Objeto de la narración: idea Por Óscar Pantoja

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Una vez William Faulkner vio a una pequeña niña subida en unos cajones de madera, junto a una ventana, tratando de ver lo que había en el interior de una habitación. Abajo varios niños la animaban. La niña tenía sus calzoncitos sucios. A Faulkner, esta imagen lo atrapó. ¿Quién era esa niña? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué hacía subida en esos cajones? ¿Por qué espiaba? ¿Quiénes eran los niños de abajo? ¿Qué había adentro de la habitación? ¿Por qué tenía embarrada la falda y los calzoncitos? Estas preguntas empezaron a darle vueltas en su cabeza y no las podía detener. Las repetía una y otra vez, hasta que descubrió que aquello no podía parar ahí. Aquello que lo atenazaba día y noche era una IDEA, que tenía que convertir en algo, un cuento, una novela, no lo sabía. Este es un ejemplo de cómo actúan las ideas en el escritor. No se sabe en dónde pueden aparecer, pero cuando aparecen, generalmente ya no lo sueltan. Las ideas son así: avasalladoras, directas, imborrables. La idea es el germen primigenio de la creación. Es el universo en bruto, el pequeño brillo de algo que tiene una profundidad enorme. El inicio de una historia. Después, Faulkner, reelaboró sus preguntas y empezó a organizar todo aquel remolino sin sentido. Descubrió que la niña hacía parte de una familia tradicional de los Estados Unidos, que los niños de abajo eran sus hermanos, que uno de ellos era un idiota, que otro años después se suicidaría porque se enamoraría perdidamente de ella. Que otro la maltrataría. Que en realidad esa idea lo llevaba a un lugar, a un TEMA, a contar la historia de una familia, de Los Compson. Pero eso no era nada raro. Contar la historia de una familia no determina todo un tema. Faulkner, en su proceso de creación unió los calzoncitos sucios de la niña con la historia de la familia y ahí encontró el tema definitivo de lo que quería contar: la historia, ruptura y caída irreparable e irreversible de una familia de los Estados Unidos. Ese es el tema, la organización de la idea en forma lógica, de tal forma que el lector pueda entender esa idea, que a simple vista es ilegible. El escritor, con el tema hace comprensible esa idea. Descubrió que la niña se llamaba Candace o Caddy, y que la historia se habría de desarrollar en la semana santa a lo largo de varios años, y que todos los personajes que intervienen, los hermanos, tienen voz en la novela, menos Caddy. Ahora sólo faltaba una cosa, el TÍTULO. Un escritor, para saber titular, debe leer mucho, porque sólo así puede conocer los títulos que se han utilizado y los que le pueden dar pistas para reutilizar, y los que suenan comunes o feos, y los que en realidad sí pueden valer la pena. El título lo sacó del hermano idiota de Caddy, uniéndolo a un verso de Macbeth, de Shakespeare:

 

Es un cuento

 

Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

 

Sin ningún significado.

 

La novela la tituló: El ruido y la furia. Y el primero en empezar a contarla es Benjuí, el idiota que está detrás de la cerca.

 

 

 

 

 

 

