EN AQUELLOS TIEMPOS

Los Niños duermen y trabajo sin reposo para evitar que ella maldiga. Cada día que pasa soy más sentimental y los nudos de mi garganta se atascan en el pecho y me sofoco.Desde la ventana de la cocina las observo; están en el jardín, platicarán de los chismes de la tribu. Sigue leyendo «EN AQUELLOS TIEMPOS»

LOS GLOBOS

Cuando hablaba su desatención era insultante; sin embargo, guardaba silencio. Ella platicaba de las cosas diarias de la vida. Yo me distraía con el centelleo de sus ojos, la oscuridad de sus cejas, el tono melodioso de su voz. En los pequeños silencios, buscabaSigue leyendo «LOS GLOBOS»

CORRIENDO EN LA MADRUGADA

El sol está hamacado en las montañas. Sigilosa caminas y reúnes pensamientos. Las margaritas duermen y hay ecos lejanos y gorjeos de pájaros nocturnos; por momentos el tránsito del silencio permite oír tus pasos cuando cruzas la calle adoquinada. Un resplandor lejano complace y las torres de la iglesia se iluminan. Tu mirada se acurruca en ellas y surge el color viejo y lagañoso del ayer. Te estremeces. Caminas al paso para calentar tendones y músculos. Te dices que serán siete kilómetros en esta ciudad que creció en la planicie de las montañas.Sigue leyendo «CORRIENDO EN LA MADRUGADA»

CANÍCULA

Cuando comía la sopa,  — ¿No quieres más?, me decía—. El sol hacía arder la lámina de zinc, y el calor nos deshacía en la casucha. Entonces sacaba la poltrona y la tendía bajo la sombra del mango. Ella traía un banco y, me hacia descansar las piernas sobre el.  Se arrodillaba. Con tijeras y escalpelo recortaba mis uñas de los pies y con la lija de piedra frotaba la planta y el talón. Yo, confiado en su destreza dormía.Sigue leyendo «CANÍCULA»

EL BAILE DEL PAYASO

Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar a los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas. Llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. -Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones-, por lo que murmuraba en totonaco un rezo de perdónSigue leyendo «EL BAILE DEL PAYASO»

EL DIARIO

Aquel sótano de vidrios plomizos olía a vejez. Llegué a él por una venta anual de libros de segunda. Había largas mesas y encima libros y libros. Hasta mis manos llegaron unas hojas sueltas y por reflejo empecé a leer. Hablaba de amor y me interesó, pues atravesaba por una viudez que mitigaba con prolongadas caminatas. Seguí y no pude evitar decírmelo en voz alta:

“Llegué un día de invierno y pasamos tiempos finitos platicandoSigue leyendo «EL DIARIO»

LA DECEPCIÓN

Él tomó su sombrero, te dio un beso en la mejilla y dijo: “Luego vengo” y en un santiamén, llegó la madrugada sin que él diese señas de volver. Antes de que se fuera, lo abrazaste recargando tu perfil en su cuello y tus pechos apretaron contra su espalda. Mientras se bañaba.Sigue leyendo «LA DECEPCIÓN»

LA DECISIÓN

Cuando llegaron al camino rojo, ella se vio como una adolescente acostada entre la alfombra de hojas mirando las nubes en su carrera hacia las montañas. Él en cambio sólo vio un camino de piedras volcánicas acolchado por hojas ocres. Unas ardillas retozonas que iban y venían por los senderos leñosos de aquel bosque de Eucaliptos. Al caminar ella conserva el paso de una mujer consciente de su atractivo. Por lo que pareciera que danza sobre las hojas, él en cambio cada vez que marcha rompe el silencio y deja un barrido de hojas dispersas. Con una voz sonora le dice:— ¿Qué hemos hecho amiga? Cuando despierto preparo dos desayunos, pensando que uno será para ti.Sigue leyendo «LA DECISIÓN»

LA OVEJA NEGRA

Una noche, entre los susurros del acondicionador de aire, le llegó la pretensión. Desde entonces no olvidó el sueño y ahora, justo para cumplir los cuarenta años, él abría las ventanas de su vida. Era bella, de trato claro y amada por todos; su esposo, un varón que se movía en el ambiente social con sensibilidad y cordura. Habían procreado dos hijos que semejaban esplendidez. En su linaje no cabían protuberancias y oquedades. Ella anhelaba lo que en otras cunas sobraba. Deseaba una oveja negra.Sigue leyendo «LA OVEJA NEGRA»

LA MONEDA

No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió con energía. Se trataba de un joven imberbe, que traía un arreglo floral; pensó que se había equivocado de dirección.

— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?
— Sí.
— Traigo flores para ella.

Lo hizo pasar, para que situara el cesto floral.

— ¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.
Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron entre los amarillos: una hermosa combinación de girasoles y margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”

La voz del muchacho la volvió.

— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.

Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, aspiró un sutil aroma a lavanda. En el interior, había una medalla de plata y una carta escrita a puño y letra:

Estimada Celia:

Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que le dieron sentido a mi vida. Aún conservo vivo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida junto a ti. Pero ante todo, debía respetar tu decisión de vivir sola.

He estado pendiente de ti, sin que te percataras. Me han dado alegría los títulos que has conseguido y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido sin estar a la boda de tus hijos y te he acompañado en momentos de dolor. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y en el último instante no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, y ahora espero que por ella me recuerdes también. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte, lo ordené antes de escribirte esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.
Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando doña Carmen, su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.

Mario ha visto las fotos en que estamos juntos y en una ocasión me preguntó quién eras. Le dije que eras su tía y desde entonces, creció con esa idea. Por eso, hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.
Hasta siempre mi bella amiga.

Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con Sigue leyendo «LA MONEDA»

LA OCASIÓN

¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo? Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían: mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo eras parte de un club

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MONÓLOGO

¿A quién le echo la culpa? Si mi madre viviera la escucharía decir “ es que lo pendejo no se te va a quitar, en eso saliste a tu padre” Pero dónde tendría yo el cerebro para aceptar a este bueno para nada, que ronca peor que cerdo. Ah pero hace dos años allí está la pendeja sintiendo mariposas en la barriga. Tan bien que estaba antes de conocerlo. Si comía bien, sino también. Si quería irme a bailar o a coger no tenía que pedirle permiso a nadie, pero llegó este cabrón a calentarme la cabeza y de estúpida que me caso. Y mírame, ahora tengo que lavar, planchar hacer de comer, aparte de la joda que te pones en la fábrica. Y en la noche,  quieras o no quieras,  si el marrano tiene ganas hay que abrir las piernas y cerrar los ojos. ¡Ah pero eso no es todo!, aparte de soportarlo a él, también tengo que soportar a sus amigos. Me dice: mi amor tráenos otra cerveza y,  también más botana para picar. Y después de que terminan briagos y a traspiés se van, hay que limpiar sus porquerías y poner todo en orden. Escucha, escucha como ronca, ni la vida le corre al desgraciado, como él no tiene que levantarse temprano. Pero a quien madres le echo la culpa, pues si mi madre viviera, tendría que darle la razón !Nunca se me va a quitar lo pendeja¡

MAL DE MONTAÑA

Cuando confirmé que iría a visitarla me hizo mil recomendaciones. Al vernos, después de más de un día de camino nos abrazamos y empecé a parlotear de todo lo que me había pasado, obviamente hice lo contrario a lo que ella había recomendado. “eres incorregible, pudo haberte pasado una desgracia” pero sonrió y alisando su voz dijo “lo bueno es que ya estas aquí y conmigo estás seguro”

Ella era una mujer que vivía con sus hijos, pero el cónyuge conservaba la costumbre de visitarlos para tomar el desayuno y de vez en cuando salía con ellos, dando la impresión de ser una familia unida. El departamento amplio, cómodo, con una ventana por donde se apreciaba un jardín con buganvillas en flor y entre tanto verdor: una perra blanca, enorme retozando.Sigue leyendo «MAL DE MONTAÑA»

UN HOMBRE SENSIBLE

La miraba sin que ella se percatara; Fingía ver los rulos oscuros de su pelo, pero me detenía en los signos de su partida. Ella sonreía y tomaba mi barbilla y me decía lo feliz que era. Mentía, tal vez no se daba cuenta que a su sonrisa le acompañaba un entrecejo, -ese relax que se abre cuando hay satisfacción. Observaba el punto de tensión y, movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches y ésta, aunque se oculte, un hombre sensible la percibe.
Hubo momentos de gran alegría, de cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Mi mano la resguardaba y la proveía. Las veces que la conducía sobre las grandes avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la esquina y ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa, después dejó de emitir destellos. ¿ Ella sabría lo que dirían sus ojos? Nunca lo sabré. Aunque creo que lo supo. Sin embargo no le di tiempo de decírmelo.
Muy en la mañana, la neblina cuajaba en el piso y sobre los cerros tal vez formaba grandes anacondas. La reconocí por su forma de caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta, subía y bajaba con desorden como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Se iba de viaje? ¿acaso escapaba? cuando ayer todavía me rodeaba con sus brazos. Nunca llegó a su destino… ni creo que lo tuviese.

LOS COTORROS

He visto relámpagos horizontales en un zig-zag iridiscente. Creí ver el verde de las naranjas, el amarillo de los crisantemos,
mas por la gritería no pude menos que admirar, que eran parvadas de cotorros que transitaban sobre la ciudad borrachos de vida,
sin respetar el rojo de los semáforos. ni el silencio obligatorio de los hospitales.