Olga Tokarczuk

Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

https://www.lavanguardia.com/cultura/20191011/47895229833/nobel-olga-tokarczuk-adelanto-los-errantes-avance-editorial-2019-literatura.html

Versión informativa en castellano

La cabeza en el mundo

Estudié psicología en una ciudad comunista grande, lóbrega, mi apartamento estaba en un edificio que durante la guerra había sido de la división de las SS. Habían construido aquella parte de la ciudad de las ruinas del gueto, era fácil percibirlo cuando lo observabas bien (todo el barrio estaba un metro por encima del resto de la ciudad). Un metro de escombros. Nunca me sentí bien; entre los nuevos bloques y las placitas esmirriadas siempre soplaba el viento, y el aire helado era particularmente doloroso, me cortaba la cara. En el fondo, a pesar de toda aquella construcción, era un lugar que pertenecía a los muertos. Aún ahora sigo soñando en el edificio del piso, sus pasillos anchos, como si hubieran sido perforados en la roca, alisados por los pasos de la gente, los bordes gastados de las escaleras, la barandilla pulida por las manos, las marcas grabadas en todo el espacio. Quizá por eso temíamos la aparición de espíritus.

Cuando soltábamos ratas en aquel laberinto, siempre había una que contradecía nuestra teoría y le eran exactamente igual nuestras hipótesis ingeniosas. Se ponía de pie a dos patas, sin estar en absoluto interesada en el premio al final del recorrido experimental; contraria a los privilegios del acondicionamiento de Pavlov, nos clavaba la mirada, y después daba media vuelta o se entregaba sin prisas a examinar el laberinto. Buscaba algo en los pasillos laterales, intentaba llamar la atención. Chillaba desorientada, y entonces las chicas, en contra de las reglas, la sacaban del laberinto y la cogían en brazos.

Los músculos de una rana muerta, tendida, se curvaban y se tensaban al dictado de los impulsos eléctricos. Sin embargo, de un modo que aún no había sido descrito en nuestros manuales, nos enviaban señales, y las extremidades hacían unos gestos evidentes de amenaza y de mofa, lo que contradecía la sacrosanta fe en la inocencia mecánica de los reflejos fisiológicos.

Aquí nos enseñaron que el mundo se puede describir, e incluso aclarar con la ayuda de respuestas sencillas a preguntas inteligentes. En su esencia es impotente y está muerto, lo gobiernan unas leyes bastante simples que es necesario aclarar y presentar, y mejor aún si se emplea un diagrama. Nos pedían experimentos. Formular hipótesis. Comprobar. Nos introdujeron en los misterios de la estadística, creyendo que gracias a ella se pueden describir perfectamente todas las regularidades del mundo, porque un noventa por ciento es mucho más significativo que el cinco por ciento.

Pero hoy ya sé una cosa: quien busque orden que evite la psicología. Mejor que escoja la fisiología o la teología, al menos tendrá un apoyo sólido, en la materia o en el espíritu; no resbalará en la psique. La psique es un objeto de investigación muy inseguro.

Tenían razón los que decían que no se escoge esa carrera para asegurarse después un trabajo, por curiosidad, o por la vocación de ayudar a los demás, sino por un motivo más simple. Mucho me temo que todos teníamos algún defecto profundamente escondido; aunque a buen seguro dábamos la impresión de ser personas jóvenes, sanas, inteligentes, era un defecto disimulado, camuflado diestramente en los exámenes de ingreso. Un hatajo de emociones estrechamente entrelazadas, deshilachadas como aquellos extraños tumores que a veces se encuentran en el cuerpo humano y se pueden ver en los museos que sean dignos de anatomopatología. Pero también podía ser que los examinadores fueran personas del mismo tipo y en realidad supieran qué hacían. Así nosotros seríamos sus herederos. Cuando en segundo trataron cómo funcionaban los mecanismos de defensa y descubrimos con admiración la potencia de nuestra psique, empezamos a entender que si existiera la racionalización, la sublimación, la eliminación, todas esas estrategias que nos ofrecíamos a nosotros mismos, si se pudiera mirar el mundo sin ninguna protección, de modo honesto y atrevido, entonces nos reventaría el corazón.

Supimos en esa carrera que estábamos construidos de defensa, de escudos y de corazas, que éramos ciudades donde la arquitectura se reducía a los muros, las torres y las fortificaciones; estados de búnkeres.

Todos los tests, las entrevistas y las investigaciones nos las hacíamos mutuamente los unos en los otros y después de tercero yo ya sabía decir qué me dolía; era como descubrir el propio nombre secreto con el que se ingresa en una iniciación.

No estuve mucho tiempo ejerciendo la profesión que había aprendido. Durante una de mis salidas, cuando me quedé sin dinero en una gran ciudad y trabajaba limpiando habitaciones de hoteles, empecé a escribir un libro. Era un cuento sobre el viaje, para leer en el tren, un libro que era como si lo escribiera para mí misma. Un libro como un canapé, para tragárselo de golpe, sin morder.

Era capaz de concentrarme cuando era necesario, durante un tiempo me convertí en un oído monstruoso para escuchar los cuchicheos, los ecos y el ruido; las voces lejanas que llegaban del otro lado de alguna pared.

