El día que fuimos
Un día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.
El diluvio

Noé escuchó el canto de una sirena que pedía posada en el nombre de Dios. Estuvo tentado a decirle que sí, mas recordó la fiereza de los gatunos; la dureza del instinto. Ella se fue. Y él, quedó con latidos entre las piernas.
Dónde están los dictadores tan temidos
Breve el placer, el amor, el tiempo;
larga la muerte.
Todo se abrevia: te duermes y no eres.
Las palabras son palomas,
hojas que caen,
flores que abren,
estrellas que muertas nos alumbran.
nuestra dimensión,
se oscurece en el sueño,
o en la infinita soledad.
El deseo nos hace perseguir la vida,
ser aire y gaviota.
Se nos abrevian los sentidos,
se oscurecen,
pozos sin luz,
¡Somos briznas en el tiempo!
¿Dónde los dictadores temidos?,
¿dónde los convertidos en oro…?
¡Nada! Sólo un río de olvido.
Piedra y río
Las lavanderas
tallan sobre la piedra
los rumores del río.

La pasarela
Llegaste como aguacero en un día soleado. De las hierbas silvestres del páramo volaron mariposas, la tierra dura se ablandó y brincaron los sapos enlodados de tiempo.
Te fuiste.
Dentro de mí quedó un vientecillo renuente, aire fresco que desconoce el horario y que en días pluviosos ofrece en fila mariposas en pasarela.
Un gato al acecho
Todos los días el campanero llega muy temprano a la iglesia y anuncia el llamado a misa, son las mismas beatas, el mismo cura que no para desde hace cuarenta años. A esa hora el aroma a pan inunda la calles torcidas y empedradas del pueblo. Nada pasa, transcurre la vida con lluvia pertinaz, neblina que, sin faltar a la cita baja de la montaña. Es una tierra cansada, los perones que han enraizado tienen sus ramas como manos viejas y huesudas. Este día la niebla baja a ras de la tierra. Parece una sierpe que sube enroscándose al tallo del árbol. Muy cerca hay una ventana, detrás de la ventana una niña hace dibujos en el vidrio. Ha puesto su mirada en el humo frío que arremeda el deslizar de la boa. Tras de ella, un felino acecha y con la zarpa ataca. Ella se carcajea por la torpeza del gato. Dejó de llover y el sol inunda.
Páginas de un diario

Me he visto caminar por la orilla del mar y meditar cada vez que el agua me besa los pies. Su inmensidad me sobrecoge y sobre el horizonte veo un barco de vela que se hunde en el tiempo. Me veo jugando sobre el pecho de mi padre y sus manos dulces abrazándome; entonces los ojos se me inflaman. Suspiro y camino pensando que su sombra me sigue y cuida. Como toda vida he sufrido y reído; el equilibrio entre ambas cosas es lo que me mantiene. Una ola llega, me burbujea en la piel y después se va. Nada se queda, todo por movimiento se va. Me iré yo, pero dejaré en el vuelo de las gaviotas mis quehaceres. Eso deseo, eso amo…
Foto de M.P.A.
El cascanueces

hay noches que tus cabellos danzan su cascanueces sobre la planicie de mi pecho. La sábana desprende aroma de hierbas y navegamos velas al cielo con bandera de pirata y, sobre la Osa mayor, angulamos las articulaciones hasta ser sudor y silbido. Sediento consumo el agua, y el peso cierra mis párpados, me hunde. Por la mañana, me sorprendo al encontrar sobre el espejo el dibujo de un galeón abriéndose en un mar de cielos.
Un viejo dolor

Intuyo que tu alma tenía la fuerza de esos remolinos que miramos en la pradera,
levantan polvo, se agotan,
pero después reinician con más fuerza.
No comprendo cómo dices quererme tanto y añades en un punto y aparte
“que lo mejor sería proponerse objetivos nuevos.”
.
En ese estado de tu interior, —aún pensando que me quieres—
me pregunté: ¿porqué sacaste la hoz y segaste?
Más de alguna noche me dije:
¡Es que esto no puede venir de ella!
Y movía la cabeza como esas marionetas estúpidas que encuentras en los mercados de vecindad.
Entonces:
cerré el libro
y acepté de una vez por todas
que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto.
Cae la tarde

