Destino

Karla Barajas

Me inquietó la preocupación de mi amado por mi nuevo lugar de
residencia, porque según creía él yo estaría en el paraíso. Busqué
un pájaro de ébano que cruzara las tinieblas y me sirviera como
mensajero para explicarle que nunca más estaríamos juntos. El
lisonjero cuervo, siguiendo instrucciones respondió lo aprendido:
¡Nunca más!
¿Cómo imaginar que el hombre se pondría a desahogar
sus penas con el pájaro? ¿Y que el cuervo lo desquiciaría
respondiendo a todo con la misma frase? ¡Nunca pensé que la
desesperación lo llevaría a abrazarme esa misma noche y para
siempre en el infierno!

NUNCA MAS
Tomado del Microdecamerón compilación de Paola tena

Memorial del callejón

Por Rubén García García


Los maullidos de furia se suceden y se suman a los vítores de algarabía del respetable publico felino. Justo cuando la pelea está en la curva más álgida, sale volando un zapato que golpea la nuca del contrincante y de otra ventana sale una catarata de orines que cae sobre los erizados lomos. Dispersandolos.
La disputa de la bella Lulú quedará para la madrugada siguiente.
En el departamento de la gata fifí los jefes de ambas bandas abren un six lácteo y empiezan a contar chistes de perros pulgosos.

Rubén García se define como estudiante de la minificción, manifiesta que el nuevo género rompe con el cuento clásico y moderno. Aunque contiene pocas líneas, hay minificciones que alcanzan más de una página. Estudiosos del género dan como consejo no leer más de seis trabajos. De hecho en la primera lectura es posible no comprenderla; se requiere una o dos lecturas más. Acepta el autor su insistencia en perseverar en el hay-ku, como sinónimo de la poesía japonesa. Espero que me de el tiempo para lograrlo.

En un área rural

Profesional

Ana María Shua

Nuestro trabajo es, en realidad, bastante rutinario y no se parece a lo que muestran las películas. Los encargos con los que debutamos en el oficio suelen ser los más recordables, tal vez porque la gente con
experiencia rechaza las tareas difíciles o desagradables. Que caen, como es natural, sobre los pobres principiantes. Siempre se encuentra a un muchacho necesitado, dispuesto a matar a un abuelito a
garrotazos por cien dólares. Yo era un inexperto principiante cuando encaré a mi primer cliente, la señora Mercedes de Ulloa. Estaba nervioso. Por supuesto, había matado a otras personas, incluso por la espalda, pero siempre en robos a mano armada o guerra de pandillas. Tenía una ventaja
importante para iniciarme en el oficio: nunca había estado preso. La señora me citó en su casa, de noche. Los clientes odian tratar con nosotros en directo, pero en esta era de las comunicaciones, nada
deja menos rastros que una entrevista personal.
La casa estaba llena de fotos que contaban la historia de una pareja. En las fotos, todos parecen felices. La señora Mercedes estaba en su estudio, en penumbras, detrás de un gran escritorio de nogal.
Vieja, hinchada, pintarrajeada, maloliente, reconocible: la mujer de las fotos. Todo el ambiente estaba impregnado con ese olor dulzón. No podía creer que alguien pagara por oler así. No perdió tiempo. Tenía preparado allí mismo, sobre el escritorio, la mitad del dinero.


—Quiero que mate a mi marido. Ahogado en la bañadera. Ojo por ojo. La interrumpí. Sus motivos me importaban poco.
—Muy bien —le dije—. En los próximos días…
—Ahora mismo. Ése es el cuarto de baño.
Esta mujer está loca, pensé. Y además… Matar en la bañadera es un trabajo sucio. Se toma a la persona de los tobillos y se da un tirónm enérgico hacia arriba. Por lo general (pero nunca se sabe) no tiene de
dónde agarrarse y la cabeza se hunde. Alguien que se está ahogando patalea con fuerza descomunal, pero el hombre era un viejo y yo tenía el entusiasmo desaprensivo de la juventud. Sin pensarlo demasiado, con los billetes calentándome el bolsillo, entré al baño. A pesar de mis prevenciones, fue sencillo.
Salí con la ropa bastante mojada. El resto del dinero me esperaba sobre el escritorio. Busqué a mi clienta por toda la casa, pero se había ido.
Unos días después apareció una breve nota en la página de policiales. Un anciano había sufrido un accidente en la bañadera. Intrigados por su desaparición, los vecinos alertaron a la policía, que
encontró el cadáver en avanzado estado de descomposición. El hombre no tenía hijos. Y era viudo.
Ya decía yo que la señora Mercedes olía mal.

