Tomado del libro la fuerza de la costumbre y otras brevedades
Cuando se separaron después de 30 años de matrimonio, él decidió olvidarla. Tiró a la basura sus fotografías, cartas, regalos y hasta las mancuernillas de plata del último cumpleaños.
Hace varios días se sorprendió gratamente porque ya no recordaba cuál era el sonido de su voz, en diversas ocasiones fue incapaz de visualizar su rostro y solo entre sombras recuerda su figura. Ahora no tiene memoria para recordarla, pero ha olvidado el lugar donde vive y los nombres de sus hijos.
Gabriel Ramos Zepeda: Nació en la Ciudad de México. Es psicólogo, Coach Profesional, escritor y promotor cultural. Su interés está centrado en la creación de minificciones y cuentos breves. Ha publicado en: La Revista Minificción, Falsaria, Tus relatos, Cincuenta palabras, Cultura Colectiva, Culturizando y En sentido figurado. “Vivir es arriesgarse” es su primera publicación en papel. Cuenta con una publicación de sus minificciones traducida al francés en Lectures du Mexique 2. Auteurs Mexicains. Nouvelles et microrécits.
Antología creada por José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales
Ricardo Calderón Inca (Perú, 1986).
Docente y escritor. Ha obtenido diversos reconocimientos literarios, entre ellos destacan dos menciones honrosas en el Primer y Segundo Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, organizado por la Biblioteca Mario Vargas Llosa de la Casa de la Literatura Peruana, 2016-2017 (Perú).Ha publicado tres libros de microrrelatos: Microacertijos literarios (Ediciones Orem, 2009), Alteraciones (Ediciones Orem, 2013) yGrafitos (Quarks Ediciones digitales, 2020).
En el armario Ricardo Calderón Inca La pequeña me dijo que jamás abra la puerta de su armario, dice que ahí viven extraños monstruos. Al escucharla, solo me restó sonreír y agachar la cabeza como aceptando su ingenuidad. Siempre he admirado la imaginación de mi nieta. Hoy, por ejemplo, la vi hablar en voz baja frente a su ropero, como si estuviera advirtiéndole a alguien de mi presencia. La pobre se pasó todo el día conversando con cada rincón de la casa. Al terminar la tarde, se despidió con un beso y un breve comentario: “abuelo, ya no hay monstruos en el armario”. Mientras caminaba hacia sus padres, agitó la mano y se despidió con una mirada perdida. Entonces, en el silencio de la casa, me acerco hacia la habitación, hacia el guardarropa, abro las puertas y descubro en él un gran espejo. En su interior se encontraba mi nieta, quien decía: “abuelo, hay monstruos fuera de mi armario”.
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza. Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas viene apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella. El hombre sonríe confiado. Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto. Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras. – Mañana a las diez, recuerden el examen de química. La que había levantado el brazo, incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado. – Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe. La plaza entera vibra con el estampido. Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.
FUEGO
Patricia Nasello – Argentina
Sabe que tiene que irse. —Apure, profesor —llaman desde afuera. —Ya voy. —Ajusta la lente del telescopio y sigue mirando. Contra el negro de la nada los rayos se descomponen en mil colores. La luz. Siempre la misma y sin embargo distinta. El hombre la contempla con ojos de enamorado. Y el calor. Hasta ayer, con una toalla grande y gesto indiferente, secaba el sudor que corría por su cara, por su cuerpo. Hoy ya ha renunciado al intento de mantenerse seco. Al esfuerzo de tomar notas también. —No queda mucho tiempo —insiste la misma voz, ya lejana. Mira en derredor. Instrumentos de laboratorio y algunos efectos personales. Amados objetos que debe abandonar. El saxo de su padre. “Esta es una familia de músicos, el científico es nuestra oveja negra”, bromeaba, orgulloso, el viejo. También está la pintura. Lara, preciosa como era. Viva. Su equipaje ya ha sido cargado. —Sólo lo imprescindible, profesor, menos, si puede. Usted comprende —él entiende perfectamente. Las diez de la noche. Sale al horno que es la calle. Cierra con llave. ¿Para qué? Nadie se queda. En pocos días quedará nada. Aún peor que la temperatura es el silencio. La ciudad ya ha sido evacuada. La ciudad y el mundo. Quita el cerrojo que acaba de poner, abre la puerta, se sienta en el suelo bajo el marco. Aguarda un rato. De pronto, ciento veinte segundos de ruido ensordecedor. Luego, la más absoluta calma. La nave ha despegado en el horario previsto. Pasan un par de perros, ahora sin dueño, desorientados. Mira el cielo. En una hora, a los sumo dos, no será necesario el telescopio. Se podrá observar un bello espectáculo a simple vista. El Sol continúa agigantándose. No cree estar solo. En algún lugar del planeta habrá otro ser humano que, como él, haya decidido quedarse a esperar el amanecer en casa.