Cae la tarde
en las aguas del río.
Croan las ranas.
Una vieja amistad
Cuando pregunté por el Rondi, ella puso cara de “no me acuerdo”. Dije ¿cómo es posible de que no te acuerdes de él, si te llevaba a todas partes, incluyendo a tu marido? “Ah el Rondi”, reaccionaste. “pues no sé nada de él”. Allí si te di la razón, pues a mí me pasa lo mismo, soy tan desmemoriado que algunas cosas se han ido de mi cabeza. Pero no puedo pensar que a ti se te haya olvidado: tenía alrededor de treinta años, ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Alto, esbelto. Con una manera de caminar felina y al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas. “qué se te antoja” ¡qué era lo que él pidiese, y que tú no intentaras complacerlo! Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo creímos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabíamos que había llegado del norte, pero nunca mencionaste cómo lo conociste y porqué todos los días llegaba a tu casa. Comían y cenaban con él. Todavía más, en algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos y él seguía la plática. ¿Habrá sido posible que te hayas olvidado de él? Antes del Rondi, los cuatro, Latz, yo y ustedes siempre hacíamos planes, el sábado o el domingo, que si vamos a la playa o vamos de compras. La verdad tuvimos viajes fantásticos, el río, el mar. La serenata del día de las madres. Todo funcionaba bien y por supuesto terminábamos en algunas ocasiones perdiendo la vertical por el alcohol, Pero recuerdo que tú, siempre fuiste ecuánime, al menos nunca te sobrepasaste. Tu esposo en ese entonces tampoco. Claro lo de tu esposo es aparte, en realidad tenía un carácter llevadero, pero cuando le brincaba el apellido a la cabeza, entonces era capaz de desbaratar cualquier fiesta y era mejor despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi? no recuerdo, sólo sé de ese momento que fue tan especial para ti y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Por supuesto, Latz y yo secreteábamos y decíamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocíamos por tu nariz fuerte, ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y duro, caderas amplias y unas piernas largas y velludas. Sí, en aquel entonces, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de que te veías enajenada? Pienso que no, porque él también miraba entusiasmado la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza en ambos, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, también pasaba con Latz, conmigo, que tu marido se ausentaba y despedíamos al gordo con bromas y él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! : en la playa, en casa, y aquella vez en la oscuridad total, sentí tus manos explorando y yo quieto, porque sabía que eras tú y luego tu boca cercana a la entrepierna, bajé el zíper y sin ayudarte, hiciste el resto, fueron unos cuantos minutos, lo suficientes para saber de la presión y la humedad de tu boca. luego tu voz:” ya vete… él no tarda en llegar”. semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo miradas , ni manos inquietas. No supe más. Y ahora que te he visto y te he preguntado por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación tus labios gordos sobre mi piel brillosa, mis manos peinando tu testa.
La fiebre de las ovejas locas
La oveja dejó que la trasquilaran sin oponer resistencia y decidió un alocado estilo ajedrez:: cuadrados blan
cos con negros; así, podría poseer un caballo. Al final, desesperada, tomó su bolsa y se compró un perro ovejero para consolarse.
El ave
Me gusta el ave,
surca el inmenso cielo;
con libertad.
Ocaso

El ocaso se pierde.
Llegan las nubes cara de vaca y ocultan los rayos de sol.
Nada interrumpe mi oleaje que teje la espuma como eficaz hilandera.
Hay dolores que revientan y no espantan; ni tampoco las felicidades adolescentes que envanecen.
Alabo el sacerdote que nunca ha dejado de ser pobre y que ahora es viejo.
Admiro a la mujer que es feliz aunque para todos viva en pecado.
A mi edad la muerte reclama un sitio en mi cama. Y la vida es río hasta que se pierde en el mar.
Me sorprenden las garzas que llegan, el croar de las ranas y los gritos de las chachalacas.
El amor florece.
Me entusiasma vivir, pero entiendo que todo lo que inicia termina. huelo la tierra mojada y buscaré un lugar al lado de los sapos barraganes.
Sabiendo que la mudez se acerca.

El cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.