El mejor Safari de Nadine Gordimer, premio nobel de África

Aquella noche nuestra madre fue a la tienda y no regresó. Nunca. ¿Qué había pasado? No lo sé. También mi padre se había marchado un día para nunca regresar; pero es que él fue a la guerra. Donde nosotros estábamos también había guerra, pero éramos pequeños y, al igual que la abuela y el abuelo, no teníamos armas. Aquellos contra quienes mi padre luchaba -los bandidos, los llama nuestro gobierno- irrumpían en el lugar donde vivíamos y nosotros huíamos de ellos como gallinas perseguidas por perros. No sabíamos adónde ir. Nuestra madre fue a la tienda porque decían que se podía comprar aceite para cocinar. Nos alegró porque hacía mucho que no probábamos el aceite. Puede que comprase aceite y que alguien la atacase en la oscuridad y le quitase aquel aceite. Puede que se topase con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. En dos ocasiones entraron en nuestro pueblo y corrimos a ocultarnos en el bosque, y cuando se hubieron marchado regresamos y descubrimos que se lo habían llevado todo. Pero la tercera vez que vinieron no quedaba nada que pudieran llevarse, ni aceite ni comida, así que le prendieron fuego a la paja y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unas chapas de hojalata y las pusimos para cubrir parte de la casa. La esperamos allí la noche que no regresó.
Nos daba pánico salir, incluso para hacer nuestras cosas, porque sí que habían llegado los bandidos; no a nuestra casa -sin techo debía de parecer que no había nadie, que todos se habían ido-, pero sí al pueblo. Oíamos que la gente gritaba y corría. Nos daba miedo incluso correr, sin que nuestra madre nos dijese hacia dónde. Yo soy la segunda, la chica, y mi hermanito se agarraba a mi estómago, rodeándome el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, igual que un monito a su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un trozo de madera astillada en la mano, parte de uno de los palos que sostenían la casa y se habían quemado; era para defenderse si los bandidos lo encontraban.
Nos quedamos allí todo el día. Aguardándola. No sé que día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.
Al ponerse el sol, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien del pueblo les había dicho que los niños estábamos solos; nuestra madre no había regresado. Digo «abuela» antes que «abuelo» porque es así: nuestra abuela es alta y fuerte, y aún no es vieja, y nuestro abuelo es bajito, apenas se le ve en sus holgados pantalones, sonríe pero no ha oído lo que le dices, y lleva el pelo que parece lleno de restos de jabón, La abuela nos llevó -a mí, al chiquitín, a mi hermano mayor y al abuelo- a su casa y todos teníamos miedo (salvo el chiquitín, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos por el camino. Estuvimos esperando mucho tiempo en casa de la abuela. Puede que un mes. Teníamos hambre. Nuestra madre nunca regresó. Durante el tiempo que estuvimos esperando que viniese a buscarnos, la abuela no pudo darnos comida, no tenía comida para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía gachas, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no quedaba ni una hoja.
El abuelo, aunque se quedaba un poquito atrás, salió a pie con unos jóvenes a buscar a nuestra madre, pero no la encontró. Nuestra abuela lloró con otras mujeres y yo canté los himnos con ellas. Trajeron un poco de comida -alubias- pero al cabo de dos días nos quedamos otra vez sin nada. El abuelo tuvo tres ovejas y una vaca y un huerto, pero ya hacía mucho tiempo que los bandidos le habían quitado las ovejas y la vaca, porque ellos también pasaban hambre; y al llegar la época de la siembra el abuelo se había quedado sin semillas que sembrar.
Así que decidieron -nuestra abuela, porque el abuelo hizo unos ruiditos, balanceándose, pero ella no le prestó atención- que nos marchásemos. Mis hermanos y yo nos alegramos. Queríamos irnos de allí donde ya no estaba nuestra madre y donde pasábamos hambre. Queríamos ir a donde no hubiese bandidos y hubiese comida. Era estupendo pensar que tenía que haber un lugar semejante lejos de allí.
La abuela dio su ropa de ir a la iglesia a una persona a cambio de maíz seco, que hirvió y envolvió en un trapo. Nos llevamos el maíz al marcharnos y ella creyó que podríamos encontrar agua en algún río, pero no dimos con ningún río y pasamos tanta sed que tuvimos que regresar. No hasta casa de los abuelos, sino hasta un pueblo donde había bomba de agua. Ella destapó la cesta donde llevaba ropa y el maíz y vendió sus zapatos para comprar un bidón grande agua. Yo dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si no llevas siquiera zapatos?, pero ella dijo que el viaje era largo y llevábamos demasiado peso. En aquel pueblo encontramos a otra gente que también se marchaba. Nos unimos a ellos porque parecían saber mejor que nosotros dónde estaba aquello.
Para llegar allí teníamos que cruzar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque Kruger como de un país entero lleno de animales: elefantes, leones chacales, hienas, hipopótamos, cocodrilos, toda clase de animales. En nuestro país teníamos algunos iguales, antes de la guerra (la abuela lo recuerda, mis hermanos y yo no habíamos nacido), pero los bandidos matan a los elefantes y venden los colmillos, y los bandidos y nuestros soldados se han comido toda la caza. En nuestro pueblo había un hombre sin piernas: un cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de personas y no de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de nuestros hombres iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita y para ver los animales.
Así que reemprendimos el viaje. Había mujeres, y otras niñas como yo que tenían que llevar a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guió hasta el Parque Kruger. Es que aún no llegamos, es que aún no llegamos, no paraba yo de preguntarle a la abuela. Todavía no, decía el hombre, cuando ella se lo preguntaba por mí. Él nos explicó que tendríamos que dar un gran rodeo siguiendo la cerca, que nos mataría, nos dijo, achicharrándonos la piel en cuanto la tocásemos, igual que los cables de lo alto de los postes que llevan la luz eléctrica a nuestras ciudades. Yo ya he visto ese dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que teníamos antes de que lo volasen.
