La irreverencia

Levantarse temprano, sin que aclare el día, es para masoquistas. Eso pensaba al vestirme meticulosamente de blanco y tomando apresuradamente café con algún bizcocho. Apenas abría la mañana y las avenidas lucían solitarias, uno que otro despistado se cruzaba. Aún, en fila tenía algunos bostezos. Antes de llegar al hospital, me detuve. Es un crucero peligroso, por ser el paso obligado de las ambulancias. El día se había despintado y el cielo azul emergía, me dije, habrá un sol de poca madre y recién terminaba de soltar con el pensamiento la posible realidad, cuando, salió de alguna fisura un relámpago haciendo un zigzag iridiscente. Me salpicó de un verde naranjo y un amarillo crisantemo. Arriba estaba el desmadre, caían en avalancha gritos estridentes que rompían la quietud. Parecido al que se escucha, cuando se cae toda la vajilla del trastero. Un instante glorioso; admirar el vuelo de los cotorros, serpentinas tornasoladas, borrachos de vida, sin respetar el rojo de los semáforos, ni el silencio obligatorio de los hospitales.
Sonriente, atendí a los enfermos.

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Nawal El Saadawi -Egipto-

Nació en el seno de una familia acomodada de Egipto, y muy joven sufrió la mutilación de los órganos genitales. Estudió Medicina en la Universidad de El Cairo, donde se graduó en 1955. Trabajando como médica en Kafr Tahl pudo observar las dificultades y desigualdades que enfrentan las mujeres rurales. Después de intentar proteger a una de sus pacientes de la violencia doméstica, fue enviada a El Cairo. Allí consiguió ser directora de Salud Pública. El Saadawi, sin embargo, fue despedida de su cargo en el Ministerio de Salud por sus actividades políticas, que también le costaron los cargos de jefa de redacción de un diario de salud y de secretaria general adjunta de la Asociación Médica de Egipto.
Entre 1973 y 1976 trabajó en la investigación de la neurosis en las mujeres en la Universidad Ain Shams, y entre 1979 y 1980 fue asesora de las Naciones Unidas para el Programa de la Mujer en África (CEP) y de Oriente Próximo (CEPA). Polémica y peligrosa para el Gobierno egipcio, fue encarcelada en 1981 por su oposición a los Acuerdos de Paz de Camp-David entre Egipto e Israel del presidente Anwar al Sadat. En 1991, tras recibir amenazas de muerte de los islamistas, se exilió en Estados Unidos y empezó a trabajar de profesora en la Universidad de Washington. En 1996 regresó a Egipto, donde ejerce su activismo en favor de los derechos de las mujeres, especialmente mediante su obra escrita.
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Libros Publicados

Mujer en punto cero

Nawal El Saadawi

Revocación de Imbolo Mbue -Camerún-

Autora Invitada, Imbolo Mbue 

La publicación de esta historia en castellano ha sido posible gracias a una colaboración entre la revista camerunesa Bakwa, el blog Literafricas y Afribuku, con el permiso de su autora, Imbolo Mbue. 

– Cuando muera, no me llevéis de vuelta a casa -dijo papá-. Enterradme aquí mismo.

Me incorporé en la cama y me restregué los ojos, mirando rápidamente mi teléfono.

– Papá  -susurré-, ¿qué es lo que pasa? Son las dos de la mañana.

– Necesito que sepas esto ahora mismo -dijo-. No consigo dormir. Hagas lo que hagas, no lleves mi cuerpo de vuelta a Camerún.

Miré a través de la oscuridad de mi cuarto, al tiempo que la luz de una ambulancia lo iluminaba brevemente al pasar. Eché una mano hacia la lámpara pero la retiré antes de alcanzarla, decidiendo que la oscuridad era mejor para una conversación como esa.

– ¿Qué dijo el doctor ayer en el control? -pregunté-. ¿El medicamento para la tensión ha vuelto a dejar de funcionar?

– No, nada de eso. Me dijo que tal y como estoy puede que siga viviendo hasta ver cómo la gente va hasta Marte solo para cenar.

No reí. Él tampoco, aunque claramente había hecho la broma para sí mismo.

– Papá, tengo que estar en el trabajo a las seis de la mañana, así que por favor dime ahora mismo por qué me llamas en medio de la noche para darme estas instrucciones tan extrañas.

No respondió inmediatamente.

– Me lo vas a decir ahora, ¿o quieres que vaya conduciendo hasta Brooklyn mañana…?

Mi padre suspiró.

– Yo solamente…

Seguí esperando.

– Quiero quedarme aquí contigo y con tu hermana. En Camerún ya no me queda nada.

– No nos queda nada a ninguno de nosotros en Camerún, papá. Solo la tumba de mamá. Y las tumbas de la abuela y el abuelo. ¿Me estás diciendo que no quieres que te entierren junto a ellos?

– Por favor, no intentes avergonzarme. No es lo que necesito.

– ¡No te estoy intentando avergonzar! Cuando mamá murió estuvimos tres días de viaje y conduciendo por esa carretera horrible para poder enterrarla en el pueblo donde naciste. Y yo haré lo mismo por ti, porque si hay algo que me has repetido una y otra vez es que un hombre tiene que ser enterrado en su pueblo, entre su gente.

– Yo voy hasta la tumba de tu madre cada noche. Me siento allí y le digo buenas noches antes de cerrar los ojos. Todas las noches lo hago.

Resopló y durante unos segundos no dijo nada.

Me quedé callada también, imaginándolo sentado solo en su cama, con las luces apagadas, hablándole al aire, esperando que de alguna manera sus palabras volasen por encima de cuerpos de agua y de colinas y mesetas y valles y llegase hasta la tumba de mamá. Ninguno de nosotros había estado allí después de haberla enterrado, diez años atrás. Ninguno de nosotros había vuelto a visitar Camerún desde entonces.

– Te lo prometo, papá, te llevaré de vuelta a casa y te enterraré justo al lado de mamá. Si me estás diciendo todo esto porque no quieres que pase por tantas molestias por ti…

– Estoy diciéndotelo porque es lo que quiero. Quiero que me entierren aquí mismo en Brooklyn.

– ¿Me estás diciendo que quieres que te entierren al lado de desconocidos, cuando hay un sitio preparado para ti justo entre tu mujer y tu madre?

– Sí – dijo con voz suave-. Te estoy diciendo que tú y tu hermana sois todo lo que me queda. Y hasta el día en que os caséis y tengáis niños, e incluso después de eso, no quiero que estéis sin mí. Vuestra madre está allí lejos en el pueblo. No quiero dejaros aquí solas, en el país de otro hombre.

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* [N. de la T.] El título original, ‘A Reversal’, podría traducirse como una «inversión», «retirada», «marcha atrás» y «cambio de opinión», entre otras acepciones. De entre ellas, hemos optado por la palabra «revocación» que, en derecho, es la anulación de un acto jurídico, como podría ser el caso de la revocación de un mandato o de un testamento. 

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*Imbolo Mbue es una escritora camerunesa afincada en Estados Unidos. Con su primera novela, «Behold the Dreamers», considerada como uno de los Libros Notables del Año por el New York Times y el Washington Post, Mbue ha conseguido ser la primera persona africana en ganar el prestigios premio literario PEN Faulkner.

* Esta historia, publicada por la revista Bakwa, fue leída por la autora en la celebración del vigésimo noveno premio PEN Faulkner que tuvo lugar en octubre de 2017. Para leer la historia original en inglés, clic aquí. Traducción al castellano por Ángela Rodríguez Perea.

* Bakwa Magazine es una revista de crítica cultural y literaria. Fundada en 2011 con el objetivo de llenar el vacío de publicaciones literarias en Camerún, Bakwa publica hoy en día acerca de todo tipo de producciones artísticas contemporáneas, además de organizar y participar en diversos proyectos en off.

* Ilustración de portada: Taha Yeasin. Para ver más trabajos de este ilustrador, clic aquí.

‘La revocación’, por Imbolo Mbue

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El viaje de David Lagmanovich

Si el lugar al que vamos estuviera cerca, si supiéramos cuál es el destino del viaje, si algún vocero autorizado aclarase cuál es su motivo, si los compañeros de viaje pronunciaran aunque solo fuera una palabra, si hubiera por lo menos algunos bancos para sentarse en esta barca que hace el viaje en medio de la noche, si el batelero no fuera una figura sombría oculta en sus vestiduras talares, tal vez podríamos disfrutar de este viaje que no sabemos cómo empezó, este viaje cuyo final no nos animamos a sospechar.

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Salvador Dalí

Tomado del Fb

 

Siete cuentos morales de Coetzee

Todo un premio Nobel de Literatura como John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940) pasaba por la Feria del Libro del recién finalizado 2018 para presentar su última obra, un libro de relatos bajo el título de Siete cuentos morales, tras hacerlo previamente en la Feria del Libro de Buenos Aires. Y este premio Nobel da una conferencia previa y explica en las entrevistas de promoción que ha decidido sacarlo traducido al castellano antes de que salga en inglés, por estar cansado del dominio de ese idioma en el  planeta. Toda una declaración de intenciones que tiene mucho que ver con su evolución y su posición en el mundo.