Nota de la E.: A pesar de que tiene más de 400 palabras, he decidido
incluir en esta antología el texto «Profesional», de Ana María Shua.
Ana María Shua. (Buenos Aires, 1951). Novelista, cuentista,
ensayista, poeta, ha sido traducida a varios idiomas. En el 2009 publicó
Cazadores de letras. Minificción reunida, un libro de casi 900 páginas, donde
se reúne su obra mínima, tomada de sus libros La sueñera (1984), Casa
de geishas (1992), Botánica del caos (2000), Temporada de fantasmas (2004),
Fenómenos de circo (2011). En 2016 recibió el Primer Premio
Iberoamericano de Minificción «Juan José Arreola», en la ciudad dMéxico

San Sebastián

Por Azucena Rodríguez

La terapia de conversión en la clínica San Sebastián es todo un éxito. Una chica lesbiana se convirtió en un unicornio y un joven gay se convirtió en una jacaranda floreciente. Un ama de casa se descubrió capaz de transformarse en un bollo de crema y un jubilado en una taza de chocolate. Siguen tan homosexuales como antes, por supuesto.

Adriana Azucena Rodríguez

(Ciudad de México). Doctora en Literatura Hispánica (COLMEX). Profesora-investigadora en la UACM (Creación Literaria). Autora de Postales. Mini-hiper-ficciones (Fósforo, 2013), La sal de los días (BUAP, 2017) y El infierno de los amantes (UACM, 2017)
Adriana Azucena Rodríguez - Detalle del autor - Enciclopedia de la ...

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Libro vaquero

De Rubén García García

Me joden los tipos que quieren agandallar tu turno. Rodé por el piso saqué mi çold y un tiro en la frente a cada mañoso. Volví a mi lugar en la fila y seguí con mi lectura.

Retrato de mujer con dragón

de Patricia Nasello

Según dicen, fue él quien destruyó los cultivos. Ella cree lo que
dicen y estima, por lo tanto, que urge detenerlo. Se protege con
una cota de malla que alguien le acerca y toma la lanza que
perteneciera a su padre. Lo encuentra solo, vistiendo harapos,
rodeado por la ceniza que su locura incendiaria ha provocado
(siglos después, el pintor evocará la escena retratando a una
guerrera que, lanza en ristre, observa a un dragón como si con su
sola presencia pudiese dominarlo; los versos del poeta, en cambio,
hablarán de sus dudas, de su íntimo deseo de haber perdido la
huella o disuadir por la palabra). Parece haber adelgazado en los
últimos meses y la mira con aquella vieja furia de él, tan vieja que
olvidó su origen. Con furia y, justo es reconocerlo, con el mismo
amor de siempre.
La ponzoña del desconsuelo apura la mano.
Por unos momentos él permanece de pie, dos lagos
quietos los ojos, sin darse cuenta que ha muerto. Algo habrá leído
ella en el espejo de esos ojos y algo de barco que se hunde ocurre
luego porque siente que naufraga dentro de sí misma y el cuerpo
del hombre, sobre la tierra calcinada, se diría un madero flotando
a la deriva.
Sol y lluvias mediante, el pueblo siembra y cosecha el
algodón con el cual comenzará a bordarse la leyenda.

Fondos de pantalla : dragón, rubia, mujer, pelo largo ...