Al preguntar otra vez, dijeron que llevábamos una hora caminando por el Parque Kruger. Pero tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano mayor y los otros chicos se la trajeron al hombre para matarla, guisarla y comérnosla. El hombre la dejó libre porque dijo que no podíamos encender fuego; que mientras estuviésemos en el Parque no deberíamos encender fuego porque el humo indicaría que estábamos allí. La policía y los guardas vendrían y nos obligarían a volver por donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como los animales entre animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardas (con quienes él nos dijo que tuviésemos cuidado) que habían dado con nosotros. Y era un elefante, y otro elefante, y más elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por dondequiera que mirases entre los árboles. Arrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las embutían en la boca. Los elefantitos se pegaban a sus madres. Los que ya eran un poco mayores peleaban entre sí igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de con los brazos. Yo los observaba con tal interés que me olvidé de que tenía miedo. El hombre nos dijo que permaneciésemos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie.
Los gamos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los facóqueros se paraban en seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como solía hacerlo un chico de nuestro pueblo con la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta donde bebían. Cuando se marchaban íbamos a sus pozas. Nunca pasábamos sed porque encontrábamos agua, pero los animales comían, comían constantemente. Siempre que los veías estaban comiendo hierba, árboles, raíces. Y no había nada para nosotros. El maíz se nos había terminado. Lo único que podíamos comer era lo que comían los babuinos, pequeños higos resecos llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como animales.
Cuando hacía mucho calor, durante el día encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el hombre sí, y nos hacía retroceder y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi hermanito estaba adelgazando pero pesaba mucho. Cuando la abuela me buscaba, para cargármelo a la espalda, yo intentaba escabullirme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando descansábamos tenían que zarandearle para que se volviese a levantar, como si ahora fuese igual que el abuelo, que no oía. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las espantaba; me asusté. Cogí una hoja de palmera y se las quité.
Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas, que iban agachadas como si sintiesen vergüenza, deslizarse por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volvía la cabeza, le veías unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos por la noche y pedirles que nos ayudasen. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo, y empezó a lamentarse y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El hombre que nos guiaba nos había dicho que debíamos rehuir a aquellos de los nuestros que trabajaban en el Parque Kruger; si nos ayudaban, perderían su trabajo. Si nos veían, todo lo que podían hacer era fingir que no éramos nosotros, que lo que habían visto eran animales.
A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé que noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas) pero una vez oímos que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban como nosotros al correr, aunque es un jadeo diferente: se nota que no corren, que acechan por allí cerca. Nos apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde cualquier león podía saltar y caerme justo encima. En lugar del león saltó el hombre que nos guiaba; puesto en pie, comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no hacer nunca ruido, pero él gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole los gritos desde lejos.
Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el hombre tenían que aupar al abuelo y pasarlo de piedra en piedra allí donde encontrábamos vados para cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras cosas bajo un arbusto. Con tirar de nuestros cuerpos hasta allí ya será mucho, dijo la abuela. Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y tuvimos retortijones. Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día que nos dieron los dolores, y el abuelo no podía agacharse allí delante de todos como mi hermanito, y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Nosotros teníamos que seguir, no paraba de decirnos el hombre que nos guiaba, no podíamos retrasarnos, pero le pedimos que aguardase al abuelo.
Así que todos aguardaron a que el abuelo nos alcanzase. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día; los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos verle porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus holgados pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque no tenía hilo. Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarle, pero en grupos, no fuese que también nosotros nos perdiésemos de vista entre la hierba. Esta se nos metía en los ojos y en la nariz. Continuábamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos debió de llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en las orejas. Miramos y miramos, pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los antílopes para ocultar sus crías.
Al despertarme seguía sin aparecer. Así que continuamos buscando, y para entonces vimos senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, y sería fácil para él encontrarnos si nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y aguardar. Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de pico ganchudo y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado muchas veces por delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que no quedaba nada que pudiésemos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también los veía.
Por la tarde, el hombre que nos guiaba se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar. Le dijo que si sus hijos no comían, morirían pronto.
La abuela no dijo nada.
Le traeré agua antes de marcharnos, dijo él.
La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo. Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para marcharse. Yo no podía creer que la hierba se vaciaría en todo el derredor, donde ellos habían estado. Que nos quedaríamos solos en aquel lugar, el Parque Kruger: la policía o los animales darían con nosotros. Me saltaron lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no hizo caso. Se levantó, con los pies separados tal como los pone para izar un haz de leña, allá en casa, en nuestro pueblo; se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y dijo entonces: Vamos.
Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.
Hay una tienda muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía imaginar que aquello fuese lo que era, al llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería preguntarles si sabían donde estaba nuestro padre. En aquella tienda la gente cantaba y rezaba. Esta es azul y blanca como aquella pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella con muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La hermana de la clínica dice que somos doscientos sin contar los bebés; han nacido algunos por el camino a través del Parque Kruger.