 

Reconozco ser fan de Coetzee. Me gusta seguirle la pista  desde aquellas novelas que me cautivaron: Desgracia, Esperando a los bárbarosElizabeth Costello, Vida y época de Michael K o Foe. En todas ellas, este escritor, nacido bajo el sistema político del apartheid formando parte de la minoría blanca, ha intentado a través de la literatura subvertir el orden impuesto ante los grandes problemas de su país y de la humanidad. No en vano, su posición en el país que le vio nacer ha sido muy clara: “Nuestra presencia en aquel territorio era legal pero no legítima”. Quizá por ello decidió marcharse a Australia. Coetzee nos ha regalado personajes literarios inolvidables, sobre todo los de índole femenina. La protagonista de Foe, Susan Barton, nos acerca a una revisión del mito de Robinson Crusoe y su carácter fuertemente colonialista desde el punto de vista de una mujer. La más importante de sus personajes literarios femeninos ha sido Elizabeth Costello, su alter ego femenino, una mujer escritora que intenta cuestionar el mundo que ha recibido y que vuelve a aparecer en varios relatos del último libro, Siete cuentos morales. El título quizá desmerece, al menos para mí, porque tiene algo de esa mala conciencia que Coetzee ha tenido por ser blanco en un país negro como Sudáfrica, por sentirse intruso, por quedarse sin patria. En estos cuentos morales, con un lenguaje depurado, con un narrador en presente que sobrevuela por encima de todo, paisajes y personajes, aparecen dos temas que son una constante en las últimas obras de Coetzee: nuestra relación como seres humanos con los animales, y el enfrentamiento con la vejez y la muerte, hasta el punto de que la muerte de los animales está indisolublemente unida a la humana. Es Coetzee en el crepúsculo, a punto de cumplir 80 años.

Cada uno de los cuentos tiene al final la fecha de elaboración«El perro» está escrito en 2017; «Una historia» data del año 2014; «Vanidad» es del año 2016; «Una mujer que envejece» tiene una fecha que va del 2003 al 2007; «La anciana y los gatos» está escrito entre 2008 y 2013; «Mentiras» es del 2011 y «El matadero de cristal» fue escrito entre 2016 y 2017. Buena costumbre la de poner el tiempo de elaboración que puede llevar un cuento, máxime si quien lo ha escrito es todo un Premio Nobel.

Para mí los mejores cuentos son aquellos en los que aparece Elizabeth Costello —son también en los que ha invertido más tiempo de escritura—, un personaje que quiere vivir sus últimos días como a ella le da la gana, no como sus hijos quieren que haga; es también el reencuentro con una vieja amiga que ya habíamos conocido en el año 2003, el mismo en que Coetzee recibió el Premio Nobel. Y es en ella en quien pone todo el peso moral de la denuncia de algo que viene siendo una constante en el escritor: el maltrato animal. Tanto es así que en el último relato, «El matadero de cristal», afirma lo siguiente:

Se me ocurrió que la gente tolera la matanza de animales porque no ve nada de lo que pasa. No ve, ni oye, ni huele. Se me ocurrió que si hubiera un matadero en funcionamiento en medio de la ciudad, donde todos pudieran ver y oler y oír lo que pasa adentro, la actitud de la gente podría cambiar. Un matadero de cristal. Con paredes de cristal.

Este relato está enfocado en el hijo de Elizabeth Costello, que recibe los últimos manuscritos de su madre por si ella muere y para que no se pierdan. Contraposición madre-hijo, réplica al planteamiento de la madre, sin querer tomar postura, sino marcar el problema desde un punto de vista filosófico. Según decía Heidegger, los animales no tienen conciencia y, por tanto, tampoco de la muerte, en tanto que los hombres sitúan la esfera de la muerte y de la vida en un planteamiento racional. Elizabeth Costello, fijándose en las relaciones del filósofo con Hannah Harendt dice lo siguiente:

Ese hombre que piensa que la garrapata tiene una experiencia paupérrima del mundo, menos que paupérrima, ese hombre para quien la garrapata no tiene noción del mundo más allá de su incesante olisquear mientras espera que se aproxime una fuente de sangre; ese hombre, sin embargo, está hambriento de esos momentos de éxtasis en que su noción del mundo se reduce a nada y él se pierde en transportes sensuales en los que no interviene la mente

Con todo, lo más interesante del libro está en  la posición ante la muerte a nivel global  y, sobre todo, en la necesidad de decidir cómo queremos vivir los últimos días, el último tiempo, ese otoño que es la antesala.

En «Una mujer que envejece» relata el encuentro de la protagonista con su  hija —Coetzee tiene un hijo y una hija, como Elizabeth Costello—, que le ofrece vivir en su casa, con sus nietos, y la anciana se niega:

Me has hecho la propuesta, la escuché y te prometo pensarla. Es muy poco probable que acepte, como habrás adivinado. Mi pensamiento va en una dirección totalmente distinta. Hay algo en que los viejos superan a los jóvenes: en morir. A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esa dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien… Una buena muerte ocurre lejos, en algún lugar donde gente extraña se hace cargo de los restos mortales, gente que está en el negocio de las funerarias. De una buena muerte, uno se entera por telegrama

Hay dos cuentos, «Mentiras» y «La anciana y los gatos» que están situados en España, donde la protagonista decide comprarse una casa y pasar en ella los últimos días de su vida. En «El perro», con el que se abre el libro y que, en cierto modo, se aleja del resto, vemos un país, el miedo al diferente, el educar en el odio, el tener una casa sin ventilar y sin dejar que los nuevos aires entren.

¿Estáis dispuestos a presentarme el perro, de modo que me conozca, que vea que no soy una enemiga, que no me propongo hacerle daño? Los dos viejos se miran. El aire de la habitación está enrarecido, como si no hubieran abierto ninguna ventana durante años

En cualquier caso, como ocurre con las obras de Coetzee, aunque sea en forma de estos Siete cuentos morales, el lector puede volver una y otra vez a ellos, porque se quedan ideas y frases en la cabeza, dando vueltas, pensando lo que ha querido decir, lo que dice, lo que insinúa y lo que nos plantea como propuesta vital. Nada de ello es desdeñable:

No puedo avanzar. Hay algo que me está faltando. Antes podía hacer que las cosas avanzaran, pero parece que ya no puedo, que no tengo esa capacidad. Los engranajes se traban, las luces se van apagando. Parece que el mecanismo en que confiaba para avanzar ya no funciona. No te alarmes. Es la naturaleza, el modo que ella tiene de decirme que ya es hora de reconocer los hechos.

Es esa naturalidad a la hora de aceptar los hechos lo que recorre todo el libro. Con Coetzee siempre me pasa lo mismo. Y siempre termino pensando: he aquí la esencia de la vida.