Patricia Nasello (Argentina). Magíster en Escritura Creativa por
la Universidad de Salamanca y Contadora Pública por la
Universidad Nacional de Córdoba, publicó una micronovela
“Acabemos con ellos de una vez” (Alción, 2019), la antología
personal “Está rugiendo otra vez” (Quarks, 2020) y tres libros de
microrrelatos. Participó en antologías, periódicos y revistas
culturales en Argentina, México, España, Perú, Rumania,
Venezuela y Bolivia. Trabajos suyos han sido traducidos al
francés, italiano, rumano e inglés.

Olga Tokarczuk

Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

https://www.lavanguardia.com/cultura/20191011/47895229833/nobel-olga-tokarczuk-adelanto-los-errantes-avance-editorial-2019-literatura.html

Versión informativa en castellano

La cabeza en el mundo

Estudié psicología en una ciudad comunista grande, lóbrega, mi apartamento estaba en un edificio que durante la guerra había sido de la división de las SS. Habían construido aquella parte de la ciudad de las ruinas del gueto, era fácil percibirlo cuando lo observabas bien (todo el barrio estaba un metro por encima del resto de la ciudad). Un metro de escombros. Nunca me sentí bien; entre los nuevos bloques y las placitas esmirriadas siempre soplaba el viento, y el aire helado era particularmente doloroso, me cortaba la cara. En el fondo, a pesar de toda aquella construcción, era un lugar que pertenecía a los muertos. Aún ahora sigo soñando en el edificio del piso, sus pasillos anchos, como si hubieran sido perforados en la roca, alisados por los pasos de la gente, los bordes gastados de las escaleras, la barandilla pulida por las manos, las marcas grabadas en todo el espacio. Quizá por eso temíamos la aparición de espíritus.

Cuando soltábamos ratas en aquel laberinto, siempre había una que contradecía nuestra teoría y le eran exactamente igual nuestras hipótesis ingeniosas. Se ponía de pie a dos patas, sin estar en absoluto interesada en el premio al final del recorrido experimental; contraria a los privilegios del acondicionamiento de Pavlov, nos clavaba la mirada, y después daba media vuelta o se entregaba sin prisas a examinar el laberinto. Buscaba algo en los pasillos laterales, intentaba llamar la atención. Chillaba desorientada, y entonces las chicas, en contra de las reglas, la sacaban del laberinto y la cogían en brazos.

Los músculos de una rana muerta, tendida, se curvaban y se tensaban al dictado de los impulsos eléctricos. Sin embargo, de un modo que aún no había sido descrito en nuestros manuales, nos enviaban señales, y las extremidades hacían unos gestos evidentes de amenaza y de mofa, lo que contradecía la sacrosanta fe en la inocencia mecánica de los reflejos fisiológicos.

Aquí nos enseñaron que el mundo se puede describir, e incluso aclarar con la ayuda de respuestas sencillas a preguntas inteligentes. En su esencia es impotente y está muerto, lo gobiernan unas leyes bastante simples que es necesario aclarar y presentar, y mejor aún si se emplea un diagrama. Nos pedían experimentos. Formular hipótesis. Comprobar. Nos introdujeron en los misterios de la estadística, creyendo que gracias a ella se pueden describir perfectamente todas las regularidades del mundo, porque un noventa por ciento es mucho más significativo que el cinco por ciento.

Pero hoy ya sé una cosa: quien busque orden que evite la psicología. Mejor que escoja la fisiología o la teología, al menos tendrá un apoyo sólido, en la materia o en el espíritu; no resbalará en la psique. La psique es un objeto de investigación muy inseguro.

