La pata de mono de   William Wymark Jacob, cuento del gusto de Gabo

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

—Oigan el viento —dijo el señor White. Había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

—Lo oigo —dijo éste, moviendo implacablemente la reina—. Jaque.

—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.

—Mate —contestó el hijo.

—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White, con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

—El sargento,mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.

—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.

—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.

—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.

—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular — dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.

—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.

—Se cumplieron —dijo el sargento.

—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.

—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?

—No sé —contestó el otro—. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.

—Si usted no la quiere, Morris, démela.

—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

—¿Cómo se hace?

—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

—Parece de Las Mil y Una Noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.

—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.

—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió, avergonzado de su propia credulidad, y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.

—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría a que nunca lo veré.

—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.

— Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

—Lo siento… —empezó el otro.

—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.

—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.

—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

—La compañía me ha encargado que les exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿Cuánto?

—Doscientas libras —fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.

—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

—La quiero. ¿No la has destruido?

—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

—Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

—¿Pensaste en qué? —preguntó.

—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.

—¿No fue bastante?

—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

—Dios mío, estás loca.

—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

—Fue una coincidencia.

—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta— . ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

—¡Pídelo! —gritó con violencia.

—Es absurdo y perverso —balbuceó.

—Pídelo —repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

—Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido, hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

—Un ratón — dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.

—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.

—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

Título original: The Monkey’s Paw (1902)


Los datos del autor británico W.W. Jacobs se pueden consultar en la Wikipedia.

William Wymark Jacobs (8 de septiembre de 1863–1 de septiembre de 1943), humorista, novelista y cuentista británico. Se le conoce principalmente por uno de sus relatos macabros, La pata de mono (The Monkey’s Paw), incluido en el libro de cuentos The Lady of the Barge (La dama de la barca, 1902). La mayor parte de su obra, sin embargo, se adscribe al género humorístico.
Jacobs nació en Wapping, Londres, en cuyos muelles trabajaba su padre. Era el tercero de cinco hijos. Asistió a un colegio privado y más tarde al Birkbeck College. En 1879 empezó a trabajar como funcionario de correos. Publicó su primer relato en 1885. Su camino hacia el éxito fue relativamente lento. Por motivos económicos, Jacobs no se atrevió a dejar su puesto de trabajo hasta 1899. Contrajo matrimonio al año siguiente con una militante sufragista, asentándose en Loughton, Essex, donde hoy se conserva una placa en su memoria.
Su producción literaria decreció bastante durante la Primera Guerra Mundial, y a partir de entonces se dedicó principalmente a adaptar sus propias cuentos para el escenario. Su primera adaptación fue «The Ghost of Jerry Bundler» («El fantasma de Jerry Bundler»), estrenada en Londres en 1899.
Jacobs murió en Hornsley Lane, Islington, Londres, el 1 de septiembre de 1943


Invitación Juan Romagnoli

Pedro regresa a su casa con un compañero de trabajo, al que ha invitado para que conozca a su joven esposa.
—Es acá —anuncia—, entrá…
—Permiso —dice el educado compañero y ambos ingresan a un living.
De inmediato Pedro se queda tieso. El compañero nota su gesto de extrañeza.
—¿Pasa algo? —pregunta.
—No me vas a creer —dice Pedro—, pero esta no es mi casa.
—¿Cómo que no? —El compañero está confundido.
Por una puerta aparece un anciano. Antes de que diga nada, Pedro lo ataja:
—Lo siento, lo siento, disculpe usted; se trata de un error, no quise entrar en esta casa.
Toma al compañero de un brazo y salen.

Una vez afuera, Pedro continúa disculpándose. Finalmente, dice:

—No te preocupes, me pasa seguido, pero ya le conozco la maña.

Toma el picaporte y lo sacude con firmeza, hasta que se oye un clic.
—Ahora sí —asegura—, entremos.
Entonces, mientras cierra la puerta, dice:
—Te presento a mi esposa…

Ciro Bianchi y sus memorias sobre La Habana

Ficciones Argentinas, antología de clara Obligado

5 cuentos preferidos de Gabriel García Márquez | El Economista

https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/5-cuentos-preferidos-de-Gabriel-Garcia-Marquez-20200530-0015.html

Un lago Jorge Accame

El viejo entró a su casa, apoyó suavemente el hacha contra alguna forma vertical y cerró la puerta. Deslumbrado por la oscuridad, al principio solo escuchó olas y viento que rompían sobre una playa. Luego poco a poco, apareció  sus pies el lago buscando extensión hasta el horizonte. Antiguos bosques cubrían las márgenes y cortaban el aire cantos de pájaros exóticos. No se inquietó: con los años había aprendido que el asombro demora inútilmente la fatalidad. Extrajo anzuelos y tanza de un cajón y, arrugando la frente, definió una orilla para pescar.

 

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Antología de microcuentos argentinos. Selección de Clara Obligado

El panteón de dolores de Lucía Berlín

 


Ni “Descanso Celestial” ni “Valle de la Serenidad”. El cementerio del parque de Chapultepec se llama Panteón de Dolores. No hay manera de escapar de ello en México. Muerte. Sangre. Dolor.

La tortura está en todas partes. En los combates de lucha libre, los templos aztecas, los caballetes de clavos en los viejos conventos, las espinas sangrientas de las coronas de Cristo en todas las iglesias. Hasta las galletas y los caramelos se hacen en forma de calavera, ahora que se acerca el día de Muertos.

Ese fue el día en que murió mamá, en California. Mi hermana Sally estaba aquí, en Ciudad de México, donde vive. Ella y sus hijos le hicieron una ofrenda a nuestra madre.

Es muy divertido preparar ofrendas. Obsequios para los muertos. Hay que procurar que queden bien bonitas. Con brillantes cascadas de caléndulas, flores de terciopelo escarlatas (esas rizadas que parecen un cerebro) y minúsculas sempiternas moradas. La idea aquí es que la muerte sea hermosa y festiva. Cristos sangrantes y seductores, la elegancia, la sublime belleza siniestra de las corridas de toros, sepulcros con minuciosos grabados, lápidas para las tumbas.