Una vez William Faulkner vio a una pequeña niña subida en unos cajones de madera, junto a una ventana, tratando de ver lo que había en el interior de una habitación. Abajo varios niños la animaban. La niña tenía sus calzoncitos sucios. A Faulkner, esta imagen lo atrapó. ¿Quién era esa niña? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué hacía subida en esos cajones? ¿Por qué espiaba? ¿Quiénes eran los niños de abajo? ¿Qué había adentro de la habitación? ¿Por qué tenía embarrada la falda y los calzoncitos? Estas preguntas empezaron a darle vueltas en su cabeza y no las podía detener. Las repetía una y otra vez, hasta que descubrió que aquello no podía parar ahí. Aquello que lo atenazaba día y noche era una IDEA, que tenía que convertir en algo, un cuento, una novela, no lo sabía. Este es un ejemplo de cómo actúan las ideas en el escritor. No se sabe en dónde pueden aparecer, pero cuando aparecen, generalmente ya no lo sueltan. Las ideas son así: avasalladoras, directas, imborrables. La idea es el germen primigenio de la creación. Es el universo en bruto, el pequeño brillo de algo que tiene una profundidad enorme. El inicio de una historia. Después, Faulkner, reelaboró sus preguntas y empezó a organizar todo aquel remolino sin sentido. Descubrió que la niña hacía parte de una familia tradicional de los Estados Unidos, que los niños de abajo eran sus hermanos, que uno de ellos era un idiota, que otro años después se suicidaría porque se enamoraría perdidamente de ella. Que otro la maltrataría. Que en realidad esa idea lo llevaba a un lugar, a un TEMA, a contar la historia de una familia, de Los Compson. Pero eso no era nada raro. Contar la historia de una familia no determina todo un tema. Faulkner, en su proceso de creación unió los calzoncitos sucios de la niña con la historia de la familia y ahí encontró el tema definitivo de lo que quería contar: la historia, ruptura y caída irreparable e irreversible de una familia de los Estados Unidos. Ese es el tema, la organización de la idea en forma lógica, de tal forma que el lector pueda entender esa idea, que a simple vista es ilegible. El escritor, con el tema hace comprensible esa idea. Descubrió que la niña se llamaba Candace o Caddy, y que la historia se habría de desarrollar en la semana santa a lo largo de varios años, y que todos los personajes que intervienen, los hermanos, tienen voz en la novela, menos Caddy. Ahora sólo faltaba una cosa, el TÍTULO. Un escritor, para saber titular, debe leer mucho, porque sólo así puede conocer los títulos que se han utilizado y los que le pueden dar pistas para reutilizar, y los que suenan comunes o feos, y los que en realidad sí pueden valer la pena. El título lo sacó del hermano idiota de Caddy, uniéndolo a un verso de Macbeth, de Shakespeare:

 

Es un cuento

 

Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

 

Sin ningún significado.

 

La novela la tituló: El ruido y la furia. Y el primero en empezar a contarla es Benjuí, el idiota que está detrás de la cerca.

Elogio de la sensibilidad — El Blog de Arena

En Los placeres de la imaginación, estudio publicado en 1712, Joseph Addison, dice: «El que posee una imaginación delicada, participa de muchos y grandes placeres, de los que no puede disfrutar un hombre vulgar. Puede conversar con una pintura y hallar en una estatua una compañera agradable; encuentra un deleite secreto en una descripción, y […]

a través de Elogio de la sensibilidad — El Blog de Arena

Para recordar…

¿Quizá o quizás?

Ambas formas son correctas; sin embargo, por cuestiones de fonética, os aconsejo tomar en cuenta lo siguiente:

• «Quizá» es preferible cuando la palabra que sigue empieza con consonante. Ejemplo: Hoy no vino, pero quizá mañana sí.

• «Quizás», por consiguiente, es preferible antes de una palabra que comience con vocal. Ejemplo: A mí no me dijo nada, quizás a usted sí.

Tomado de fb

Un cuento de Alejandra Díaz Ortíz en la voz de Celia Carnovale

https://www.facebook.com/Senderoo?__tn__=%2CdC-R-R&eid=ARAMdk9svXIBF2OuX4ys78MrOXn-QjoMEqJpNdHGRfiF8xAI9KL8hv-xB4s5eKMOAfqwL4U904DXFWM-&hc_ref=ARQokGQU_kFosk7ndg_wsvt_jJ6Dn_-h6Y9mKVQPgyTcgFfeQb2eD7a-MTFmbIn0IZI&fref=nf

Parafraseando a David Mamet en su libro “una profesión de putas” Por Óscar Pantoja.

Las principales cuestiones que se debe plantear un escritor son: ¿dónde pongo el lápiz? y ¿Qué les digo a mis personajes que hagan? Claro que hay otra pregunta más importante: ¿Quién va a contar esto? Semejante disyuntiva se puede enfocar de dos maneras. La mayoría de los escritores lo enfocan diciendo «Vamos a seguir a los personajes», como si el cuento fuera un documento de lo que hizo el personaje.
Ahora bien: si el cuento es un documento de lo que hace el personaje, más vale que haga algo interesante. Es decir, este enfoque coloca al escritor en la coyuntura de escribir el cuento de manera original e interesante, y hace que constantemente se esté preguntando: ¿Cuál será el narrador más interesante para contar al escribir esta escena de amor? ¿Cuál es la manera más interesante de escribirla con sencillez? ¿Cuál es el comportamiento más interesante que puedo permitirle al personaje en la escena en que, por ejemplo, ella se le declara? Así se realiza la mayor parte de cuentos, como un supuesto documento de lo que hicieron de verdad personasauténticas.