GÉNESIS
José Manuel Oriz Soto – México
A sus pies, el mundo era una mierda por el lado que lo viera. ¿Tenía sentido hacerlo redondo nuevamente? El escarabajo dijo que sí y continuó empujando el pedazo de excremento.
LOS INCONVENIENTES DE LA ASOCIACIÓN LIBRE
Alberto Sánchez Arguello- Nicaragua
El psiquiatra pronuncia la primera palabra, con la entonación más fría posible. El paciente la descompone en fonemas, se los traga y los devuelve convertidos en un escena en la que una mujer da el pecho a un bebé violeta que suelta el pezón para reírse tan fuerte, que salta el vidrio de las ventanas del consultorio, activando las alarmas de los autos del vecindario. El ruido asusta al paciente, que se transforma en una parvada de palomas que huyen hacia el cielo, sin dar las gracias y sin pagar la cita.
MARCHA ATRAS
Manu Espada – España
Laura no está en la cama. Marino saca el brazo y pone la alarma del despertador a las siete de la mañana del día anterior. Se levanta y comienza a caminar de espaldas. Se viste y baja al garaje. Arranca el coche y conduce marcha atrás. A través del retrovisor, contempla cómo el sol sale por oeste y vuelve a iluminar la carretera. Cuando llega al trabajo, el último compañero que queda se despide de él. La oficina comienza a llenarse de gente. El bullicio es ensordecedor. Marino deshace varias gestiones. Horas más tarde vomita la comida (intacta) al plato y vuelve al despacho, donde borra letra por letra varios mails. Cuando a amanece regresa sobre sus pasos y se va a casa. Discute con Laura, que amenaza con irse. Cuando se acuestan, él le asegura que pueden volver atrás, que estarían juntos otros diez años, hasta el momento en el que se conocieron, pero ella no le cree. Suena el despertador. Marino abre los ojos para comprobar si Laura se ha ido de su lado. —oñirac, saíd soneuB —dice ella.
Ayer los noticieros, dijeron que hubo un aumento de contagiados y muertos por el coronavirus en El Alto, la ciudad más joven del país. Sabemos cómo autoridades que somos, que está saturado el sistema de salud y también los servicios funerarios. En cuestión de días, la explosión de la mortalidad abrumó a las autoridades nacionales, y cientos de cuerpos comenzaron a acumularse en hospitales, morgues, hogares y en las calles. No hay más espacio en el infierno, digo cementerio, los muertos están sobre la tierra. Los vecinos claman para que las autoridades lleven los cuerpos. Estamos haciendo todo lo posible. Los medios muestran imágenes de cuerpos abandonados acumulados en las aceras. Cómo autoridades tratamos de recoger en camiones los cuerpos (como si de basura se tratara) para incinerarlos o enterrarlos. De cualquier manera, las funerarias, sin ataúdes, usan cajas de cartón de las mercancías que llegan de contrabando. La pandemia afecta a todos, pero los sectores más pobres, los que carecen de todos los recursos, son los más problemáticos. La debilidad de los servicios públicos de salud es una realidad que se suma a la ignorancia de aquellos que pensaban que el virus no atacaría a quien estaba bien alimentado. Hasta ayer las calles de El Alto, estaban abarrotadas a pesar de las medidas restrictivas. La gente hablaba que era mentira de la derecha. ¿Pueden creerlo? ¿Se acuerdan de los que se enfrentaban a la policía? Ahora, muchos de esos están en las aceras envueltos en plástico, dejados en las puertas de sus casas por sus propios parientes. Ahora que tantos mueren, recién empiezan a respetar el confinamiento. Vecinos de la ciudad de El Alto, como alcaldesa estoy obligada a recordarles que estamos haciendo todo lo posible, hoy, de cada cuatro personas tres están infectadas, por no lavarse las manos, no usar barbijo, no mantener la distancia social. Ustedes saben que siempre las pesadillas asechan por la madrugada, cuando el silencio es total y la oscuridad envuelve todo. Uno trata de despertar y no lo logra, siente alguien ahí, sentado ahí, al lado de la cama y no puede despertar. ¡Entiendan señores vecinos! ¡Nuestra situación es una pesadilla de la que no podemos despertar! Les digo como alcaldesa. Hagamos lo que hagamos, ahora es tarde. Cuando cierro mis ojos, tengo miedo de abrirlos. Porque esa es una pesadilla colectiva. Una pesadilla de nunca acabar.
Márcia Batista Ramos,
nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en el periodismo binacional Exilio, Puebla, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Patty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; “Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico” Batista Ramos & Carvalho Oliva. Colaboradora en diversas revistas internacionales.
