Por tradición decimonona en la Ciudad de México los puntos de reunión para la literatura han sido los cafés, las cantinas y los bares, en donde suceden tertulias y debates, además de francas borracheras. Así, para mostrar parte de lo que sucede en la poesía del centro del país, voy a relatar cómo se escribe, se come y se bebe en dichos lugares. Si la Ciudad de México tiene por virtud la diversidad cultural, lo mismo se refleja en sus poetas.
Inicio mi camino en el Centro Histórico, en la calle de San Jerónimo. Ahí, durante el mes de abril, tiene lugar uno de los más grandes festivales de poesía joven: Poesía por primavera. Durante dos días, decenas de poetas suben a la tarima improvisada y toman el micrófono para llenar con sus versos el ambiente de la plaza. Editoriales independientes venden a precios accesibles ejemplares de la literatura mexicana…
Llueve.
La gente frota las manos, por encima de los cerros pasan las nubes, obesas gallinas picoteando el cielo.
Llueve finito.
Las hojas tiritan de frío.en cada esquina, las sombrillas platican con antiguas comadres.
Entre los huecos de viejos edificios las palomas aletean los vapores del clima.
Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reúnen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, se dispersan sobre los vellos de mi pecho y saltan.
Silbo caminando bajo la lluvia.
Es un día diferente, abro mi camisa para que mi corazón reumático retoce con el agua.
Atrás y adelante las sombrillas color de rosa me esperan. Tomaremos café y jugaremos toda la tarde