Tenían razón los que decían que no se escoge esa carrera para asegurarse después un trabajo, por curiosidad, o por la vocación de ayudar a los demás, sino por un motivo más simple. Mucho me temo que todos teníamos algún defecto profundamente escondido; aunque a buen seguro dábamos la impresión de ser personas jóvenes, sanas, inteligentes, era un defecto disimulado, camuflado diestramente en los exámenes de ingreso. Un hatajo de emociones estrechamente entrelazadas, deshilachadas como aquellos extraños tumores que a veces se encuentran en el cuerpo humano y se pueden ver en los museos que sean dignos de anatomopatología. Pero también podía ser que los examinadores fueran personas del mismo tipo y en realidad supieran qué hacían. Así nosotros seríamos sus herederos. Cuando en segundo trataron cómo funcionaban los mecanismos de defensa y descubrimos con admiración la potencia de nuestra psique, empezamos a entender que si existiera la racionalización, la sublimación, la eliminación, todas esas estrategias que nos ofrecíamos a nosotros mismos, si se pudiera mirar el mundo sin ninguna protección, de modo honesto y atrevido, entonces nos reventaría el corazón.

Supimos en esa carrera que estábamos construidos de defensa, de escudos y de corazas, que éramos ciudades donde la arquitectura se reducía a los muros, las torres y las fortificaciones; estados de búnkeres.

Todos los tests, las entrevistas y las investigaciones nos las hacíamos mutuamente los unos en los otros y después de tercero yo ya sabía decir qué me dolía; era como descubrir el propio nombre secreto con el que se ingresa en una iniciación.

No estuve mucho tiempo ejerciendo la profesión que había aprendido. Durante una de mis salidas, cuando me quedé sin dinero en una gran ciudad y trabajaba limpiando habitaciones de hoteles, empecé a escribir un libro. Era un cuento sobre el viaje, para leer en el tren, un libro que era como si lo escribiera para mí misma. Un libro como un canapé, para tragárselo de golpe, sin morder.

Era capaz de concentrarme cuando era necesario, durante un tiempo me convertí en un oído monstruoso para escuchar los cuchicheos, los ecos y el ruido; las voces lejanas que llegaban del otro lado de alguna pared.

Pero no llegué a convertirme nunca en una auténtica escritora o, más bien, en un escritor, porque esta palabra con el género masculino suena mucho más importante. La vida siempre se me escurría. Sólo chocaba con sus marcas, con unas miserables pieles cambiadas. Cuando apuntaba a su posición, ya estaba en otro sitio. Tan sólo encontraba signos, como lo que se deja en la corteza de los árboles en los parques: «He estado aquí». En mi escritura, la vida se transformaba en historias incompletas, en cuentos oníricos, en tramas confusas, se mostraba de lejos en algunas increíbles perspectivas desplazadas o en cortes transversales, y era difícil inventar algunas conclusiones con respecto a la totalidad.

Quien haya intentado alguna vez escribir una novela sabe que es una tarea muy dura, es sin lugar a dudas una de los peores modos de trabajar por cuenta de uno mismo. Todo el tiempo hay que quedarse en uno mismo, en una celda de una sola persona, en una soledad absoluta. Es una psicosis controlada, una paranoia con una obsesión de adicción al trabajo, por ello hay que eliminar las plumas, los miriñaques y las máscaras venecianas con que las conocemos, y mejor ponerse un delantal de carnicero y unas botas de goma, y un cuchillo para abrir las entrañas. Desde ese sótano del escritor apenas se ven las piernas de los peatones, se oye el ruido de los tacones. A veces alguien se detiene para agacharse y dar una ojeada, entonces puede verse una cara humana e incluso pueden intercambiarse algunas palabras. En realidad, sin embargo, la mente está ocupada con el juego que se va llevando a cabo ante él en un panóptico esbozado con prisas, colocando las figuras en un escenario provisional: el autor y el personaje, la narradora y la lectora, a quien describe y la descrita; pies, zapatos, tacones y caras se convierten, tarde o temprano, en una parte de ese juego.