En las ofrendas hay que poner todo cuanto el difunto podría desear. Tabaco, retratos de su familia, mangos, boletos de lotería, tequila, postales de Roma. Espadas y velas y café. Calaveras con los nombres de los amigos. Esqueletos de caramelo, para endulzar el paladar.

En la ofrenda a nuestra madre, los hijos de mi hermana pusieron decenas de encapuchados del Ku Klux Klan. Ella los repudiaba por ser hijos de un mexicano. También pusieron chocolatinas Hershey, Jack Daniel’s, novelas de misterio y muchos, muchos billetes de dólar. Somníferos, pistolas y cuchillos, porque ella siempre se estaba matando. Ninguna soga… Solía decir que eso era mucho lío.

Ahora estoy en México. Este año preparamos una ofrenda preciosa para mi hermana Sally, que se está muriendo de cáncer.

Conseguimos montones de flores, naranjas, escarlatas, moradas. Muchísimas velas blancas. Estatuas de santos y ángeles. Guitarritas en miniatura y pisapapeles de París. Cancún y Portugal. Chile. Todos los sitios donde ha estado. Decenas y decenas de calaveras con los nombres y los retratos de sus hijos, de todos los que la hemos querido… Una fotografía de papá en Idaho, sosteniéndola en brazos de bebé. Poemas de los niños que fueron alumnos suyos.

 

Mamá, tú no estabas en la ofrenda. No te omitimos a propósito. De hecho, incluso hemos hablado de ti con cariño estos últimos meses.

 

Durante años, siempre que Sally y yo estábamos juntas despotricábamos obsesivamente por lo cruel y loca que eras. En cambio, ahora… Bueno, supongo que cuando uno se está muriendo en cierto modo es natural rescatar lo que importa de verdad, los momentos hermosos. Hemos recordado tus bromas y tu forma de mirar, sin que nunca se te escapara nada. Eso nos lo diste. La mirada.

No el don de escuchar, en cambio. Nos concedías cinco minutos, quizá, para explicarte algo, y luego decías: “Basta”. Me cuesta entender por qué nuestra madre odiaba tanto a los mexicanos. Quiero decir más allá del prejuicio heredado de todos sus parientes texanos. Sucios, mentirosos, ladrones. A ella le repugnaban los olores, de cualquier clase, y los olores de México le parecían aún peores que el humo de los coches. Cebollas y claveles. Cilantro, pis, canela, goma quemada, ron y nardos. Los hombres huelen en México. El país entero huele a sexo y jabón. Eso es lo que a ti te aterraba, mamá, igual que al viejo D. H. Lawrence. Aquí es fácil que el sexo y la muerte acaben confundiéndose, nunca dejan de latir. Un paseo de un par de manzanas es sensualidad pura, está cargado de peligro.

A pesar de que hoy en día se supone que nadie debería salir a la calle siquiera, por el nivel de contaminación…

Mi marido y mis hijos y yo vivimos muchos años en México. Fuimos muy felices durante esos años, aunque nosotros siempre vivimos en pueblos, junto al mar o en las montañas. Había una paz afectuosa, un candor indolente allí. O entonces, pues han pasado muchos años.

Ciudad de México hoy en día… Fatalista, suicida, corrupta. Una ciénaga pestilente. Ah, pero tiene su encanto. Hay destellos de tal belleza, ternura y color que te dejan sin aliento.

Volví unos días a casa hace un par de semanas, para Acción de Gracias. De nuevo en los Estados Unidos de América, donde hay honor e integridad y sabe Dios cuántas otras virtudes. Acabé confundida. El presidente Bush, y Clarence Thomas, y los movimientos contra el aborto, y el sida, y Duke y el crack y la gente sin techo. Y por todas partes, en la MTV, en los dibujos animados, los anuncios, las revistas: solo guerra, sexismo y violencia. En México por lo menos se te cae un bidón de cemento de un andamio en la cabeza, no hay Uzis ni nada personal.

A lo que me refiero es que ahora estoy aquí por un tiempo indefinido, pero ¿luego qué, adónde iré?

Mamá, tú veías la fealdad y el mal en todas partes, en todo el mundo, en todos los lugares. ¿Estabas loca o eras una visionaria? Qué más da: no soporto la idea de acabar como tú. Me da mucho miedo, estoy perdiendo el sentido de lo que es… precioso, verdadero.

Ahora me siento igual que tú, crítica, desagradable. Qué vertedero. Odiabas los lugares con la misma pasión que odiabas a las personas… Todos los asentamientos mineros donde vivimos, Estados Unidos, El Paso, tu casa, Chile, Perú.

Mullan, Idaho, en la sierra de Coeur d’Alene. Odiabas aquel pueblo minero más que ningún otro, porque era un pueblecito de verdad. “El cliché de un pueblecito”. Una escuela de una sola aula, una cantina con un surtidor de gaseosa, una estafeta de correos, una cárcel. Un burdel, una iglesia. Una pequeña biblioteca con préstamo de libros en el almacén de abastos. Zane Grey y Agatha Christie. Había un salón municipal, donde se hicieron las reuniones sobre los apagones y los ataques aéreos.

Te pasaste todo el camino de vuelta a casa echando pestes de los finlandeses ignorantes y ordinarios. Paramos a comprar el Saturday Evening Post y una tableta grande de chocolate Hershey antes de subir la montaña hasta la mina, con papá llevándonos de la mano. A oscuras, porque la guerra acababa de empezar y la gente del pueblo cubría las ventanas, pero las estrellas y la nieve eran tan brillantes que el camino se veía perfectamente… En casa, papá te leía hasta que te quedabas dormida. Si una historia te gustaba de verdad, llorabas; no de tristeza, solo porque te parecía demasiado bonita, en contraste con lo escabroso que era todo lo demás en este mundo.