Dentro, está oscuro incluso cuando luce el sol, y es como una especie de pueblo. En lugar de casas, cada familia tiene unos espacios separados por sacos o cartones de cajas -lo que encontremos- para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar aunque no haya puerta ni ventanas ni techumbres, de manera que si estás de pie y no eres una niña pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos.
Pero sí que hay un techo de verdad: la tienda es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas bajan caminos de polvo, tan prietos que parece que se pudiera trepar por ellos. La tienda no deja entrar el agua por arriba, pero entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (solo puede pasar por ellas una persona cada vez) y los pequeños como mi hermanito juegan con el barro. Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva a la clínica cuando viene el médico el lunes. La hermana dice que le pasa algo en la cabeza, y cree que es porque no teníamos bastante comida en casa. Por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque luego había pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Solo quiere estar todo el día encima de la abuela, en su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo pero se nota que no puede. Si le hago cosquillas solo sonríe un poquito. En la clínica nos dan un polvo especial para hacerle gachas y puede que un día se ponga bien.
Cuando llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos del pueblo que está cerca de la tienda nos llevaron a la clínica, donde tienes que firmar que has llegado, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba embarrado. Había una hermana muy guapa con el pelo muy estirado y unos bonitos zapatos de tacón alto, que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con nosotros vomitaron. Pero yo solo notaba que todo se removía dentro de mi estómago, y que lo que me había tragado bajaba y se me arrollaba como una serpiente, y me dio un hipo muy fuerte. Otra hermana nos dijo que nos pusiésemos en fila en el porche de la clínica pero no pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las hermanas nos ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo no lo comprendía, y cada vez que cerraba los ojos me figuraba que aún caminaba, y que la hierba era alta, y veía a los elefantes, y no sabía que estábamos allá lejos.
Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir firmó por nosotros. La abuela nos consiguió este espacio en la tienda junto a uno de los lados; es el mejor sitio porque, aunque entre agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores de la tienda. La abuela conoce aquí a una mujer que le enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la tienda; mi hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas vacías hasta la clínica. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo le da dinero para que la transporte; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las carretillas enseguida a las hermanas. Él se compra un refresco y me da un trago si le pillo. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo: yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela.
Los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablasen nuestra lengua. La abuela me dijo: Por eso nos dejan estar en su tienda. Hace mucho tiempo, en tiempos de nuestros padres, no había la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y éramos todos un solo pueblo bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos hasta este sitio adonde hemos llegado.
Llevamos ya mucho tiempo en la tienda (yo he cumplido once años y mi hermanito tiene casi tres, aunque es muy pequeño, solo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y han cavado por todo el derredor y han plantado alubias y trigo y berzas. Los ancianos entretejen ramas para vallar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en las ciudades, pero algunas mujeres lo han encontrado en el pueblo y pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo. La abuela acarrea ladrillos para ellos y cestas de piedra en la cabeza. Así que tiene dinero para comprar azúcar y té y leche y jabón. El almacén le ha regalado un calendario que ella ha colgado en la lona de nuestra tienda. Voy muy bien en la escuela, y ella guardó los papeles de los anuncios que la gente tira al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi hermano mayor y a mí nos manda hacer los deberes todas las tardes antes de que oscurezca, porque no hay sitio más que para estar echados, muy juntos, como hacíamos en el Parque Kruger, aquí en nuestro espacio de la tienda, y las velas son caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos ha comprado zapatos negros de colegiales y betún para lustrarlos a mi hermano mayo y a mí. Todas las mañanas, al levantarnos, los chiquitines lloran, la gente se empuja frente a los grifos de afuera y algunos niños ya rebañan los restos de gachas pegados en las ollas de las que comimos por la noche y mi hermano mayor y yo nos lustramos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las esteras con las piernas estiradas para ver bien los zapatos y asegurarse de que los hemos hecho como es debido. Nadie más en la tienda tiene auténticos zapatos de colegial. Al mirar a los demás es como si estuviésemos otra vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí lejos.
Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la tienda; dijeron que estaban haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que uno que entiende la lengua de la mujer blanca nos dijo en la nuestra.
¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?
¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta tienda, dos años y un mes.
¿Y qué espera del futuro?
Nada. Estoy aquí.
¿Y para sus pequeños?
Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.
¿Confían en regresar a Mozambique, a su país?
No volveré.
¿Pero cuando termine la guerra… y no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?
No me pareció que la abuela quisiera seguir hablando. No me pareció que fuese a contestar a la mujer blanca. La mujer blanca ladeó la cabeza y nos sonrió.
La abuela apartó la mirada de la mujer blanca y dijo: Ya no hay nada. No hay hogar.
¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? Yo volveré. Yo volveré a través del Parque Kruger. Después de la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá nuestra madre nos estará esperando. Y puede que cuando dejamos al abuelo solo se rezagase, que acabase por encontrar el camino, y fuese poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí. Estarán en casa, y yo los recordaré.
Un Halazgo de Nadine gordimer
Nadine Gordimer

