Un grano de trigo frag de Ngugi Wa Thiong´o

Para Dorothy

¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta.

 

1 Corintios 15:36

Aunque esta novela se sitúa en la Kenia contemporánea, todos sus personajes son ficticios. Nombres como el de Jomo Kenyatta o el de Waiyaki son mencionados como parte ineludible de la historia y las instituciones de nuestro país. Sin embargo, la situación y los problemas son reales; algunas veces demasiado reales y dolorosos para los campesinos que lucharon contra los británicos y que ven que todo aquello por lo que lucharon se atribuye ahora a un solo bando.

NGUGI WA THIONG’O

Leeds, noviembre de 1966

1

Mugo estaba nervioso. Estaba tumbado boca arriba, mirando al techo. Colgajos de hollín pendían de la techumbre de helechos y paja, y todos apuntaban a su corazón. Una gota de agua clara estaba delicadamente suspendida sobre él. La gota engordaba y se ensuciaba a medida que absorbía motas de hollín. Poco a poco empezó a avanzar hacia él. Intentó cerrar los ojos. No se cerraban. Intentó mover la cabeza: estaba firmemente encadenada al borde de la cama. La gota se hacía más y más grande y se acercaba cada vez más a sus ojos; quiso cubrírselos con las palmas; pero sus manos, sus pies, todo se negaba a obedecer su voluntad. Desesperado, Mugo se dispuso a hacer un esfuerzo por despertarse, y lo logró. Ahora estaba bajo la manta y desasosegado, temiendo, como en el sueño, que una gota de agua fría le hiriese los ojos. La manta estaba dura y desgastada; sus cerdas le picaban en la cara, en el cuello, en todas las partes desnudas de su cuerpo. No sabía si salir de la cama o no; allí estaba caliente, y todavía no había salido el sol. El amanecer se colaba por las rendijas de la pared en la cabaña. Mugo intentó un juego al que siempre jugaba cuando perdía el sueño en la mitad de la noche o temprano por la mañana. En la oscuridad total o nebulosa, la mayoría de los objetos perdían sus bordes, una forma se disolvía en otra. El juego consistía en tratar de adivinar los distintos objetos de la habitación. Esta mañana, sin embargo, a Mugo le resultaba difícil concentrarse. Sabía que era solo un sueño; y sin embargo, continuaba estremeciéndole la idea de una gota fría cayendo en sus ojos. Un, dos, tres; se quitó la manta de encima. Se lavó la cara y encendió el fuego. En un rincón, descubrió un poco de harina de maíz, en una bolsa entre los utensilios. La puso en una sufuria en el fuego, añadió agua y revolvió con una cuchara de madera. Le gustaban las gachas por la mañana. Pero siempre que las tomaba, recordaba las gachas medio cocidas que comía durante la detención. «Cómo se arrastra el tiempo, todo se repite», pensó Mugo; el día que llegaba sería como ayer y como anteayer.
Cogió un jembe y una panga para repetir la rutina en la que su vida había caído desde que dejó Maguita, el último campo de detención. Para llegar a su nueva shamba, que estaba al otro lado de Thabai, Mugo tenía que recorrer las calles polvorientas del pueblo. Como de costumbre, Mugo descubrió que algunas mujeres se habían levantado antes que él, que algunas ya estaban volviendo del río, sus frágiles espaldas dobladas en dos bajo el peso de los cántaros, a tiempo para preparar el té para sus maridos y sus hijos. El sol ya estaba alto: las sombras de los árboles, de las cabañas y de los hombres eran delgadas y alargadas en el suelo.
—¿Cómo va todo esta mañana? —le saludó Warui, emergiendo de una de las cabañas.
—Todo bien.
Y como de costumbre Mugo hubiera continuado, pero Warui parecía ansioso por hablar.
—¿Atacando la tierra temprano?
—Sí.
—Eso es lo que yo digo siempre. Ve cuando la tierra está todavía suave. Que el sol te encuentre ya allí y no será rival para ti. Pero si llega a los campos antes que tú… mmm.
Warui, un anciano del pueblo, llevaba una manta nueva que hacía destacar claramente su cara arrugada y los mechones de pelo gris en su cabeza y en su barbilla puntiaguda. Había sido él quien le diera a Mugo la tierra en la que ahora cultivaba unos pocos alimentos. Su propia parcela la había confiscado el gobierno mientras él estaba detenido. Aunque a Warui le gustaba hablar, se había acostumbrado a respetar la reticencia de Mugo. Pero hoy le miraba con un nuevo interés, casi con curiosidad.
—Como nos dice Kenyatta —continuó—, estos son días de Uhuru na Kazi. —Hizo una pausa y lanzó un salivazo hacia el vallado. Mugo estaba incómodo con este encuentro—. ¿Y cómo está tu cabaña? ¿Preparada para Uhuru? —continuó Warui.
—Oh, está bien —dijo Mugo, y se despidió. Mientras avanzaba por el pueblo, trató de descifrar el sentido de la última pregunta de Warui.
Thabai era un pueblo grande. Cuando se construyó, había combinado varios cerros: Thabai, Kamandura, Kihingo y partes de Weru. E incluso en 1963, no había cambiado mucho desde el día de 1955 cuando se erigieron a toda prisa tejados de paja y paredes de barro, mientras la espada del hombre blanco colgaba peligrosamente sobre el cuello de la gente para protegerlos de sus hermanos del bosque. Algunas cabañas se habían caído; unas pocas habían sido derribadas. Pero el pueblo mantenía un orden impecable; desde la distancia, parecía una gran masa de hierba desde la que el humo se alzaba hacia el cielo como si se estuviera ofreciendo un sacrificio.
Mugo caminaba con la cabeza algo inclinada, mirando con fijeza al suelo como si le avergonzara mirar a su alrededor. Estaba reviviendo el encuentro con Warui cuando oyó a alguien gritar su nombre. Se paró en seco y vió a Githua, que avanzaba hacia él cojeando con sus muletas. Cuando alcanzó a Mugo se enderezó frente a él, se quitó el sombrero roto y proclamó:
—En nombre de la libertad del hombre negro, te saludo. —Y entonces hizo varias reverencias con cómica deferencia.
—¿Estás… estás bien? —preguntó Mugo, sin saber cómo reaccionar.
Para entonces, dos o tres niños se habían reunido, y se reían de los aspavientos de Githua. Githua no contestó de inmediato. Su camisa estaba desgastada, el cuello relucía de puro sucio. La pernera izquierda de su pantalón estaba doblada y sujeta con un alfiler para cubrir el muñón. Inesperadamente, agarró a Mugo de la mano.
—¿Cómo estás, chico? ¿Cómo estás, chico? Me alegro de verte ir a tu parcela temprano. Uhuru na Kazi. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Incluso en domingo. Te digo que antes de la Emergencia yo era como tú; antes de que el hombre blanco me hiciera esto con sus balas, yo podía trabajar con las dos manos, chico. Mi corazón danza alborozado al ver tu espíritu. Uhuru na Kazi. Jefe, te saludo.
Mugo trató de retirar su mano. El corazón le latía con fuerza, y no encontraba palabras. La risa de los niños aumentaba su agitación. La voz de Githua cambió de repente.
—La Emergencia nos destruyó —dijo con voz llorosa, y desapareció con brusquedad.
Mugo se apresuró, consciente de la mirada del hombre detrás de él. Tres mujeres que v …

