Tiene algunas semanas que llegué a este pueblo, nada fácil, por tierra hay que cruzar un río y luego tomar el camino real y subir de a pocas hasta llegar a la mitad del cerro que es donde se asentaron los primeros en llegar, ¿quién los habrá guiado hasta este lugar?, no se, pero según he leído, muchos de estos pueblos, buscaron la sierra para escapar de la dominación española. Es un pueblo con abundante población aborigen, aun conservan su vestido, muchas de sus costumbres, sus alimentos y su lengua. Cada que puedo vengo a la iglesia, que es el sitio donde mejor se complace la mirada.  Es una tarde soleada, y desde el atrio se miran las curvas que da el río y los sembradíos y los potreros. Algunas manchas espesas que está en acahuales o bien pedacitos de selva que la codicia ha respetado. Cientos de miles de ojos habrán mirado lo que miro, pero seguramente, había otro paisaje. Enormes árboles de ceiba;  cedro, caoba, frutales y las enredaderas que van de árbol en árbol enseñando sus flores al cielo. Penumbra de selva, calor de selva y la estridencia de los tordos o de los cotorros volando de una rama a otra. Ahora, eso es suposición, lo que veo es una tierra cuadriculada, pelona, con vacas que se alimentan del pasto sembrado por el vaquero. Los pequeños cuadrados, cercados con alambre de puas y que muchas veces obstruyen el camino. Claro que hay madera, es tan grandiosa la vida que la codicia no la ha terminado de talar; por supuesto que al final la codicia se terminará por imponer. Más allá de la mirada, pasando dos o tres veces el río, están las grandes ciudades, de allá vine. Éste silencio, la brisa que me despeina, el olor a pan recién hecho y estar contemplando los cientos de caminos que van y vienen me convida a permanecer.

sabana