María Isabel Quintana

Antologa Lilian Elphick

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Bestiario
Parado en el hombro del conductor del bus escolar veo venir a los niños. Quieren jugar conmigo, quieren oírme silbar. No tengo ganas, porque hoy es un día de aquellos. Terminado el recorrido,
sobran dos ángeles que nos llevaremos a casa. Mamá los recogerá más tarde, mamá confía en él. El es un hombre cariñoso, parece normal. Normal de la cintura hacia arriba. De sólo pensarlo me tiritan las plumas.
Mi dueño sirve tres vasos de licor, al de los niños agrega una bebida naranja y unas pastillas. Con los pequeños en sus rodillas inicia un cuento con voz susurrante. Los ojos le brillan, las manos le tiemblan. Los ángeles se duermen profundamente. Me volví hacia la ventana, no quería ver como el amo dejaría al desnudo sus patas cubiertas de cerdas, como se transformaría en la semi bestia que era.
Mis silbidos de loro suenan destemplados por un tiempo interminable. Vuelve el silencio. Veo a los angelitos limpios, vestidos, tristes. En el piso yace un par de alas pisoteadas junto a mis plumas verdes que caen en pedazos cada vez que esto sucede.

Hansel y Gretel

El invierno llegó despiadado. Nevaba y escarchaba alternadamente formando un emparedado duro que acabó con la vida en la hacienda. El patrón y su fiel cocinera no quisieron abandonar la casona.
Juntos permanecieron frente a la ventana viendo cómo se oscurecía el día con los inocentes copos blancos que revoloteaban sin parar. La mortífera manta blanca engrosaba, había cubierto media casa. Las provisiones acabaron, la leña sepultada. Se quemó todo lo que sirviera de combustible para la insaciable cocina de fierro. El frío en las noches era insoportable. La mujer, enflaquecida,
deambulaba como un fantasma. El hombre aún conservaba algunas energías porque engullía una mínima colación diaria, sin preguntas. La despensa se mostraba patéticamente vacía, ni ratas se veían. El viejo sospechaba de las lecturas de su cocinera y de Martín Fierro que pregonaba que «todo bicho que camina va a parar al asador». La mañana asomó clara y azul. Sobre un improvisado tobogán,
una demacrada y joven pareja apareció. Antes de desmayarse, la joven le entregó un envoltorio a la anciana. La mujer, como perro de caza, olfateaba las ropas que envolvían una criatura sonrosada. Recolectó cuánto pudo para avivar el fuego, la fogata levantó sus lenguas ardientes. La cocinera cogió una fuente grande, la que usaba cuando los asados eran para toda la familia. Sus ojos, iluminados por las llamas, brillaron con extraña excitación. Procedió entonces a pelar dos papas que había guardado celosamente, en espera de una gran ocasión, como ésta.

María Isabel Quintana, habitante del sur chileno. Odontóloga de profesión, cuentera por afición. Beca de escritores. Premio Escrituras de la Memoria. Tres libros publicados. Antologada en publicaciones chilenas y extranjeras. Camina por el ciber espacio con varias publicaciones. Reside en Viña del Mar, Región de
Valparaíso.

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