_________

Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto,

J.M:Coetzee fragmento

1
Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo. Los jueves por la tarde coge el coche y va hasta Green Point. A las dos en punto toca el timbre de la puerta de Windsor Mansions, da su nombre y entra. En la puer-ta del número 113 le está esperando Soraya. Pasa directa-mente hasta el dormitorio, que huele de manera agradable y está tenuemente iluminado, y allí se desnuda. Soraya sale del cuarto de baño, deja caer su bata y se desliza en la cama a su lado.
-¿Me has echado de menos? -pregunta ella.
-Te echo de menos a todas horas -responde. Acaricia su cuerpo moreno como la miel, donde no ha dejado rastro el sol; lo extiende, lo abre, le besa los pechos; hacen el amor.
Soraya es alta y esbelta; tiene el cabello largo y negro, los ojos oscuros, líquidos. Técnicamente, él tiene edad más que suficiente para ser su padre; técnicamente, sin embargo, cualquiera puede ser padre a los doce años. Lleva más de un año en su agenda y en su libro de cuentas; él la encuentra completamente satisfactoria. En el desierto de la semana, el jueves ha pasado a ser un oasis de luxe et volupté.
En la cama, Soraya no es efusiva. Tiene un temperamen-to más bien apacible, apacible y dócil. Es chocante que en sus opiniones sobre asuntos de interés general tienda a ser moralista. Le parecen ofensivas las turistas que muestran sus pechos («ubres», los llama) en las playas públicas; considera que habría que hacer una redada, capturar a todos los men-digos y vagabundos y ponerlos a trabajar limpiando las calles. Él no le pregunta cómo casan sus opiniones con el trabajo mediante el cual se gana la vida.
Como ella lo complace, como el placer que le da es ina-gotable, él ha terminado por tomarle afecto. Cree que, hasta cierto punto, ese afecto es recíproco. Puede que el afecto no sea amor, pero al menos es primo hermano de este. Habida cuenta del comienzo tan poco prometedor por el que pasa-ron, los dos han tenido suerte: él por haberla encontrado, ella por haberlo encontrado a él.
Sus sentimientos, y él lo sabe, son complacientes, incluso conyugales. Sin embargo, no por eso deja de tenerlos.
Por una sesión de hora y media le paga cuatrocientos rands, la mitad de los cuales se los embolsa Acompañantes Discreción. Es una pena, o a él se lo parece, que Acompa-ñantes Discreción, se quede con tanto. Lo cierto es que el número 113 es de su propiedad, como lo son otros pisos de Windsor Mansions; en cierto sentido, también Soraya es de su propiedad, o al menos esa parte de ella, esa función.
Él ha jugueteado con la idea de pedirle que lo reciba en sus horas libres. Le gustaría pasar con ella una velada, tal vez incluso una noche entera. Pero no la mañana siguiente. Sabe demasiado de sí mismo para someterla a la mañana si-guiente, al momento en que él se muestre frío, malhumo-rado, impaciente por estar a solas.
Ese es su temperamento. Su temperamento ya no va a cambiar: es demasiado viejo. Su temperamento ya está cua-jado, es inamovible. Primero el cráneo, luego el tempera-mento: las dos partes más duras del cuerpo.
Sigue el dictado de tu temperamento. No se trata de una filosofía, él no lo dignificaría con ese nombre. Es más bien una regla, como la Regla de los Benedictinos.
Goza de buena salud, tiene la cabeza despejada. Por su profesión es, o mejor dicho, ha sido un erudito, y la erudi-ción todavía ocupa, bien que de manera intermitente, el centro mismo de su ser. Vive de acuerdo con sus ingresos, de acuerdo con su temperamento, de acuerdo con sus me-dios emocionales. ¿Que si es feliz? Con arreglo a la mayoría de los criterios él diría que sí, cree que lo es. De todos mo-dos, no ha olvidado la última intervención del coro en Edi-po rey. No digáis que nadie es feliz hasta que haya muerto.
En el terreno del sexo, aunque intenso, su temperamento nunca ha sido apasionado. Si tuviera que elegir un tótem, sería la serpiente. Los encuentros sexuales entre Soraya y él deben de ser parecidos, imagina, a la cópula de dos serpien-tes: prolongada, absorta, pero un tanto abstracta, un tanto árida, incluso cuando más acalorada pueda parecer.
¿Será también la serpiente el tótem de Soraya? No cabe duda de que con otros hombres se convertirá en otra mujer: la donna é mobile. En cambio, en el orden puramente tem-peramental, la afinidad que tiene con él no puede fingirla. Imposible.
Aunque por su profesión es una mujer de vida alegre, él confía en ella, al menos dentro de un orden. Durante sus sesiones él le habla con cierta libertad, y algunas veces incluso llega a desahogarse. Ella conoce a grandes rasgos cómo es su vida. Le ha oído relatar la historia de sus dos matrimonios, le ha oído hablar de su hija, está al corriente de los altibajos de la hija. Sabe cuáles son sus opiniones en muchos terrenos.
De su vida fuera de Windsor Mansions, Soraya no suelta prenda. Soraya no es su verdadero nombre, él de eso está seguro. Hay síntomas de que ha tenido un hijo, puede que varios. Tal vez ni siquiera sea una profesional. Es posible que solo trabaje para la agencia una o dos tardes por semana, y que durante el resto de su existencia lleve una vida respetable en los suburbios, en Rylands o Athlone. Sería insólito en el caso de una musulmana, pero todo es posible en los tiempos que corren.
De su trabajo le cuenta poca cosa: prefiere no aburrirla. Se gana la vida en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, antes Colegio Universitario de Ciudad del Cabo. An-tiguo profesor de lenguas modernas, desde que se fusiona-ron los departamentos de Lenguas Clásicas y Modernas por la gran reforma llevada a cabo años antes, es profesor ad-junto de Comunicaciones. Como el resto del personal que ha pasado por la reforma, tiene permiso para impartir una asignatura especializada por cada curso, sin tener en cuenta el número de alumnos matriculados, pues se considera po-sitivo para la moral del personal. Este año imparte un curso sobre los poetas románticos. Durante el resto de su tiempo da clase de Comunicaciones 101, «Fundamentos de comu-nicación», y de Comunicaciones 102, «Conocimientos avan-zados de comunicación».
Si bien diariamente dedica horas y horas a su nueva dis-ciplina, la premisa elemental de esta, tal como queda enun-ciada en el manual de Comunicaciones 101, se le antoja ab-surda: «La sociedad humana ha creado el lenguaje con la finalidad de que podamos comunicarnos unos a otros nues-tros pensamientos, sentimientos e intenciones». Su opinión, por más que no la airee, es que el origen del habla radica en la canción, y el origen de la canción, en la necesidad de llenar por medio del sonido la inmensidad y el vacío del alma humana.
A lo largo de una trayectoria académica que ya abarca un cuarto de siglo en activo ha publicado tres libros, nin-guno de los cuales ha causado gran conmoción, ni tam-poco ha recibido siquiera una acogida digna de ser tenida en cuenta: el primero, sobre la ópera (Boito y la leyenda de Fausto: la génesis de Mefistófeles), el segundo sobre la visión como erotismo (La visión de Richard de Saint Victor), el ter-cero sobre Wordsworth y la historia (Wordsworth y el peso del pasado).
A lo largo de los últimos años ha acariciado la idea de escribir un libro sobre Byron. Al principio pensó que no pasaría de ser sino un libro más, otra obra de crítica. Sin embargo, todos sus empeños por comenzar a escribirlo han terminado arrinconados por el tedio. La verdad es que está hastiado de la crítica, hastiado de la prosa que se mide a tanto el metro. Lo que desea escribir es algo musical: Byron en Italia, una meditación sobre el amor entre los dos sexos en forma de ópera de cámara.
Mientras prepara sus clases de comunicación, revolotean en su cabeza frases, melodías, fragmentos de canciones de esa obra todavía no escrita. Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de lugar que nunca. Claro que, a esos mismos efectos, también lo están otros colegas de los viejos tiempos, lastrados por una educación de todo punto inapropiada para afrontar las tareas que hoy día se les exige que desempeñen; son clérigos en una época posterior a la religión.
Como no tiene ningún respeto por las materias que imparte, no causa ninguna impresión en sus alumnos. Cuan-do les habla, lo miran sin verlo; olvidan su nombre. La in-diferencia de todos ellos lo indigna más de lo que estaría dispuesto a reconocer. No obstante, cumple al pie de la letra con las obligaciones que tiene para con ellos, con sus padres, con el estado. Mes a mes les encarga trabajos, los recoge, los lee, los devuelve anotados, corrige los errores de puntuación, la ortografía y los usos lingüísticos, cues-tiona los puntos flacos de sus argumentaciones y adjunta a cada trabajo una crítica sucinta y considerada, de su puño y letra.
Sigue dedicándose a la enseñanza porque le proporciona un medio para ganarse la vida, pero también porque así aprende la virtud de la humildad, porque así comprende con toda claridad cuál es su lugar en el mundo. No se le escapa la ironía, a saber, que el que va a enseñar aprende la lec-ción más profunda, mientras que quienes van a aprender no aprenden nada. Es uno de los rasgos de su profesión que no comenta con Soraya. Duda que exista una ironía capaz de estar a la altura de la que vive ella en la suya.
En la cocina del piso de Green Point hay un hervidor, ta-zas de plástico, un bote de café instantáneo, un cuenco lleno de bolsitas de azúcar. En la nevera hay una buena cantidad de botellas de agua mineral. En el cuarto de baño, jabón y una pila de toallas; en el armario, ropa de cama limpia y planchada.
Soraya guarda su maquillaje en un ne-ceser. Es un sitio asignado, nada más: un sitio funcional, limpio, bien organizado.
La primera vez que lo recibió, Soraya llevaba pintalabios de color bermellón y sombra de ojos muy marcada. Como no le gustaba ese maquillaje pegajoso, le pidió que se lo quitara. Ella obedeció; desde entonces, no ha vuelto a ma-quillarse. Es de esas personas que aprenden rápido, que se acomodan, se amoldan a los deseos ajenos.
A él le agrada hacerle regalos. Por Año Nuevo le regaló un brazalete esmaltado; por el festejo con que concluye el Ramadán, una pequeña garza de malaquita que le llamó la atención en el escaparate de una tienda de regalos. Él dis-fruta con la alegría de ella, una alegría sin afectación.
