Ale corre por el pasto, toma impulso y trata de atrapar un colibrí, que desaparece en el cielo, detrás de la parota. Regresa a casa con la manos manchadas de lodo. Mamá, quien espera en la puerta, se molesta. Ale prefiere mojarse bajo la lluvia y brincar sobre la montaña de hojas que se ha formado en el patio; le gusta ser un explorador, y no la pequeña princesa que mamá siempre soñó.
Vimarith Arcega-Aguilar
(México). Licenciada en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Colima. Estudiante de la maestría en Estudios Literarios por la Universidad Autónoma del Estado de México. Co-antologadora del libro Diversidad(es) minificciones alternas. Tallerista y activista de la diversidad sexual. Coordinadora de Red de Apoyo Trans Toluca. Sirena, híbrida, bestia.
Descubrí la clave en el último verso. No podía dejar de pensar en aquellas tres chicas que aparecieron asesinadas en los callejones de Tokio. En sus cadáveres cuidadosamente envueltos en celofán como crisálidas humanas, un papel de arroz con cada uno de los versos que componían el poema clavado con chinchetas a la altura de sus corazones. Solo tenía aquel poema: “El cazador aprieta las gargantas, luego descansa en la noche, suave pelo de las gatas.” que repetía una y otra vez en mis noches de insomnio. Y la imagen de un Ferrari negro que había grabado la cámara de seguridad de un cajero cercano al escenario de primer crimen. Encontré el coche en Akihabara aparcado frente al café de gatos Neko no Jikam (Tiempo de los gatos). Ya era cerca de la medianoche, apenas había un puñado de hombres que distraían su soledad acariciando los cuerpos gráciles de los felinos. Sonrió cuando pregunté en voz alta quién conducía aquel Ferrari. Cuando lo detuve una siamesa ronroneaba, mimosa, entre sus brazos.
Bajo las nubes el barquero va. Se deja llevar por el viento fresco de la montaña.Medita en silencio que la sirena atrapada por sus redes con los ojos le suplica su libertad. Sabe que si la exhibe no enfrentará la miseria del pescador. Tiene un hija de su edad y sin dudarlo acaricia su mejilla y desata los nudos.
) Bestiario Parado en el hombro del conductor del bus escolar veo venir a los niños. Quieren jugar conmigo, quieren oírme silbar. No tengo ganas, porque hoy es un día de aquellos. Terminado el recorrido, sobran dos ángeles que nos llevaremos a casa. Mamá los recogerá más tarde, mamá confía en él. El es un hombre cariñoso, parece normal. Normal de la cintura hacia arriba. De sólo pensarlo me tiritan las plumas. Mi dueño sirve tres vasos de licor, al de los niños agrega una bebida naranja y unas pastillas. Con los pequeños en sus rodillas inicia un cuento con voz susurrante. Los ojos le brillan, las manos le tiemblan. Los ángeles se duermen profundamente. Me volví hacia la ventana, no quería ver como el amo dejaría al desnudo sus patas cubiertas de cerdas, como se transformaría en la semi bestia que era. Mis silbidos de loro suenan destemplados por un tiempo interminable. Vuelve el silencio. Veo a los angelitos limpios, vestidos, tristes. En el piso yace un par de alas pisoteadas junto a mis plumas verdes que caen en pedazos cada vez que esto sucede.
Hansel y Gretel
El invierno llegó despiadado. Nevaba y escarchaba alternadamente formando un emparedado duro que acabó con la vida en la hacienda. El patrón y su fiel cocinera no quisieron abandonar la casona. Juntos permanecieron frente a la ventana viendo cómo se oscurecía el día con los inocentes copos blancos que revoloteaban sin parar. La mortífera manta blanca engrosaba, había cubierto media casa. Las provisiones acabaron, la leña sepultada. Se quemó todo lo que sirviera de combustible para la insaciable cocina de fierro. El frío en las noches era insoportable. La mujer, enflaquecida, deambulaba como un fantasma. El hombre aún conservaba algunas energías porque engullía una mínima colación diaria, sin preguntas. La despensa se mostraba patéticamente vacía, ni ratas se veían. El viejo sospechaba de las lecturas de su cocinera y de Martín Fierro que pregonaba que «todo bicho que camina va a parar al asador». La mañana asomó clara y azul. Sobre un improvisado tobogán, una demacrada y joven pareja apareció. Antes de desmayarse, la joven le entregó un envoltorio a la anciana. La mujer, como perro de caza, olfateaba las ropas que envolvían una criatura sonrosada. Recolectó cuánto pudo para avivar el fuego, la fogata levantó sus lenguas ardientes. La cocinera cogió una fuente grande, la que usaba cuando los asados eran para toda la familia. Sus ojos, iluminados por las llamas, brillaron con extraña excitación. Procedió entonces a pelar dos papas que había guardado celosamente, en espera de una gran ocasión, como ésta.