nadime


Luis Arcaraz, el director de orquesta, 1

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el 5 de diciembre de 1910, nació uno de los compositores y músicos emblemáticos de nuestro país con trascendencia a nivel mundial: Luis Arcaraz Torras.

A partir de 1932 y hasta principios de la década de los años sesentas registró casi un centenar de piezas, entre ellas: El dinero no es la vida, Muñequita de Esquire, No dejes de quererme y Alma de mi alma. Su canción de mayor éxito mundial fue Prisionero del mar. Falleció el 1° de junio de 1963, por un accidente automovilístico.

«Se han utilizado muchas de sus canciones para el cine y la orquesta de mi papá fue considerada como una de las mejores del mundo. Hay una parte de importancia de él como compositor, otra como gran banda y una más como intérprete de sus propias canciones»

en la década de 1950 formó una orquesta con músicos estadunidenses y grabó cuatro discos de larga duración en Estados Unidos, siendo uno de los primeros mexicanos en grabar discos estereofónicos.

https://www.excelsior.com.mx/node/693889

 

 

El último deseo de Alberto sánchez A.

En aquellos años, cuando el día corría lentamente y mis padres eran gigantes sin tiempo, fantaseaba con poseer una montaña de juguetes y acostarme en ella como dragón codicioso. Años después, sufrí la ansiedad por recorrer la geografía de los cuerpos que hacían vibrar mi tímida adolescencia. Para mi época de estudiante, soñaba con recorrer dos veces el mundo, tomado de tu mano. Ahora, lo único que quiero es que estés a mi lado, sin tubos ni monitores, y darte un beso que te despierte de tu sueño infinito.

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Coetzee premio Nobel admirador de Cervantes, ciclo África

coetze
Cuatro años antes de nacer John Maxwell Coetzee los ciudadanos negros de Sudáfrica habían dejado de tener derecho al voto. Cuando cumplió ocho años, la victoria del Partido Nacional llevó hasta límites inconcebibles su represión contra los negros. Coetzee tuvo ocasión de contemplar, desde la estupefacción, cómo la sociedad puede llegar a corromperse y a perder el norte hasta extremos inconcebibles. La sinrazón del apartheid , narrada desde un punto de vista desgarrador, fue el tema de algunas de sus principales novelas.
Quizás por ello, la Academia sueca, al concederle el premio Nobel en el año 2003 citara que éste le era concedido por ‘las innumerables maneras en que retrata, con la sorprendente implicación de un forastero’ la sociedad sudafricana.
Se distinguía así la trayectoria de un escritor cuyas novelas ‘se caracterizan por su buena composición, complejidad de diálogo y brillantez analítica’, pero que hace al propio tiempo ‘una crítica despiadada del racionalismo y de la moralidad de la civilización occidental’, reconocía la academia, que aseguraba en su comunicado oficial que nunca dos de sus libros siguen la misma receta.
Sudáfrica y los premios Nobel
Coetzee no era, sin embargo, el primer escritor de su país en conseguir el premio Nobel. Años antes (en 1991) lo había recibido su compatriota Nadine Gordimer, que criticó duramente también el tema del apartheid .
Coetzee nació en Ciudad del Cabo, en el seno de una familia de emigrantes británicos que participaron en la colonización de Sudáfrica. En 1971 se convirtió en profesor de la Universidad de Ciudad del Cabo, ejerciendo de traductor y crítico literario.
Fue en esa época cuando publicó su primera novela –‘Tierras en penumbra’- convirtiéndose desde entonces en un escritor incómodo para los gobernantes de su país. Posteriormente dio clases de literatura inglesa en la Universidad de Búfalo, en Estados Unidos. En 1984 regresó a Sudáfrica, donde ocupó la cátedra de literatura inglesa en la Universidasd de Ciudad de El Cabo hasta su retiro, en el año 2002, viviendo desde entonces en Australia.
Coetzee es, desde luego, uno de los escritores actuales con más distinciones en su haber. Al premio Nobel, recibido en el año 2003, hay que sumarle otros como el Booker Prize , el premio más prestigioso de literatura en inglés. Él fue el primer escritor que ganó esta distinción en dos ocasiones –la última en 1999, por su estremecedora novela ‘Desgracia’-. Otros premios que ha conseguido han sido el Prix Étranger Femina ; el Jerusalem Prize The Irish Times International Fiction Prize . En España ha sido galardonado con el Premio Llibreter en 2003 y el Premio Reino de Redonda en el 2001.
Los especialistas en su obra han destacado su estilo parco y carente de artificios, ‘tan directo al grano que sobresalta, que asusta, que apasiona’- con el que consigue emocionar: ‘logra que el lector le pida más de su tajante exposición con la ansiedad del niño que exige más chocolate’, ha afirmado Yolanda Arroyo.
En palabras de Armando G. Tejada, Coetzee es, ‘sin más, un escritor que día a día se parapeta entre miles de palabras y libros para contar el drama que ha vivido como testigo y protagonista; que susurra al oído de nuestra sordera cosas ya dichas con vehemencia por el hombre en su trágico trajín: que nuestro mundo agoniza; que nosotros –los habitantes de este entorno- nos odiamos sin remedio; que la palabra nos salva, si acaso, del suicidio…’.
Coetzee y Cervantes
Coetzee, gran admirador de Cervantes –‘He leído Don Quijote, la novela más importante de todos los tiempos, una y otra vez, como debe hacer todo novelista serio, porque contiene infinitas lecciones’-, es un literato que escapa de la catalogación al uso, un escritor comprometido que, al mismo tiempo, no entiende de más compromisos inquebrantables que con uno mismo: ‘Los artistas nunca pueden estar totalmente presentes ante el mundo: siempre deben tener un ojo puesto en su interior’. Un escritor que no se detiene en las normas de corrección social y que sabe sorprender en cada nueva obra. Un hombre que ha sido testigo de uno de los mayores dramas de la humanidad y que ha sabido gritar con su literatura para hacernos comprender.
El escritor de obras como ‘Desgracia’, ‘En medio de ninguna parte’ o ‘Esperando a los bárbaros’ es un hombre poco dado a las relaciones sociales, como bien ha demostrado a lo largo de su vida, pero el próximo viernes 15 de junio estará presente en la Universidad de Murcia. Su intervención tendrá lugar en el hemiciclo de la Facultad de Letras a las 19 horas, en acto organizado por el Vicerrectorado de Extensión Universitaria a través de su Servicio de Actividades Culturales.
El escritor acude a la Universidad de Murcia respondiendo a una invitación del profesor de Filología Latina José Carlos Miralles, cuya relación con el premio Nobel durante los dos últimos años ha fructificado en esta visita, en la que leerá fragmentos de su nuevo libro, aún inédito, ‘Diario de un año malo’.
Una oportunidad única, sin duda, para conocer de primera mano una de las voces más críticas, peculiares y valiosas del mundo de las letras actual. En palabras del escritor Javier Marías, ‘Las novelas luminosas y desconcertantes de J. M. Coetzee revelan que la verdad es siempre extranjera’.
En su novela Esperando a los bárbaros, Coetzee escribió lo que -a ojos de este lector- representa para él mismo la crueldad inherente de su vocación, la literatura:

Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción… Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

Coetzee escribió a finales de los setenta una novela que a la postre se convirtió en una seña de identidad de su literatura, En medio de ninguna parte, un libro que llevó a este lector a reflexiones y sensaciones de imposible retorno. Por eso, a renglón seguido, citaré sólo algunos fragmentos de una obra que transpira inspiración, humanidad, genio y desazón:

Alguien tuvo que construir el edificio de la escuela, llenarlo de útiles escolares, poner un anuncio en la sección de anuncios semanales de la Gaceta Colonial para solicitar el concurso de una maestra, recibirla en el apeadero del tren, darle alojamiento en la habitación de invitados de su propia casa, pagar su estipendio correspondiente con objeto de que los niños de este rincón del desierto no crecieran sumidos en la barbarie, sino que fuesen con el tiempo dignos herederos de todas las épocas que nos han familiarizado con la rotación de los cultivos, Napoleón, Pompeya, los rebaños de ciervos que pueblan las heladas extensiones allá lejos, la anómala expansión del agua, los siete días que duró la Creación, las comedias inmortales de Shakespeare, las progresiones aritméticas y geométricas, las claves mayor y menor, el niño que metió el dedo en el arroyo, Rumpelstiltskin, el milagro de los panes y los peces, las leyes de la perspectiva y muchas cosas más.

De esta novela también he rescatado algunas preguntas sin respuestas del autor:

¿Quién, entre nosotros, es la bestia? Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en el cual he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza? ¿Soy yo la que hay que temer, voraz e inmoderada, porque aquí, en medio de ninguna parte, en donde el espacio irradia de mi interior hacia las cuatro esquinas de la tierra, nada hay que baste para detenerme?
¿Será posible que exista una explicación para todas las cosas que hago, y que esa explicación se encuentre en mi interior, como una llave que tintinea dentro de un bote, a la espera de que alguien la extraiga y la utilice para descerrajar el misterio?
¿Acaso, me pregunto, soy algo más que una mera cosa entre las cosas, un cuerpo propulsado a lo largo del camino por los tendones y las palancas de los huesos, o soy, antes bien, un monólogo que se desplaza a través del tiempo, a unos palmos sobre el nivel del suelo, si es que el suelo no resultara ser simplemente una palabra más, en cuyo caso es evidente que he vuelto a perderme?
¿Qué palabras les tengo reservadas a todos ellos? Separo los labios, se me ven los dientes amarillentos, notan el olor de mis muelas cariadas, se quedan helados cuando ruge sobre ellos el viejo, frío, negro viento que sopla de ningún lugar, de parte alguna, que sopla inacabablemente a través de mí.

En esta novela, En medio de ninguna parte, el Nobel de literatura también desnuda su visión filosófica de la existencia:

El viento sopla por doquiera, surge de todas las rendijas, todo lo transmuta en piedra, en la piedra glacial, gélida hasta en lo más hondo, de las estrellas más remotas, las estrellas que nunca llegaremos a ver, las estrellas que viven su vida de una infinidad a otra, en la oscuridad y en la ignorancia, si es que no las confundo con planetas. Sopla el viento en mi habitación, sopla por el ojo de la cerradura, por las grietas; cuando se abra esa puerta el viento me habrá consumido, me hallaré en la boca de ese negro vórtice sin oír, sin tocar, engullida por el viento en los intersticios que separan los átomos de mi cuerpo, que silba en las cavernas detrás de mis ojos…
Pasa el tiempo, una neblina que se adelgaza, se espesa y se la traga al fin la oscuridad. Lo que considero dolor, aunque no es más que soledad, empieza a apartarse de mí. Se me deshielan los huesos de la cara, vuelvo a ablandarme, un blando animal humano, un mamífero. La campana ha dado con su medida, cuatro golpes suaves, cuatro golpes fuertes, y con esa medida empiezo a vibrar, primero los músculos mayores, luego los más sutiles. Mis penurias me abandonan. Minúsculos bichos que salen de mí y se esfuman

La literatura de Coetzee también invita al lector a ese diálogo interior sin fisuras ni engaños, a que se refleje tal cual ante su propio espejo:

¿Por qué no podemos admitir que nuestras vidas están vacías, tan vacías como el desierto en que vivimos, y por qué nos pasamos la noche contando ovejas o fregando los platos con el corazón alegre? No alcanzo a entender por qué debiera ser interesante la historia de nuestras vidas. Se me ocurren de continuo pensamientos sesgados a propósito de todas las cosas.

