Tres amigos de años sesentones platicaban acerca de sus hijos en prestigiado restaurante.
Rodolfo, se fue a estados unidos hace tiempo, le ha ido bien, Es un arquitecto que ha diseñado edificios públicos en New York y gana lo que quiere, con tal solo decirles que a su mejor amigo le regaló una casa con piscina.
Antonio, mi hijo, dijo otro de los comensales, curso postgrados en la meca del cine, vive en la ciudad de los rascacielos y tiene una empresa con la que hace comerciales a las mejores industrias. Le llueven billetes verdes, con tan solo decirles que a su mejor amigo le obsequió un Ferrari último modelo.
El tercero callaba, pero a tanta insistencia de los amigos tuvo que confiarles un secreto que sólo guardaba para él.
El mío también se fue a Estados Unidos, realmente durante mucho tiempo no supe nada de él, pero me mandó una carta muy personal donde me dice que salió de la casa para no causarme un infarto. Mi hijo es puto.
Los compañeros, exclamaron con dolor, moviendo la cabeza y tratando de ser empático con el amigo, después de un doloroso silencio, uno de ellos le preguntó, pero, cómo le ha ido?
No le va tan mal, se ha hecho de buenas amistades, pues según sé uno de sus amantes le compró una residencia y otro le regaló un Ferrari último modelo.

Llueve.
La gente frota las manos, por encima de los cerros pasan las nubes, obesas gallinas picoteando el cielo.
Llueve finito.
Las hojas tiritan de frío.en cada esquina, las sombrillas platican con antiguas comadres.
Entre los huecos de viejos edificios las palomas aletean los vapores del clima.
Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reúnen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, se dispersan sobre los vellos de mi pecho y saltan.
Silbo caminando bajo la lluvia.
Es un día diferente, abro mi camisa para que mi corazón reumático retoce con el agua.
Atrás y adelante las sombrillas color de rosa me esperan. Tomaremos café y jugaremos toda la tarde