tajin
Leyenda Totonaca

El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.

Leyenda