Hay otra manera de contar un cuento, que es la manera que recomendaba Eisenstein, aunque Eisenstein no escribió muchos cuentos. Este método no tiene nada que ver con seguir los pasos del personaje, sino que consiste en una sucesión de párrafos yuxtapuestos, de manera que el contraste entre dichas párrafos haga avanzar la historia en la mente de los lectores. Esto es un sucinto resumen de la teoría de Eisenstein sobre el montaje.
Siempre se debe intentar contar la historia sabiendo quién la va a contar y mediante la yuxtaposición de oraciones y párrafos que, básicamente, carecen de inflexiones. Para el señor Eisenstein, la mejor oración es una oración sin inflexiones. Una oración de una taza de té. Un párrafo corto de una cucharilla. Una oración de un tenedor. Un párrafo de una puerta. Que el montaje cuente la historia. Porque, de otra manera, no tienes acción dramática, tienes narración. SÍ te metes a narrar, estás diciendo: «Nunca van a adivinar por qué lo que acabo de contar es importante para la historia». Carece de importancia que el lector adivine por qué es importante para la historia. Lo importante es, simplemente, contar la historia. Que el lector se sorprenda.

En último término, el cuento está mucho más cerca del simple contar historias. Si se fijan en la manera en que la gente cuenta historias se darán cuenta de que las cuentan cinematográficamente. Saltan de una cosa a la siguiente, y la historia avanza por yuxtaposición de imágenes, es decir, por el montaje. La gente dice: «Estaba yo en la esquina, un día de niebla, y había un montón de gente corriendo como loca. Debía ser la luna llena. De repente, se nos acerca un coche, y el tío que estaba a mi lado dice…» Si se fijan bien, es una lista de planos: (1) un tipo parado en la esquina; (2) plano de la niebla; (3) la luna llena brillando en lo alto; (4) un hombre dice «Parece que la gente se vuelve boba en esta época del año»; (5) un coche se aproxima. Esta es una buena manera de hacer películas: yuxtaponiendo imágenes. Ahora estamos siguiendo la historia y nos preguntamos ¿Qué va a pasar a continuación? En literatura, la yuxtaposición de oraciones, de párrafos hace evolucionar la historia.
La unidad más pequeña es la oración; la más grande es el cuento o la novela; y la unidad que más le preocupa al escritor es el párrafo. Primero, la oración: la yuxtaposición de oraciones es lo que hace avanzar el cuento. Las oraciones componen la escena, el párrafo. El párrafo es un ensayo formal, un cuento en miniatura. Comparándolo con el cine, se podría decir que es una especie de pedazo de un documental. Los documentales toman materiales básicamente no relacionados, y los yuxtaponen con el fin de inspirarle al espectador la idea que el cineasta quiere transmitir. Toman unas imágenes de pájaros picoteando en una rama; toman otras imágenes de un cervatillo levantando la cabeza. Los dos planos no tienen nada que ver el uno con el otro. Se rodaron con días o años de diferencia, y a millas de distancia. Y el cineasta yuxtapone las imágenes para transmitirle al espectador la idea de máxima alerta. Los planos no tienen nada que ver uno con otro. No son un registro de lo que hizo el protagonista. No son un registro de la reacción del ciervo ante los pájaros. Son, básicamente, imágenes sin inflexiones. Pero cuando se yuxtaponen, transmiten al espectador la idea de alerta ante el peligro. Eso es buen cine. Esto sería buena literatura.
Pues bien, los escritores deberían intentar hacer lo mismo. Y disponemos de una ventaja: podemos escenificar y escribir exactamente las oraciones y los párrafos sin inflexiones que necesitamos para nuestra historia. Y después yuxtaponerlos. En la sala de montaje, un director está siempre pensando: «Ojalá tuviera un plano de… Caramba, has tenido todo el tiempo del mundo antes de rodar la película; has podido decidir qué planos ibas a necesitar, y salir y rodarlos. En la reescritura, en la reelaboración de los borradores escritos, se cuenta con la inmensa ventaja de cortar o ampliar una oración, un párrafo.
En este país, casi nadie sabe escribir un cuento, incluido yo. Casi todos los cuentos exponen material que no interesa. «Nick, un treintañero con afición a lo insólito.» ¿Cómo se puede ver lo insólito? Eso no se puede ver. «Jodie, una pasota angustiada que lleva treinta horas sentada en un banco.» ¿Cómo puedo ver la angustia? No se puede. Si descubres que una cosa no se puede explicar más que mediante la narración, es casi seguro que esa cosa no es importante para la historia (y, por tanto, tampoco para el lector): el lector no pide información sino drama. Pues entonces, ¿para qué necesitamos esa información? Esta terrible y fastidiosa narración echa a perder casi todos los cuentos colombianos.
Voy a explicar por qué las oraciones y párrafos no deben tener inflexiones.

