Shoefiti de Enrique Silva Rodriguez

De la antología de Lilian Elpohick «o dispara usted o disparo yo»


Me preguntaste asustado qué era eso de colgar zapatos en los
cables. Y yo te contesté: «es un arte». El arte de frenar el mundo y
hacerle un nudo ciego en las patas a Dios. Nadie sabe de dónde viene
ni adónde va. Pero más allá de tus pasos, fueron tus zapatos quienes te
trajeron a mí. Siempre es igual y nadie se da cuenta. La falta de arte nos
está embruteciendo a todos. La culpa es del sistema. Yo sólo soy la
sombra que arrojará tus zapatillas a los cables. Después de apuñalarte y
tirar tu cuerpo al Mapocho.

Enrique Silva Rodríguez,

alias Quique, cantautor, poeta y
escritor. Dicta Talleres de Estimulación a la Lectura y Escritura
creativa. Ha ganado uno que otro concurso literario nacional e
internacional. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés,
italiano y rumano. Ha participado en la Feria Internacional del Libro
de Los Mochis, México; y en Caaguazú lee, de Coronel Oviedo,
Paraguay. Vive en Maule-Coronel, en una casa azul montada sobre un
cerro a orillas del mar.

Zapatillas Colgadas en Cables, el Arte del Shoefiti | Top Cable

De tal palo, tal astilla de la antología «o dispara usted o disparo yo» A, Lilian elphick

Eugenia Toledo Renner


I
Después de escuchar las noticias en la radio y leerla en los
periódicos no pude dormir por un largo tiempo. No podía dormir en
las noches pensando en los desafortunados animalitos que cayeron en
las manos de aquel hombre joven de rostro bello y ojos angelicales,
pies descalzos, que estaba preso y condenado a varios años por
despellejarlos vivos, quemarlos, ponerlos en el microondas, hacerlos
chillar y torturar hasta su muerte. Pienso en esos animalitos y recuerdo
al niño que, en su infancia, jugó en mi casa con mi hijo y nuestras
mascotas muchas tardes de verano y bendecía su comida cada vez que
nos sentábamos a la mesa, costumbre que venía de sus padres tan
cristianos. No podía dormir, porque él había prometido cuidar esos
inocentes regalones cuyos dueños se los entregaban con alivio, porque
no los podían tener más o estaban muy viejos. Y él los recibía con
tanto amor y ternura en sus ojos angelicales.
II
Diez años antes también supe «algo» sobre la madre de este
joven. Se había casado con un judío, dueño de hoteles en Oregón,
llamado George Levy. Un hombre de mucha edad y dinero, que se
había divorciado de su primera esposa, para unirse a esta mujer,
decoradora de sus hoteles. Le había comprado un yate en Francia y
abrigos de pieles Dior para recorrer el mundo. Años después, ella y su
flamante marido estaban navegando solos alrededor de la Isla
Margarita. Se encontraron en una terrible tormenta. Ella, la capitana
del barco, en tal circunstancia habría pedido a George para recoger las
velas para navegar mejor, pero nunca más lo volvió a ver. Es lo que le
comunicó a la policía de Venezuela. George andaba sin chaleco
salvavidas, declaró. ¿Cómo llegué a enterarme de esta terrible aventura
que no leí en los diarios? Un día de verano alguien a la puerta de mi
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casa. Era un joven de 21 años con rostro angelical y dulces ojos claros:
«Soy yo», expresó, «¿se acuerdan del mí? Yo jugaba con tu hijo en esta
casa». «Sí», contesté, «qué grande estás y ¿qué es de tu familia?»
Entonces dijo, «estamos aquí, porque George se fue». Le puse cara de
interrogación. Atónita escuché hasta el final de la historia; casi de paso,
antes de partir, agregó: «La verdad es que a él no le gustaba navegar y
odiaba los botes a vela». Y se rió.

Eugenia Toledo Renner

nació en Temuco, Chile. Es
principalmente poeta y profesora de Talleres Literarios; recién
incursionando en el género de cuentos breves. Reside entre Seattle,
WA, y Temuco.