Le sorprende que una hora y media por semana en com-pañía de una mujer le baste para sentirse feliz, a él, que antes creía necesitar una esposa, un hogar, un matrimonio. En fin de cuentas, sus necesidades resultan ser muy sencillas, livianas y pasajeras, como las de una mariposa. No hay emociones, o no hay ninguna salvo las más difíciles de adivinar: un bajo continuo de satisfacción, como el runrún del tráfico que arrulla al habitante de la ciudad hasta que se adormece, o como el silencio de la noche para los habitantes del campo.
Piensa en Emma Bovary cuando regresa a su domicilio, saciada, con la mirada vítrea, después de una tarde de follar sin parar. ¡Así que esto es la dicha!, dice Emma maravillada al verse en el espejo. ¡Así que esta es la dicha de la que habla el poeta! En fin: si la pobre, espectral Emma llegara alguna vez a aparecer por Ciudad del Cabo, él se la llevaría de paseo uno de esos jueves por la tarde para enseñarle qué puede ser la dicha: una dicha moderada, una dicha tem-perada.
Un sábado por la mañana todo cambia. Está en el centro de la ciudad para resolver unas gestiones; va caminando por Saint George’s Street cuando se fija de pronto en una es-belta figura que camina por delante de él, en medio del gentío. Es Soraya, es inconfundible, y va flanqueada por dos niños, dos chicos. Los tres llevan bolsas y paquetes; han es-tado de compras.
Titubea, decide seguirlos de lejos. Desaparecen en la Taberna del Capitán Dorego. Los chicos tienen el cabello lustroso y los ojos oscuros de Soraya. Sólo pueden ser sus hijos.
Sigue de largo, vuelve sobre sus pasos, pasa por segunda vez delante de la Taberna del Capitán Dorego. Los tres es-tán sentados a una mesa junto a la ventana. A través del cristal, por un instante, la mirada de Soraya se encuentra con la suya.
Siempre ha sido un hombre de ciudad, capaz de hallarse a sus anchas en medio de un flujo de cuerpos en el que el erotismo anda al acecho y las miradas centellean como fle-chas. Sin embargo, esa mirada entre Soraya y él es algo que lamenta en el acto.
En su cita del jueves siguiente ninguno de los dos men-ciona lo sucedido. No obstante, ese recuerdo pende incó-modo entre los dos. Él no tiene el menor deseo de alterar lo que para Soraya debe de ser una precaria doble vida. A él le parecen muy bien las dobles vidas, las triples vidas, las vi-das vividas en compartimientos estancos. Tal vez, si acaso, siente una mayor ternura por ella. Tu secreto está a salvo con-migo: eso es lo que quisiera decir.
Pese a todo, ni él ni ella pueden dejar a un lado lo ocurri-do. Los dos niños se convierten en presencias que se inter-ponen entre ellos, que se esconden como sombras quietas en un rincón de la habitación en donde copulan su madre y ese desconocido. En brazos de Soraya él pasa a ser fugaz-mente su padre: padre adoptivo, padrastro, padre en la som-bra. Después, cuando sale de la cama de ella, nota los ojos de los dos chiquillos que lo escrutan con curiosidad, a hur-tadillas.
A su pesar, centra sus pensamientos en el otro padre, en el padre de verdad. ¿Tiene acaso alguna idea, sabe siquiera por asomo en qué anda metida su mujer, o tal vez ha ele-gido la dicha de la ignorancia?
Él no tiene hijos varones. Pasó su niñez en una familia compuesta por mujeres. A medida que fueron desapare-ciendo la madre, las tías, las hermanas, a su debido tiempo fueron sustituidas por amantes, esposas, una hija. Estar en compañía de mujeres lo ha llevado a ser un amante de las mujeres y, hasta cierto punto, un mujeriego. Con su esta-tura, su buena osamenta, su tez olivácea, su cabello ondu-lado, siempre ha contado con un alto grado de magnetis-mo. Cada vez que miraba a una mujer de una determinada forma, con una intencionalidad determinada, ella siempre le devolvía la mirada; de eso podía estar seguro. Así ha vi-vido: durante años, durante décadas, esa ha sido la colum-na vertebral de su vida.
Y un buen día todo terminó. Sin previo aviso, lo aban-donaron sus poderes. Las miradas que en sus buenos tiempos sin duda hubieran respondido a la suya pasaban de largo, pasaban a través de él. De la noche a la mañana se convirtió en una presencia fantasmal. Si le apetecía una mujer, a par-tir de entonces tuvo que aprender a requebrarla; muchas ve-ces, de uno u otro modo, tuvo que comprarla.
Existió en un ansioso aluvión de promiscuidades. Tuvo líos con las esposas de algunos colegas; ligó con las turistas en los bares del paseo marítimo o en el club Italia; se acos-tó con furcias.
Conoció a Soraya en una pequeña sala de espera, en pe-numbra, ante la oficina principal de Acompañantes Discre-ción, una habitación con persianas venecianas, con plantas en los rincones y olor a tabaco rancio en el aire. En el ca-tálogo de la empresa figuraba bajo el epígrafe: «Exóticas». En la fotografía aparecía con una flor de la pasión en el ca-bello y unas sombras casi inapreciables en el rabillo del ojo. El pie decía: «Solamente tardes». Eso fue lo que lo llevó a decidirse, la promesa de una estancia con las persianas en-tornadas, sábanas frescas, horas robadas.
Desde el principio fue muy satisfactorio, justamente lo que él buscaba. Había dado en el clavo. Al cabo de un año no ha sentido ninguna necesidad de volver a la agencia.
Entonces se produjo el encuentro accidental en Saint George’s Street y el extrañamiento subsiguiente. Aunque Soraya sigue sin faltar a sus citas, él percibe una frialdad cre-ciente; ella se transforma en una mujer más y él en otro cliente cualquiera.
Él tiene una idea atinada de cómo hablan entre sí las prostitutas sobre los hombres que las frecuentan, en concre-to los hombres de edad avanzada. Cuentan anécdotas, se ríen, pero también se estremecen, tal como alguien se estre-mece al ver una cucaracha en el lavabo cuando va al cuarto de baño en plena noche. No falta mucho para que con fi-nura, con malicia, también él sea fuente de estremecimien-tos parecidos. Es un destino al que no puede escapar.
El cuarto jueves después del incidente, cuando ya se dis-pone a dejar el apartamento, Soraya le hace el anuncio para el cual se ha aprestado él con todas sus fuerzas.
-Tengo a mi madre enferma. Voy a tomarme unas vaca-ciones para cuidarla. No vendré la semana que viene.
-Y la semana siguiente?
-No estoy segura. Depende de cómo evolucione. Lo me-jor sería que llamaras antes por teléfono.
-No tengo tu número.
-Llama a la agencia. Allí te informarán de mis planes.
Aguarda unos días, luego llama a la agencia. ¿Soraya? So-raya ya no sigue con nosotros, le dice el encargado. No, no podemos ponerle en contacto con ella, eso es contrario a las normas de la casa. ¿No desea que le presente a una de nuestras chicas? Tenemos muchísimas exóticas para elegir: malayas, tailandesas, chinas, lo que usted quiera.
Pasa una velada con otra Soraya -da la impresión de que Soraya se ha convertido en un nom de commerce muy habitual- en una habitación de hotel en Long Street. Esta no tiene más de dieciocho años, no tiene práctica, a su juicio es desabrida.
-Bueno, ¿y a qué te dedicas? -le pregunta ella al desnu-darse.
-Un negocio de exportación e importación -contesta.
-Hay que ver -dice ella.
En su departamento trabaja una nueva secretaria. Se la lleva a almorzar a un restaurante discretamente alejado del campus universitario y la escucha; mientras ella da cuenta de la ensalada de langostinos, le habla del colegio de sus hi-jos. Hay traficantes que incluso se pasean por el patio, le dice, y la policía no hace nada. Su marido y ella llevan ya tres años inscritos en el consulado de Nueva Zelanda, en lista de espera para obtener un permiso de emigración.
-Vosotros lo tuvisteis mucho más fácil. O sea, no me re-fiero a lo bueno y a lo malo de la situación, sino a que al menos sabíais cuál era vuestro sitio.
-¿Nosotros? -dice él-. ¿Quiénes?
-Los de tu generación. Ahora todo el mundo escoge qué leyes son las que quiere obedecer. Esto es la anarquía. ¿Cómo vas a educar a tus hijos si están rodeados por la anarquía?
Se llama Dawn. La segunda vez que la lleva a almorzar por ahí hacen una parada en casa de él y se acuestan jun-tos. Resulta un fracaso. A sacudidas, agarrándose con uñas y dientes a quién sabe qué, ella alcanza un frenesí de exci-tación que, al final, a él tan solo le repugna. Le presta un peine, la lleva en su coche al campus.
Después de ese encuentro la rehuye y pone especial em-peño en evitar la oficina en que trabaja. A cambio, ella lo mira mostrándose dolida y luego lo desaira.
Tendría que dejarlo de una vez por todas, retirarse, re-nunciar al juego. ¿A qué edad, se pregunta, se castró Orí-genes? No es la más elegante de las soluciones, desde luego, pero es que envejecer no reviste ninguna elegancia. Es mera cuestión de despejar la cubierta, para que uno al menos pueda concentrarse en hacer lo que han de hacer los viejos: prepararse para morir.
¿No cabría la posibilidad de abordar a un médico y plan-teárselo? Debe de ser una operación sumamente simple; a los animales se la practican a diario, y los animales sobreviven bastante bien si hacemos hace caso omiso de cierto poso de tristeza. Amputar, anudar: con anestesia local, una mano fir-me y un punto de flema, cualquiera incluso podría practicár-selo a sí mismo siguiendo un libro de texto. Un hombre sen-tado en una silla dándose un tajo: feo espectáculo, pero no más feo, al menos desde cierto punto de vista, que ese mis-mo hombre cuando se ejercita sobre el cuerpo de una mujer.
Sigue estando Soraya. Debería dar por cerrado ese capí-tulo. Muy al contrario, paga a una agencia de detectives para que la localicen. En cuestión de pocos días ha conseguido su verdadero nombre, su dirección, su número de teléfono. Llama a las nueve de la mañana, hora a la que su marido y sus hijos seguramente no estarán en casa.
-¿Soraya? -dice-. Soy David. ¿Cómo estás? ¿Cuándo po-demos volver a vernos?
Sigue un largo silencio antes de que ella diga algo.
-No sé quién es usted -dice-. Y está acosándome en mi propia casa. Le pido que nunca vuelva a llamarme a este número, nunca más.
Pedir. Quiere decir exigir. Esa estridencia le sorprende: hasta ese instante jamás ha dado muestras de ser capaz de algo semejante. Sin embargo, ¿qué puede esperarse del depre-dador cuando asoma como un intruso en la guarida de la zorra, en el cubil de sus cachorros?
Cuelga el teléfono. Nubla su ánimo una sombra de en-vidia del marido al que jamás ha visto.