Dos tipos van andando por la calle. Uno de ellos le dice al otro…

 

Confiesa, lector, que ahora estás escuchando. Estás escuchando porque quieres saber lo que ocurre a continuación. Las oraciones y párrafos no deberían tener más inflexiones que los cortes de esta pequeña historia Dos tipos andando por la calle… uno empieza a hablarle al otro… El propósito de la técnica es dejar libre al subconsciente. Si sigues las reglas concienzudamente, podrás dejar libre tu subconsciente. Esa es la verdadera creatividad. De lo contrario, te verás estorbado por tu mente consciente. Porque la mente consciente siempre está procurando gustar y resultar interesante. La mente consciente tenderá a sugerir lo obvio, el cliché, porque estas cosas ofrecen la garantía de haber gustado en el pasado. Sólo la mente que se ha salido de sí misma para enfrascarse en una tarea es capaz de desarrollar auténtica creatividad.
El funcionamiento mecánico de un cuento debería ser como el mecanismo de un sueño. Las imágenes de un sueño son enormemente variadas y tremendamente interesantes. Y casi todas ellas carecen de inflexiones. Es su yuxtaposición lo que da fuerza al sueño. El terror y la belleza del sueño nacen de la conexión de aspectos de la vida que no tenían relación entre sí. Por discontinua y absurda que pueda parecer la yuxtaposición a primera vista, un análisis metódico revela una organización del grado más elevado y más simple y, en consecuencia, un significado muy profundo. ¿No es cierto? Lo mismo se puede decir de un cuento. Un buen cuento tiene tan poco de documento de los progresos del protagonista como un sueño. Todo cuento debería ser una «secuencia onírica». En otras palabras, todo es una ilusión. La cuestión es: ¿cómo de buena va a ser la ilusión?

 

 

 

Los asesinos», Ernest Hemingway (U.S.A)

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

-Son las cinco.

-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.

-Adelanta veinte minutos.

-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?

-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.

-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.

-Esa es la cena.

-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado…

-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.

-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.

-Dije si tienes algo para tomar.

-Sólo lo que nombré.

-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?

-Summit.

-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.

-No -le contestó éste.

-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.

-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.

-Así es -dijo George.

-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.

-Seguro.

-Así que eres un chico vivo, ¿no?

-Seguro -respondió George.

-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?

-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?

-Adams.

-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?

-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.

-¿No te acuerdas?

-Jamón con huevos.

-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.

-Nada.

-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.

George se rió.

-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

-Está bien -dijo George.

-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.

-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.

-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

-¿Por? -preguntó Nick.

-Porque sí.

-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

-¿Qué se proponen? -preguntó George.

-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?

-El negro.

-¿El negro? ¿Cómo el negro?

-El negro que cocina.

-Dile que venga.

-¿Qué se proponen?

-Dile que venga.

-¿Dónde se creen que están?

-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?

-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.

-¿Qué le van a hacer?

-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.

-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?

-¿De qué se trata todo esto?

-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.

-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.

-¿De qué crees que se trata?

-No sé.

-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.

-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.

-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

-Sí.

-Viene a comer todas las noches, ¿no?

-A veces.

-A las seis en punto, ¿no?

-Si viene.

-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

-De vez en cuando.

-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.