Pin en peinados

La última jornada del MicroDecamerón

El huésped de Patricia Nasselo

—Un p-r-í-n-ci-pe-sa-po —deletrea Angelita. Encantada con el simpático personaje verde, la pequeña lo recorta con su tijera para papel y lo pega en otra lámina, ésa de los tres chanchos que también le gustan. Es de lamentar que, en esta segunda lámina, además haya un lobo, un energúmeno que sopla con la fuerza de mil demonios.
Expulsado por aquel huracán, cargando golpes y espantos diversos, el sapo llega al bosque. Allí se encuentra con el Hada Madrina quien se apiada de él y le devuelve su forma de príncipe. Durante meses, que se hacen años, el príncipe caza para subsistir, hasta que un día, deseoso de encarar una hazaña que esté a la altura del vigor que ganó con tanta vida salvaje, se dirige a la ciudad y busca una casa.
Llama a mi puerta.
—Hola, Ángela —saluda con una voz que sonríe con aspereza. Sé que lo conozco aunque no recuerdo de dónde, siento que me sonrojo. —Ando sobrado de sangre real, me agradaría convidarte —agrega con esa voz que me cautiva.

Cuento para enviar vía sms Príncipe de Beckelar | copylife

El microdecameron

Antología organizada por Paola Tena

Leyenda moreliana

Francisca tenía dos pretendientes molestos como las moscas panteoneras, y sin saber ya cómo espantarlos, aprovechó el sepelio del Mochadedos, conocido narco de Morelia para pedirles
algo que –pensaba ella– no podrían cumplir. Mandó decir a Alejandro –enamorado número uno– que si quería su amor, acudiera al tanatorio esa noche y quitándole las ropas al muerto se cambiara por él. Luego avisó a Raymundo –enamorado número dos–, de que el precio de su amor era que se robara el cuerpo del Mochadedos.
Esa noche, Alejandro forzó la puerta de la funeraria y viendo el ataúd en el centro, lo abrió poco a poco sintiendo el mayor miedo de su vida. Ahí estaba el Mochadedos: pálido, frío, y con un par de balazos mal disimulados en la frente, pero pensando solo en la recompensa que tendría, como pudo lo sacó y lo acomodó en otro féretro. Luego se metió en el cajón y cruzó los brazos. Poco después escuchó los pasos de alguien que se acercaba, y fingiéndose muerto sintió que sin ninguna consideración se lo echaban al hombro como un saco de papas. Así iban los dos pretendientes, uno cargando al otro por la calle, cuando oyeron el quietos ahí de los guardias que hacían la ronda nocturna. Sin dilación, temiendo que los metieran a la cárcel o algo peor por haber profanado al Mochadedos, huyeron en distintas direcciones, perseguidos por los policías. Francisca aprovechó la oportunidad para despacharlos a los dos.
Nunca encontraron el cadáver del Mochadedos, y dicen por ahí que sus compinches se lo llevaron, o que en realidad no estaba muerto y se hizo cirugía plástica en Estados Unidos. Lo que nadie se explica –ni ellos quieren confesar– es por qué a los dos les falta desde entonces el dedo meñique.

Bebé prematuro muere tras permanecer 10 horas en mortuorio de Lima por  error | El Comercio

La señal cuento de Inés Arredondo

Ines Arredondo

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.

Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lucido, tan lucido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por que yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.

Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

Yo estaba hecho un pañuelo, Julio Cortázar – Calle del Orco

https://calledelorco.com/2020/10/17/yo-estaba-hecho-un-panuelo-julio-cortazar/

La muñeca rota de Lorena Escudero


YA NO deja de llorar cuando la abrazas, no come y bebe mucho, y suelta unos eructos que suenan como si se le estuvieran acabando las pilas. La muñeca está rota y ya no sirve. Yo miento y digo que no me he divertido con ella más de la cuenta. Nadie puede demostrar que intenté ahogarla en la bañera, o que le retuerzo los bracitos cuando me aburro. Y a nadie le importa. Estamos casados y la muñeca es mía.

Muñeca rota | poupeedinubila

El descubrimiento de una ventana

katalina Ramírez Tomado del libro MicroDecamerón compilado por Paola tena


Despierta un día sabiendo que ya no es la misma, aunque no entiende por qué. Se mira en el espejo y todo parece seguir igual, hasta que se mete a bañar y descubre que en el lugar donde antes estaba su ombligo, ahora hay una ventana. ¿Cómo pudo llegar ahí una ventana? y peor aún, ¿para qué? Se encuentra en medio de estas cavilaciones cuando recuerda que su luna se ha retrasado algunos días, así que espera ilusionada a que el astro cumpla ocho ciclos más —hasta que en el lugar donde antes estaba su vulva ahora hay una puerta— para poder conocer al habitante de la casaen que se ha convertido.

BUAP على تويتر: "Escritora de microcuentos, poemas y diversos ...