No me sabe mal haber tenido afecto a esa tarea tan particular: no servía para psicóloga. No era capaz de aclarar, de sacar de la oscuridad de la mente las fotografías familiares. Las confesiones de los otros muy a menudo me aburrían, lo reconozco con tristeza. Hablando sinceramente, solía acontecer que prefería cambiar nuestras relaciones y empezaba a hablar de mí misma. Tenía que ir con mucho cuidado para no asir de repente a la paciente por la manga e interrumpirla a media frase: «¡Pero qué dice usted, señora! ¡Yo lo siento de un modo muy distinto! ¡Y lo que yo he soñado! Escuche, escuche…» O: ¡«Qué sabe usted del insomnio! ¡Ya me dirá si eso es un ataque de pánico! Va, no bromee. Lo que yo tuve recientemente, eso sí era…»

No sabía escuchar. No respetaba las fronteras, desplazaba las cosas. No creía en la estadística y en la verificación de las teorías. Siempre me ha parecido demasiado minimalista el postulado de «una personalidad: una persona». Tenía tendencia a borrar las evidencias, a poner en duda los argumentos irrefutables: aquello era un vicio, un yoga perverso del cerebro, un placer sutil de experimentar el movimiento interno. Poner en duda cada opinión, paladearla bajo la lengua y finalmente el descubrimiento esperado de que ninguna era auténtica, sino falsa, y que provenía de una marca fabricada. No quería tener unas opiniones formadas, habrían supuesto un equipaje innecesario. En las discusiones ahora me ponía de una lado, ahora del otro —y sé que no les gustaba como oradora. Fui testigo de un fenómeno extraño que me vino a la cabeza: cuantos más argumentos «a favor» encontraba, más me venían «en contra», y cuanto más me aferraba a los primeros, más atractivos eran los segundos.

Cómo podría haber examinado a los otros, si a mí sola se me hacía muy difícil solucionar cualquier test. Un cuestionario personal, una encuesta, una columna de preguntas y unas respuestas de elección múltiple me parecían demasiado difíciles. Pronto me di cuenta de esa deficiencia, por eso en la carrera, cuando nos examinábamos en prácticas, daba respuestas sin pensar, lo primero que me viniera a la cabeza. Después, de todo eso, salían unos perfiles muy extraños: unas líneas curvas llevadas al eje de las coordenadas. «¿Crees que la mejor decisión es la que es más fácil de cambiar?» ¿Lo creo? ¿Qué decisión? ¿Cambiarla? ¿Cuándo? ¿Cómo de fácil? «¿Al entrar en una habitación, ocupas más bien el sitio central o el periférico?» ¿En qué habitación? ¿Y cuándo? ¿Está vacía la habitación o arrimados a las paredes hay sofás de terciopelo rojo? ¿Y las ventanas a qué parte dan? Pregunta sobre los libros: ¿prefiero leerlos en vez de ir a fiestas, o todo eso depende del libro que sea y de cómo sea la fiesta?

¡Cuál es esa metodología! Supone en silencio que el hombre no se conoce a sí mismo, pero cuando se le hacen las preguntas adecuadas, ingeniosas, es aquella misma persona quien se inspecciona. Él se hace las preguntas a sí mismo, y él mismo se las responde. Sin pensar, se revelará a sí mismo un secreto que desconocía del todo. Y la segunda suposición, mortalmente peligrosa: que somos constantes, y que nuestras reacciones son previsibles.

El que acecha

Ana María Shua


Mi espada hiende el aire. La herida se cuaja de goterones
sangrientos. ¿He acertado por fin en el cuerpo del que acecha, enorme,
del otro lado de la realidad? ¿Es la música de su muerte este vago
rugido estertoroso, esta respiración gigante? ¿O es el aire mismo el
que, partido en dos, agoniza?
Asoma por el tajo la hoja de otra duda, de otra espada.

 Ana María Shua

nació en Buenos Aires en 1951. A los dieciséis años publicó sus primeros poemas reunidos en El sol y yo. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Otras novelas son Los amores de Laurita, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela). Su última novela es Hija.        

           Cinco de sus libros abordan el microrrelato, un género en el que ha obtenido el máximo reconocimiento internacional: La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del Caos, Temporada de Fantasmas (reunidos en el volumen Cazadores de Letras) y Fenómenos de circoTodos los universos posibles reúne su obra hasta la fecha. En 2016 recibió en México el Premio Internacional Arreola de Minificción.