Los lunes, mientras jugabas al bridge, mi amigo Kentshereve y yo excavábamos al pie del lilo. Las otras tres mujeres venían en bata de andar por casa, a veces incluso con los calcetines y las pantuflas. Hacía frío en Idaho. A menudo llevaban bigudíes en el pelo y un turbante, arreglándose para… ¿qué? Eso todavía es una costumbre en Estados Unidos. Por todas partes se ven mujeres con la cabeza llena de rulos rosas. Es una especie de declaración filosófica o un postulado de la moda. Quizá venga algo mejor, más adelante.

Siempre te vestías con esmero. Liguero. Medias con costura. Una combinación de raso salmón que dejabas asomar un poco a propósito, solo para que aquellos campesinos supieran que la llevabas. Un vestido de gasa con hombreras, un broche con brillantes diminutos. Y tu abrigo. Aunque solo tenía cinco años, ya me daba cuenta de que era un abrigo viejo y raído. Granate, los bolsillos manchados y percudidos, los puños deshilachados. Era un regalo de bodas que te había hecho tu hermano Tyler, hacía diez años. Tenía un cuello de pieles. Ah, las pobres pieles apelmazadas, en otros tiempos plateadas, amarilleaban ahora como las patas traseras meadas de los osos polares en el zoo. Kentshereve me contó que todo el mundo en Mullan se reía de tu ropa.

—Bueno, ella se ríe de la suya aún más, que les zurzan. Subías tambaleándote por la ladera con unos tacones altos baratos, el cuello de pieles levantado, envolviendo tu melena ondulada con tenacillas. Una mano enguantada se agarraba a la baranda del sendero de madera desvencijado que seguía hasta más allá de la mina y el aserradero. Al entrar en la sala de estar encendías la estufa de leña, te quitabas los zapatos y los dejabas tirados por ahí.

Te sentabas a oscuras, fumando, llorando de soledad y aburrimiento. Mi mamá, madame Bovary. Leías obras de teatro. Habrías querido ser actriz. Noel Coward. Luz de gas. Aprendías de memoria cualquier cosa en la que actuaran los Lunt, y recitabas los papeles en voz alta mientras lavabas los platos. “¡Oh! Pensé que me estabas siguiendo, Conrad… No. Oh, pensé que me estabas siguiendo, Conrad…”.

Cuando papá llegaba a casa, sucio, con sus pesadas botas de minero, un casco con una lámpara, se iba a duchar mientras tú preparabas cócteles en una mesita, con una cubitera y un sifón. (Aquella botella de sifón dio muchos quebraderos de cabeza. Papá tenía que acordarse de comprar los cartuchos las raras veces que viajaba a Spokane. Y a la mayoría de las visitas no les gustaba. “No, déjate de esa agua ruidosa. A mí ponme agua de verdad”.) Pero era lo que usaban en el teatro, y en las películas de detectives de Nick y Nora Charles.

En Alma en suplicio Joan Crawford tenía una hija, Sherry, y mientras el villano se ponía soda en la copa, le preguntaba a Joan Crawford qué quería. “Sherry. Me la llevo a casa”.

—¡Qué buena idea! —me dijiste cuando salimos del cine—. Creo que te cambiaré el nombre por Sherry, me dará juego.

—¿Y qué tal Cerveza Fría? —le pregunté. Fue mi primera ocurrencia ingeniosa. O por lo menos la primera vez que te hice reír.

La otra vez fue cuando Earl, el chico de los recados, trajo una caja con el pedido de la tienda de ultramarinos. Te ayudé a colocar la compra. Nuestra casa de hecho era una barraca recubierta con tela asfáltica, tal como tú decías, y el suelo de la cocina hacía pendiente y se inclinaba en ondas irregulares de linóleo podrido y tablones alabeados hasta la pared del fondo. Quise agarrar a la vez tres latas de sopa de tomate para guardarlas, pero se me cayeron. Rodaron por el suelo y se estrellaron contra la pared. Te miré, pensando que ibas a gritar, o a pegarme, pero te estabas riendo. Sacaste algunas latas más del armario y las echaste a rodar también.

—¡Va, hagamos una carrera! —dijiste—. ¡Mi maíz en lata contra tus guisantes!

Estábamos a gatas, riéndonos, soltando latas en el suelo inclinado de la cocina y jugando a que chocaran unas con otras cuando llegó papá.

—¡Basta, ahora mismo! ¡Guardad todas esas latas!

Había muchas. (Hacías acopio de provisiones, por la guerra, y papá decía que eso no estaba bien.) Tardamos un buen rato en volver a colocarlas en el armario, ahogando la risa, en susurros, y cantando “Praise the Lord and Pass the Ammunition” mientras me ibas pasando las latas del suelo. Fue el mejor momento que viví contigo. Acabábamos de recogerlas cuando papá se asomó a la puerta y dijo: “Vete a tu cuarto”. Obedecí… ¡pero se refería también a ti! No tardé mucho en comprender que cuando te mandaba a tu cuarto era porque habías estado bebiendo.

A partir de entonces te recuerdo prácticamente siempre en tu cuarto. Deerlodge, Montana; Marion, Kentucky; Patagonia, Arizona; Santiago, Chile; Lima, Perú.

 

Ahora Sally y yo estamos en su cuarto, en México; prácticamente no nos hemos movido de aquí estos últimos cinco meses. Salimos, cada tanto, al hospital para que se haga radiografías y análisis, para que le aspiren el líquido de los pulmones. Un par de veces hemos ido al Café París a tomar café, y una vez a casa de su amiga Elizabeth a desayunar. Pero se cansa mucho. Ahora incluso le hacen los tratamientos de quimio en su habitación.

Hablamos y leemos, yo le leo en voz alta, viene gente de visita. Por las tardes da un poco el sol en las plantas. Media hora, más o menos. Ella dice que en febrero hay mucho sol. Ninguna de las ventanas mira al cielo, así que en realidad no da la luz directa, sino que se refleja de la pared de enfrente. Por la noche, cuando oscurece, corro las cortinas.

Sally y sus hijos han vivido aquí veinticinco años. Sally no se parece en nada a nuestra madre: más bien es el polo opuesto, tanto que resulta irritante, porque ve belleza y bondad en todas partes, en todo el mundo. Le encanta su cuarto, todos los recuerdos de las estanterías. Nos sentamos en la sala de estar y dice: “Ese es mi rincón favorito, con el helecho y el espejo”. O en otro momento dirá: “Ese es mi rincón favorito, con la máscara y el cesto de naranjas”.

A mí, ahora, todos los rincones me hacen sentir enjaulada.

Sally adora México, con el fervor de una conversa. Su marido, sus hijos, su casa, todo lo que la rodea es mexicano. Salvo ella. Ella es muy estadounidense, una mujer a la vieja usanza, íntegra. En cierto modo yo soy la más mexicana de las dos, mi naturaleza es oscura. He conocido la muerte, la violencia. Muchos días ni siquiera me doy cuenta del momento en que la luz entra en el cuarto.

Cuando nuestro padre se fue a la guerra, Sally era muy pequeña. Viajamos en tren desde Idaho a Texas, a vivir con nuestros abuelos hasta que volvió papá.

Que mi madre fuese como era en parte se debía a que se había criado entre algodones. Su madre y su padre pertenecían a las mejores familias de Texas. El abuelo era un dentista próspero; vivían en una casa preciosa con criados, una niñera para mamá, que la consintió, igual que a sus tres hermanos mayores. Y de pronto, ¡zas!, la atropelló un cartero de Western Union y pasó casi un año en el hospital. Ese año todo fue de mal en peor. La Gran Depresión, al abuelo le dio por el juego, por la bebida. Cuando mi madre salió del hospital, encontró su mundo completamente cambiado. Una casa destartalada al lado de la fundición, sin coche, sin criados, sin un cuarto propio. Su madre, Mamie, se había puesto a trabajar de enfermera para el abuelo, había renunciado a sus partidas de mahjong y bridge. Todo era lúgubre. Y probablemente aterrador, si el abuelo le hizo lo que nos hacía a Sally y a mí. Ella nunca me contó nada, pero debió de ser así, a juzgar por el odio que le tenía, y porque no soportaba que nadie la tocara, ni siquiera para estrecharle la mano…

El tren se acercaba a El Paso mientras salía el sol. Era increíble ver el espacio, las interminables llanuras, viniendo de los tupidos bosques de abetos. Como si el mundo se abriera de pronto ante mis ojos, como si quitaran una tapa. La inmensidad resplandeciente y el cielo azul, azul. No me cansaba de corretear de una ventanilla a otra en el vagón restaurante, que al fin había abierto, fascinada por esa faz completamente nueva de la tierra.

—Solo es el desierto —dijo ella—. Desierto. Vacío. Árido. Y pronto llegaremos a ese lugar de mala muerte que antes llamaba hogar.

Sally quería que la ayudara a poner en orden su casa de la calle Amores. Clasificar fotografías, ropa y papeles, arreglar las barras de las cortinas de la ducha, los vidrios de las ventanas. Salvo en la entrada, ninguna de las puertas tenía picaporte; habías de usar un destornillador para acceder a los armarios, y atrancar con un cesto la puerta del baño. Llamé a unos peones para que vinieran a poner los picaportes. Vinieron, y habría estado bien si no hubiera sido un domingo por la tarde, mientras cenábamos en familia, y quedándose hasta las diez de la noche. Resulta que pusieron los picaportes, pero no apretaron los tornillos, así que nos quedábamos con el pomo en la mano, y entonces ni siquiera podíamos abrir ninguna puerta o armario. Y para colmo muchos de los tornillos se caían al suelo y se perdían. A la mañana siguiente llamé a los hombres, que no volvieron hasta el cabo de varios días, justo cuando mi hermana se acababa de dormir después de una mala noche. Los tres hacían tanto ruido que les dije: déjenlo, mi hermana está enferma, grave, y hacen demasiado escándalo. Vengan en otro momento. Regresé con ella al cuarto, pero luego empecé a oír bufidos y jadeos y golpes ahogados. Estaban sacando todas las puertas de los goznes para poder llevarlas a la azotea y arreglarlas sin hacer ruido.

¿Será que estoy enfadada porque Sally se está muriendo, y por eso me enfado con todo un país? Ahora se ha roto el váter. Han de levantar todo el suelo.

Echo de menos la luna. Echo de menos la soledad.

En México siempre hay alguien contigo. Si te vas a tu cuarto a leer, alguien se dará cuenta de que estás sola e irá a hacerte compañía. Sally nunca está sola. Por la noche me quedo con ella hasta cerciorarme de que se ha dormido.

No hay ninguna guía para la muerte. Nadie para decirte qué hacer, qué es lo que te espera.

Cuando éramos pequeñas, nuestra abuela Mamie se ocupó de cuidar a Sally. Mamá se pasaba las noches comiendo, bebiendo y leyendo novelas de misterio en su habitación. El abuelo comía, bebía y escuchaba la radio en su cuarto. En realidad mamá salía casi todas las noches, con Alice Pomeroy y las chicas de los Parker, a jugar al bridge o por Juárez. De día iba al hospital Beaumont, donde era voluntaria de la Cruz Roja, y leía para los soldados ciegos o jugaba al bridge con los lisiados.

Sentía fascinación por la atrocidad, igual que el abuelo, y cuando volvía del hospital llamaba a Alice y le hablaba con todo detalle de las heridas de los soldados, sus historias de guerra; le contaba que las esposas los dejaban al saber que habían perdido las manos o los pies.

A veces ella y Alice iban a un baile de las Organizaciones de Servicios Unidas, a buscarle marido a Alice. Alice nunca encontró marido, trabajó en La Popular deshaciendo costuras hasta que murió.

Byron Merkel también trabajaba en La Popular, en la sección de lámparas. Era supervisor. Seguía locamente enamorado de mamá, después de tantos años. Habían hecho teatro juntos en el instituto, y siempre interpretaban a la pareja protagonista. Mamá era muy bajita, pero en las escenas de amor se tenían que sentar, porque él no llegaba al metro sesenta. De no ser por eso probablemente se habría convertido en un actor famoso.

La invitaba al teatro. Canción de cuna. El zoo de cristal. A veces venía por la noche y se sentaban en el balancín del porche. Leían las obras en las que habían actuado de jóvenes. Yo siempre me quedaba debajo del porche, en un nidito que había hecho con una manta vieja y una lata de galletas saladas. La importancia de llamarse ErnestoLas vírgenes de Wimpole Street.

Era abstemio, y yo pensaba que eso quería decir que solo bebía té, pues era lo único que tomaba mientras ella bebía manhattans. En eso estaban cuando oí que Byron le confesaba que seguía locamente enamorado de ella después de tantos años. Dijo que sabía que no podía hacerle sombra a Ted (papá), otra expresión rara. Siempre repetía “Arrieros Somos”, y yo tampoco lo entendía. Una vez, cuando mamá estaba despotricando de los mexicanos, él dijo: “Bueno, les das un dedo y te agarran el dedo”. El problema era que decía esas cosas con una profunda voz de tenor, y cada palabra parecía cargada de significado, y resonaba en mi mente. Abstemio, abstemio…

Una noche, después de que se marchara Byron, mi madre entró al cuarto donde dormíamos las dos. Siguió bebiendo y llorando y garabateando, literalmente garabateando, en su diario.

—Eh, ¿estás bien? —le pregunté al fin, y me dio una bofetada.

—¡Te dije que «eh» no es manera de dirigirse a nadie! —luego se disculpó por haberse enfadado conmigo—. Es que odio vivir en Upson Street. Tu padre solo me escribe explicando cosas de su buque, y diciendo que no lo llame «barco». ¡Y el único romance de mi vida es un vendedor de lámparas enano!

Ahora suena gracioso, pero entonces no lo era, porque ella lloraba, lloraba como si se le fuera a partir el corazón. Le puse una mano en el hombro y se encogió sobresaltada. No soportaba que la tocaran. Así que me quedé mirándola a la luz de la farola que se filtraba por la persiana. Simplemente la miré mientras lloraba. Estaba completamente sola, igual que mi hermana Sally cuando llora así.

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Lucia Berlin, las mil vidas de una escritora sin tinta para la ...

Psiquiátricos de asistencia

Los internos de psiquiatría se dirigen en ropa interior hacia las regaderas, bajo la mirada de la abrigada auxiliar. Es fría la mañana, los dientes entrechocan, y mientras esperan a ser secados por la asistente, que platica animadamente con la enfermera, tomaran del cesto una raída bata, y regresaran a sus camas sobreviviendo a la institución, sus demonios y al médico de base que pasará visita y escribirá en el expediente «mismas indicaciones»

INFORME DE SUPERVISIÓN A 39 HOSPITALES PSIQUIÁTRICOS FEDERALES Y ...

Evolución

El empezó dándole las buenas noches; meses después le daba los buenos días, llevando café humeante y aromático a la cama.

sunday sunday. | Cafe de flore

 

 

Bienvenida a casa de Lucía Berlin

 

Lusía ha llegado a la popularidad cuando ya no puede verlo: murió en Los Ángeles en 2004, después de superar un cáncer, por las complicaciones de la escoliosis que padeció desde niña. Sin embargo, y aunque tuvo un eco minoritario, sí fue una escritora querida y admirada en vida. En total escribió, consigna Stephen Emerson, setenta y siete cuentos, la mayoría de ellos repartidos en media docena de títulos que se publicaron entre 1980 y 1999. Así que otra manera de verlo es que la popularidad llegó tarde a Lucia Berlin: su talento existió siempre y algunos tuvieron la suerte de disfrutarlo cuando aún podían decírselo.

Lucia Berlin estaba tan cerca que solo existía entre nosotras una amiga de separación: la bailarina y coreógrafa mexicana Andrea Chirinos era una de sus sobrinas. Las hermanas Chirinos Brown, hijas de Molly Brown, hermana de quien fue Lucia Brown antes de casarse —lo hizo tres veces y, aunque se separó, conservó siempre el apellido de su último marido, el músico Buddy Berlin.

Aunque Andrea insiste en que su tía cambiaba las situaciones reales, que lo que contaba no pasó exactamente así, que los personajes no son las personas que los inspiraron, es la propia Lucia Berlin quien reconocía nutrirse de los hechos que le acontecieron. «Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento», dice la voz narradora de «Silencio».

Como profesora de literatura en la Universidad de Colorado, Berlin insistía a sus estudiantes en la «verdad» que había de latir en toda escritura. En una entrevista realizada en 1996 por dos alumnos, Kellie Paluck y Adrian Zupp, publicada por primera vez el pasado septiembre en la página Literary Hub, declaraba: «Solo escribo lo que me parece que parece verdad. Emocionalmente verdad. Cuando hay verdad emocional, a continuación sigue el ritmo, y creo que la belleza de la imagen, porque ves con claridad. Por la sencillez de lo que ves».

Sirvan sus palabras para acreditar que la vida de Lucia Berlin puede rastrearse a través de sus cuentos, que la crítica ha comparado con Raymond Carver o James Salter, quienes por cierto la conocieron y leyeron.