María Isabel Quintana, habitante del sur chileno. Odontóloga de profesión, cuentera por afición. Beca de escritores. Premio Escrituras de la Memoria. Tres libros publicados. Antologada en publicaciones chilenas y extranjeras. Camina por el ciber espacio con varias publicaciones. Reside en Viña del Mar, Región de Valparaíso.
Nueva corriente estética: el sugardadaísmo. Se trata de intervenir a alguna chica que ya es, de por sí, bonita. El artista ha de invertir en una obra que poseerá otro. Es un movimiento artístico con sentido altruista.
He decidido hacer justicia. Voy a robarme el tiempo. Las primeras dificultades ya fueron superadas: descubrir dónde guardan la máquina del tiempo, averiguar cuándo y cómo ingresar a ese lugar y, lo más complicado, aprender a manejarla. El mayor desafío fue ganarme la confianza del viejo que manipula el tiempo y aprender qué botones tocar. Obviamente, no me dijo todo. Pero lo que me ocultó lo encontré en Google. Sé que el plan es perfecto. Lo más acertado es no robar todo el tiempo de golpe. Robar de a poco: 3 o 4 minutos por día, para que nadie lo note. Hoy logré la primera meta. Entré una vez más a la oficina del viejo. Moví con precisión los botoncitos del aparato y retrasé 20 minutos el toque del timbre del recreo. Todos parecen más felices. Inclusive las maestras. Ya estoy más cerca de que la hora del recreo sea lo que debe ser: una hora y no esos insignificantes 10 minutos.
Gabriela Araujo (Argentina, 1970).
Su primer trabajo fue en una biblioteca: letras, libros, cuentos y novelas han sido su pasión. Es docente y ama la docencia, considera que ver el mundo con ojos de niños o de adolescentes siempre sostiene la esperanza y es el mejor antídoto contra la vejez. La escuela es y será su segundo hogar, y unomuy feliz
Vivo en un edificio. Mi balcón mira hacia el oriente. Desde la altura uno llega a pensar que tiene algún control sobre lo que ocurre allá abajo. Cruzando la calle hay una gran casa. Es un sanatorio. En los días soleados sus ocupantes permanecen sentados mucho tiempo mirando el vacío con expresión ausente. Los últimos días, sin embargo, uno de los residentes discute con las enfermeras y rehúye a los demás internos. El único ritual que lo tranquiliza es recoger con una pértiga las hojas que flotan en la piscina. Pasa horas en eso. Un día, cerca del anochecer, cuando las luces de la piscina irradiaban un fulgor azulado, el anciano movía la pértiga sobre la superficie con gran destreza. Una enfermera ya había venido a pedirle que entrara. Quizá ella perdió la paciencia. Apareció caminando enérgicamente e increpó al anciano. Él se quedó mirándola. Entonces, con un gesto rápido extendió la pértiga hacia la mujer y, enganchándola por un tobillo, la hizo caer al agua. Antes que pudiera volver a la superficie, el anciano empujó con fuerza la vara y la mantuvo sumergida hasta que ella dejó de moverse. Minutos después apareció otra enfermera y dio la alarma. El anciano soltó la pértiga y, muy tranquilo, levantó la vista hacia donde yo me encontraba. En ese momento sonó mi teléfono. No me sorprendió. Desde niño yo sé lo que él es capaz de hacer. Después del accidente de mi madre yo mismo hice que lo confinaran allí.
Abajo
Coincidencia
Un niño se traga un pez vivo mientras bebe un jarabe medicinal preparado en casa. Un carnicero sostiene un cuchillo después de descuartizar un animal. Un grupo de personas se agolpa en la ventana de una mezquitaa para observar cómo doscientos niños serán circuncidados en forma gratuita.
Jóvenes adictos rehabilitados oran de rodillas en el templo de su vecindario.
Una camioneta cruza el centro de la ciudad, transportandomaniquíes desmembrados. Un niño se ejercita colocando una prótesis en su pierna, en un centro ortopédico. Una vitrina exhibe ojos de vidrio hechos a la medida de cada cliente. Un transformista espera su turno para someterse a una operación gratuita de cambio de sexo. Dos vírgenes se besan, festejando la despenalización de la actividad sexual mutuamente aceptada entre adultos del mismo sexo. Un policía antimotines sale del interior de un carro blindado y arresta a un hombre vestido de novia. A la misma hora, un eunuco asiste a una boda. Nadie podría haber anticipado el encuentro de estas realidades. Ni la explosión posterior. Durante las diligencias que siguieron, el novio declaró: «Cura no hallé; mi bálsamo es mi dama; tomó Cupido de sus ojos llama».