megustaleer - Un grano de trigo - Ngugi wa Thiong'o

Conociendo a Ngugi wa Thiong’o, entrevista

La vida de Ngugi wa Thiong’o, nacido James Thiong’o en Kamirithu, Kenia, en 1938, resume muchos de los horrores y miserias de África: creció en una empobrecida familia numerosa, con veinticinco hermanos y, siendo niño, su padre le expulsó de su hogar con su madre y sus cuatro hermanos carnales. Cada día debía recorrer descalzo 10 kilómetros para ir a la escuela, donde descubrió La isla del tesoro, de Stevenson, que cambió su vida.
En los últimos estertores del colonialismo, uno de sus hermanos se unió a la guerrilla local, los Mau Mau, mientras un hermanastro era Fusilero Africano en la milicia progubernamental. Su madre fue torturada en un centro de detención donde pasó tres meses confinada, y otro hermanastro, Gitogo, fue asesinado por la espalda por no obedecer una orden de un soldado británico (era sordo). Una época atroz, que Ngugi wa Thiong’o describe en el segundo volumen de sus memorias, En la Casa del Intérprete, que lanza estos días Rayo Verde, coincidiendo con su presencia en el MOT Festival de Literatura Girona-Olot 2018. En el libro, el autor recupera al joven inocente que fue, y que descubrió cómo su pueblo había sido arrasado y trasladado por las autoridades junto a otras aldeas a modo de campo de concentración. Más tarde, a finales de los 70, él mismo pasó un año en la cárcel. Sin juicio. Sin esperanza.

El lenguaje de los sueños
Todo empezó en 1977. Entonces, recuerda el escritor, ayudó a escribir una obra, Ngaahika Ndeenda (Me casaré cuando quiera) en gikuyu, que iba a ser interpretada por campesinos y trabajadores (hombres y mujeres) de Kamirithu. “El gobierno poscolonial prohibió la representación de nuestra obra por subversiva y el 31 de diciembre de 1977 fui arrestado y encarcelado en la prisión de máxima seguridad de Kamiti, sin juicio alguno. Fui liberado en diciembre de 1978 gracias a Amnistía Internacional. Lo he contado en mi libro de memorias carcelarias Luchando contra el diablo, que publica ahora New Press en Estados Unidos”.