Fuente:

MONDADORI – Barcelona, 2000
Título original: Disgrace
Traducción de Miguel Martínez-Lage
Traducido de la edición original de Viking, Nueva York, 1999
Diseño de la cubierta: Luz de la Mora
Esta edición de 3.000 ejemplares se terminó de imprimir en
Artes Gráficas Piscis S.R.L., Junín 845, Buenos Aires,
en el mes de octubre de 2003.
coetze

La flor púrpura de chimamanda Ngozi

Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de la estantería. Acabábamos de regresar de la iglesia. Madre dejó las palmas encima de la mesa y subió a cambiarse. Más tarde, las entrelazó formando unas cruces que se combaban por su propio peso y las colgó en la pared, bajo la foto de familia enmarcada en dorado. Allí se quedaron hasta el siguiente Miércoles de Ceniza, día en que las llevamos a la iglesia para incinerarlas. Padre, que como el resto de oblatos lucía vestiduras largas de color gris, ayudaba cada año a distribuir las cenizas. Su fila era la más lenta porque se esmeraba en presionarlas con el dedo pulgar para formar una cruz perfecta en la frente de cada feligrés mientras pronunciaba despacio, dando sentido a cada una de las palabras, «polvo eres y en polvo te convertirás».
Padre siempre se situaba en el primer banco para la misa, en el extremo junto al pasillo central, y madre, Jaja y yo nos sentábamos a su lado. Él era el primero en recibir la comunión. Casi ningún feligrés se arrodillaba para recibirla en el altar de mármol bajo la rubia imagen de tamaño natural de la Virgen María, pero padre sí. Al cerrar los ojos apretaba tanto los párpados que su rostro se tensaba en un gesto contrito, y entonces sacaba la lengua tanto como le era posible. Después volvía a su asiento y contemplaba al resto de la congregación que se dirigía al altar con las palmas de las manos juntas y estiradas, como si sostuvieran un plato en posición perpendicular al suelo, tal como el padre Benedict les había inculcado. A pesar de llevar ya siete años en Santa Inés, seguían refiriéndose a él como «nuestro nuevo párroco». Tal vez habría sido distinto de no haber tenido aquella piel tan blanca que le confería aspecto de nuevo. El color de su rostro, de un tono entre la leche condensada y la pulpa de guanábana, no se había oscurecido en absoluto a pesar del intenso calor de los siete harmatanes que había pasado en Nigeria y su nariz británica seguía siendo tan estrecha como siempre, aquella nariz que me hizo temer que no fuera capaz de aspirar suficiente aire el día en que llegó a Enugu. El padre Benedict había cambiado algunas cosas en la parroquia, como el hecho de insistir en que el credo y el kirie solo se recitaran en latín, el igbo no se aceptaba; tampoco el hacer palmas, que tuvo que reducirse al mínimo, no fuera a ser que comprometiera la solemnidad de la misa. En cambio, sí que permitía los cantos ofertorios en igbo; él los llamaba cantos indígenas, y al pronunciar la palabra «indígenas» las comisuras de sus labios se curvaban en un gesto forzado. Durante sus sermones, el padre Benedict solía referirse al Papa, a padre y a Jesús, en ese orden. Ponía a padre de ejemplo para ilustrar los Evangelios.
—Cuando dejamos que nuestra luz brille ante los demás, estamos reflejando la entrada triunfal de Cristo —dijo aquel Domingo de Ramos—. Mirad al hermano Eugene. Podría haber elegido ser como los otros grandes hombres de su país. Podría haber decidido quedarse sentado en casa y no hacer nada tras el golpe, para asegurarse de que el gobierno no se interpondría en sus negocios. Pero no; utilizó el Standard para contar la verdad, a pesar de que eso comportó que el periódico perdiera la financiación publicitaria. El hermano Eugene se ha expresado en favor de la libertad. ¿Cuántos de nosotros hemos defendido la verdad? ¿Cuántos hemos reflejado la entrada triunfal?
La congregación pronunció un «sí» o un «Dios lo bendiga» o un «amén», pero no demasiado alto para no parecerse a una de aquellas iglesias pentecostales que proliferaban como setas; luego, todos siguieron escuchando con atención y en silencio. Hasta los bebés dejaron de llorar como si también ellos estuvieran atentos. Incluso los domingos en que el padre Benedict hablaba de cosas por todos conocidas los feligreses escuchaban religiosamente. Contaba que era padre quien hacía las mayores donaciones al Óbolo de San Pedro y a San Vicente de Paúl, o que era padre quien costeaba el vino para la comunión, los nuevos hornos del convento en los que las reverendas hermanas cocían las hostias y las nuevas dependencias del hospital de Santa Inés donde el padre Benedict ofrecía la extremaunción. Y yo permanecía sentada con las rodillas muy juntas al lado de Jaja, tratando con todas mis fuerzas de evitar que el orgullo se reflejara en mi rostro porque padre decía que la modestia era algo muy importante.
Al mirar a padre vi que también él mantenía el rostro inexpresivo, la misma cara que aparecía en la fotografía del artículo que daba a conocer con mucho bombo que Amnistía Internacional le había concedido un premio del movimiento pro derechos humanos. Aquella fue la única ocasión en la que se permitió aparecer en el periódico. El director, Ade Coker, había insistido en ello, argumentando que luego estaría contento, que era demasiado modesto. Y de hecho fue madre quien nos lo dijo a Jaja y a mí, ya que padre no iba contando ese tipo de cosas. Aquel rictus impenetrable duró en su rostro hasta que el padre Benedict hubo finalizado el sermón y llegó el momento de la comunión. Después de comulgar, padre siempre volvía a sentarse y observaba a la congregación que se dirigía hacia el altar para, tras la misa, informar con verdadera preocupación al padre Benedict sobre quién había dejado de ir a comulgar dos domingos seguidos. Cuando aquello ocurría, animaba al clérigo a llamar la atención a la persona en cuestión para hacerla volver al redil. Nada excepto el pecado mortal podía hacer que alguien renunciara a la comunión dos domingos seguidos.
Así que cuando padre vio que Jaja no se dirigía al altar aquel Domingo de Ramos en que todo cambió, nada más llegar a casa estampó en la mesa el misal, que tenía las tapas de piel y del cual asomaba una cinta roja y amarilla. La mesa era de un cristal muy grueso, pero se tambaleó, al igual que las palmas que había sobre ella.
—Jaja, hoy no has ido a comulgar —dijo con calma, casi como si formulara una pregunta.
Jaja se quedó mirando el misal sobre la mesa, como si quisiera enderezarlo.
—La oblea me produce mal aliento.
Lo miré incrédula. ¿Es que se había vuelto majareta? Padre insistía en que la llamáramos «hostia», porque aquella palabra se encontraba próxima a captar la esencia, lo sagrado, del cuerpo de Cristo. «Oblea» resultaba demasiado laico, era lo que producían en las fábricas de padre: obleas de chocolate, de plátano… Era lo que se compraba a los niños en lugar de galletas para concederles un capricho.
—Y además el cura me roza la boca y me entran náuseas —prosiguió Jaja.
Sabía que yo lo estaba mirando, que con ojos atónitos le rogaba que se callara, pero no me miró.
—Es el cuerpo de Nuestro Señor. —Padre seguía hablando en voz baja, muy baja. Todavía tenía la cara hinchada, llena de granos infectados, pero en aquel momento su expresión resultaba aún más deforme—. No puedes dejar de participar del cuerpo de Nuestro Señor. Ya sabes que eso significa la muerte.
—Entonces moriré. —El miedo había hecho oscurecer los ojos de Jaja hasta hacerlos parecer de alquitrán, pero miraba a padre a la cara—. Entonces moriré, padre.
Padre echó un rápido vistazo alrededor de la estancia, como buscando alguna prueba de que algo se había desprendido del techo, algo que nunca se habría imaginado que pudiera caerse. Cogió el misal y lo lanzó por los aires, contra Jaja. No lo rozó, pero fue a parar a la estantería de cristal que madre limpiaba a menudo, y rajó el estante superior, barrió las figuritas de cerámica beige que representaban bailarinas de danza clásica en distintas posiciones y cayó al suelo, sobre ellas (bueno, más bien cayó sobre los miles de pedazos a que habían quedado reducidas), y allí aterrizó el enorme misal con tapas de piel que contenía las lecturas de los tres ciclos anuales de la iglesia.
Jaja no se movió. Padre iba de un lado a otro sin parar. Yo me quedé en la puerta, contemplándolos. El ventilador del techo daba vueltas y más vueltas y las bombillas que colgaban de él chocaban unas contra otras. Entonces entró madre, las pisadas de sus zapatillas de suela de goma resonaron en el suelo de mármol. Se había quitado la túnica cubierta de lentejuelas de los domingos y la blusa de mangas anchas. Ahora llevaba una sencilla bata estampada atada sin apretar a la cintura y la camiseta blanca que se ponía día sí día no, un recuerdo de unas jornadas espirituales a las que había asistido junto con padre. Sobre sus pechos caídos podían leerse las palabras: DIOS ES AMOR. Se quedó mirando las figuritas hechas trizas en el suelo y luego se arrodilló y empezó a recoger los pedazos con las manos.
Únicamente el zumbido del ventilador al cortar el aire rompía el silencio. Nuestro comedor era espacioso y estaba unido a un salón más amplio, pero aun así el ambiente resultaba asfixiante. Las paredes pintadas de color hueso en las que lucían las fotografías enmarcadas del abuelo se me venían encima y hasta la mesa de cristal parecía abalanzarse sobre mí.
—Nne, ngwa. Ve a cambiarte —me ordenó madre, y yo me sobresalté a pesar de que había pronunciado en voz baja y serena aquellas palabras en igbo. Acto seguido, sin pausa alguna, le dijo a padre—: Se te está enfriando el té. —Y a Jaja—: Ven a ayudarme, biko.
Padre se sentó a la mesa y se sirvió el té en el juego chino con flores rosas pintadas en los bordes. Esperaba que nos pidiera a Jaja y a mí que tomáramos un sorbo, como siempre. Él lo llamaba el «sorbo de amor», puesto que uno compartía las cosas que amaba con aquellos a los que amaba. «Tomad un sorbo de amor», solía decir, y primero iba Jaja. Luego yo cogía la taza con ambas manos y me la acercaba a los labios. Un sorbo. El té siempre estaba demasiado caliente y me quemaba la lengua, y si la comida había sido algo picante, me escocía. Pero no me importaba porque sabía que, cuando me quemaba, el amor de padre ardía en mí. Pero aquel día no dijo «Tomad un sorbo de amor». No dijo absolutamente nada al llevarse la taza a los labios.
Jaja se encontraba de rodillas junto a madre, había formado un recogedor con el boletín informativo de la iglesia y colocaba en él uno de los pedazos irregulares de cerámica.
—Ten cuidado, madre, o te cortarás los dedos con los trozos —le advirtió.
Tiré de una de mis trenzas por debajo del pañuelo negro con que me cubría la cabeza para ir a la iglesia, para asegurarme de que no estaba soñando. ¿Por qué Jaja y madre mostraban un comportamiento tan normal, como si ignoraran lo que acababa de ocurrir? ¿Y por qué padre se tomaba el té con tanta calma, como si Jaja no le hubiera plantado cara? Me di la vuelta despacio y subí a quitarme el vestido rojo de los domingos.
Después de cambiarme, me senté junto a la ventana de mi habitación. El anacardo del jardín se erguía tan cercano que, de no ser por la mosquitera metálica, podría haber estirado el brazo y haber arrancado una hoja. Los frutos amarillos de forma acampanada colgaban con languidez y atraían a las abejas zumbadoras que topaban contra la red. Oí que padre subía a su habitación para dormir la siesta, como de costumbre. Cerré los ojos, todavía sentada, y esperé a oír cómo llamaba a Jaja y cómo este se dirigía al dormitorio. Pero tras unos minutos de silencio que me parecieron interminables, abrí los ojos y apoyando la frente en la persiana de lamas miré fuera. El jardín de casa era lo bastante grande como para albergar a un centenar de invitados bailando atilogu, lo bastante espacioso como para permitir a cada uno ejecutar las volteretas en el aire y caer sobre los hombros del bailarín precedente. El muro coronado de cable eléctrico en espiral era tan alto que no alcanzaba a ver los coches que pasaban por la calle. Se acercaba la estación de las lluvias y los frangipanis plantados cerca del muro ya invadían el jardín con el olor empalagoso de sus flores. Una hilera de buganvillas de color violeta, cortadas sin complicaciones en línea tan recta como un mostrador, separaba los árboles de tronco retorcido de la entrada. Más cerca de la casa, radiantes arbustos de hibisco se extendían y llegaban a tocarse como si quisieran intercambiarse los pétalos. De los de color púrpura habían empezado a brotar capullos aletargados, pero la mayoría de los que estaban en flor eran rojos. Los hibiscos rojos florecían con mucha facilidad, teniendo en cuenta que a menudo madre los despojaba para decorar el altar de la iglesia y que quienes venían de visita solían arrancar algunas flores al salir en dirección al coche.