Patricia Rivas (Chilena) Suceso

De la antología » O dispara usted o disparo yo» A. de Lilian Elphick


Cuando Carabineros lo detuvo, no sintió miedo. Algo haría, como siempre.
Después de los golpes de bienvenida y una vez en el calabozo, utilizó su adiestramiento de funcionario de seguridad del Estado.Escapó.
Durante la persecución corrió con todas sus fuerzas, pensando en sus hijos y su mujer. Pronto estaría con ellos. El estrépito del disparo retumbó en el pensamiento del hijo recién nacido. Para perder el rastro, los asesinos dispusieron el cadáver en una fosa. Posteriormente, una empresa lo encubrió con ductos de agua potable. Taparon la evidencia con cemento. Incluso hoy, la justicia y el Estado impiden clarificar los hechos.

Patricia Rivas M.

Escritora chilena. A sus primeros días de vida detienen y desaparecen a su padre, ex detective de Policía de Investigaciones de Chile. Ha publicado Hija bastarda (microrrelatos,
2009) y el libro infantil bilingüe COF/COUGH, con ilustraciones de Carolina Garrido. Ha obtenido la Beca de Creación Literaria del CNCA en dos ocasiones. Pertenece a la Corporación Letras de Chile.

Lanzan libro de microcuentos «Transacciones» de Patricia Rivas | Entrama  Cultural

Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO

Quizás alguno os habréis preguntado en alguna ocasión por qué escogí ese nombre para mi blog. Pues bien, voy a satisfacer vuestra curiosidad.  Considero que los que escribimos nos movemos en esos dos espacios: entre la soledad y el aplauso. Pero malo es que estemos más tiempo en el aplauso que en la soledad. Para […]

Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO

Lorena Escudero de su libro «Incisiones»

Mareas

EL HOMBRE que me visita no es un verdadero pescador. Lo sé por el modo en que recoge las conchas de mi orilla y se sumerge con ellas sobre la palma de su mano. Pero tiene la intuición de buscarme en los momentos de marea baja, que le aseguran incursiones profundas. Bromea cuando encuentra los trozos de botella que con el tiempo pulo como si fueran gemas. Cuando se aleja siempre lo hace con la resaca de regresar a mí. Supongo que mi sal le cura alguna herida que no confiesa, y yo me lleno de algas en su ausencia

MISTERIOS EN EL MAR: SIRENAS O SIMIOS ACUÁTICOS | El Secreto de la Caverna

Criaturas de Patricia Nasello

Tomado del Microdecamerón antologa Paola Tena


Silenciados, por fin, aquellos espantosos estruendos de los bombardeos, aquietadas todas las armas, estos pocos sobrevivientes aún no comprenden que la guerra terminó y huyen, continúan huyendo sin necesidad, hacia ninguna parte. De pronto, una nube de mariposas atraviesa el río en el que ahuecan las manos para saciar la sed. En medio de la desolación que los circunda, la sutil energía del vuelo les acerca recuerdos de un mundo que creen perdido.
—¿Dónde está la vida? —pregunta una joven con la voz quebrada por el morral de lágrimas que guarda entre las costillas.
Los rigores del brutal enfrentamiento los ha llevado a olvidar que la vida, esa poderosa hembra, camina junto a ellos y siempre apuesta a favor de sí misma. Por tal motivo, pronto la primavera pondrá hojas en los árboles y algún nido. Entonces, quizá sólo por aquel atávico reflejo de imitación que los domina, nuestro desorbitado grupo de zaparrastrosos buscará refugio, se asentará. Llegado ese tiempo, la joven que formuló la pregunta se dejará enamorar por unos bellos ojos, tan desamparados como
ella pero leales y fuertes, y su voz será canción de cuna. La vida, esa incansable soñadora, ama el frágil vuelo delas mariposas.

Colibrí robot capta el momento en que miles de mariposas monarca alzan el  vuelo | EL IMPARCIAL | Noticias de México y el mundo

Jardín Mágico

Alejandra Barbery

La bruja lloraba mientras miraba hacia la ventana por el rabillo del ojo. Algo le había pasado a su huerta la noche anterior. En lugar de hierbas mágicas, solo había galletas.

Dibujo de Fuente pintado por en Dibujos.net el día 15-10-20 a las 16:46:32.  Imprime, pinta o colorea tus propios dibujos!

Alejandra Barbery (Bolivia).

Poeta y artista visual. Ha publicado los
poemarios: 3 al hilo junto a Alfredo Rodríguez y Oscar Gutiérrez
(Editorial La Hoguera, 2003) y Ánima en el 2014 con el sello La Mancha
del grupo editorial La Hoguera. El 2019 publicó la plaquette Calavera
con la editorial independiente del colectivo de mujeres Lengua de
Urucú. Libro digital de microrrelatos: Miniaturas, colección Serendipia,
editorial Velatacú, 2020. Inauguró su primera exposición de pinturas
como Maria Zanutti en el año 2014.