No fue una vida ordinaria. Nacida en 1936 en Alaska, por el trabajo de su padre, ingeniero de minas, vivió en sitios tan dispares como Idaho, Kentucky, Montana o Santiago de Chile, donde aprendió español. Su cuna sin penurias económicas y sus estudios en la Universidad de Nuevo México —le dio clase Ramón J. Sender— no impidieron su posterior trayectoria bohemia: tres matrimonios y posteriores divorcios con hombres problemáticos y drogadictos, cuatro hijos —Mark y Jeff de su primer marido, David y Daniel del tercero, amigo del segundo, dicho sea de paso—, múltiples y variopintos empleos para mantenerlos, alcoholismo arrastrado durante años y finalmente superado.

Dentro de su obra, México alberga un lugar especial. Desde la frontera en El Paso, donde vivió de niña con su familia materna, texanos racistas, hasta los meses que pasó junto al lecho de muerte de su hermana Molly, pasando por la temporada que vivió en Puerto Vallarta con Buddy Berlin o la aventura que tuvo con un buceador de Zihuatanejo, sus pasos en este país se pueden seguir en «Toda luna, todo año», «Penas», «Triste idiota», «Panteón de Dolores», «Mamá» o «Espera un momento».

Lucia Berlin en Oaxaca, México, 1964. Foto: Literary Estate of Lucia Berlin (DP).

Andrea Chirinos está aquí para confirmarlo. Desgrana anécdotas de su tía adorada de la época en que vivió con ella en San Francisco, adonde fue a estudiar danza con dieciocho años, y de la que pasó Lucia en la Ciudad de México, con Molly ya muy enferma, entre 1991 y 1992. El mínimo cuartito que le construyeron con pared de cartón yeso junto a la cama de Molly —«I’m going to my little nest», decía cada noche antes de dormir—, que pronto decoró con pósteres de escritores admirados —Samuel Beckett, por genio; Carlos Fuentes, por guapo—. Las hermanas Brown se reencontraron después de haber llevado siempre una relación distante. A Molly la desheredaron sus padres por haberse casado con un mexicano. Entonces no sabían que ese mexicano llegaría a ser gobernador de Veracruz ni que les acabaría mandando dinero, pero de cualquier manera, la madre, Mary Magruder, nunca la perdonó.

Andrea enseña, para fetichismo de la lectora que se lo pide, algunas fotos de ese tiempo, cuando Lucia tenía cincuenta y cinco o cincuenta y seis años. La escritora en la Plaza México, en los toros, adonde le gustaba ir con su sobrina Mónica, hermana de Andrea. Lucia sentada en un sofá junto a Andrea adolescente, que lleva media cabeza rapada y fuma insolente con una pierna sobre un amigo de su madre. Lucia en Cuernavaca, con una chaqueta color buganvilia —«le gustaba vestir de ese color, era muy suyo»—, radiante, con un ramo de rosas en la mano. La mirada azul, la sonrisa abierta, su rostro conservando la belleza que la caracterizó de joven. Hay dos instantáneas muy simpáticas de Lucia y Molly disfrazadas de punks, como vestían las jóvenes de la casa. Molly, sin pelo por el tratamiento de quimio, lleva una peluca como de mohicano y está dentro de una bañera vacía, mientras sostiene una litrona y un cigarro; Lucia es clavada a Robert Smith.

«Cuando lo paso mal, la tomo de parámetro», dice su sobrina. La recuerda siempre «muy segura y muy feliz», a pesar de todo por lo que pasó, de las enfermedades, del dolor, de la vejez. «Tenía mucho sentido del humor», dice Andrea; «y se tomaba muy bien, por ejemplo, envejecer. Decía resignada I’m not the cute one anymore mirándose al espejo». Lucia corría a arreglarse cuando llegaban a casa los amigos de las sobrinas. Frecuentaba esas reuniones un joven estudiante de letras inglesas, Carlos Cuarón, entonces novio de Andrea, hoy autor de un buen puñado de éxitos cinematográficos, entre ellos Sólo con tu pareja (1991), Y tu mamá también (2001) o Rudo y cursi (2008).

Carlos cuenta que hicieron clic de inmediato. Tiempo después, él y su hermano Alfonso hicieron un road trip a Estados Unidos y recalaron unos días en casa de Lucia, en San Francisco. «Yo tendría veintiún o veintidós años, y Alfonso cinco años más», rememora. «Si ya antes había habido una conexión, a partir de ahí fue más grande todavía». Lucia les dejó su dormitorio a los hermanos y estos descubrieron avergonzados a la mañana siguiente que ella, con la escoliosis que ya le deformaba la espalda llamativamente, había dormido en el suelo del comedor. «Habla de la persona que era, supergenerosa». Curiosamente, uno de los hijos de Lucía, David, trabajó después con Alfonso Cuarón y Luis Estrada en sendos guiones de Alfonso Cuarón y de Luis Estrada que nunca llegaron a llevarse a cabo.

Berlin y Carlos Cuarón mantuvieron durante muchos años una nutrida relación epistolar, en la que Lucia fue una maestra. Algo de ese talante didáctico está en «Punto de vista» o «Querida Conchi». Lucia le descubrió a Carlos, en fin, los cuentos de Carver y, sobre todo, los de Chéjov, ángeles tutelares bajo los cuales ella se enmarca. «Lucia es una especie de Carver femenina», concede Cuarón, «pero con dos grandes diferencias. Una es cultural: Carver es muy gringo y Lucia, irónicamente, muy cosmopolita, por la vida que le tocó vivir. Y otra gran diferencia es que Carver no tiene la compasión que sí tiene Lucia». A pesar de la dureza de su itinerario vital, de todos esos trabajos extravagantes que tuvo que desempeñar para sacar adelante a su prole, no albergaba resentimiento hacia la vida. Al contrario, dice Carlos, abundando en lo que dice Andrea: «Le gustaba ser feliz».