Pregunta.- ¿Fue entonces, en la cárcel, cuando decidió escribir en gikuyu?
Respuesta.- Efectivamente. Antes, todas mis novelas –No llores, pequeño (1964); El río que nos separa (1965); Un grano de trigo (1967) y Petals of Blood (1975)- las escribí en inglés. El diablo en la cruz, que había redactado en papel de váter mientras estaba encarcelado, fue mi primera novela en gikuyu.

Sin embargo, abandonar la cárcel no le dió la libertad: Thiong’o tuvo que dejar primero la Universidad de Nairobi y después el país. Tras pasar por las universidades de Londres, Estocolmo, Leeds, Yale y Nueva York, se instaló en Los Ángeles y comenzó a dar clases de Literatura Comparada en la Universidad de California sin dejar de escribir ficción.

P.- Escribe en gikuyu desde 1977, enseña Literatura Inglesa en la Universidad de California, pero ¿en qué lengua piensa?
R.- Pienso en el lenguaje de los pensamientos; sueño en el lenguaje de los sueños y cuando trato de articular un concepto, lo hago en el idioma en el que estoy escribiendo, ya sea en inglés o gikuyu. Sin embargo, el inglés puede controlar mis pensamientos porque desde la escuela es para mí el idioma de la conceptualización.

Los desafíos del gikuyu
P.- ¿Por eso se convirtió en su propio traductor?
R.- No tuve otra opción. Las lenguas africanas deben hacer frente a muchos desafíos, como sus escasas posibilidades de publicación o que existen muy pocos traductores especializados en ellas, pero en mi caso al menos tres de mis libros han sido traducidos por otros. Traducirse a uno mismo resulta muy aburrido. Uno revisa el mismo material dos veces, la primera vez cuando lo crea -lo que suele ser muy emocionante- y la segunda vez cuando lo traduce. Sin embargo, concibo la traducción como el lenguaje de los lenguajes. Y para que conste, ahora escribo toda mi ficción en gikuyu, mientras que mis memorias y obras teóricas las escribo en inglés. Después de todo, soy profesor de Literatura Inglesa y Comparada.

P.- Desde que escribe en gikuyu, ¿ha cambiado la actitud de sus lectores?
R.- Los lectores de gikuyu (unos siete millones) están encantados, y a los demás sólo les importa que sean buenas lecturas. No, no tengo queja de los lectores. En cambio, me gustaría que cambiaran las actitudes de los editores y de los responsables de las políticas educativas gubernamentales y que destinasen más recursos a los libros escritos en lenguas africanas.

P.- ¿De qué manera el hecho de sufrir en su juventud tanta violencia cambió su vida?
R.-La vida es siempre una lucha. Como el poeta inglés William Blake dijo una vez, sin contrarios no hay progreso. No podemos permitir que lo negativo gobierne nuestras vidas.

En su caso no lo ha hecho. No ha podido, a pesar de que, cuando cayó la dictadura de Arap Moi, y Thiong’o regresó a su país en 2004, fue asaltado en su apartamento por cuatro hombres armados que violaron a su esposa delante de él, mientras le golpeaban y quemaban el rostro.

La herencia del colonialismo
P.- La violencia que sigue devastando África ¿es consecuencia del colonialismo?
R.- En la mayoría de los casos, el postcolonialismo sólo ha supuesto la normalización de las anormalidades de los sistemas coloniales. Tenemos que seguir luchando por un mundo en el que todos tengan derecho a una alimentación adecuada, a una vivienda digna, a educación y salud, y sobre todo, a utilizar nuestros propios idiomas, y a desarrollar nuestra cultura.

P.- ¿Y qué pasa con el sida? ¿Se ha convertido quizá en otro instrumento de dominio?
R.- No hay razón alguna por la que no podamos eliminar todas las enfermedades. No podemos continuar construyendo palacios para unos pocos y prisiones para la mayoría. Un mundo así, de privilegios escandalosos y desigualdades sangrantes, es un mundo muy, muy inestable. Invirtamos en la vida y no en la muerte.

P.- Pero ¿que puede hacer un escritor ante tanta injusticia?
R.- El arte es siempre por la vida. Un autor como yo sólo puede mantener viva la esperanza, sólo puede seguir soñando y escribiendo en pos de un mundo sin violencia, sin injusticia, pobreza ni enfermedad. Un mundo de esplendor para unos pocos construido sobre la miseria de muchos es un mundo profundamente inhumano.

P.- A pesar de la distancia, ¿qué relación mantiene hoy con Kenia, vuelve a menudo?
R.- Kenia está siempre en mi mente. La democracia se ha restaurado, así que vuelvo a casa de vez en cuando. Hace unos dos años, el presidente Uhuru Kenyatta nos recibió a mi familia y a mí en el Palacio Presidencial, y me invitó a la reinauguración oficial del Teatro Nacional de Kenia.

P.- ¿Cómo valora la narrativa contemporánea africana?
R.- El panorama literario de África es muy emocionante. Cada año aparecen más y más autores emergentes. Lo más impresionante de todo es la importancia creciente de las escrituras. Desgraciadamente, el ritmo de creación en lenguas africanas no es demasiado fuerte aún, pero nos esforzamos, tenemos que hacerlo, por nuestros idiomas, por nuestras culturas, y nuestro futuro. Lo que está mal en el mundo no es la existencia de muchos idiomas, sino que mantengan entre sí una relación de jerarquía, de dominio, que parece condenar a los minoritarios. Todos los idiomas tienen derecho a existir, tienen derecho a la literatura, a la vida intelectual. La relación y no la jerarquía es mi nueva religión. El monolingüismo es el monóxido de carbono de la cultura, el bilingüismo es su oxígeno. Dejemos a las naciones y a las palabras respirar oxígeno y no monóxido de carbono.

Primeras lecturas, últimos escritos
P.- ¿Cuál es su relación con los escritores africanos actuales? ¿a qué jóvenes lee y admira?
R.- Uf, hay muchos. No sé, me gustan mucho Chimamanda Ngozie Adichie, la zimbabuense NoViolet Bulawayo; el keniata Peter Kimani… Son demasiados, y con mucho talento, para mencionarlos a todos aquí.

P.- ¿Cuál fue el primer poema que leyó?
R.- Recuerdo como el más memorable un pasaje muy poético en gikuyi, Mathome re wa gikuyu. Escribí sobre él en mis memorias, Sueños en tiempos de guerra, porque hasta entonces sabía leer, comprender conceptos, pero fue este poético pasaje el que me descubrió que “las palabras escritas también podían cantar”.

P.- ¿Qué escribe ahora?
R.- Estoy trabajando en varias historias en gikuyu. La más importante es un relato épico, Kenda Miuyuru, sobre Gikuyu y Mümbi, los padres fundadores del pueblo gikuyu.

P.- ¿Sigue siendo su pasaporte de Kenia su talismán?
R.- Sí, aún me aferro a mi pasaporte keniata. Después de todo, es mi verdadero pasaporte al mundo. Yo llevo Kenia al mundo y llevo el mundo a Kenia.
Ngugi wa Thiong’o

https://elcultural.com/Ngugi-wa-Thiongo-Un-escritor-como-yo-solo-puede-mantener-viva-la-esperanza

Ratones de Alfonso Reyes

Tenía unas bodegas llenas de ratones. Se hizo traer una gata, que extingió la plaga. Un día la gata se comió un merengue, y se desencantó y volvió a ser princesa. La princesa era muy agradable. Pero la casa se llenó de ratones.

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Chimamanda Ngozi Adichie, breve biografía y fragmento

Autora nigeriana de diversas novelas premiadas que incide sobre la necesidad de usar referentes africanos en la obra que sale del continente, para evitar que las historias sólo tengan elementos occidentales.
Chimamanda Ngozi Adichie nació en Nigeria, concretamente en la aldea de Abba. Es la quinta hija de un matrimonio de etnia igbo formado por Grace Ifeoma y James Nwoye Adichie.
Pasó su infancia en la ciudad de Nsukka, sede de la Universidad de Nigeria, en una casa que anteriormente había sido habitada por el célebre escritor nigeriano Chinua Achebe, autor por quien esta autora siente una gran admiración.
Su padre era profesor de estadística y su madre trabajaba también en la Universidad, como secretaria. A la edad de diecinueve años, Chimamanda Ngozi Adichie se trasladó a Estados Unidos con una beca de dos años para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Drexel, Filadelfia.
Posteriormente continuó sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut, en la que se graduó en 2001. También ha llevado a cabo estudios de escritura creativa en la Universidad John Hopkins de Baltimore y obtuvo un máster de estudios africanos en la Universidad de Yale.
En 2003, mientras se encontraba estudiando en Connecticut, publicó su primera novela, La flor púrpura (Purple Hibiscus), que fue muy bien recibida por la crítica y recibió el Commonwealth Writers’ Prize for Best First Book en 2005.
La acción de su segunda novela, Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006), así titulada en referencia al diseño de la bandera de la efímera nación de Biafra, se desarrolla durante la Guerra Civil nigeriana. En 2007 esta obra, alabada, entre otros, por el escritor nigeriano Chinua Achebe, fue galardonada con el Orange Prize for Fiction.
En 2009 publicó una colección de relatos breves, titulada The Thing Around Your Neck.
En este vídeo, la autora nos explica el peligro de conocer sólo una versión de la historia, de conocer sólo un punto de vista y de ahí la importancia de conocer autores africanos que usan recursos africanos en sus obras y no sólo referencias y puntos de vista occidentales. En este otro vídeo nos da los argumentos necesarios para entender por qué todos deberíamos ser feministas
  • La flor púrpura (Purple Hibiscus, 2003). Barcelona: Grijalbo, 2004 (Edición de Bolsillo, Barcelona: Debolsillo, 2005).
  • Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006). Barcelona: Mondadori, 2007.
  • Algo alrededor de tu cuello (The Thing Around Your Neck, 2009). Barcelona: Mondadori, 2010.

 

Chimamanda Ngozi Adichie

Al abrir, buscar una liga que te lleva a la prosa de Chimamanda

Certeza de Rubén Pesquera

Tal vez fue él quien comió de mi sopa o quien puso en orden mis papeles en el escritorio luego de que caí dormido en el sillón. Acaso él me haya puesto la pijama y me haya lavado los dientes… Hasta hace unos instantes abrigaba mis dudas, mas ahora que veo dormir a mi esposa y reconozco en ella la tez propia de sus ansiares satisfechos a plenitud, tengo la certeza: él… estuvo aquí.

Tomado de fb

Chimamanda Ngozi. contra la historia única, la feminista

Soy narradora. Y me gustaría narraros algunas anécdotas personales acerca de lo que me gusta llamar «el peligro de la historia única». Crecí en un campus universitario del este de Nigeria. Mi madre dice que aprendí a leer con dos años, aunque creo más probable que fuera con cuatro. En cualquier caso, fui una lectora precoz, y lo que leía eran libros infantiles británicos y estadounidenses.
También fui una escritora precoz, y cuando, hacia los siete años, empecé a escribir cuentos a lápiz ilustrados con ceras que mi pobre madre tenía la obligación de leerse, escribía exactamente el mismo tipo de historias que leía: todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve y comían manzanas, y hablaban mucho del tiempo, de lo delicioso que era que saliera el sol.
Ahora bien, eso sucedía a pesar de vivir en Nigeria. Nunca había salido de Nigeria. Nosotros no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos del tiempo porque no hacía falta.
Mis personajes también bebían mucha cerveza de jengibre, porque los personajes de los libros británicos que leía la bebían. Daba igual que no tuviera ni idea de lo que era. Y durante muchos años me morí de ganas de probar la cerveza de jengibre. Pero esa es otra historia.
Lo que esto demuestra, creo yo, es lo impresionables y vulnerables que somos ante una historia, sobre todo de niños. Como solo había leído libros con personajes extranjeros, me había convencido de que los libros, por naturaleza, debían estar protagonizados por extranjeros y tratar de cosas con las que no podía identificarme. Pues bien, la situación cambió cuando descubrí los libros africanos.
No había muchos disponibles, y no eran tan fáciles de encontrar como los extranjeros. Pero gracias a escritores como Chinua Achebe y Camara Laye, mi percepción de la literatura cambió. Comprendí que en la literatura también podía existir gente como yo, chicas con la piel de color chocolate cuyo pelo rizado no caía en colas de caballo. Empecé a escribir sobre asuntos que reconocía.
Adoraba aquellos libros británicos y estadounidenses. Avivaron mi imaginación. Me abrieron mundos nuevos. Pero la consecuencia involuntaria fue que no sabía que en la literatura cabía gente como yo. Así que el descubrimiento de los escritores africanos hizo esto por mí: m …

 

Chimamanda Ngozi , sus libros

Durante siglos, la cultura africana se ha visto oprimida por unas potencias extranjeras que trataron de inculcar su visión del mundo en gran parte del continente negro. Y es ahora, en pleno siglo XXI, cuando diferentes voces se han alzado para contar la realidad de ayer, hoy y mañana, siendo la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie una de las mayores embajadoras de esta nueva ola. Te invitamos a conocer los mejores  libros de Chimamanda Ngozi Adichie a fin de sumergirte en todas esas historias congeladas en el tiempo y que hoy se abren al mundo para reivindicar la igualdad en todos sus sentidos.

Mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie

Mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie

Nacido como quinta hija de un matrimonio de la etnia igbo de Nigeria, Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) vivió durante gran parte de su infancia en la misma casa que una vez perteneció al famoso escritor Chinua Achebe. Influencias que cimentaron la inquietud de una joven Adichie que a los 19 años,obtuvo una beca para cursar estudios de Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad Drexel de Filadelfia. Una formación que enlazaría con diversos cursos de escritura creativa y un máster en Estudios Africanos en la Universidad de Yale.

Con el paso de los años, Chimamanda se ha convertido en una de las grandes voces literarias de África, especialmente gracias a su habilidad para narrar todos los sucesos desde una posición tejida entre África y Estados Unidos. Entre las temáticas de sus historias, el feminismo y la globalización se encuentran entre los recurrentes, siendo sus diferentes conferencias Ted Talk las que consagraron su posición en un mundo globalizado que necesita de nuevas perspectivas.

Esto son los mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie:

La flor púrpura

La flor púrpura

Publicada en 2003, La flor púrpura se convirtió en el primer gran éxito de Adichie. Una historia que presenta a dos hermanos, Kambili y Jaja, dominados por un padre millonario y fanático. Expuestos a la cara más dura de la dictadura de Nigeria, ambos jóvenes cambiarán su perspectiva acerca de su propio país  tras pasar unos días en el cálido apartamento de su tía Ifeoma. Muestra innata de la capacidad de la autora para ahondar en la problemática africana y retorcerla como miembro de una nueva generación, La flor púrpura es un inteligente ejercicio por parte de la autora a la hora de tratar de configurar la historia de su propio país. De un continente entero.

Medio sol amarillo

Medio sol amarillo

El 30 de mayo de 1967, la región nigeriana de Biafra consiguió independizarse del resto del país tras una guerra civil que acabó con miles de personas. Un conflicto analizado en Medio sol amarillo a través de tres personajes: Ugwu, el empleado de un profesor universitario, Olanna, la esposa del profesor,  y Richard, un joven inglés enamorado de la misteriosa hermana gemela de Olanna. Personajes que se ven sacudidos por la guerra y  deben adaptarse a la reescritura de la historia de un país a través de temas como el feminismo, la identidad o los efectos de las potencias extranjeras en la África postcolonial. La novela ganó el Orange Prize for Fiction en 2007.

Algo alrededor de tu cuello

Algo alrededor de tu cuello

Publicada en 2009, esta colección de cuentos evoca la esencia literaria de Adichie en su estado puro. Doce relatos que hablan de la realidad africana, de inmigrantes que llegan a Estados Unidos y desconocen qué es El Rey León, de familiares que crecen y callan historias del pasado o mujeres que aguardan en una Embajada cubiertas por moscas aferradas a un halo de esperanza. La perfecta obra con la que introducirse en el universo de esta escritora y comprender los diferentes aspectos en la vida de unos nigerianos que sueñan con alcanzar esa “tierra prometida” llamada América. Sin duda, uno de los mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie.

¿Te gustaría leer Algo alrededor de tu cuello?

Americanah

Americanah

Ifemelu y Obinze son dos jóvenes nigerianos enamorados quienes un buen día dejarán su país para marcharse juntos a Estados Unidos. Sin embargo, es Ifemelu quien consigue la visa para saltar al otro lado del Atlántico. Tras llegar a Occidente, y con vistas a estudiar en la universidad, la joven debe enfrentarse a los diferentes prejuicios latentes en Estados Unidos respecto a personas con su color de piel. Americanahtítulo que hace referencia al término en que los nigerianos se refieren a los compatriotas que vuelven de Estados Unidos con aires de grandeza, fue publicada en 2013 convirtiéndose en la obra cumbre de Adichie. Una historia capaz de adentrarnos en los muchos obstáculos que supone para un africano encontrarse en otra tierra diferente, tratando de alcanzar su propia visión de una vida próspera. La novela, un recurrente de los primeros puestos en las listas de literatura africana, ganó el premio National Book Critics Circle Award en 2014 y será adaptada en una miniserie protagonizada por Lupita Nyong’o.

Todos deberíamos ser feministas

Todos deberíamos ser feministas

Durante su Ted Talk de 2012, Chimamanda habló al mundo de feminismo, de uno equitativo y que respetase al hombre. Una igualdad que no supusiera la mirada extrañada de un aparcacoches de Laos cuando una mujer le da una propina o de un recepcionista al ver a la autora en tacones caminando por el hall de un hotel. Un discurso que se ganó el aplauso del público para, posteriormente, ser recogido en forma de ensayo en este Todos deberíamos ser feministas, un libro tan ligero como poderosos ideal para leer durante un vuelo.

El peligro de la historia única

El peligro de la historia única

Si bien Todos deberíamos ser feministas recoge el discurso de Adichie durante su Ted Talk 2012, su último libro publicado en España, El peligro de la historia única, transcribe el discurso de la escritora realizado en 2009. Un ensayo que clama la necesidad de no reducir una persona o país a una historia única, tratando de comprender todas las perspectivas y versiones que existen del mismo. Un ejemplo reside en el primer encuentro de la autora con su compañera de cuarto en la universidad de Filadelfia. Ella quedó sorprendida por su fluído acento inglés y le preguntó si escuchaba música tribal en su walkman. “Escucho a Mariah Carey”, contestó Adichie.

¿Te animas a leer estos mejores libros de Chimamanda Ngozi Adichie?

Del Pachatantra, el leon y el chacal

En cierta región de un bosque vivía un león llamado Kharanakhara que corriendo un día hambriento por todas partes no pudo cazar ninguna bestia. A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó: «Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido». Estando allí en tal situación, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie de un león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó: «¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?». Pensando así y sin moverse de la puerta empezó a gritar:

-¡Eh, caverna! -Dicho esto, añadió de nuevo-: ¿ignoras que tienes un pacto conmigo, según el cual yo te he de hablar al venir de fuera y tú me has de responder? Si no me respondes, pues, me voy a otra gruta.

El león al oír esto pensó: «Sin duda que caverna invita a éste siempre que viene y hoy se calla por temor a mí. Pues se ha dicho esto:

Cuando el miedo oprime el corazón, quedan sin poder obrar las manos, los pies, la lengua y demás; el temblor es el único que domina.

« Voy, pues, a llamarle yo para que entre y me sirva de comida». Habiéndolo pensado así, le llamó. El rugido del león llenó todo el ámbito de la caverna, retumbando en ella cien veces; de tal modo, que puso en fuga hasta las bestias que estaban lejos. El chacal huyó enseguida a todo correr y recitó esta zloka:

Quien procede con cautela vive feliz, y no vive el que obra sin discernimiento. Yo me he hecho viejo viviendo en el bosque, y nunca he oído que una cueva hable.

Chinua Achebe: «Todo se desmorona» Lit. africana

Chinua Achebe es un novelista nigeriano en lengua inglesa y Todo se desmorona una novela inteligente y fascinante. Narra el drama de Okonkwo,
afamado guerrero ibo que se ve obligado a exiliarse de su tribu durante siete años. Cuando regresa, el hombre blanco ya ha llegado y con él y su
civilización, todo empieza a desmoronarse. Primero llegaron los comerciantes con sus baratijas, después los misioneros con sus predicaciones, por
último los colonos con sus armas. La gran novela de Achebe relata la violencia de la penetración europea en äfrica y sus consecuencias al destruir las
estructuras tradicionales. Y con ella tenemos además la oportunidad de ver el problema, por una vez, desde “el lado de los otros” y no del nuestro.
Los misioneros pasaron las primeras cuatro o cinco noches en la plaza del mercado y por la mañana iban a la aldea a predicar el evangelio.
Preguntaron por el rey de la aldea y les dijeron que allí no había rey.
— Tenemos hombres de alto rango y los jefes de los sacerdotes y los ancianos — les dijeron.
No fue nada fácil reunir a los hombres con títulos y a los ancianos después del revuelo del primer día. Pero los misioneros perseveraron y al final los
dirigentes de Mbanta les recibieron. Les pidieron un terreno para construir su iglesia.
Todos los clanes y aldeas tenían un «bosque maligno». Se enterraba en él a los que morían de enfermedades verdaderamente malignas, como la lepra
y la viruela. Era también el basurero de los potentes fetiches de los grandes hechiceros cuando morían. Un «bosque maligno» estaba pues poblado de
fuerzas siniestras y de poderes de las tinieblas. Y fue uno de estos bosques el que los notables de Mbante dieron a los misioneros. No les querían en
realidad en su clan y por eso les hicieron esa oferta, una oferta que nadie en su sano juicio aceptaría.
— Quieren un terreno para construir su santuario — dijo Uchendu a sus compañeros cuando discutieron el asunto —. Les daremos un terreno.
Hizo una pausa y se produjo un murmullo de sorpresa y discrepancia.
— Les daremos una parte del Bosque Maligno. Alardean de vencer a la muerte. Pues les daremos un campo de batalla real en el que demuestren su
victoria.
Se rieron todos y aprobaron la propuesta y avisaron a los misioneros, a quienes habían pedido que les dejaran un rato para poder «cuchichear entre
ellos». Les ofrecieron todo el terreno del Bosque Maligno que quisieran. Y se quedaron absolutamente asombrados cuando los misioneros les dieron
las gracias y se pusieron a cantar.
— No comprenden — comentaron algunos ancianos —, pero ya comprenderán cuando vayan a su terreno mañana por la mañana. Y se dispersaron.
A la mañana siguiente, aquellos locos empezaron realmente a despejar una parte del bosque y a construir su casa. Los habitantes de Mbanta esperaban
que estuvieran todos muertos en cuatro días. Pasó el primer día y el segundo y el tercero y el cuarto y no murió ninguno. Estaban todos
desconcertados. Y luego se supo que el fetiche del hombre blanco tenía un poder increíble. Se decía que llevaba cristales en los ojos para poder ver a
los espíritus malignos y hablar con ellos. Poco después consiguió los tres primeros conversos
Aunque a Nwoye le había atraído la nueva fe desde el primer día, lo mantuvo en secreto. No se atrevía a acercarse demasiado a los misioneros por
miedo a su padre. Pero siempre que iban a predicar al aire libre a la plaza del mercado o al campo de la aldea, allí estaba él. Y empezaba a conocer ya
algunas de las historias sencillas que contaban.
— Hemos construido ya una iglesia — dijo el señor Kiaga, el intérprete, que estaba al cargo de la congregación infantil. El blanco había vuelto a
Umuofia, donde había construido su sede central y desde donde hacía visitas regulares a Mbanta, a la congregación del señor Kiaga.
— Hemos construido ya una iglesia — repitió el señor Kiaga — y queremos que vayáis todos cada séptimo día a adorar al verdadero Dios.
El domingo siguiente, Nwoye pasó una y otra vez por delante del pequeño edificio de tierra roja y paja sin reunir valor suficiente para entrar. Oía la
voz del canto, que era fuerte y segura aunque sólo fuese de un puñado de hombres. La iglesia se alzaba en un claro circular que parecía la boca abierta
del Bosque Maligno. ¿Estaría esperando para cerrar los dientes? Nwoye pasó varias veces por delante de la iglesia y luego volvió a casa.
La gente de Mbanta sabía muy bien que sus dioses y sus antepasados eran a veces pacientes y permitían intencionadamente a un hombre seguir
desafiándolos. Pero hasta en esos casos establecían un límite de siete semanas de mercado o veintiocho días. Pasado ese límite no se permitía seguir a
ningún hombre. Así que cuando ya estaban a punto de cumplirse siete semanas desde que los atrevidos misioneros habían construido la iglesia en el
Bosque Maligno aumentó la expectación en la aldea. Estaban todos tan seguros del destino que aguardaba a aquellos hombres que uno o dos
conversos consideraron prudente retirar su apoyo a la nueva fe.
Por fin llegó el día en que todos los misioneros deberían haber muerto. Pero aún estaban vivos, construyendo una casa nueva de tierra roja y techo de
paja para su maestro el señor Kiaga. Esa semana consiguieron un puñado de conversos más.

Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se apoyaba en sólidos triunfos personales. Cuando tenía dieciocho años había honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue un gran luchador que se mantuvo siete años invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban «el Gato» porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo había derribado precisamente a aquel hombre en un combate que todos los ancianos decían que había sido uno de los más encarnizados desde que el fundador de su poblado había luchado con un espíritu del bosque durante siete días y siete noches.

Batían los tambores, cantaban las flautas y contenían el aliento los espectadores. Amalinze tenía astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se le marcaban todos los músculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los oías tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo derribó al Gato.

Eso había sido muchos años atrás, veinte o más, y durante ese tiempo la fama de Okonkwo había crecido como un incendio en el bosque cuando sopla el harmatán. Era alto y enorme, y las cejas pobladas y la nariz ancha le daban un aire muy severo. Respiraba estruendosamente y decían que sus esposas y sus hijos le oían respirar desde sus cabañas cuando dormía. Apenas tocaba el suelo con los talones al caminar y parecía que tuviera muelles en los pies, como si fuera a pegarle a alguien. Y pegaba a la gente con mucha frecuencia. Tartamudeaba un poco, y en cuanto se enfadaba y no conseguía pronunciar las palabras con la suficiente rapidez usaba los puños. No tenía paciencia con los fracasados. No había tenido paciencia con su padre.

Unoka, que así se llamaba su padre, había muerto hacía diez años. En vida había sido perezoso e imprevisor y completamente incapaz de pensar en el futuro. Cuando se encontraba con algo de dinero, que era raras veces, compraba enseguida calabazas de vino de palma, llamaba a los vecinos y lo celebraba. Decía que siempre que miraba la boca de un muerto comprendía que era un disparate no comer lo que tenías mientras estabas vivo. Unoka era un deudor, claro, y debía dinero a todos los vecinos, desde unos cuantos cauris a sumas bastante cuantiosas.

Era alto pero muy flaco y un poco encorvado. Tenía un aspecto triste y ojeroso salvo cuando bebía o tocaba la flauta. Tocaba la flauta muy bien, y sus momentos más felices eran las dos o tres lunas después de la recolección de la cosecha en que los músicos de la aldea descolgaban los instrumentos, que colgaban encima del fuego del hogar. Unoka tocaba con ellos, la cara radiante de paz y beatitud. A veces otra aldea pedía a la banda de Unoka y a sus egwugwu danzantes que fueran y se quedaran con ellos y les enseñaran sus melodías. Se pasaban en estos convites hasta tres o cuatro mercados, haciendo música y festejando. A Unoka le gustaba la buena comida y la buena amistad, y le gustaba la estación del año en que habían pasado ya las lluvias y todas las mañanas salía un

 

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China

Tan joven que eras

Sale luz brillante de la lámpara, escucho, “sólo miraras puntitos de colores”.
Llegué a tres y no supe. la náusea brinca bajo la lengua. Tengo frío, frío intenso, dentro. A dos camillas de la mía, una niña se queja. Con señas hice que la enfermera me auxiliara. Me cubre con una frazada y deja un riñón de acero por si vomito. Muevo manos, pies y siento. “es ganancia,” —me dije. Oí del residente, que fueron casi cinco horas de cirugía de espalda. Dormito, sueño, o no sé; despierto e intento arquear. La niña se queja y, me duele. “solo tiene diez años”, escucho otra voz. —Díganle a su médico.
Soy más anciano que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre, si hubieses llegado a mi edad tendrías la canasta llena de olores, de mañanas verdes repletas de pan. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño, como inmenso fue el tuyo. Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras el día que te fuiste y yo tan viejo, y estoy.

reanimacion