Pensamiento para hoy acerca de las palabras «areola (o aréola) – aureola»
De tanto fijarnos en las suculencias del cuerpo humano —y de tanto gozarlas— a veces ni se nos ocurre preguntar cómo se llaman. Una de estas suculencias es, sin duda, el pecho, sea de hombre o mujer. Pero si decimos «pechos», casi siempre nos referimos a los senos, que son femeninos siempre. Los hombres no tienen senos. Pecho, sí; pechos, tal vez; senos, jamás, salvo que sean operados. Pero todos tenemos pezones, casi siempre dos, y ese círculo rojizo, rosáceo o moreno que los rodea tiene su nombre: «areola».
A veces confundimos esta palabra con la más sagrada «aureola», el disco aquel que sobrevuela la cabeza de los santos en las representaciones. Los dos términos provienen del latín, con las mismas ortografías que en español. El hecho de que se trate en ambos casos de formas geométricas iguales —círculos— y que se escriban de manera tan parecida, es probablemente un accidente de la naturaleza lingüística.
Y para agregar aún más confusión, el Diccionario de la Academia da «aureola», en su segunda acepción, como sinónimo de «areola» (o aréola). Tal vez sea justicia poética, pues cuando se juntan dos pares de areolas —o aureolas—, ¿quién no siente que se eleva al cielo?