-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.

-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.

-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.

-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.

-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?

-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.

-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

-Uno nunca sabe.

-En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?

-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?

-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?

-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.

-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.

-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.

-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.

A las siete menos cinco George habló:

-Ya no viene.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos «para llevar», como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.

-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.

-Vamos, Al -insistió Max.

-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

-No va a haber problemas con ellos.

-¿Estás seguro?

-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.

-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.

-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

-¿Qué carajo…? -dijo pretendiendo seguridad.

-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

-¿A Ole Andreson?

-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.

-Sí -respondió George-, ya se fueron.

-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.

-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

-Está bien.

-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.

-Si no quieres no vayas -dijo George.

-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.

-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.

-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.

-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?

-¿Quieres verlo?

-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?

-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.

-Soy Nick Adams.

-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.

-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.

-Le voy a decir cómo eran.

-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.

-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?

-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.

-¿No hay nada que yo pueda hacer?

-No. No hay nada que hacer.

-Tal vez no lo dijeron en serio.

-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

-¿No podría escapar de la ciudad?

-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.

-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.

-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.

-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: «Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este», pero no tenía ganas.

-No quiere salir.

-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

-Sí, ya sabía.

-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.

-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.

-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?

-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.

-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

-¿Qué va a hacer?

-Nada.

-Lo van a matar.

-Supongo que sí.

-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

-Supongo -dijo Nick.

-Es terrible.

-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.

-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.

-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.

-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso

Carta de Chejov a Maxim Gorki

 Yalta, 3 de diciembre de 1898

Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento En la estepa crece con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y qué esperanzas albergo en su talento. ¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así? Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres (Malva, En las balsas) y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal.

Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. […] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene? No le conozco, no sé de dónde es ni quién es usted, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-

Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.

 

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Pachamamba RGG

La tierra padece de olvido.

En la balanza ella pierde.

La sembramos de oraciones

de belleza endecasílaba

y puentes que a la lejanía

simulan pájaros petrificados

dispuestos a emprender el vuelo.

El hombre la parásita,

la desnuda, y desequilibra.

Y ella soporta al político,

al inversionista,

al mercader,

al soldado,

al cura;

y hasta los poetas.

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Agustín cadena*, Netumbo Nekomba* y la literatura infantil

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Agustín Cadena
Traduje este breve pero sustancioso texto del escritor namibiano Netumbo Nekomba sobre la literatura infantil.
«No es de sorprenderse el que la tecnología esté tomando al mundo por asalto y veamos cómo llegan a su fin los días en que los niños se sentaban alrededor de una fogata para escuchar historias ancestrales.
Tampoco debe sorprendernos el que los libros infantiles desempeñen un papel crucial en el desarrollo de los niños. Los libros no son sólo una gran herramienta para enseñarles a leer y a pronunciar correctamente las palabras, sino también para expandir su vocabulario todavía más. Después de todo, ¿no empieza a temprana edad la eterna necesidad de explorar?
Pero, ¿qué es la literatura infantil? ¿Se refiere a los libros que tratan sobre los niños? ¿Incluye libros escritos por niños?
Juliet Pasi, catedrática de literatura inglesa en el Politécnico de Namibia, considera que “aunque la literatura infantil engloba otros tipos y géneros, nos proporciona un espacio discursivo flexible, relacionándonos con la literatura de una manera diferente”.
En la mayoría de las sociedades, los niños son víctimas, seres miserables en un mundo hostil. Necesitan que los veamos y los escuchemos porque su dolor y sus traumas son diferentes a los de los adultos.
La literatura infantil es una gran manera de aprender sobre el arte de la imaginación, especialmente desde el punto de vista de un niño. Es un medio perfecto para estimular su capacidad de inventar mundos y seres nuevos y maravillosos, así como para proporcionarle una plataforma desde la cual se deje llevar por sus ideas sin importar cuán descabelladas puedan parecer.
Los cuentos de hadas son con frecuencia lo que más inspira a los niños a ser decididos y a soñar en grande. Aunque los elementos de la creatividad y la visualización surgen en este punto, los padres deben estar atentos; los niños finalmente aprenderán a separar la realidad de la fantasía, pero hay que recordar que no se debe apresurar este proceso.
Por medio de los libros de cuentos, los niños se vuelven capaces de equiparse a sí mismos con las habilidades sociales que necesitan para formar relaciones y entender mejor las emociones. Al comparar las situaciones de los libros con las de la vida real, aprenden a distinguir el bien del mal y, en el futuro, podrán usar lo que han aprendido para tomar las decisiones correctas.
Gran parte de la literatura infantil africana incluye historias de animales o de personas con diferentes características, unas buenas, otras malas. Estos rasgos “inadecuados” de los personajes tienen la utilidad de revelar valores y principios morales, como por ejemplo las consecuencias de ser egoísta, grosero, impaciente, etcétera. A veces estas historias se usan también para explicar por qué una cosa es como es, digamos por qué las arañas tejen su telaraña en círculos, por qué las tortugas son lentas o cómo llegó el mundo a existir.
Contar con una vasta selección de literatura infantil ayuda a expandir los conocimientos de los niños, y es la opción perfecta para remplazar la cultura letal de ver la televisión todo el día, todos los días. Más aún, adoptar una rutina de lectura es un medio efectivo para que padres e hijos se vinculen y aprendan unos de otros.
Estudios exhaustivos han demostrado que, desde la edad de un año, los niños deben entrar en contacto con libros que contengan un puñado de palabras y luego, con cada año consecutivo, el vocabulario debe extenderse a enunciados de dos palabras y oraciones complejas, hasta que finalmente se llegue a estructuras gramaticalmente correctas, a los cuatro o cinco años.
Ahora bien, ¿qué puede uno hacer con la literatura infantil? Probablemente hayan ustedes oído esta pregunta muchas veces. La cuestión sería replantearla en términos de ¿qué puede hacer por mí la literatura infantil?
Como dice Elisabeth Wittmann, jefa del Departamento de Lenguas del Politécnico de Namibia, “Enriquece a una persona y la pone en contacto con otras personas (los personajes de las historias, cuentos de hadas, leyendas, novelas y poemas) y con sus experiencias, y despierta en uno un sentido de empatía”.
Sobre todo, la literatura infantil es para disfrutarla. Es una aventura en un mundo nuevo e inexplorado, un viaje hacia un mundo que permanece oculto a aquellos que no se exponen ni se vuelven parte del espacio en el cual penetramos al leer.»
Agustín Cadena
  • Nació en Ixmiquilpan, Hidalgo, el 28 de junio de 1963. Ensayista, narrador, poeta y traductor. Estudió Letras Inglesas y la maestría en Literatura Comparada en la FFyL de la UNAM. Desde hace once años es catedrático de licenciatura en la FFyL. Fue profesor de la Universidad Iberoamericana y del Austin College de Texas. Ha impartido clases en la Universidad de Debrecen, en Hungría. Parte de su obra ha sido antologada y traducida al inglés, al italiano y al húngaro. Traductor de Charles Bukowski, Wendolyn Brooks, Amy Lowell, Langston Hughes, C.M. Mayo y Maureen Freely y del poeta húngaro János Pilinszki, y compilador de los textos cataclísmicos de diecinueve narradores jóvenes en el libro Apocalipsis, Times, 1998. …
  • Netumbo N periodista entrevista
  • Qué te motiva a estudiar? Mi familia y los maestros de mi escuela secundaria me dicen que trabaje duro. Saber lo que quiero y lo que puedo hacer también ha sido una motivación para mis estudios. Nunca veo lo imposible, pero siempre me esfuerzo en las evaluaciones para obtener los mejores resultados posibles.

    Trabajando y estudiando, ¿cómo te está yendo? El trabajo no es una distracción, especialmente cuando agudiza tus habilidades en el aula. Los profesores nos asignan las tareas con mucha antelación, por lo que siempre sé lo que está por venir y, a su vez, me dedico a cumplir los plazos para evitar el estrés de última hora. El hecho de que mi trabajo esté estrechamente relacionado con lo que estoy estudiando es una ventaja porque tener la oportunidad de hacer un trabajo de aprendizaje integrado como lo requiere el Politécnico le da a uno un trampolín hacia la industria.