           También ha escrito varios libros de cuentos. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires. Que tengas una vida interesante reúne sus cuentos completos hasta 2011.  Su último libro en el género es Contra el tiempo, publicado en Madrid. En 2014 recibió el premio Konex de Platino y el Premio Nacional de Literatura.

           Sus libros para chicos, que obtuvieron premios nacionales e internacionales, se leen en toda América Latina y en España.

           Su obra ha sido traducida a catorce idiomas.

Tendencias

Cristina Rascón

De joven me enamoré de mi mejor amiga, en el colegio. Y de un hombre mayor, en sus cuarenta. Universitaria, me enamoré de una chica de limpieza, muy joven. Y de un hombre casado, dos veces mi edad. Profesora, fui amante de un colega de trabajo, y de una alumna nueva, de primer año. Por mis lentes progresivos, peinando mis canas, desfilan hoy los rostros de una niña ingenua, universitaria, y de un escuincle divorciado, de casi medio siglo en el planeta. Me miran, los miro. El periódico sentencia: “No frena brecha de disparidad”.

Cristina Rascón

(Sonora, 1976). Escritora, economista y traductora de poesía japonesa. Autora de los libros Hanami y El sonido de las hojas. Ha traducido a Shonagon, Tanikawa, Suga, entre otros. Es maestra en Política Pública por la Universidad de Osaka, Japón, donde también cursó un Diplomado de Estudios Asiáticos en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kansai. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Cristina Rascón, microempresaria de las letras- Rocky Point 360

Anciano

Por Ildiko Nassr


A los setenta y siete años, Julián sale en libertad luego de largos años encarcelado por el crimen de su esposa. Nadie lo espera. Vive en un cuartucho. Solo y con la estricta disciplina adquirida en la cárcel, que incluye duchas heladas a determinadas horas del día, sesiones de abdominales, horas muertas.Su casera es una mujer de cuarenta y ocho años con dos hijos, gemelos de once. Es amable y distante. Él se enamora perdidamente, como si fuera un adolescente de dieciséis años. Julián sueña con ella. Escribe su nombre junto al suyo en la pared. Cuando la oye salir, va por detrás, como una sombra muy oscura. Ella lo rechaza cada vez que la invita a un trago. Lo mira con asco. Él siente el rechazo y eso lo excita más. En la calle, le susurra barbaridades. La persigue. Si no se le hubiera ocurrido pedir ayuda, probablemente Julián no hubiera sacado la faca. Pero regresar al conocido reclusorio no lo asusta. Es un anciano y le quedan pocos años de vida. Y ella no será de nadie más.

Ildiko Nassr (Río Blanco, Jujuy, Argentina, 1976) es una de las autoras más reconocidas en el ámbito de la microficción argentina. Ha publicado libros de poemas (Reunidos al azar, 1999; La niña y el mendigo, 2002 y, en coautoría, Ser poeta, 2007), de cuentos (Vida de perro, 1998) y de microrrelatos (Placeres cotidianos, 2007 y 2011; Animales feroces, 2011; Ni en tus peores pesadillas, 2016; Placeres cotidianos —reedición corregida y ampliada 2017—; Hilos dorados —junto a Susana Quiroga y Mónica Undiano, 2017—).
Sus microrrelatos han sido incluidos en las mejores recopilaciones de microficción.
Feria Internacional del Libro de Lima, 2019
https://www.youtube.com/watch?v=fraIXhqFYBI

Aroma a suavizante

Por Elena Casero Viana


La blancura de la sábana era total. Él, que desde el principio de su
matrimonio, cuando la felicidad era como un rayo de sol
constante, había insistido en acostarse sobre ropa limpia y olorosa
a diario, no tendría queja esta vez.
Ella había intentado disuadirle de este capricho en
numerosas ocasiones. Sin fortuna. No le importaba si era una

carga de trabajo adicional para ella. La ropa se amontonaba en el
cesto y después en la plancha. Su indiferencia era inversamente
proporcional a su amor.
Miró de nuevo la sábana al trasluz. Se la acercó hasta la
nariz. Un agradable aroma a suavizante la inundó de paz. Después
la extendió sobre la cama, envolvió el cuerpo inerte de su marido
en ella y le deseó un buen viaje.