Casi siempre se trataba de compañeros de la iglesia de madre. Una vez, una mujer se colocó una flor detrás de la oreja; la vi perfectamente desde la ventana de mi habitación. Pero incluso los representantes del gobierno, dos hombres vestidos con americana negra que habían venido hacía algún tiempo, tiraron del hibisco al marcharse. Habían llegado en una furgoneta con matrícula del gobierno federal y habían aparcado cerca de las plantas. No se quedaron mucho tiempo. Más tarde, Jaja me explicó que habían venido para sobornar a padre, me contó que los había oído decirle que la furgoneta estaba llena de dólares. Yo no estaba segura de que mi hermano lo hubiera oído bien, pero a veces pensaba en ello. Me imaginaba la furgoneta llena de montones y montones de dinero extranjero, y me preguntaba si lo tendrían guardado en varias cajas de cartón o en una sola, del tamaño de nuestro frigorífico.
Todavía me encontraba junto a la ventana cuando madre entró en mi habitación. Cada domingo antes de comer, mientras le pedía a Sisi que echara un poco más de aceite de palma en la sopa y un poco menos de curry en el arroz de coco, cuando padre dormía la siesta, madre me trenzaba el pelo. Se sentaba en un sillón cerca de la puerta de la cocina y yo hacía lo propio en el suelo, con la cabeza sujeta entre sus piernas. Aunque la cocina era espaciosa y la ventana estaba siempre abierta, mi pelo absorbía el aroma de las especias y, después, cuando me acercaba la punta de una trenza a la nariz, volvía a notar el olor de la sopa egusi, del utazi y del curry. Pero esta vez madre no entró en la habitación con la bolsa de los peines y los aceites esenciales para el pelo y me pidió que bajara. En vez de eso, me dijo:
—La comida está lista, nne.
Quería decirle que sentía que padre hubiera roto sus figuritas, pero las palabras que me salieron fueron:
—Siento que se hayan roto tus figuritas, madre.
Ella asintió de forma breve e hizo un gesto con la cabeza para quitarle importancia. Sin embargo, para ella aquellas figuritas la tenían. Años atrás, antes de que yo pudiera comprenderlo, me preguntaba por qué les sacaba brillo cada vez que se oían aquellos ruidos procedentes de su dormitorio, como si alguien estampara algo contra la puerta. Siempre bajaba la escalera en silencio con sus zapatillas de suela de goma, pero yo la descubría al oír que se abría la puerta del comedor. Entonces yo también bajaba y la veía junto a la estantería con un trapo de cocina humedecido en agua jabonosa. Invertía por lo menos un cuarto de hora en cada bailarina. Nunca vi lágrimas en sus mejillas. La última vez, hacía tan solo dos semanas, cuando todavía tenía el ojo hinchado y del color morado oscuro de un aguacate pasado, las cambió de posición tras limpiarlas.
—Te trenzaré el pelo después de comer —me dijo, y se volvió para marcharse.
—Sí, madre.
Bajé tras ella. Cojeaba un poco, como si tuviera una pierna más corta que la otra, y aquel modo de andar la hacía parecer aún más bajita. La escalera tenía una elegante forma de S. Me encontraba a medio camino cuando vi a Jaja de pie en el recibidor. Antes de comer, normalmente se ponía a leer en su habitación, pero aquel día no había subido; se había quedado en la cocina todo el tiempo, con madre y Sisi.
—Ke kwanu? —le pregunté, aunque en realidad no era necesario preguntarle qué tal estaba.
No hacía falta más que mirarlo. Su rostro de diecisiete años mostraba líneas de expresión. Las tenía en forma de zigzag por la frente y cada surco oscuro evidenciaba una gran tirantez. Me acerqué y le estreché un momento la mano antes de entrar en el comedor. Padre y madre ya estaban sentados. Padre se lavaba las manos en el cuenco de agua que sostenía Sisi. Esperó a que Jaja y yo nos sentáramos frente a ellos e inició la bendición. Estuvo veinte minutos agradeciendo a Dios los alimentos. Luego pronunció distintas estrofas del avemaría, a las que nosotros respondíamos: «Ruega por nosotros». Su oración favorita era «Nuestra Señora, protectora de los nigerianos». La había creado él mismo.
—Si todo el mundo rezara cada día —nos dijo—, Nigeria no se tambalearía como un hombretón con piernas de chiquillo.
Para comer había fufú y sopa de onugbu. El fufú estaba suave y esponjoso. Sisi lo hacía muy bien; machacaba el ñame con mucha energía mientras iba añadiendo agua en pequeñas cantidades. Sus mejillas se contraían a cada movimiento de la mano del mortero. La sopa era espesa y tenía trocitos de carne de ternera hervida, pescado salado y hojas de onugbu de color verde oscuro. Comimos en silencio. Dividí mi fufú y con las manos hice pelotillas que luego eché en la sopa; al llevármelas a la boca, procuraba coger también trocitos de pescado. Estaba convencida de que la sopa estaba buenísima, pero no le notaba el sabor. No podía. Tenía la lengua como esparto.
—Pasadme la sal, por favor —dijo padre.
Todos nos volcamos hacia el salero y Jaja y yo alcanzamos el botecito de cristal al mismo tiempo. Rocé su dedo con el mío, con suavidad, y entonces él lo soltó. Se lo pasé a padre. El silencio resultaba cada vez más incómodo.
—Esta tarde han traído el zumo de anacardos. Está bueno. Estoy segura de que va a venderse bien —dijo al fin madre.
—Pídele a la chica que traiga un poco —le ordenó padre.
Madre hizo sonar la campanilla que colgaba de un cable transparente sobre la mesa, y apareció Sisi.
—¿Señora?
—Tráenos dos botellas de la bebida que han enviado de la fábrica.
—Sí, señora.
Deseaba que Sisi hubiera preguntado «¿Qué botellas, señora?», o «¿Dónde están?», solo para que siguieran hablando y disimular así los movimientos nerviosos de Jaja al moldear el fufú. Sisi volvió enseguida y dejó las botellas cerca de padre. Las etiquetas eran de color apagado, como las de todo lo que se envasaba en las fábricas de padre: las obleas, los bollos de crema, el zumo y las rodajas de plátano frito. Padre nos sirvió a todos la bebida amarilla. Rápidamente, cogí mi vaso y probé un sorbo. Me supo a agua. Quería mostrarme entusiasmada; quizá si elogiara su sabor padre se olvidaría de que todavía no había castigado a Jaja.
—Está muy bueno, padre —aseguré.
Padre lo saboreó, inflando las mejillas al removerlo dentro de la boca.
—Sí, sí.
—Sabe igual que el fruto —observó madre.
«Di algo, por favor», quería transmitirle a Jaja. Se suponía que tenía que aportar su opinión y contribuir a elogiar el nuevo producto de padre. Siempre lo hacíamos, cada vez que un empleado de alguna de sus fábricas nos traía algo para probar.
—Sabe a vino blanco —añadió madre. Estaba nerviosa; lo supe no solo porque el sabor del vino blanco no tenía nada que ver con el de los anacardos, sino porque su tono de voz era más bajo de lo habitual—. Vino blanco —repitió, cerrando los ojos para saborearlo mejor—, blanco y afrutado.
—Sí —la secundé.
Una pelotilla de fufú me resbaló de entre los dedos y fue a parar a la sopa.
Padre miraba fijamente a Jaja.
—Jaja, ¿no has compartido la bebida con nosotros, gbo? ¿Es que te has quedado sin palabras? —le preguntó en igbo.
Mala señal. Casi nunca hablaba en igbo y, aunque Jaja y yo lo hablábamos en casa con madre, no le gustaba que lo hiciéramos en público. Nos decía que teníamos que demostrar que éramos personas educadas y hablar en inglés. La hermana de padre, tía Ifeoma, nos dijo una vez que padre era, en gran medida, un producto colonial. Lo había afirmado en un tono suave, indulgente, como si él no tuviera la culpa, como cuando uno se refiere a alguien que grita frases incoherentes debido a la gravedad de la malaria que padece.
—¿No tienes nada que decir, gbo, Jaja? —le volvió a preguntar.
—Mba, no tengo palabras —respondió Jaja.
—¿Cómo?
Una sombra se cernió sobre los ojos de padre, la sombra que envolvía antes los de Jaja. El miedo había abandonado la mirada de Jaja y había invadido la de padre.
—No tengo nada que decir —insistió Jaja.
—El zumo está bueno —empezó a decir madre.
Jaja empujó su silla hacia atrás.
—Gracias, Señor. Gracias, padre. Gracias, madre.
Me volví a mirarlo. Por lo menos daba las gracias de la forma adecuada, como siempre había hecho tras una comida. Pero también estaba haciendo lo que nunca antes había hecho: se levantaba de la mesa antes de que padre hubiera ofrecido la plegaria tras tomar los alimentos.
—¡Jaja! —lo increpó padre.
La sombra se hacía mayor y envolvía los ojos de padre por completo. Jaja abandonó el comedor con su plato. Padre hizo el gesto de levantarse, pero luego se dejó caer en el asiento. Las mejillas se le descolgaban como a un bulldog.
Cogí mi vaso y me concentré en el zumo, amarillo claro como la orina. Me lo tomé todo de un trago. No sabía qué más hacer. Nunca antes en toda mi vida había ocurrido algo así. Las paredes iban a derrumbarse, estaba segura, e iban a aplastar los frangipanis; el cielo se desmoronaría y las alfombras persas que cubrían el brillante suelo de mármol se encogerían. Seguro que iba a ocurrir algo parecido. Pero lo único que ocurrió fue que de pronto me ahogaba. Mi cuerpo se estremeció a causa de la tos. Padre y madre corrieron a socorrerme, padre me daba golpes en la espalda mientras madre me friccionaba los hombros y decía:
—O zugo, deja de toser.
Aquella tarde la pasé en la cama y no cené con la familia. Me había cogido la tos y las mejillas ardientes me quemaban el dorso de la mano. En mi cabeza, miles de monstruos jugaban dolorosamente a pasarse la pelota, aunque la pelota era un misal con las tapas de piel. Padre entró en mi habitación; el colchón se hundió al sentarse, me acarició las mejillas y me preguntó si quería algo más. Madre me estaba cocinando ofe nsala. Le dije que no y nos quedamos sentados en silencio, cogidos de las manos, durante mucho tiempo. Padre siempre hacía ruido al respirar, pero en aquellos momentos resollaba como si le faltara el aliento y me pregunté qué debía de estar pensando, si en su mente quizá huía, huía de algo. No lo miré a la cara porque no quería ver los sarpullidos que se extendían por cada centímetro de piel; eran tantos y tan uniformes que conferían a su rostro aspecto de hinchado.
Algo más tarde, madre me subió un poco de ofe nsala, pero la sopa aromática solo me produjo náuseas. Tras vomitar en el baño, le pregunté a madre dónde estaba Jaja. No había subido a verme después del almuerzo.
—Está en su habitación. No ha bajado para cenar.
Me acarició las trenzas. Le gustaba seguir la forma en que los mechones de distintas zonas de mi cuero cabelludo se sujetaban entrelazados. Ya no tendría que trenzarlo hasta la semana siguiente. Mi pelo resultaba demasiado grueso; siempre que intentaba pasarme el peine, se me apelmazaba formando un gran enredo. En aquel momento solo hubiera servido para encolerizar a los monstruos que habitaban en mi cabeza.
—¿Vas a sustituir las figuritas? —le pregunté.
Notaba el olor a desodorante calcáreo bajo sus brazos. Su rostro de piel marrón, impecable exceptuando la reciente cicatriz de forma irregular que tenía en la frente, no mostraba expresión alguna.
—Kpa —respondió—. No las voy a sustituir.
Quizá madre se hubiera dado cuenta de que no necesitaba más figuritas; cuando padre lanzó el misal contra Jaja, no fueron solo las bailarinas lo que se vino abajo, sino todo. Únicamente entonces me di cuenta, al pensarlo.
Tumbada en la cama, después de que madre saliera de la habitación, repasé mentalmente el pasado, los años en que Jaja, madre y yo hablábamos más con el espíritu que con los labios. Hasta Nsukka. Aquella visita lo empezó todo; el pequeño jardín de tía Ifeoma, junto al porche de su piso de Nsukka, comenzó a romper el silencio. El desafío de Jaja me parecía ahora igual que el experimento con los hibiscos púrpura de tía Ifeoma: raro, con un trasfondo fragante de libertad, pero de una libertad distinta a la que la multitud había clamado, agitando hojas verdes en Government Square, tras el golpe. Libertad para ser, para hacer.
Pero mis recuerdos no comenzaban en Nsukka. Empezaban antes, cuando todos los hibiscos de nuestro jardín eran extraordinariamente rojos.