    ¿Cómo te forma el entorno que te rodea? Me rodeo de energía positiva, ya sea en lo que hago o en la compañía que mantengo. Siempre trato de motivar a los demás y, a su vez, ganar motivación porque al final del día, los éxitos que alcanzas son el resultado de todos los que te ayudaron en el camino. Son testigos de todo el sudor y las lágrimas.

    Si te arrepientes de una cosa de tu estudio, ¿cuál sería? Ya en la escuela secundaria sabía lo que quería estudiar y lograr en el equipo universitario. Algunos se burlaron de que solo me convertiría en maestra porque el inglés no tenía oportunidades, por lo que ahora, cuando ven mi nombre en el periódico, se sienten engañados por mis logros y mi visión.

    ¿Qué opinas sobre la transformación? Estoy muy emocionado por la transformación; Simplemente no puedo esperar o contener la emoción de ser uno de los primeros en graduarse con un título de honor de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Namibia.

    Cita de éxito: cualquiera puede ser un éxito, alcanzar las estrellas. Si puede desarrollar los hábitos del éxito, hará del éxito un hábito.

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El cuento moderno

La evolución del cuento en la era moderna ha ido a la par de muchos de los fenómenos, adelantos y factores sociales. Se puede decir que a partir del siglo XIX, el cuento dejó de ser lo que era para convertirse en otra cosa. Y es que desarrolló características propias, un estilo muy personal y una autonomía de género que empezaron a diferenciarlo del cuento popular que hasta la fecha se practicaba. Quizás uno de los rasgos más significativos que adquirió fue que dejó de ser una narración moralizante, una historia con moraleja incluida. Dejó de educar reevaluando el sentido didáctico que tenía y empezó a caminar por terrenos pantanosos y más inhóspitos, cercanos a la condición humana. Desde luego que este cambio trajo consigo una propuesta estética diferente. Esta apuesta estética como de concepción, atrajo a nuevos lectores que vieron en él, un género renovado que contaba hechos sobrenaturales o reales, pero con una fuerza que era imposible eludir. El género se vio beneficiado por factores clave que lo harían convertir en un género mayor. El desarrollo de la imprenta y de las publicaciones en masa, la innovación de subgéneros como el policíaco, psicológico, terror, fantástico, hicieron que su evolución se diera con mayor rapidez. La gran cantidad de escritores que empezaron a practicar el género consolido al cuento en la era moderna. El terreno era fecundo y estaba dado para que surgiera uno de los grades cuentistas de la historia: Antón Chejov. Este médico Ruso nacido en 1860 removió los cimientos del cuento. Para él la historia no tenía que empezar con “Había una vez”, ni ningún protocolo que paralizara el tiempo. Chejov iniciaba sus relatos de repente, como el fluir de la vida. A continuación presentamos tres inicios de cuentos suyos, con su estilo propio.

 

  1. En la estación de Progónnais se estaban celebrando las vísperas.

 

  1. Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich.

 

  1. Mi mujer y yo entramos en la sala. Olía a musgo y humedad. Millones de ratas y ratones echaron a correr cuando alumbramos aquellas paredes que durante un siglo entero no habían visto la luz.

 

Era contundente el cambio en la descripción, los espacios, las acciones, los personajes, las circunstancias. Pero lo más arriesgado que realizaba era cuando concluía esas historias. Terminaba en forma elíptica, sin que el final importara mayor cosa porque lo peor estaba por comenzar. El lector completaba la historia. Chejov echó a andar la maquinaria estética y conceptual del cuento moderno. Posteriormente llegarían grandes cuentistas a lo largo del siglo XX, manteniendo el mismo concepto estético y de estilo como Kafka, Faulkner, Hemingway, Nabokov, Capote, Patricia Highsmith, Raymond Carver. Y latinoamericanos como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Rubem Fonseca.

 

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Apuntes de un curso tomado  a distancia

 

Aprende de tus lectores cero — Laura Urcelay | Escritora

Hay quien los llama lectores cero, otros prefieren lectores beta. Yo me quedo con la primera, porque nunca un cero ha contado tanto para mí. Si no existieran, mi obra perdería calidad y calidez sin ni siquiera darme cuenta, sería como una cerveza sin espuma, como un vino tinto bebido en vaso de agua (se […]

a través de Aprende de tus lectores cero — Laura Urcelay | Escritora