El sapo dijo que no habría poder en la charca que lo hiciera cambiar de parecer.
—La vida aquí se ha vuelto insoportable, todos me acosan por mi fealdad; es momento de irme, de recorrer el mundo ―concluyó.
El sapo se enfundó en los pantalones de mezclilla deslavada que tanto le gustaban, calzó zapatos tenis y se echó a la espalda una mochila de lona con sus escasas pertenencias. Dio a su madre y hermanos un último beso pegajoso y se marchó a encontrar el resto de su vida.
Luego de mucho caminar, el batracio llegó a un estanque donde se criaba peces de colores. Fue tal el asombro que le causó la reverberación efervescente del agua, que no dudó en externar a los desconocidos:
—¡En verdad que son ustedes bastante raros, por no decir otra cosa!
—¡En verdad que tú eres más que horrible! ―replicaron los peces, ofendidos, pero sobre todo desconcertados, pues en su breve y cautiva existencia no habían visto sapo alguno.
—Quizá no sobresalgo por mi belleza ―contestó el visitante, inmutable―. Pero a diferencia de ustedes que destilan hermosura en el estanque, yo admiro y poseo la belleza de los lugares por donde voy. ¡A pesar de ser feo he estado en tantos sitios!
Sin nada más que decir, el sapo se dispuso a continuar su camino.
Indignado por la actitud del anuro, y desoyendo a los patriarcas del estanque, un joven y pendenciero pez salió del agua y fue tras el sapo. Pero apenas el calor abrasivo del mediodía cayó sobre su cuerpo escamoso, el pececillo comenzó a boquear desesperadamente y murió. Mientras el alma abandonaba el cuerpo reseco del pescado, todavía tuvo algunas palabras para el sapo: ―¿Quién dijo que no se puede ser bello y viajar?
Tomada de la antología coordinada por Lilian Elphick
El último retorcimiento del cuchillo de Cristobal Zapata
En la nevera el cuchillo reposa su larga siesta de invierno. Separado de mi mano, descansamos. Cuando lo despierte derretirá su hielo en la caliente linfa de tu ombligo. Quiero escuchar cómo se quiebra tu sangre en su glacial cubierta hasta ahora intacta, helada, llena de amor.
Alberto Blanco Rubio (Salamanca, 1987)
El asesino se confundió con su víctima para matar las horas de tedio». «Aquella pista le llevó a comprender que el único final que verían sus ojos tendría el perfume de la sangre».
Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está. (De Casa de Geishas)
Rebajas
de Paola Tena
Empezaron las rebajas. Vi el que me gustaba colgando de una percha pero otra mujer se me adelantó y lo aferró de una manga. Se lo llevó al probador y la esperé por fuera, pensando que si no le gustaba lo dejaría por allí. «¿Se lo lleva?», le pregunté cuando la vi salir. «Sí», me contestó con un tonito engreído. Así son las rebajas, me dije intentando consolarme, quien lo ve primero… Meses después volví a la tienda, buscando los saldos de invierno. Lo vi ahí, otra vez en la percha; la mujer lo había devuelto después de todo. El hombre me miró con ojitos esperanzados, como pidiendo «llévame a mí», pero no sé, ¿seré rara?, ahora que nadie lo quiere ya no me resulta tan atractivo.
de Ildiko Nassr Siempre me declaré más proclive al incesto que al parricidio. Prefiero acostarme con los padres que matarlos. Prefiero la convivencia a la ausencia (perdón por la cacofonía). Aborrezco a quienes salen de cacería de padres. Prefiero un aquelarre a una masacre. Sin embargo, me he retirado. No me caso con nadie. Abandoné a los padres en su cama y me encerré en una biblioteca..
Juan J. Arreola en Prosodia
A principios de nuestra era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos, las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.
Peor que usted
Jose M Dorrego
Se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar: ese es, básicamente, el Modelo 1, señor. Y créame que impresiona tanto como deprime. El modelo 2 también se ovilla y tiembla, pero añade unos gemidos entrecortados que ponen los pelos de punta, permítaseme la frase hecha. Cuesta algo más, claro está, pero compensa el sacrificio económico. El modelo 3, añade a sus predecesores un llanto con lágrimas hiperrealistas que le estremecerán. Junto a él, comprenderá lo que significa realmente la desolación. Todos incluyen garantía de cinco años, piezas y mano de obra incluidas. Créame, señor, si busca alguien más desdichado que usted, nuestros modelos son el complemento ideal: su aciaga y desdichada existencia harán que sus problemas le parezcan una bendición.
