Aprendiendo minificción,3, con Ana María Shua por Rosa Navarro

La ironía nos lleva a elegir un camino, a decidirnos por un sentido y excluir el otro, estableciendo así un juego entre el autor y el lector. Algo parecido ocurre con el doble sentido: las microficciones.

parecen estar hablando de una cosa cuando en realidad vemos que se trata de otra muy distinta. Ironía y parodia parten de los sistemas que intentan subvertir, dan la vuelta a las convenciones e intentan demostrar que no hay verdades absolutas. La parodia funciona sobre todo cuando se realiza sobre textos muy conocidos, porque el efecto es mucho mayor. En la microficción la ironía se identifica con el juego, con el aspecto lúdico. Ya lo señaló Dolores Koch:

[El microrrelato] demuestra ciertos elementos de anarquía intelectual y espiritual. Primeramente, juega irreverentemente con las tradiciones establecidas por la preceptiva al escaparse de las clasificaciones genéricas, y se complace en romper las barreras entre cuento, ensayo y poema en prosa. Juega con la literatura misma en sus alusiones y reversiones. Juega con actitudes aceptadas mecánicamente ofreciendo o redescubriendo perspectivas. Juega con el concepto de la realidad, la desproporción y la paradoja. Su autor se vale de variados recursos narrativos, y sorprende al lector con un despliegue de ideas, de palabras, o un punto de vista insospechado.4

Así pues, el juego lingüístico es fundamental. No olvidemos que el microrrelato tiene sus raíces en el Modernismo, época en la que la literatura y el lenguaje han explorado al máximo sus posibilidades. Dolores Koch también habla del juego semántico: el lenguaje cotidiano está poblado de estereotipos que los juegos lingüísticos ponen de manifiesto. Así, el procedimiento de tomar al pie de la letra una frase hecha puede conseguir dar otro significado al texto o mostrarnos las distintas connotaciones que pueden tener las palabras. Es el caso del siguiente texto:

Más vale pájaro en mano porque así queda la mano contenida, controlada por esa forma tibia que la forma a su vez, que la mantiene ocupada, unida a su correspondiente brazo, que le impide agitar los dedos como alas para reunirse con las demás, con sus compañeras manos en el aire, esas otras noventa y nueve que solo esperan a ella para llegar a cien volando (Shua, 2007: 209).

Desde nuestro punto de vista, una de las características más relevantes de la microficción es la intertextualidad. En este trabajo seguimos la propuesta de José Enrique Martínez Fernández, que

Castilla. Estudios de Literatura, 4 (2013): 249-269
señala dos tipos de intertextualidad.5 Y si hablamos de intertextualidad, no podemos dejar de lado las cuestiones relacionadas con la recepción. La microficción no es solo una nueva forma de escribir: es también una nueva forma de leer. Se requiere poco tiempo para leer un microrrelato, pero después se necesita un momento para reflexionar y, muchas veces, es indispensable una segunda –e incluso tercera– lectura. Según Violeta Rojo, una seña inequívoca de que estamos ante un texto de minificción es la necesidad de una relectura. El lector debe colaborar, poner algo de su parte y, en muchas ocasiones, completar la historia. Como hemos señalado antes, en el microrrelato es tan importante lo que se dice como lo que se omite, y muchas veces su significado radica precisamente en lo que no se cuenta, en la elipsis. Descifrarlo es tarea del lector, un lector competente que desentrañe y reduzca la posibilidad de significados. El emisor o autor de la microficción se vale de una serie de códigos que actúan en el receptor activando su biblioteca y haciéndole buscar en su conocimiento la interpretación más adecuada. En el caso concreto del microrrelato, si lo consideramos una fábula abierta (Eco, 1979), el receptor tiene la tarea de concluir el cuento, pues los componentes de la acción no se desarrollan por completo. La brevedad del género no permite descripciones morosas ni retratos detallados de personajes, sino que fragmenta la realidad y necesariamente se llena de elipsis y vacíos que el lector debe completar. Entran aquí en juego los mecanismos intertextuales, y el emisor recurre a personajes conocidos, míticos o tipo que le ahorran la demora en descripciones. Raúl Brasca señala que “[…] la brevedad del microrrelato supone una historia mayor lo bastante difundida como para que no haya necesidad de contarla”.6 La brevedad del microrrelato lo convierte en un texto abierto, cosa que no ocurre en otros textos breves como la fábula o el chiste, donde el enunciado está completamente cerrado.

 

Ana María Shua: Argentine writer - Biography and Life

5 Comments

    1. Algunos hacedores de minificiones como Shua recomiendan que no debes de leer más de cinco porque te atragantas, que no se puede leer como narración, cuento o novela. que la novela en el momento en que ya definiste la trama y los personajes, puedes con facilidd, seguir la lectura el dia de mañana o un mes después, cosa que no se puede hacer con la minificción que se encuentra en un espacio, que colinda con el cuento, la prosa poética, el chiste, la fábula Etc. Abrazo mi buen amigo y cuidémnos.

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