Durante aquel viaje de juventud entraron un día en una librería de segunda mano y, cuál no fue su sorpresa, se encontraron el primer libro de Lucia, Angel’s Laundromat, por tres dólares. Estaba feliz porque pudo regalárselo a Carlos, pero desconcertada por encontrarse a sí misma hecha un saldo. «¡Qué vergüenza!», escribió en español, señalando el precio. ¿Le preocupaba a Lucia la fama? «Ella me decía mucho que el escritor escribe y del escritr no depende el éxito», dice Cuarón. «Y me ponía de ejemplo sus libros».

«Cuando escribes quieres que alguien lo lea, claro que sí», había declarado Berlin en la entrevista con Paluck y Zupp. «Es como contar un chiste: quieres que alguien se ría». ¿Le importa que su obra se lea en las décadas por venir?, le preguntaron sus estudiantes. «Sí. Por alguna razón parezco muy modesta, porque no me importa el dinero o la fama o las reseñas del New York Times ni nada de eso. Pero me encanta la idea de que me lean dentro de mucho tiempo», contestó Lucia. «Me encanta la idea de que una niñita entre en una librería un día y descubra uno de mis libros. Así que en algún sentido, soy realmente ambiciosa».

ANIMAL MÁS INTELIGENTE DEL MUNDO: laureles no justificados de seres humanos

Algunas personas se niegan a creer que haya un virus

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Hoy hablare de manera muy cruda. sin disculparme, pero advertiendo con la debida anicipación 🙂

el potencial cognitivo de un ser humano se ilustra con ejemplos de Niels Bohr, Gabriel Garcia Marquez, Max Planck, Nikolai Vavilov, Sebastian Bach. Es por estas personas hablamos de la inteligencia excepcional de los seres humanos al comparar con los animales. Pero si un humano se estancó y no llegó a desarrollar sus funciones cognitivas superiores, no puede, por ejemplo, esperar que su opinión se considere al discutir cosas realmente intelectuales. De la misma manera que no podemos esperar que corra alguien sin piernas o cante un sordomudo. Por general, nuestro desarrollo no está en nuestros manos, de ello se encarga el entorno. Peor aún, las carencias del desarrollo no pueden ser notadas por el afectado. La gente con el pensamiento concreto viven en un mundo concreto y en su panorama de vida no existen…

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Un puente nuevo — El Blog de Arena

Es común que, en estos días, uno se despida de amigos o familiares con un simple «Te cuidas…». Quienes son un poco más vergonzosos o están menos habituados a expresar sus sentimientos sólo le agregan un simple llamado antes, haciendo así que las palabras salgan un poco más fluidas; entonces la despedida queda en un […]

a través de Un puente nuevo — El Blog de Arena

Aquí estoy de Olga Tokarczuk

Tengo pocos años. Estoy sentada en el alféizar, a mi alrededor hay juguetes esparcidos por el suelo, torres de cubos derrumbadas, muñecas de ojos saltones. La casa está a oscuras, en las estancias el aire, poco a poco, se enfría, se debilita. No hay nadie; se han marchado, han desaparecido, cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, su arrastrar de pies, el eco de sus pasos y alguna risa lejana. Al otro lado de la ventana el patio aparece desierto. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. Se posa sobre todas las cosas como un negro rocío.

O más molesto es la quietud: espesa, visible; el frío crepúsculo y la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio que se sumerge en la penumbra apenas a un metro de su fuente.

No ocurre nada, el avance de la oscuridad se detiene ante la puerta de casa, el vocerío del eclipse se desvanece. Se forma una espesa tela, como la de la leche al enfriarse. Los contornos de las casas, con el cielo como telón de fondo, se alargan hasta el infinito, perdiendo sus ángulos agudos, bordes y aristas. La luz que se apaga se lleva el aire: no hay nada que respirar. La oscuridad penetra en la piel. Los sonidos se han enroscado y han echado para atrás sus ojos de caracol; la orquesta del mundo se ha ido alejando hasta desaparecer en el parque.

Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20191011/47895229833/nobel-olga-tokarczuk-adelanto-los-errantes-avance-editorial-2019-literatura.html

Se publica "Los errantes" de Olga Tokarczuk, la rec... | Página12

Olga Nawoja Tokarczuk es una escritora y ensayista polaca, autora de adaptaciones escénicas, poeta y psicóloga. Ganadora del Premio Literario Nike de literatura polaca y del Premio Nobel de Literatura de 2018 anunciado el 10 de octubre de 2019.​ Wikipedia
Fecha de nacimiento29 de enero de 1962 (edad 58 años), Sulechów, Polonia
Nombre en polacoOlga Nawoja Tokarczuk

 

 

Aprendiendo minificción,3, con Ana María Shua por Rosa Navarro

La ironía nos lleva a elegir un camino, a decidirnos por un sentido y excluir el otro, estableciendo así un juego entre el autor y el lector. Algo parecido ocurre con el doble sentido: las microficciones.

parecen estar hablando de una cosa cuando en realidad vemos que se trata de otra muy distinta. Ironía y parodia parten de los sistemas que intentan subvertir, dan la vuelta a las convenciones e intentan demostrar que no hay verdades absolutas. La parodia funciona sobre todo cuando se realiza sobre textos muy conocidos, porque el efecto es mucho mayor. En la microficción la ironía se identifica con el juego, con el aspecto lúdico. Ya lo señaló Dolores Koch:

[El microrrelato] demuestra ciertos elementos de anarquía intelectual y espiritual. Primeramente, juega irreverentemente con las tradiciones establecidas por la preceptiva al escaparse de las clasificaciones genéricas, y se complace en romper las barreras entre cuento, ensayo y poema en prosa. Juega con la literatura misma en sus alusiones y reversiones. Juega con actitudes aceptadas mecánicamente ofreciendo o redescubriendo perspectivas. Juega con el concepto de la realidad, la desproporción y la paradoja. Su autor se vale de variados recursos narrativos, y sorprende al lector con un despliegue de ideas, de palabras, o un punto de vista insospechado.4

Así pues, el juego lingüístico es fundamental. No olvidemos que el microrrelato tiene sus raíces en el Modernismo, época en la que la literatura y el lenguaje han explorado al máximo sus posibilidades. Dolores Koch también habla del juego semántico: el lenguaje cotidiano está poblado de estereotipos que los juegos lingüísticos ponen de manifiesto. Así, el procedimiento de tomar al pie de la letra una frase hecha puede conseguir dar otro significado al texto o mostrarnos las distintas connotaciones que pueden tener las palabras. Es el caso del siguiente texto:

Más vale pájaro en mano porque así queda la mano contenida, controlada por esa forma tibia que la forma a su vez, que la mantiene ocupada, unida a su correspondiente brazo, que le impide agitar los dedos como alas para reunirse con las demás, con sus compañeras manos en el aire, esas otras noventa y nueve que solo esperan a ella para llegar a cien volando (Shua, 2007: 209).