Vuelan las hojas también la juventud; migran las garzas. Doblan campanas. Enlisto prioridades; cada detalle mío a nadie le importa. Fuego azul, fuego al fin.
Era una rana que vivía en un charco. Pasaba los días cantando y saltando. Un día la atrapó una princesa que le dio un beso. Al instante, se convirtió en príncipe. La princesa lo condujo a su palacio y le dijo: “Todo esto es tan mío como tuyo”. El tiempo transcurría y el príncipe, que antes era rana, se sentía muy infeliz rodeado de gente rica que pasaba los días contando el oro que tenía. Él pensaba que la felicidad no se podía comprar. Una noche, se escapó por una ventana y se fue a buscar su charco. Cuando lo halló, le dio tanto gusto que, sin darse cuenta, se convirtió otra vez en rana. Desde entonces, la rana que antes era príncipe pasa los días cantando y saltando con las otras ranas y se siente muy feliz de vivir en un charco.
Armando Alanís (México, 1956). Es profesor universitario y dirige talleres de minificción y cuento. Ha publicado el libro de cuentos La mirada de las vacas y cinco libros de minificciones: Fosa común;Narciso, el masoquista; Coitus interruptus; Sirenas urbanas y De rojo me gustas más, este último editado por El Tapiz del Unicornio en 2020, poco antes de la pandemia. Tiene tres novelas: Alma sin dueño, La vitrina mágica y Las lágrimas del Centauro; la tercera sobre el mítico Pancho Villa. Prepara otra novela.
En la última tarea antes de vacaciones, la mayoría de mis alumnas escribe que jugará con el agua de las albercas, de mares o ríos; que la piel se tostará bajo el sol hasta que arda, que caminará descalza sobre el suelo caliente. Voy manejando, recuerdo esas historias. En el semáforo, me cae una cascada de agua proveniente de una botella, veo a dos de mis alumnas limpiando mi parabrisas, pies descalzos sobre el pavimento. Las niñas tienen las mejillas rojas y los brazos quemados por el sol. –¿Trabajan en vacaciones? –Solamente en verano trabajamos en las calles, maestra.
Se compró un despertador de acción interna. La cirugía fue sencilla. Pocas horas después, ya podía utilizarlo. Solo bastaba programar, desde el display injertado en su brazo, la hora a la que se quería levantar. Cuando se cumplía esa hora, si estaba durmiendo, se despertaba automáticamente y sin sueño. Lo maravilloso de su nueva adquisición era que también funcionaba como dormidor, o sea que programaba la hora a la que decidía dormir y exactamente a esa hora entraba en un sueño profundo. Todo marchaba perfecto hasta el día del paseo en el bosque. Ese día, se programó una siesta de dos horas y se quedó durmiendo entre los árboles. En ese lapso, se le acabó la pila al dispositivo. Yahí quedó, en ese letargo, a la espera de que algún príncipe azul la despierte con un beso.
Jorge Aguiar (Argentina, 1981). Nació en Buenos Aires y reside en Mendoza desde 1988. Es ingeniero en sistemas, fotógrafo y escritor. Sus microficciones han sido publicadas en revistas y antologías de Argentina, Perú, México y España. En mayo del 2020 edita su primer libro Lo que no se dice. Publica sus textos en el blog https://jorgeaguiar81.wixsite.com/microficciones y en Instagram.
