas y hablas y simulo una atención que estoy lejos de tener. Te contesto con monosílabos. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. (es posible que para ti nada pasó) Muestras tu imagen de mujer presurosa, y tu voz corre sin pausas.

¡No quiero escucharte! Me dices que la mañana es fría, que llueve a cántaros, que la polución, el tráfico. «Es mejor que manejes en silencio».

Me miras sorprendida. Antes no te hubiera hablado de ese modo. Pero ahora sí.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo estornuda cada vez que el rojo obliga a suspender la marcha; y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana –cuando por primera vez nos encontramos –, ya te conocía, porque los primos hablaban de ti, de tu sonrisa, de tu cercanía con la música. También sabía del carro, que era viejo, pero ¡qué jamás te dejo tirada a media carretera! de tu carácter tan bonito! ¡Qué tus manos largas iban y venían y retozaban sobre el teclado! La primera vez que te vi estabas sentada en la mesa del comedor y tu cabello bajaba lacio sobre tus hombros. Olías a mañana fresca con café y pan. Tus ojos negros, vivos, te otorgaban una mezcla de paz y sensualidad. Aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí: fue una delicia enjuagarme con tu aroma a manzanilla y te inventé recovecos y laberintos.

Me conociste con el desaliño de mi barba y ojos adormilados. Te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada. ¿Qué me hiciste Rocío! Mi piel cambió de textura, el color viejo se hizo vivo, mis resabios se fueron. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen nuevo.

—Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes, parecías frágil y cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos callosas y viriles me hacen imaginativa.

Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos se hacían brillantes cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se detenía y me vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, ¡un asombro! Observar tu carro doblando la esquina me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo.

Pero fui dejando de ser… hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por mis mejillas y cuando al fin alcanzaba la orilla volvía la soledad. En silencio me regañaba, ¿de qué? No lo sé.

Hoy, a tu lado soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos aparecen en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.

—Como quiera ya estaban empapados, además. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad?

—Déjame en la esquina, por favor.

— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?

—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que regresa y busca su cueva.