Desde nuestro punto de vista, una de las características más relevantes de la microficción es la intertextualidad. En este trabajo seguimos la propuesta de José Enrique Martínez Fernández, que

Castilla. Estudios de Literatura, 4 (2013): 249-269
señala dos tipos de intertextualidad.5 Y si hablamos de intertextualidad, no podemos dejar de lado las cuestiones relacionadas con la recepción. La microficción no es solo una nueva forma de escribir: es también una nueva forma de leer. Se requiere poco tiempo para leer un microrrelato, pero después se necesita un momento para reflexionar y, muchas veces, es indispensable una segunda –e incluso tercera– lectura. Según Violeta Rojo, una seña inequívoca de que estamos ante un texto de minificción es la necesidad de una relectura. El lector debe colaborar, poner algo de su parte y, en muchas ocasiones, completar la historia. Como hemos señalado antes, en el microrrelato es tan importante lo que se dice como lo que se omite, y muchas veces su significado radica precisamente en lo que no se cuenta, en la elipsis. Descifrarlo es tarea del lector, un lector competente que desentrañe y reduzca la posibilidad de significados. El emisor o autor de la microficción se vale de una serie de códigos que actúan en el receptor activando su biblioteca y haciéndole buscar en su conocimiento la interpretación más adecuada. En el caso concreto del microrrelato, si lo consideramos una fábula abierta (Eco, 1979), el receptor tiene la tarea de concluir el cuento, pues los componentes de la acción no se desarrollan por completo. La brevedad del género no permite descripciones morosas ni retratos detallados de personajes, sino que fragmenta la realidad y necesariamente se llena de elipsis y vacíos que el lector debe completar. Entran aquí en juego los mecanismos intertextuales, y el emisor recurre a personajes conocidos, míticos o tipo que le ahorran la demora en descripciones. Raúl Brasca señala que “[…] la brevedad del microrrelato supone una historia mayor lo bastante difundida como para que no haya necesidad de contarla”.6 La brevedad del microrrelato lo convierte en un texto abierto, cosa que no ocurre en otros textos breves como la fábula o el chiste, donde el enunciado está completamente cerrado.

 

Ana María Shua: Argentine writer - Biography and Life

INYECTABLE — manologo

“Es la hora de su inyección” le oyó decir a la enfermera y puso cara de resignación porque sabía que cada día, desde que se acordaba, sucedía lo mismo y venían a ponerle la inyección consabida. Era un pinchazo en la nalga, que ya parecería un alfiletero, pero por lo menos las turnaba y por […]

a través de INYECTABLE — manologo

Cuento contigo, lector (Henri Michaux)

«No me dejéis por muerto, porque los periódicos hayan anunciado que ya no estoy aquí. Me haré más humilde de lo que soy ahora. ¡Qué remedio! Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo lectora. No me dejes solo entre los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas. Escogedme de entre ellos, a causa de mi gran ansiedad y mi gran deseo. Háblame entonces, te lo ruego, cuento con ello.»

 

Bio

Henri o Henry Michaux; Namur, 1899 – París, 1984) Escritor francés de origen belga, una de las personalidades más relevantes de la literatura moderna. En 1922, bajo la influencia de la literatura de Lautréamont, empezó a escribir y a publicar en Bélgica. En 1924 se estableció en París y, en pleno clima surrealista, se sintió más atraído por la pintura (Max ErnstSalvador DalíGiorgio de Chirico, y luego Paul Klee) que por la literatura; sus obras de este período, sin embargo, todavía discurren paralelamente a las experiencias de André Breton; incluso, según algunos, el verdadero surrealista era Michaux. Más tarde, se acercó cada vez más a RimbaudKafka y a los existencialistas.

Le clown _ Bernard Buffet

Henrri Michaux

De la puntuación

Pensamos equivocadamente que para puntuar bien solamente hay que saber qué signo debe ir en cada posición. Pero las personas que saben puntuar escriben de un modo diferente de las que no saben hacerlo. Quien entiende la coma, el punto y coma, el punto —y también los dos puntos, el guión y la interrogación— produce estructuras sintácticas distintas de quien no los entiende. EDWARD P. BAILEY, Jr.

Algunas veces nos dicen » Lee en voz alta y cuando te pida pausa, luego entonces allí va la coma»

Pero la mayor parte de los textos, no se hacen para ser leídos en voz alta. La mayor parte de las composiciones lo leemos en silencio.

Asi que deseche el consejo de puntuar según se lo pida la lectura en voz alta.

No hay otro aspecto del texto tan desgraciado como la puntuación, quizás con la excepción del párrafo. Pocos hemos tenido la suerte de que se nos enseñara a puntuar en la escuela, y si se ha hecho, a menudo ha provocado confusiones perniciosas, como la de relacionar en exceso la puntuación con la entonación. Muchos libros de lengua y bastantes gramáticas la negligen. No la gobiernan reglas generales ni absolutas que puedan ser memorizadas, como por ejemplo las normas de acentuación. Y para mayor sorna, la mayoría fruncimos el 95 de 144
ceño cuando se nos corrige alguna coma, y reivindicamos el derecho a puntuar con libertad.

Cassani