UN DIA ESPECIAL
Me dió el presentimiento de que sería un día especial, eso pensaba, cuando el agua tibia de la regadera acarició mi rostro.Elegí la ropa con cuidado, ¡Qué halago para el cuerpo cuando el algodón ajusta! me sentí ligero, -felino-. Miré a través de la ventana; el sol amodorrado. El viento mecía las manzanas. ¡Hace tiempo esperaba un día como este! Saqué la loción de madera y el perfume refrescó intensamente la barba recién rasurada. El espejo parecía asentir, cuando el triángulo de la corbata quedó en armonía. Tomé mi bastón. Caminé sobre el pasto húmedo. Me complacía ver las huellas de mi pie sobre la hierba y percibir al unísono el aroma de los eucaliptos. Es una mañana fresca que sabe a churros con chocolateSigue leyendo «UN DIA ESPECIAL»
EL DIARIO
Aquel sótano de vidrios plomizos olía a vejez. Llegué a él por una venta anual de libros de segunda. Había largas mesas y encima libros y libros. Hasta mis manos llegaron unas hojas sueltas y por reflejo empecé a leer. Hablaba de amor y me interesó, pues atravesaba por una viudez que mitigaba con prolongadas caminatas. Seguí y no pude evitar decírmelo en voz alta:
“Llegué un día de invierno y pasamos tiempos finitos platicandoSigue leyendo «EL DIARIO»
DOÑA ABIGAIL
-Pásale hijo, pásale, que ya te vi.
-¿Cómo está?
-Entreteniéndome, ¿y tú?
-Pasaba por aquí.
-¿Venías a ver a las muchachas?
-Sí, ¿están?
-No. Andan con su tía Mica. Ocho días hace que se fueron y parece que olvidaron a la abuela. Ay, ay, ay -lloriqueó, mientras con una mano se frotaba la rodilla derecha.
-¿Qué tiene, Doña Abigail?Sigue leyendo «DOÑA ABIGAIL»
LA DECEPCIÓN
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LA DECISIÓN
Cuando llegaron al camino rojo, ella se vio como una adolescente acostada entre la alfombra de hojas mirando las nubes en su carrera hacia las montañas. Él en cambio sólo vio un camino de piedras volcánicas acolchado por hojas ocres. Unas ardillas retozonas que iban y venían por los senderos leñosos de aquel bosque de Eucaliptos. Al caminar ella conserva el paso de una mujer consciente de su atractivo. Por lo que pareciera que danza sobre las hojas, él en cambio cada vez que marcha rompe el silencio y deja un barrido de hojas dispersas. Con una voz sonora le dice:— ¿Qué hemos hecho amiga? Cuando despierto preparo dos desayunos, pensando que uno será para ti.Sigue leyendo «LA DECISIÓN»
LA SOSPECHA
Cuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso sonoro, chasqueando la lengua y juntando los labios. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo. Hace dieciocho años se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un condominio, donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias, que manifestaba por no mover una pestaña y una mirada lejana o aveces infinita. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
LA OVEJA NEGRA
Una noche, entre los susurros del acondicionador de aire, le llegó la pretensión. Desde entonces no olvidó el sueño y ahora, justo para cumplir los cuarenta años, él abría las ventanas de su vida. Era bella, de trato claro y amada por todos; su esposo, un varón que se movía en el ambiente social con sensibilidad y cordura. Habían procreado dos hijos que semejaban esplendidez. En su linaje no cabían protuberancias y oquedades. Ella anhelaba lo que en otras cunas sobraba. Deseaba una oveja negra.Sigue leyendo «LA OVEJA NEGRA»
LA MONEDA
No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió con energía. Se trataba de un joven imberbe, que traía un arreglo floral; pensó que se había equivocado de dirección.
— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?
— Sí.
— Traigo flores para ella.
Lo hizo pasar, para que situara el cesto floral.
— ¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.
Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron entre los amarillos: una hermosa combinación de girasoles y margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”
La voz del muchacho la volvió.
— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.
Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, aspiró un sutil aroma a lavanda. En el interior, había una medalla de plata y una carta escrita a puño y letra:
Estimada Celia:
Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que le dieron sentido a mi vida. Aún conservo vivo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida junto a ti. Pero ante todo, debía respetar tu decisión de vivir sola.
He estado pendiente de ti, sin que te percataras. Me han dado alegría los títulos que has conseguido y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido sin estar a la boda de tus hijos y te he acompañado en momentos de dolor. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y en el último instante no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, y ahora espero que por ella me recuerdes también. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte, lo ordené antes de escribirte esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.
Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando doña Carmen, su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.
Mario ha visto las fotos en que estamos juntos y en una ocasión me preguntó quién eras. Le dije que eras su tía y desde entonces, creció con esa idea. Por eso, hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.
Hasta siempre mi bella amiga.
Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con Sigue leyendo «LA MONEDA»
LA OCASIÓN
¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo? Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían: mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo eras parte de un club
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CELIA
Ya había barrido el patio; pero a Celia gustaba de ver el azahar del naranjo esparcido en la tierra negra y, al fondo la enredadera con sus flores que parecían tacitas de té. Después seguía con la vivienda. Asear cuarto por cuarto, era cada vez más pesado. Las camas se hacían inmensas y tardaba más de lo debido tratando de que las sobrecamas quedaran con ese toque de exactitud que deseaba la señora. Cuando sacudía, el polvo llegaba y la hacía estornudar con violencia infinidad de veces. De su bolsa extraía un pedazo de papel higiénico y con fuerza se sonaba y, movía la cabeza. “Tengo años haciendo esto y cada día me canso más. Me cuesta trabajo meter la escoba debajo de las camas. Cuando exprimo el mechudo, el agua fría me entumece las coyunturas y la fuerza se hace torpe. El ajetreo cansa y cuando arremete el dolor de espalda dan ganas de tirarme al piso. ¡Pero no!, tengo que seguir, pues a la señora le gusta que los vidrios estén relucientes y para lograr el efecto hay que pulirlos con papel periódico”. Suspiraba, se iba a la cocina y bebía una taza de café y pan para poder continuar. Volvía al quehacer. “¡Ya no tardan en llegar! El tiempo apenas me alcanza para hacer una sopa de arroz y guisar el pollo con ajo y tomate. Debe estar bienSigue leyendo «CELIA»
MONÓLOGO
¿A quién le echo la culpa? Si mi madre viviera la escucharía decir “ es que lo pendejo no se te va a quitar, en eso saliste a tu padre” Pero dónde tendría yo el cerebro para aceptar a este bueno para nada, que ronca peor que cerdo. Ah pero hace dos años allí está la pendeja sintiendo mariposas en la barriga. Tan bien que estaba antes de conocerlo. Si comía bien, sino también. Si quería irme a bailar o a coger no tenía que pedirle permiso a nadie, pero llegó este cabrón a calentarme la cabeza y de estúpida que me caso. Y mírame, ahora tengo que lavar, planchar hacer de comer, aparte de la joda que te pones en la fábrica. Y en la noche, quieras o no quieras, si el marrano tiene ganas hay que abrir las piernas y cerrar los ojos. ¡Ah pero eso no es todo!, aparte de soportarlo a él, también tengo que soportar a sus amigos. Me dice: mi amor tráenos otra cerveza y, también más botana para picar. Y después de que terminan briagos y a traspiés se van, hay que limpiar sus porquerías y poner todo en orden. Escucha, escucha como ronca, ni la vida le corre al desgraciado, como él no tiene que levantarse temprano. Pero a quien madres le echo la culpa, pues si mi madre viviera, tendría que darle la razón !Nunca se me va a quitar lo pendeja¡
MAL DE MONTAÑA
Cuando confirmé que iría a visitarla me hizo mil recomendaciones. Al vernos, después de más de un día de camino nos abrazamos y empecé a parlotear de todo lo que me había pasado, obviamente hice lo contrario a lo que ella había recomendado. “eres incorregible, pudo haberte pasado una desgracia” pero sonrió y alisando su voz dijo “lo bueno es que ya estas aquí y conmigo estás seguro”
Ella era una mujer que vivía con sus hijos, pero el cónyuge conservaba la costumbre de visitarlos para tomar el desayuno y de vez en cuando salía con ellos, dando la impresión de ser una familia unida. El departamento amplio, cómodo, con una ventana por donde se apreciaba un jardín con buganvillas en flor y entre tanto verdor: una perra blanca, enorme retozando.Sigue leyendo «MAL DE MONTAÑA»
UN HOMBRE SENSIBLE
La miraba sin que ella se percatara; Fingía ver los rulos oscuros de su pelo, pero me detenía en los signos de su partida. Ella sonreía y tomaba mi barbilla y me decía lo feliz que era. Mentía, tal vez no se daba cuenta que a su sonrisa le acompañaba un entrecejo, -ese relax que se abre cuando hay satisfacción. Observaba el punto de tensión y, movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches y ésta, aunque se oculte, un hombre sensible la percibe.
Hubo momentos de gran alegría, de cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Mi mano la resguardaba y la proveía. Las veces que la conducía sobre las grandes avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la esquina y ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, después dejó de emitir destellos. ¿ Ella sabría lo que dirían sus ojos? Nunca lo sabré. Aunque creo que lo supo. Sin embargo no le di tiempo de decírmelo.
Muy en la mañana, la neblina cuajaba en el piso y sobre los cerros tal vez formaba grandes anacondas. La reconocí por su forma de caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta, subía y bajaba con desorden como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje? ¿acaso escapaba? cuando ayer todavía me rodeaba con sus brazos. Nunca llegó a su destino… ni creo que lo tuviese.
LOS COTORROS
He visto relámpagos horizontales en un zig-zag iridiscente. Creí ver el verde de las naranjas, el amarillo de los crisantemos,
mas por la gritería no pude menos que admirar, que eran parvadas de cotorros que transitaban sobre la ciudad borrachos de vida,
sin respetar el rojo de los semáforos. ni el silencio obligatorio de los hospitales.