ELENA CASERO VIANA (València, 1954) es Técnico de Empresas Turísticas y ha trabajado hasta su jubilación en la multinacional Ford España SL.Ha publicado las novelas Tango sin memoria (Mira Editores, 1996 y reeditada en 2013 por Talentura Libros), Demasiado Tarde (Mira Editores, 2004), Tribulaciones de un sicario (Talentura Libros, 2009), Donde nunca pasa nada (Talentura Libros, 2014), Las óperas perdidas de Francesca Scotto (Talentura Libros, 2018), el libro de relatos Discordancias (Talentura Libros, 2011 y, el libro de microrrelatos Luna de perigeo (Enkuadres, 2016)Ha colaborado en distintos libros colectivos de relatos publicados por Editores Policarbonados, Mira Editores y Generación Bibliocafé.Y sus microrrelatos han sido publicados en Grandes microrrelatos 2011 (Internacional Microcuentista), De antología – La logia del microrrelato (Talentura Libros, 2013), Despojos del ReCLa Microbiblioteca (relatos ganadores y finalistas, 2013, 2014 y 2016) Lectures d’Espagne, une anthologie Vivante (Auteurs espagnols du XXI Siècle).

Caballitos de colores – SENDERO BLOG

Detective de parejas

de Norah Scarpa Filsinger



Siempre hay un tipo que sospecha de su mujer y eso no está mal,
se dijo. Pero esta vez fue la mujer la que sospechó del tipo. Y no se
quedó en el molde. No era lo suyo, pero… la bronca es grande… y la
paga también. Lo que no entendía era el apuro, los términos eran
precisos. Suspiró. Y ahora basta de dilaciones, se alentó. Lo más
sencillo, pero… veneno no quiere, está la autopsia. Recapacitó. El
método era lo esencial. Planeó el hecho con meticulosidad científica.
El tiempo, casi la clave. Lo acechó durante tres noches. Ahí estaba. Se
puso la gabardina gris y entró en el momento preciso. Esta vez sí. Pero
no.
El miserable ya estaba muerto.

Hallan cadáver de sujeto baleado en la alcaldía Cuauhtémoc

Hojuelas de miel

Katalina Ramírez

De tanto pensarlo, me dolía el estómago; ni siquiera podía comerme el cereal servido en el tazón frente a mí. Comencé a bañar en miel de abeja las hojuelas secas, y el líquido dibujó en el aire tus labios, tu cuello y tus caderas. Con manos temblorosas te coloqué sobre mis piernas y me despojaste de las prendas que me separaban de tu ombligo. Un tirante y luego el otro; mis pezones rozaban los tuyos. Acariciaste mi espalda y mis muslos y, sin ordenárselos, mis manos empezaron a imitar tus gestos, a seguir la guía que habías trazado en mi cuerpo, abriendo surcos, donde se colaba la miel con su danza dorada. Tuve que morderme los labios para no despertar a mis padres y a los vecinos.

Un cosquilleo, que me venía de la punta de los pies, andaba y desandaba mi cuerpo, que se contorsionaba con el roce de tu saliva. La miel empezó a desbordarse del recipiente. Ya no podía contener los gritos que se apretaban en mi garganta, cuando un sonido estridente rompió las cuerdas del silencio y destrozó el tazón en mil pedazos. Lo había arrojado al suelo y no tuve tiempo de pensarlo, abrí los ojos y ya te habías marchado. Sólo quedaban, regadas por mi habitación, hojuelas húmedas con miel de abeja.

***

Katalina Ramírez (Puebla, Puebla, 1990). Ha publicado en seis antologías internacionales. Lengua soy es su libro de poesía (3 norte y Universidad Iberoamericana). Música primigenia de microficción (BUAP). Está incluida en la ELEM y la Antología Virtual de Minificción Mexicana.

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