Leyenda Totonaca
El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.
Leyenda







Caminé sobre el principio del final. Reflexioné que lo mejor está dentro. Abrí ventanas y azucé pensamientos; que vuelen y vuelen para que lleguen a ser.He vivido entre párrafos. «Mis ojos ardían y las letras danzaban”. Encontré camino en la palabra. Ella es corazón. Me hace lanzarla y embelesa hacerla flor, cielo o mar.
Es tarde

El cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.
Un día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.
Breve el placer, el amor, el tiempo;
Llegaste como aguacero en un día soleado. De las hierbas silvestres del páramo volaron mariposas, la tierra dura se ablandó y brincaron los sapos enlodados de tiempo.