paisaje.remolino

Intuyo que tu alma tenía la fuerza de esos remolinos que miramos en la pradera,
levantan polvo, se agotan,
pero después reinician con más fuerza.
No comprendo cómo dices quererme tanto y añades en un punto y aparte
“que lo mejor sería proponerse objetivos nuevos.”
.
En ese estado de tu interior, —aún pensando que me quieres—
me pregunté: ¿porqué sacaste la hoz y segaste?
Más de alguna noche me dije:
¡Es que esto no puede venir de ella!
Y movía la cabeza como esas marionetas estúpidas que encuentras en los mercados de vecindad.
Entonces:
cerré el libro
y acepté de una vez por todas
que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto.