Felina

Recuerdo los saltos de mi corazón,
cuando el vaho de su boca hacía caminos sobre mi cuello.
Me recuerdo atrapado; 
y mi carne de gacela esperaba la inminencia de su embestida.

gato

Abandonarse a la pasión de Hiromi kawakami fragmento

hiromi
https://vdocuments.site/kawakami-abandonarse-pdf.html
Para el inicio de esta autora es un placer la lectura. si desean seguir está la liga que los llevará.
—Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Mezaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Tenían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.
Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos volver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lugar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un camino bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.
No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.
No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, parece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que sufría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.
Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A veces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedumbre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le parecían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.
Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bastante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiempo. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.
El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cualquier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restaurantes donde tratan a todos los clientes por igual.
—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para picar—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió hacia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la costumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprovechando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pelaba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante laborioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.
—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cuarentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballito, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el comedor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito. «¿Quieres bajar?», me preguntaba al final. Entonces yo fingía protestar un poco y él me bajaba al suelo. Mi tío no tenía trabajo. Cuando ya había cumplido los cuarenta y cinco, se casó con una mujer diez años mayor que él, se fue de casa y dejó de visitarnos a menudo. Se ve que ahora es pescador y vive con su mujer en casa de su patrón, en una preciosa zona junto al río.
—¿A ti te gustan los huevos crudos, Mezaki? ¿Los sorbes a través de un agujero en la cáscara?
—Primero casco el huevo, separo la yema de la clara y bato sólo la clara hasta que queda espumosa, así. —Mezaki me lo enseñó moviendo rápidamente la mano derecha, en la que sujetaba los palillos. Al final de la demostración, se llevó una galera a la boca y dio un trago de sake—. Cuan

 

Choka a la ausencia

No habrá retorno
para el agua que corre,
se van los pájaros,
huyendo de la inclemencia.
También te fuiste,
dejando tus demonios
despiertos e inconcientes.

En ocasiones veo porno de Pilar Galván

Solo en ocasiones. Las peores semanas.
Lésbicos, maduras, orgías, tríos, pelirrojas, morenas… Las etiquetas no me importan. Unas semanas me dedico al sexo profesional y otras, navego por las páginas de parejas amateur, que normalmente no soporto (esas matas de pelo, las risas escondidas, los pliegues de la carne que conoció tiempos mejores… ).
Los lunes, antes de ir al trabajo, soy más de lesbianas, sobre todo si aparecen en duchas y jardines.
Los martes busco rubias, los miércoles, interraciales, y los jueves los dedico al sadomaso light, más bien tipo oficina, no mazmorras.
El viernes, como ya está cerca el fin de semana, rastreo tríos, el sábado, orgías, y el domingo por la noche, invariablemente triste, autosatisfacción con aparatos.
Lo que no cambia nunca es el procedimiento. Abro la etiqueta que se despliega en la página, y contemplo las imágenes, sin sonido, hasta que empiezan a dolerme los ojos. A veces, no siempre, una mano que parece ajena se desliza bajo los pantalones en busca de una piel que no me pertenece. La pantalla me devuelve el reflejo mudo de una cara de otro que ocupa el lugar donde debería estar la mía.
Entonces, cierro los ojos, y me acaricio con una desgana no exenta de ternura.
Luego, harto de otros cuerpos y hambriento aún del suyo, vuelvo a recuperar el mío, lo lavo un poco por encima y comienzo de nuevo la semana.
Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014

balthius

tomado del fb

Sucesos de mi nacimiento 6 enero de 1946

Para mi madrina, la tía Gila. (qepd)
Gila se levantó rápidamente de la cama , se dió un baño fugaz y salió con sus kilos a cuesta hacia la terminal de autobuses . La pequeña población de Álamo distaba a poco más de setenta kilómetros . Plena época de invierno con frecuentes chipi chipi que causaba en aquel camino de terracería encharcamientos que hacían el tránsito lento . seis horas de continuo zangoloteo . El frío que se colgaba de la ventisca hacía tiritar . Por la noche soñó a la cuñada que estaba en días de parir .
Meses antes había ido al cine con la cuñada y en confidencia le dijo que estaba embarazada .
¿Me regalas el niño? Mercedes sabía que ella no podía tener hijos, así que le siguió la broma .
Claro que si cuñada, siempre y cuando llegues el día que me alivie.Bien sabes que dentro de unos días nos iremos a Álamo y el niño si Dios quiere nacerá en tiempos de agua y frío.
Caía la tarde cuando arribó. De inmediato consiguió un taxi que la llevara al domicilio. Eran tiempos de parteras, y los médicos caros y escasos.
Al llegar a la vivienda, abrió con prisa la puerta y lo que vio la dejó pasmada, esperaba encontrar a la cuñada y lo que vio fue la partera en la cocina, calentando trapos y haciendo te. Recordó la promesa.
-Ya vengo por el niño Meche .
Escuchó con horror la voz de Gila y apretó instintivamente al recién nacido acercandolo a su seno. La cuñada se acercó y fue directamente al bebé, le destapó la cara.
-Será de piel blanca*, lo que no me gusta es que haya nacido tan peludo .
-No te lo vas a llevar, ¿verdad?
-Claro que sí. Trato es trato .
Se miraron, pero Gila no pudo sostener la cara de seriedad y una sonrisa se había iniciado .
–¿Pero cómo supiste que me había aliviado?
-Sólo el corazón lo sabe cuñada, solo se que tenía prisa por llegar, algo me dijo que debería estar en Álamo y ya ves, aquí estoy para acompañarte y decirte que seré su madrina, pues me lo he ganado.
* Muchos años después mi madre me decía fuiste como los zopilotes, de recien nacidos nacen gueros y cuando crecen se ponen negros. Eso sí lo peludo no se me quitó.

rub..

¿El amor no tiene nada que ver con el sexo? de Alejandra Díaz Ortiz

Que el amor no tiene nada que ver con el sexo, me lo dijo Aute demasiado tarde…
Cuando llegué a la parada 66 del metropolitano para volver a casa, donde me esperaban mi mujer y los niños, fue imposible no fijarse en su cara llena de tristeza. Era tal el dolor que reflejaba que no pude evitar rodearle con mis brazos, como queriendo asegurarle que «todo está bien». Lejos de rechazar mi gesto, me apretó muy fuerte y comenzó a llorar amargamente. Hipaba, gemía e iba dejando mi camisa empapada sin que yo aflojase el abrazo.
Tras quince minutos de llanto y tres autobuses perdidos, cogí su mano hasta una cafetería cercana. Sin preguntarle nada, pedí una tila (he escuchado que es buena para calmar a las personas) y, para mí, un café. Le indiqué al camarero que en ambas tazas echara un buen chorro de coñac.
Busqué una mesa en el rincón. Nos sentamos. Nos miramos por primera vez a los ojos. Una lánguida mueca apareció en su rostro. Acaricié su mano con dulzura, con mucha calma. Me estremecí. Entonces, una especie de sonrisa desdibujó el rigor de sus labios.
Encendí un cigarro, que coloqué suavemente entre sus dedos. Todo fue instinto: yo no sabía si bebía o fumaba; si deseaba infusiones o abrazos; si quería hablar o seguir llorando, pero seguí haciéndolo con la certeza de que a nada dijo que no.
Durante una eternidad nos estudiamos en silencio.
Las tazas quedaron vacías.
Entre el sexto cigarrillo y un suspiro irremediablemente enamorado, susurré: -Me llamo Luis, ¿y tú? -Pablo…

mujer en violeta 84

Manuel  Martin Morgado

Ficción Tomada del fb

El macho supervisor

¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue. Presiento que él aún está. No puedo dejar que haya otro aroma diferente al de él. porque es capaz de todo.
¡Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra! Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió. Cómo diciéndome: ¡eso no basta! Bien que sabe que mi memoria es prodigiosa. A veces cansada de su asedio, tomo el teléfono para contactar mis amistades y de inmediato repiquetea.
– Qué haces mi amor, me dice dulcemente. Cree que no me doy cuenta que lo expresa con sutil ironía. Eso me perturba, pero me repongo de la sorpresa y le contesto:
-Aquí, regando las flores.
-¡Ten cuidado! la gente de ese barrio se la pasa mirando. Cuelga. Me rio y llevo el agua hasta la cerca donde he sembrado girasoles.
Aún no sabe que el vecino tiene unas dalias en floración.

dalias-2

Espejismo

Mis aguas ya no tienen el brío del felino;
mis árboles florean por la magia de la vida.
Tienes en tu mano un espejismo,
que el vuelo de un pájaro lo fragmentaría.
Mi árbol carente tiró la hoja
y mis retoños aparecen lerdos y frágiles.

foto

 

 

No voy a los velatorios

Se murió Juan, el amigo de todos. Nos coperamos para llevarle una corona de flores, con la leyenda «Tus amigos de la colonia» Nos vemos en el velatorio muchachos, y para confirmar pregunté a uno por uno si iba a estar presente, todos dijeron que sí, Tobías se  disculpó. Lo llevé a un apartado y  me dijo «por nada en el mundo voy a un velorio» intrigado le pregunte porqué y empezó a contar:
Un amigo muy querido falleció inesperadamente. Fui a su velorio, llevando un ramo de margaritas blancas, El lugar con olor a cirio, los arreglos florales al frente,  y tras el ataúd, las coronas impolutas. cuando abrazaba a la viuda le dije en voz alta «felicidades» cargado de verguenza, sali del velatorio. Desde entonces no voy,  es incomprensible , pero al sentir el contacto de un abrazo, mi boca en automático exclma en voz alta ¡felicidades!

velatorio