Milo y el monstruo que dormía bajo su cama se hicieron amigos porque ambos tenían miedo de las arañas. Antes, Milo tenía miedo del monstruo. Sus padres trataron de convencerlo de que existía sólo en su imaginación, pero él no les creyó. Una noche en que había luna llena y la luz entraba por la ventana, vieron cómo una araña grande, negra y peluda bajaba por la pared y se escondía bajo la cama. Milo no se atrevió a llamar a sus padres; ya lo habían regañado por miedoso. Pero el monstruo sí se atrevió a salir de su escondite. De un brinco ya estaba sobre la cama, metido entre las sábanas, abrazado a Milo y tiritando de susto. Milo correspondió al abrazo, sintiendo que aquella enorme masa de peluche verde no era tan terrible como pensaba. Así nació esa amistad que duró mucho tiempo, hasta que el monstruo creció y dejó de tener amigos imaginarios.
Agustín Cadena (México).
novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura. Ha publicado más de treinta libros y ha recibido varios premios nacionales e internacionales. Parte de su obra ha sido antologada y traducida al inglés, al francés, al italiano, al griego, al portugués, al húngaro y al urdu.
El último texto del libro virtual que deje a propósito como reconocimiento a la coordinadora y participante del libro.
El mundo
Según la tradición, Dios vivía en el bosque y gustaba de acoger a los peregrinos, ofrecerles alojamiento y regar sus viandas con los vinos mejores, por lo cual mereció fama de magnificente. Mucho después el Demonio –que vivía en el desierto– quiso imitarlo y construyó un hogar más grande, de camas blandas y los banquetes más profusos, pero aún así nadie hablaba de él con tanta admiración como de Dios; por eso, siendo joven e impulsivo, decidió ir en su búsqueda y matarlo. Cuando llegó a la casa de Dios, se encontró con un anciano encorvado paseando en el jardín, que lo escuchó con tanta paciencia que el Demonio le confió sus angustias y planes. El anciano le aconsejó lo que debía hacer: acudir una noche sin luna al claro en el centro del bosque, donde habría de encontrar a Dios sin defensa. El Demonio, haciendo así, se armó con su puñal de oro y llegado al lugar encontró al anciano sentado sobre una piedra lisa, contemplando los astros. Entonces, comprendiéndolo todo, cayó a sus pies e imploró perdón. –Eres joven –le dijo Dios, acariciándole la cabeza. –Y yo estoy viejo y cansado, pero joven como tú quisiera volver a ser. Entonces Dios le propuso intercambiar sus moradas. Y aquí termina la historia; no sabemos qué pasó después. Algunos creen que Dios sigue en el bosque, y otros afirman que esa noche se marchó al desierto. Pero lo que de verdad nos preocupa es ser incapaces de distinguir la diferencia.
Paola Tena. (México, 1980). Pediatra de profesión y escritora por vocación. Ha publicado algunos de sus microcuentos en antologías de minificción (Señales mínimas , Ediciones Idea, Tenerife, 2012; Érase una vez… un microcuento, Diversidad Literaria, Madrid, 2013; Saborea la locura, Chiado Editorial, Barcelona, 2013; Vamos al circo, BUAP, Cd. de México, 2017; Las musas perpetúan lo efímero, Micrópolis, Lima, 2017). Ha publicado sus microcuentos en diversos blogs y revistas digitales, participando de manera activa en las redes sociales. Las pequeñas cosas es su primer libro.
Adriana Azucena Rodríguez: He terminado el Microdecamerón.
Antes de morir el abuelo le dice al hijo “pon en mi caja un frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo».
El hombre inspiró profundo, retrajo el mentón y apuntó seguro a la distancia. El gargajo salió silbando por los aires para estrellarse contra el piso de mármol, metros adelante. «¡Un tiro perfecto!», dictaminó su instinto, anticipándose al aplauso de los espectadores. El guardia encargado de acordonar la zona ―impecable uniforme de gala con botonadura dorada, zapatos negros relucientes, solemne—, inició la medición:
—Siete pasos, tres cuartas, nueve dedos. ¡Nueva marca nacional! —anunció con voz potente a los cientos de curiosos que colmaban los andenes.
Estalló la ovación de los usuarios. Tal vez sofocadas por el calor veraniego que comprimía el lugar, quizá arrobadas por la emoción del momento, varias jovencitas fueron presa del desmayo.
Después de firmar el libro de personajes ilustres, el desconocido contendiente recibió de manos del jefe de estación el diploma que lo acreditaba ganador del certamen:
El Metro, un espacio público para la cultura y el deporte…
Primer lugar en lanzamiento libre de gargajo bajo techo…
Ciudad de México a los 28 días del mes de agosto del año… Augurándose una larga y brillante carrera deportiva, el nuevo campeón se alejó carraspeando y escupiendo a lo largo y ancho del andén. «Ojalá que el metro no se tarde o llegaré con retraso al trabajo», murmuraba.