Pero no llegué a convertirme nunca en una auténtica escritora o, más bien, en un escritor, porque esta palabra con el género masculino suena mucho más importante. La vida siempre se me escurría. Sólo chocaba con sus marcas, con unas miserables pieles cambiadas. Cuando apuntaba a su posición, ya estaba en otro sitio. Tan sólo encontraba signos, como lo que se deja en la corteza de los árboles en los parques: «He estado aquí». En mi escritura, la vida se transformaba en historias incompletas, en cuentos oníricos, en tramas confusas, se mostraba de lejos en algunas increíbles perspectivas desplazadas o en cortes transversales, y era difícil inventar algunas conclusiones con respecto a la totalidad.

Quien haya intentado alguna vez escribir una novela sabe que es una tarea muy dura, es sin lugar a dudas una de los peores modos de trabajar por cuenta de uno mismo. Todo el tiempo hay que quedarse en uno mismo, en una celda de una sola persona, en una soledad absoluta. Es una psicosis controlada, una paranoia con una obsesión de adicción al trabajo, por ello hay que eliminar las plumas, los miriñaques y las máscaras venecianas con que las conocemos, y mejor ponerse un delantal de carnicero y unas botas de goma, y un cuchillo para abrir las entrañas. Desde ese sótano del escritor apenas se ven las piernas de los peatones, se oye el ruido de los tacones. A veces alguien se detiene para agacharse y dar una ojeada, entonces puede verse una cara humana e incluso pueden intercambiarse algunas palabras. En realidad, sin embargo, la mente está ocupada con el juego que se va llevando a cabo ante él en un panóptico esbozado con prisas, colocando las figuras en un escenario provisional: el autor y el personaje, la narradora y la lectora, a quien describe y la descrita; pies, zapatos, tacones y caras se convierten, tarde o temprano, en una parte de ese juego.

No me sabe mal haber tenido afecto a esa tarea tan particular: no servía para psicóloga. No era capaz de aclarar, de sacar de la oscuridad de la mente las fotografías familiares. Las confesiones de los otros muy a menudo me aburrían, lo reconozco con tristeza. Hablando sinceramente, solía acontecer que prefería cambiar nuestras relaciones y empezaba a hablar de mí misma. Tenía que ir con mucho cuidado para no asir de repente a la paciente por la manga e interrumpirla a media frase: «¡Pero qué dice usted, señora! ¡Yo lo siento de un modo muy distinto! ¡Y lo que yo he soñado! Escuche, escuche…» O: ¡«Qué sabe usted del insomnio! ¡Ya me dirá si eso es un ataque de pánico! Va, no bromee. Lo que yo tuve recientemente, eso sí era…»

No sabía escuchar. No respetaba las fronteras, desplazaba las cosas. No creía en la estadística y en la verificación de las teorías. Siempre me ha parecido demasiado minimalista el postulado de «una personalidad: una persona». Tenía tendencia a borrar las evidencias, a poner en duda los argumentos irrefutables: aquello era un vicio, un yoga perverso del cerebro, un placer sutil de experimentar el movimiento interno. Poner en duda cada opinión, paladearla bajo la lengua y finalmente el descubrimiento esperado de que ninguna era auténtica, sino falsa, y que provenía de una marca fabricada. No quería tener unas opiniones formadas, habrían supuesto un equipaje innecesario. En las discusiones ahora me ponía de una lado, ahora del otro —y sé que no les gustaba como oradora. Fui testigo de un fenómeno extraño que me vino a la cabeza: cuantos más argumentos «a favor» encontraba, más me venían «en contra», y cuanto más me aferraba a los primeros, más atractivos eran los segundos.

Cómo podría haber examinado a los otros, si a mí sola se me hacía muy difícil solucionar cualquier test. Un cuestionario personal, una encuesta, una columna de preguntas y unas respuestas de elección múltiple me parecían demasiado difíciles. Pronto me di cuenta de esa deficiencia, por eso en la carrera, cuando nos examinábamos en prácticas, daba respuestas sin pensar, lo primero que me viniera a la cabeza. Después, de todo eso, salían unos perfiles muy extraños: unas líneas curvas llevadas al eje de las coordenadas. «¿Crees que la mejor decisión es la que es más fácil de cambiar?» ¿Lo creo? ¿Qué decisión? ¿Cambiarla? ¿Cuándo? ¿Cómo de fácil? «¿Al entrar en una habitación, ocupas más bien el sitio central o el periférico?» ¿En qué habitación? ¿Y cuándo? ¿Está vacía la habitación o arrimados a las paredes hay sofás de terciopelo rojo? ¿Y las ventanas a qué parte dan? Pregunta sobre los libros: ¿prefiero leerlos en vez de ir a fiestas, o todo eso depende del libro que sea y de cómo sea la fiesta?

¡Cuál es esa metodología! Supone en silencio que el hombre no se conoce a sí mismo, pero cuando se le hacen las preguntas adecuadas, ingeniosas, es aquella misma persona quien se inspecciona. Él se hace las preguntas a sí mismo, y él mismo se las responde. Sin pensar, se revelará a sí mismo un secreto que desconocía del todo. Y la segunda suposición, mortalmente peligrosa: que somos constantes, y que nuestras reacciones son previsibles.

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