¿Qué tú nunca has escuchado la palabra pequeficciones? Debe ser porque nosotros inventamos esa palabra para ti. Pero… ¿qué son las pequeficciones? Son cuentos que, como Pulgarcito, nacieron diminutos, y no crecen por más que se alimenten con palabras o tomen jarabes o vitaminas. Lo único que hará crecer a una pequeficción es la imaginación de las niñas y niños que la lean. Pero si todavía no te queda muy claro qué son las pequeficciones, dejemos que te lo explique el escritor Luis Bernardo Pérez: Había una vez un cuento pequeñito… Era un relato tan, pero tan corto que no alcanzaba a llenar ni media página. Por eso los cuentos largos le hacían burla y las novelas lo miraban con desprecio. Lo que nadie sabía era que, pese a su brevedad, guardaba para sus lectores esbeltas palmeras, una playa de fina arena, un faro, un marinero y un barco de vela. Incluso tenía espacio para un mar con todo y sus peces. Los compiladores de este libro agradecemos a Lorena Escudero, Fernando Sánchez Clelo y Paola Tena el entusiasmo que pusieron en este proyecto. Pero sobre todo queremos dar las gracias a las escritoras y escritores que, desinteresadamente, nos regalaron sus pequeficciones para llenar esta piñata de historias, con la que hoy celebramos a peques de toda Hispanoamérica, y más allá. Los compiladores: José Manuel Ortiz Soto & Chris Morales
Sherlock Holmes mató de un solo disparo a su amigo de siempre y colega en sus investigaciones, el Dr. Watson. La discusión se había alargado tanto que las enfermeras de la casa de reposo no lo podían creer, era casi inaudito pensar que ese sería el destino final de un personaje tan importante en las aventuras del detective privado. Cuando se le preguntó por qué lo hizo, éste respondió que no recordaba nada. La pistola que usó pertenecía al guardia del recinto que había sido engañado por Holmes, aduciendo que necesitaba trasladarse a su dormitorio, momento en que el guardia se acercó lo suficiente para que, sin notarlo, Holmes le sustrajera el arma de servicio. Lo interesante de esas peleas acaloradas entre Holmes y Watson, era que olvidaban quiénes eran; el Alzhéimer se paseaba por el establecimiento como Pedro por su casa y estos dos personajes después de esa airada discusión de quién era quién, terminaron por dispararse el uno al otro, sólo que Watson usó una cuchara, pero Holmes lo hizo con un arma de verdad.
La calle
La calle solitaria abre sus fauces y la convence de seguir su ruta. Los faroles guiñan sus ojillos crepusculares llenos de un enjambre de polillas encandiladas. Ella se ampara en su buena suerte, la lleva colgando de su cuello como un amuleto, colgando de un precipicio imaginado. La soledad se le pega a su vestido, tiene terror de encontrarse cara a cara con el bullicio de algún burdel, clientes satisfechos bajan con el cigarrillo a medio fumar; ellas, después de verificar que el dinero está a salvo debajo de sus escotes, entre los mullidos senos, cierran la puerta tras una fingida sonrisa. Es la misma calle de ayer a esa hora en donde todo sucedió, el recuerdo la estremece, toca su cartera; claro, el hombre quiso arrebatársela, pero ella no cedió, esperó un instante que se hizo un siglo y cuando ya no veía escapatoria, le blandió el puñal que llevaba en su mano, una, dos estocadas y un bulto cayó con quejido de piedras. No quiso darse vuelta a mirar, corrió hasta quedar sin aliento. Hoy no tiene miedo, la calle lo sabe, por eso no la asedia, la incita a seguir sin apuro; nadie se cruzará en su camino, se lo garantiza, con esa daga que lleva empuñada en su mano izquierda será difícil que alguien la intimide. Por eso, deja que se vaya junto al silencio que va cubriendo sus pisadas, más allá de la discordia.
Marianela Puebla.
Ha publicado seis libros. En el año 2009 ganó una beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile. Ha recibido premios Internacionales, Canadá, México (Jalisco, ganadora Juegos Florales 2004), España, Inglaterra y Chile. Primer lugar narrativa, revista El Grifo 2009, Santiago, Chile. Segundo lugar narrativa, Nuestra Palabra, 2008, Toronto, Canadá.
“Envuelta por diferentes géneros tratados, y todos ellos desde la sensibilidad extrema de una mujer dedicada, durante muchos años a sembrar la palabra. Marianela Puebla, poeta, narradora, con una perspectiva amplia, con giros que nos hacen bailar en la lectura”.
Hay que reconocer que si algo tenemos en nuestro circo, es un extraordinario fondo de plantilla. Por ejemplo, no solamente contamos con Jack Turpin, “El hombre invisible”, sino que además tenemos en nómina a Hellen Defoe, “La mujer invisible”. La relación entre Turpin y Defoe, eso sí, no es todo lo fluida que podría esperarse entre dos seres incorpóreos. Defoe siempre ha estado enamorado de Turpin pero él, por quien realmente pierde la cabeza es por Dévora Wallace, La Fantástica Mujer Bala. Incluso cuentan que un día, en un estado de semiinvisiblilidad, Defoe llegó a arrodillarse en la pista central del circo, sacó un anillo de su bolsillo izquierdo y le pidió matrimonio. En el mundo de los seres invisibles, siempre son ellas quienes toman la iniciativa. Él, con esa arrogancia propia de los seres invisibles, fue tajante: —Lo siento, cariño, pero te falta presencia.
Escritor español con una prosa fluida y un ingenio sobresaliente.