La belleza del mundo, según Coetzee:

La belleza del mundo en que vivo me corta la respiración. Del mismo modo, según se lee, caen las escamas de los párpados de los condenados cuando avanzan hacia el cadalso o hacia el tajo del verdugo, y en un instante de gran pureza, aquejados por la pesadumbre que les acusa el tener que morir, dan a pesar de todo gracias por haber vivido. Quizá debiera renunciar a mi lealtad al sol para entregársela toda a la luna.

Pero así como Coetzee se expone sin cesar ante preguntas de hondo calado y, sobre todo, imposible respuesta, este escritor también hace las siguientes afirmaciones:

¡Qué purgatorio es vivir en este mundo insensible, donde todas las cosas salvo yo no pasan de ser meras cosas! Yo sola, la única mota de polvo que no da vueltas a ciegas, la única que intenta crearse una vida propia en medio de esta tormenta de la materia, de estos cuerpos que impulsa solamente el apetito, de esta idiotez rural. Me duele el brazo, no estoy acostumbrada a correr de esta forma, se me escapa un pedo mientras camino. Tendría que haber vivido en la ciudad; la codicia, ese sí que es un vicio que entiendo perfectamente…
¡No es justo! Nacida y arrojada a un vacío en medio del tiempo, no alcanzo a comprender las formas cambiantes. Todo mi talento sirve solamente para la inmanencia, para el fuego o el hielo de la identidad que reside en el corazón de las cosas. La lírica es mi único medio, y no la crónica. Mientras me encuentro en esta habitación no veo al padre y al amo que se muere en su lecho, sino la luz del sol que se refleja en la impía brillantez de su frente perlada de sudor; me llega ese olor que tiene la sangre en común con la piedra, con el aceite, con el hierro, el olor que notan quienes viajan a través del tiempo y del espacio, que inhalan y exhalan en la negrura, la vacuidad, el infinito, ese olor que sienten al pasar a través de las órbitas de los planetas muertos, Plutón, Neptuno, los planetas aún por descubrir, tan distantes como ellos mismos: el olor que despide la materia cuando es tanta la vejez que tan solo prevalece el deseo de dormir. Oh, padre, padre, si al menos me fuera dado conocer tus secretos, traspasar la carcoma de tus huesos, oír el tumulto de tu tuétano, el canto de tus nervios, flotar en la corriente de tu sangre y llegar al fin a ese mar en clama en el que nadan mis incontables hermanos y hermanas, ondeando las colas, sonrientes, susurrándome quién sabe qué, pero a propósito de una vida aún por venir…

Coetzee se desnuda también en su novela Esperando a los bárbaros, en la que escribió uno de los fragmentos más bellos y contundentes de su literatura, con la que a pesar de haber sido transcrita antes, me gustaría finalizar este artículo, hecho a modo de homenaje a un escritor que tengo presente, sin remedio, a diario:
Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción.
Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.

https://www.babab.com/no22/coetzee.php

http://edit.um.es/campusdigital/el-premio-nobel-john-coetzee-lee-fragmentos-ineditos-de-su-obra-en-la-umu/

María Bonita, canción de Agustín Lara para María Félix, diva del cine mexicano.3

Entre los romances destaca el del músico Agustín Lara y la actriz María Félix. Sostuvieron una tormentosa relación, y pese a que no se tienen actas del matrimonio ni del divorcio, la pareja estuvo viviendo de 1945 a 1948.
A pesar de la diferencia de edades, Guadalupe Loaeza asegura en su libro biográfico Músico poeta,  que fue la actriz quien buscó al Flaco de Oro. Entre cartas. La obra narra que cuando Félix tenía 20 años de edad solía escuchar La Hora Íntima por la XWE en las tardes. Un día escuchó la voz de Lara, interpretando una de sus canciones y asevero: “Yo me voy a casar con ese señor”.
Por 1943, María comenzaba a hacerse de nombre en el cine. Trabajaba en el rodaje de la película La China Poblana, junto al actor Tito Novarro, a quien le pidió que le presentara al compositor más romántico de la época.

maria bonita

Desde que tuvo su primer encuentro con Lara, María se dispuso a conquistarlo. Y así fue,  la gente veía a la bella mujer partiendo  de la casa del músico en la calle Galileo de la colonia Polanco. Los medios siempre  pendientes, se trataba de una pareja épica: el mejor compositor y la mujer más hermosa de todo México.
A finales de 1945 se realizó el matrimonio en una casona elegante de Polanco, ubicada en la calle de Aristóteles. María reveló después que sobró tanta champaña que a Agustín se le ocurrió regar el jardín con ella, con el objetivo de embriagar a las rosas.
Se desconoce si el matrimonio fue verdadero. Lo cierto es que su luna de miel la celebraron en Acapulco. Se hospedaron en un hotel llamado El Papagayo, lugar que fue testigo de la creación de una de las baladas románticas más sonadas de nuestro país.

maria bonita

Según Carlos Monsiváis, la canción fue escrita por Agustín tras una pelea entre la pareja. A modo de reconciliación,
La romántica canción es un vals en re, que más tarde el músico hizo acompañar de una orquesta. Cabe mencionar, que para 1947, el compositor Chucho Monge demandó a Lara por un supuesto plagio de su canción “El remero”. Lara le dijo: “Chucho, ¿por qué quieres fregarme en una canción que he dedicado a la mujer más bonita de México?”
Los dulces versos resuenan hasta el día de hoy en la memoria de aquellos que disfrutan melodías clásicas mexicanas. Cualquier mujer que lleve el nombre de “María” cae rendida ante la dedicatoria de esta preciosa canción.
Va un menú de interpretaciones:

 

 

 

 

 

 

 

https://mxcity.mx/2017/12/maria-bonita-historia/

Agustín Lara, María Félix y la canción, 2

La vida de Agustín Lara es una Novela, el creador de María bonita, canción que le compuso a María Félix. Un fragmento de la relación con la actriz. Nació en la ciudad de México, pero se hizo jarocho y dijo haber nacido en Tlacotalpan, Veracruz. Lugar que conozco y me pareció que el pueblo lo habían sacado de algún libro de cuentos.

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Chavela Vargas que es de nacionalidad costarricense, siempre decía que ella era mexicana y al recordarle que ella había nacido en otro lugar, respondió » Es que los mexicanos, nacemos donde se nos da nuestra rechingada gana» Agustín lara pudo haber dicho, es que los Jarochos ( veracruzanos) nacemos donde queremos…

tlaco

«…La tormentosa relación sentimental entre el compositor Agustín Lara y la actriz María Félix es abordada en Mi Novia la Tristeza.Basado en cartas de amor, textos periodísticos y bibliográficos, el libro reconstruye el romance y los años de vida matrimonial (de 1945 a 1948) de esta pareja que aún sigue siendo emblemática en la cultura popular. El libro publica una anécdota donde dice que Félix le rogó.
Desde la primera cita con el trovador, justo cuando se estrenó la película ‘Doña Bárbara’, “María se dio a la tarea de conquistar a Agustín, aunque, ciertamente, sin ninguna objeción por parte de él… a los pocos meses ya se miraba a la actriz salir todas las mañanas vestida de lo más elegante de la casa del compositor en la calle de Galileo 37, en Polanco”, narra el texto de Loaeza.
Los periodistas no dejaban de seguirlos: “el mejor compositor de México y la actriz más bella del mundo juntos eran la fórmula inmejorable para la fama mutua”.
Pero Agustín aún no había terminado su romance con Raquel Díaz de León, una bella joven tapatía de familia conservadora que terminó trabajando en la casa de citas de La Bandida, en la colonia Condesa, donde la conoció el compositor.
Lara llevaba a su casa de Galileo tanto a Raquel como a María. Una noche que estaba con la primera, después de una terrible pelea con la actriz, ésta se presentó y empezó a tocar. Nadie le abría.
“La Félix, con todo y sus zapatos de tacón, saltó la reja de la calle y se dirigió a grandes pasos a la recámara de Agustín. Apenas le dio tiempo de salir corriendo al pasillo en bata para detenerla. Mientras Raquel esperaba en la cama. Desde allí, con la puerta entreabierta de la habitación, escuchó y vio a María, de rodillas, suplicándole al compositor: ‘Por favor, Agustín, no me dejes. Perdóname, voy a obedecer en todo lo que tú me digas’”.
Lara le contestó: “María, no quiero que hagas estas escenas. Levántate del piso, voy a llevarte a tu casa”. Para leer el articulo completo, abajo la liga.
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/361216.revelan-detalles-de-agustin-lara.html
En alguna entrevista, escuche decir a la doña, que dejó a Agustín por su «ojo alegre», pero lo recordaba como un varón apasionado e intenso.

Revelan detalles de Agustín Lara

María Félix, sus frases, y su canción, -uno

Las 25 mejores frases de ‘La Doña’, María Félix. ¡El ejemplo de una mujer muy diferente!

María Felix

1. “No te sientas mal si alguien te rechaza, la gente normalmente rechaza lo costoso porque no puede pagarlo”

María Félix a color

2. “No es difícil ser bonita, ¡lo difícil es saber serlo!”

María Félix vestido rojo

3. “Me parece un poco difícil hablar de mí; el hablar de mí  es muy severo porque soy mucho mejor de lo que parezco”

María Félix madura

4. “El dinero no es la felicidad, pero siempre es mejor llorar en un Ferrari…”

María Félix con muchas joyas

5. “A un hombre hay que llorarle tres días… Y al cuarto, te pones tacones y ropa nueva”

María Félix corsé negro

6. “Vale más dar envidia que piedad”

María Félix madura

7. “Yo no me creo la divina garza: soy la divina garza”

María Félix con pañoleta en la cabeza

8. “Una mujer original no es aquella que no imita a nadie, sino aquella a la que nadie puede imitar”

María Félix tras biombo

9.  “¿Yo pelearme por un señor? ¡No! Ellos sí por mí; pero yo por ellos no […] Yo nunca he llorado por un hombre porque en el momento en que no me quiere él, ya no lo quiero yo”

María Félix de sombrero

10. “Si todos los hombres fueran tan feos como usted, claro que sería lesbiana”, respondió a un reportero en Argentina que cuestionó sus preferencias sexuales.

María Félix posa en sillón

11. “Hay algunos (hombres) que no me convenían, unos por feos, otros porque estaban muy pobres y a mí no me gusta andar pidiendo medias”

María Félix se suelta el cabello

12. “Yo seré para ti una mujer más en tu vida, pero tú un hombre menos en la mía”

María Félix saludando

13. “Desde el principio de los tiempos, los hombres se han llevado lo mejor del pastel. Yo tengo corazón de hombre y por eso me ha ido tan bien”

María Félix posando con traje de época

14. “Yo soy liberal porque siempre hago lo que quiero”

María Félix posa semidesnuda

15. “(Represento) a la mexicana triunfadora que no se deja. Yo no soy una dejada. Nunca lo fui”

María Félix con sombrero charro

16. “Alguna vez un periodista me preguntó con muy mala leche: ‘A usted le gusta mucho hablar de sí misma, ¿verdad?’, y le contesté: ‘Yo prefiero hablar bien de mí a hablar mal de los demás’”

María Félix saluda

17. “En México, cuando la quieren insultar a una, le dicen que está vieja”

María Félix sonriente

18. “Si uno está guapo por dentro naturalmente se refleja y embellece el exterior”

María Félix sonriente joven

19. “¡Flores! ¡Odio las flores! Duran un día y hay que agradecerlas toda la vida”

María Felix en vestido blanco

20. “No le tengo miedo ni a las canas ni a las arrugas, sino a la falta de interés por la vida. No le tengo miedo a que me caigan encima los años, sino a caerme yo misma”

María Félix con la mano en la barbilla

21. “Para que un hombre pueda saber cómo es la mujer de su casa necesita probar otras. También la mujer. La cosa debe ser pareja”

María Félix joven

22.  “Soy una mujer extremadamente antisocial, prefiero tener la atención de un solo hombre brillante que la de una horda de imbéciles”

María Félix con pañuelo en la cabeza

23. “No me des consejos, yo puedo cometer errores sola”

María Félix fumando

24. “A mí no me impresiona nadie con el precio, pero sí con los resultados”

María Félix con sombrero de red

25. “Diva es algo inventado, pero yo no fui fabricada. La vida me hizo y me hizo posiblemente muy bien”

María Félix en traje de época

Los inconvenientes de levantarse en medio de la noche de Alberto Sánchez (Nicaragua 1976-)

Me despierto y miro el celular: son las tres de la mañana. No quiero levantarme, pero no aguanto las ganas de orinar. Poco después, el perro me mira suplicante mientras me lavo las manos. Termino sacándolo para que pueda hacer lo suyo. Afuera maldigo entre dientes mi despertada. Ojalá que esta noche no vuelva a pasar, me digo sin convicción. Regreso al cuarto con mucho cuidado. Abro la puerta y ahí estoy, acostado al lado de mi esposa. Intento deshacer mis pasos, pero es muy tarde. Mi otro yo me mira asustado. Trato de calmarlo con gestos, pero la impresión le ocasiona un infarto fulminante. Vuelvo entonces a ponerme mi mono azul. Cargo a cómo puedo el cuerpo y cavo una tumba en el patio trasero, al lado de las otras cinco. Ya casi amaneciendo me baño y vuelvo a la cama, jurando que mañana no me vuelvo a levantar.

hombreorinar.

Tomado de Fb

África uno compilación de textos sobre literatura africana

Es un agregado para los lectores que estén interesados en darle una mirada de lejos a lo que actualmente se escribe en áfrica. Espero que pueda serles útil a los curiosos, amantes de las letras o estudiantes cuyo tema haya sido África.

Revocación de Imbolo Mbue -Camerún-

Siete cuentos morales de Coetzee

J.M:Coetzee fragmento

La flor púrpura de chimamanda Ngozi

John M. Coetzee, segundo premio novel de África

Wole Soyinka  Aké (fragmento)

Primer Novel africano:Wolw Soyinka

Un grano de trigo frag de Ngugi Wa Thiong´o

Conociendo a Ngugi wa Thiong’o, entrevista

Cinco autores para aproximarse a la literatura africana

Africa_subsahariana

La rana solista de Jaime Alberto Velez G.

 Aburrida del coro, y convencida de sus dotes singulares, una rana decide cantar por su propia cuenta. Lo hace a toda hora, en cualquier lugar, pero mucho más, desde luego, si cuenta con un público que pueda escucharla.
Cuando el coro de sus hermanas comienza a cantar, la rana se retira malhumorada a la cúspide de una piedra distante, y da inicio a unos cantos llenos de ironía contra su especie. Esta rareza genial le vale ser conducida al laboratorio de un famoso naturalista, que la exhibe en una jaula dorada ante un público entre impávido y desconcertado.
En la actualidad, la rana no duda en considerarse la más eximia de todos los tiempos, pero cuánto lamenta que no viva, por allí cerca, alguien de su especie capaz de envidiar sus logros.

rana.

Tomado del Fb