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John M. Coetzee, segundo premio novel de África

(Ciudad del Cabo, 1940) Escritor sudafricano en lengua inglesa. John Maxwell Coetzee nació en Ciudad del Cabo el 9 de febrero de 1940. Cuando tenía ocho años, su familia se trasladó a Worcester, en la provincia de Karoo, una zona casi desértica. Allí transcurrió su infancia.
Su identidad étnica nunca le resultó demasiado clara: en su familia inmediata se hablaba el inglés, pero con otros parientes pesaba más el lado afrikáner, de cuya cultura, sin embargo, Coetzee se sentía muy alejado. Su filiación religiosa no fue más diáfana, pues su familia no era practicante, y a la confusión del niño se añadió el hecho de crecer con compañeros protestantes, católicos y judíos.
Su padre era abogado y, en casa, una figura cuya autoridad no siempre era bienvenida. Con su madre, profesora de escuela, sucedía algo muy distinto: el niño Coetzee desarrolló frente a ella un fuerte sentimiento de solidaridad, de mutuo apoyo, pero también de repulsión y de culpa. «Él desearía que se comportase con ella como lo hace con su hermano», escribió en Infancia, pero aclarando enseguida: «Sabe que se pondría furioso si ella comenzara a protegerlo constantemente». La niñez de Coetzee transcurrió en esos espacios alejados de la urbe y sus sofisticaciones.


John M. Coetzee

Cuando tuvo que escoger estudios universitarios, se decidió por la Universidad de Ciudad del Cabo. En 1961 terminó, con resultados excepcionales, sus estudios de lengua y literatura inglesa y de matemáticas; esa doble disciplina determinó buena parte de su futuro inmediato, pues ese mismo año viajó a Londres con la intención de hacerse escritor, y fue su trabajo como programador informático el que le permitió costearse la vida en la metrópolis del imperio.
Coetzee fue contratado, no mucho tiempo después de su llegada, por IBM, pero el exceso de trabajo y la rutina pronto le resultaron insoportables, y, luego de renunciar a su trabajo, pudo dedicar más tiempo a la tesis en que estaba trabajando, un examen crítico de Ford Madox Ford con el que obtuvo, en 1963, su maestría en humanidades por la Universidad de Ciudad del Cabo. Dos años después subió a bordo de un barco italiano rumbo a Estados Unidos. Para ser precisos, su destino era Austin, Texas.
La influencia de Beckett
La Universidad de Texas sería su hábitat natural durante los años siguientes. Allí, entre varios trabajos filológicos, Coetzee escribió una disertación doctoral sobre la obra de Samuel Beckett; en la Sala de Manuscritos de la universidad encontró los cuadernos en que Beckett había escrito la novela Watt mientras se escondía de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El descubrimiento lo marcaría para siempre, y Beckett se convertiría en una de sus influencias más notorias.
Hubo otros encuentros, tan accidentales como aquél: en la biblioteca encontró las monografías del etnólogo alemán Carl Meinhof acerca de lenguas sudafricanas como el hotentote. Eso le llevó a retroceder en el tiempo hasta encontrar los inventarios lingüísticos hechos por antiguos viajeros y misioneros, entre ellos uno de sus ancestros: Jacobus Coetzee.
En 1968, cuando se mudó a Buffalo para trabajar como profesor en la Universidad Estatal de Nueva York, Coetzee comenzó la redacción de una especie de genealogía o memoria familiar. El texto acabó por convertirse en su primera novela: Dusklands. Para cuando la publicó, en 1974, ya había abandonado Estados Unidos, y llevaba dos años ejerciendo como profesor en la Universidad de Ciudad del Cabo. Ese puesto ocuparía la siguiente década de su vida.
Durante ese tiempo, Coetzee escribió y siguió publicando con una regularidad sorprendente, como si se hubiera fijado plazos de tres años para sus novelas. En 1977 apareció En medio de ninguna parte; la repercusión de la novela fue extraordinaria, y el Premio CNA, el más prestigioso del mundo literario sudafricano, fue para Coetzee una especie de presentación en sociedad.
Luego vinieron Esperando a los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (1983) y Foe (1986). En las dos primeras ahondó en la condición de su país, en la culpa de los blancos colonizadores y su posible expiación. Vida y época… ganó el Premio Booker, y situó a su autor en el ámbito más amplio de la prosa en lengua inglesa. En Foe, mientras tanto, Coetzee revisitaba el mito de Robinson Crusoe, desde el punto de vista de una mujer que según Coetzee estaba en el mismo barco y que la novela de Daniel Defoe deja al margen, y reflexionaba sobre el impulso «marginador» de los hombres.
Autor consumado
El Premio Fémina de novela extranjera de 1985 y el Premio Jerusalén de 1987 confirmaron que Coetzee podía ser leído fuera del ámbito del colonialismo anglosajón. Mientras tanto, su posición académica se afianzaba, y en 1984 fue nombrado profesor de literatura general de la Universidad de Ciudad del Cabo.
Para entonces, Coetzee se había enfrentado con buenos resultados al conflicto que parecía preocupar a sus críticos más que a él mismo: ¿Cómo producir una literatura comprometida con su tiempo y a la vez capaz de incorporar los sofisticados rasgos de la prosa posmoderna? Después del experimento de Foe, Coetzee publicó su novela más clásica, La edad de hierro (1990), un texto deudor de la literatura confesional, y El maestro de Petersburgo (1994), dedicado a la figura de Fiodor Dostoievski. Con esta novela Coetzee saldó una vieja deuda -el escritor ruso es uno de los demonios presentes en su literatura- y demostró, de paso, que su trayectoria no estaba definida de antemano: cada nuevo libro significaría un nuevo desvío.
El siguiente desvío fue Desgracia, novela con la que ganó en 1999 su segundo Premio Booker. Desgracia se aleja del estilo alegórico de otros textos y utiliza procedimientos que pueden ser llamados realistas. La década de los noventa fue para Coetzee la década de la autobiografía. A pesar de sus dos libros de memorias, Coetzee no se dejaría absorber por el remolino mediático.
En 2002 se mudó a Australia, y ejerció desde entonces como profesor de la Universidad de Adelaida. La noticia de que le había sido concedido el Premio Nobel de Literatura -poco después de la publicación de Elizabeth Costello– causó una reacción doble en sus lectores: de justicia, por el reconocimiento de la importancia de su obra, y de preocupación, pues Coetzee se vería obligado por primera vez a salir de su refugio y dar la cara ante las cámaras. Era el segundo autor sudafricano en lograr el galardón, y la Academia sueca destacó la «brillantez y la honestidad intelectual» del autor, así como su «conciencia crítica».
Como sus libros, J. M. Coetzee ha hecho del aislamiento un valor. Su vida de novelista se ha mantenido al margen de los círculos sociales de la literatura; Coetzee escribe y trabaja en privado, y, al contrario de las tendencias contemporáneas, se ha asegurado de que sus datos biográficos interesen menos que sus novelas.
Desde esa perspectiva, ha llevado a cabo una de las obras más sólidas de aquello que ha dado en llamarse literatura poscolonial, aunque las etiquetas le importan poco: en sus novelas, la experiencia de su país, Sudáfrica, y la suya como hombre blanco en el territorio del apartheid, se han mezclado felizmente con el ejercicio de la crítica literaria, y han procurado no hacer del compromiso político el fetiche que es para tantos novelistas de territorios conflictivos. El hecho de que haya logrado prescindir de la propaganda, y al mismo tiempo realizar un cuestionamiento de las realidades del colonialismo equiparable al de Joseph Conrad, es el verdadero testimonio de su potencia como artista y crítico social.

Wole Soyinka Aké (fragmento)

«Todo el mundo gritó al mismo tiempo:
—¡Estáte quieto, Wole! ¡No te muevas!
Repetí mi pregunta, advirtiendo ahora que no me estaba muriendo, pero preguntándome si estaría obligado a convertirme en un mendigo como los ciegos que llegaban a veces a la vicaría, de la mano de un niño, a veces no mayor que yo. Se me ocurrió entonces que nunca había visto a un niño que llevara de la mano a otro niño ciego.
Alguien preguntó:
—¿Dónde está ese Osiki?
Pero Osiki había desaparecido. Osiki, cuando yo caí herido, había seguido corriendo en la misma dirección que llevaba en aquel momento. Yo estaba seguro de que había corrido a una velocidad superior incluso a la fenomenal suya de siempre. Algunos de los chicos mayores habían tratado de atraparlo (yo no sabía por qué), pero Osiki los superaba en cuanto a correr rápido como el viento. Podía verlo, y aquella visión me llevó una sonrisa a la cara. También me hizo abrir el ojo herido y, para gran sorpresa mía, podía ver con él. Se escucharon grandes respingos de las caras preocupadas, que ahora se iban apretando a mi lado para ver por sí mismas. La piel estaba cortada hasta el rabillo del ojo, pero el ojo en sí estaba ileso. Incluso la hemorragia parecía haber parado. Oí que un profesor murmuraba: «¡Imposible!», mientras que otro exclamaba: «¡Olorun ku ise!» [¡Alabado sea Dios!]. Mi padre se limitó a dar un paso atrás y quedarse contemplándome, con la boca abierta en un gesto de incredulidad.
Y entonces me sentí muy cansado, pareció que una neblina me tapaba los ojos y me dormí.
Yo no podía subir solo la escalera, pero ya sabía dónde estaba. Me bastaba con seguir el ruido de los pies para saber a dónde ir cada vez que el ruido de un acontecimiento llegaba a la casa desde Aké. Era una escalera de hierro y a veces había cuatro o cinco personas de la casa que se subían a ella al mismo tiempo a mirar y hacían comentarios sobre el acontecimiento. No hacían caso de mis esfuerzos por subir a la escalera con ellos, pues decían que era peligroso.
Entonces, un día, Joseph se apiadó, me subió a hombros y así fue como eché mi primera mirada por encima del muro de nuestro patio. Seguí al grupo de bailarines del camino que pasaba junto al cenotafio, detrás de la iglesia, y después desaparecía, según dijo Joseph, en dirección al palacio. Yo había reconocido la iglesia y el cenotafio. También había reconocido otro elemento del paisaje, que era la gran puerta de los terrenos de la vicaría. Entonces comprendí que los muros externos de la vicaría se sucedían continuamente y sólo en algunos lugares dejaban huecos para puertas y ventanas. Sentado en el hombro de Joseph, seguí hacia la izquierda el muro en el que estábamos apoyados, vi que se fundía con la pared del almacén donde se guardaban las cántaras y las ollas (tanto de guisar como para los trabajos de jardinería de mi padre), después desaparecía en la pared del cobertizo de la leña y los pollos, después de lo cual se convertía en el muro de un pequeño nicho que servía para las plantas más jóvenes del jardín de padre, después en la pared del cuarto de baño, y por último en la de la cocina. Desde allí pasaba a rodear el recinto del catequista, envolvía el resto de su casa y después se volvía a convertir en una pared lisa hasta que la rompía la puerta de los terrenos de la vicaría. Después pasaba a la pared de la escuela de muchachas de abajo, antes de interrumpirse en la esquina que constituía la fachada de la librería, único edificio de la vicaría que daba a la calle.
A lo largo del camino había esparcidas unas cuantas ventanas, ventilaciones simbólicas, puestas muy altas en las paredes, casi debajo del techo de chapa ondulada. Pero, en general, los muros continuaban ininterrumpidos, adornados en algunos sitios por las ramas que se inclinaban sobre ellos, ramas de plátano, de guayabo, o de las plantas de hojas amargas como la frondosa, cuyas hojas me rozaban la cara en aquel momento. Entonces quedó claro que en los terrenos de la vicaría vivíamos en un pueblo para nosotros solos, y que Aké era todo lo demás que se extendía ante mi vista. Aquel otro pueblo, Aké, estaba conectado por los techos oxidados, igual que el nuestro lo estaba por los muros. Los únicos edificios exentos eran los especiales, como la iglesia o el cenotafio. Todos los demás estaban conectados sin solución de continuidad. «

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Primer Novel africano:Wolw Soyinka

Nació e13 de julio de 1934 en Abeokuta, estado de Ogun, Nigeria.

Fue el segundo de los seis hijos Samuel Ayodele Soyinka, un ministro anglicano y director de la escuela de St. Peters en Abeokuta, y de Grace Eniola Soyinka, dueña de una tienda en el mercado y activista dentro del movimiento de mujeres en la comunidad local.

Cursó estudios en la Universidad nigeriana de Ibadan y en la Universidad de Leeds, en el Reino Unido.

Fue libretista, actor y director en el Royal Court Theatre de Londres. Desarrolló tres piezas experimentales con una compañía de actores que él había reunido. De regreso a su país natal en 1960, fundó el grupo de teatro Masks que presentaría su primera obra dramática mayor A Dance of the Forests, además produjo obras de otros de dramaturgos africanos.

Cuando estalló la Guerra Civil nigeriana fue detenido por el gobierno y encarcelado en régimen de aislamiento de 1967 a 1969.

Su obra está escrita fundamentalmente en inglés y se inspira en los mitos y en las tradiciones tribales, si bien emplea formas occidentales. Entre sus trabajos destacan: La danza del bosque (1960), sobre la independencia de Nigeria; El hombre muerto (1965), escrito durante los años que pasó en prisión; y La muerte y el caballero del rey (1975). Otras de sus obras son las novelas Los intérpretes (1965), Ogun Abibiman (1976), la autobiografía Aké (1982) y varias colecciones de poesía.

En 1986 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer escritor africano y el primer escritor negro galardonado con este premio.

Su primer matrimonio fue en 1958 con la escritora británica, Barbara Dixon, a quien conoció en la Universidad de Leeds, en la década de 1950. Fue la madre de su primer hijo, Olaokun. Su segundo matrimonio fue con la bibliotecaria nigeriana Olaide Idowu, en 1963. Con ella tuvo tres hijas, Moremi, Iyetade (fallecida) y Peyibomi, y un hijo, Ilemakin. Se casó con Folake Doherty en 1989. En 2014, reveló su batalla contra el cáncer de próstata.

Obras seleccionadas

    • The Swamp Dwellers (1958)
    • The Lion and the Jewel (1959)
    • The Trials of Brother Jero (1964)
    • The Interpreters (1965)
    • Poems from Prison (1969)
    • The Road (1969)
    • Madmen and Specialists (1970)
    • A Shuttle in the Crypt (1972)
    • The Bacchae of Euripides (1973)
    • Death and the King´s Horseman (1975)
    • Aké (1982)
    • Beautification of Area Boy (1995)
    • The gay’s never die (2000)
    Alapata Apata (2011)

Viaje

    • Aunque llegué al final del viaje,
    • Jamás sentí que hubiera llegado.
    • Tomé la carretera
    • Que sube despacio la cuesta de las preguntas, y que me lleva
    • Incluso a descender a la tierra que conduce a casa. Yo sé
    • Que mi carne está limpiamente mordisqueada, perdida
    • Para el perturbado pez entre las vainas susurrantes-
    • Yo los dejé atrás en mi ruta
    • Y así también con el pan y el vino
    • Necesito la repartición de derrota y carestía
    • Yo los dejé atrás en mi ruta
    • Jamás sentí que hubiera llegado
    • Aunque amor y bienvenida me atrapan en casa
    • Los usurpadores pasan mi copa en cada
    • Banquete como en una última cena
    Traducción de Rafael Patiño

Wole_Soyinka

 

Contramedidas de Pedro Herrero

El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.
mago

El ronroneo constante — El Blog de Arena

. Para Lou, mi copiloto Vivir es como conducir un auto por una ruta sin fin. El espejo retrovisor nos muestra el pasado y sería ridículo conducir fijando todo el tiempo la vista en él. Adelante, frente al parabrisas, más allá del motor y de las defensas, está el futuro, el cual, erróneamente, […]

a través de El ronroneo constante — El Blog de Arena