Bochorno

Esperaba a su esposo, que se había ido a un viaje de negocios. Aburrida y soñolienta decidió darse un baño e irse a dormir a la recámara de su sobrina. Adela tenía viviendo seis meses con el matrimonio y salió de improviso al hospital a cuidar una amiga. Abrió la ventana para que el viento refrescara, miró hacia la calle oscura y entrecerró las cortinas. Llevaba una bata de algodón y, talco perfumado entre sus pliegues. Debajo de la sábana sólo quedó un cuerpo desnudo y profundizado por un sueño que se ofrecía como un abrazo. Cuando llegó el amante de Adela y tendió a su lado no malició, – eso sucedía a menudo en su matrimonio –, lo integró a su espacio. Los besos de él rodaban y ella corría tras las bolas de fuego que al tocarlas salían relámpagos que desnudaban la penumbra. De aquella noche no recordaría más que unos chillidos que paulatinamente se fueron alejando. Él se retiró cerca de la alborada, cuando los perros aullan y animan a los gallos. Ella despertaría prendida a la almohada y sola. “tanta realidad solo puede ser un sueño” se dijo.
La puerta se abrió de par en par y la voz de su esposo cayó a su oído como el golpe en la espinilla.
—¿Qué haces en la recámara de Adela? ¿Qué no tienes la tuya?
Con modorra le contestó doblándose de la cintura y estirando las piernas.
— Adela se fue de improviso. Vino una amiga y se la llevó al hospital. ¡En nuestra pieza hacía un bochorno insoportable! Ésta es la más fresca y dormí como nunca. ¡He tenido un sueño…!
— ¿Qué soñaste?
— Luego te contaré. ¿Te esperaba antes de la media noche?
— Me fue imposible. El autobús se quedó tirado en la carretera por más de cinco horas. Me voy al negocio.
Al salir de la habitación ella percibió el aroma familiar, pero el deseo de regodearse en la cama ocupó su atención y dio rienda suelta a la imaginación.
 El esposo abría el portón cuando llegaba su sobrina. Adela le dio un beso en la mejilla y él la tomo discretamente de la cintura. Ella aprovechó para susurrarle al oído:
— No pude esperarte. Tuve que ir al hospital. Qué rico hueles tío. Veo que  no pierdes el tiempo ¿Con quién pasaste la noche?

renoir.3

Renoir

Tanka a la despedida

Se van los pájaros,
esta tarde fría y húmeda.
También te vas.
Es la última llamada
del tren de media noche.

tren

El cardenal se despide de la serie apuntes de un niño

La abuela por las tardes se balanceaba en la poltrona; el viento mecía las ramas y se llevaba lejos el canto de los pájaros. Antes vivía en el centro de la ciudad con una tía, ahora está con nosotros.
—Desde la ventana solo veía las azoteas y el paso de los carros. Era aburrido.
Vivíamos sobre una loma. Era una casa con techo de lámina, un patio con árboles frutales y abajo un gallinero.
El corredor largo, cercado por macetas, donde el viento de la tarde parecía un perro juguetón que correteaba cualquier cosa. Descansaba en la poltrona con la cabeza reclinada, mientras chiflaban las canoras. La abuela y yo nos encargábamos de platicar con las aves.
—Juan no quiere cantar. —Decía la abuela en voz alta. Yo sabía que hablaba del cardenal de ojo blanco. Pedro, cantaba tan fuerte que ensordecía. Algunas veces las aves se contagiaban y el corredor era una fiesta de silbidos. Todos hacían bulla, menos el de ojo blanco. Ya por la noche se bajaban las jaulas y era cuando platicaba con Juan. había una simpatía que nos abarcaba.
Una madrugada cantó uno de ellos. En la mañana fue la comidilla. Todos preguntaban ¿escucharon cantar al cardenal?
—¿Quién fue el que cantó?, —preguntaba mi papá.
—Debió de ser Pedro, ya sabemos que Juan no canta. Dijo mamá.
Toda la semana chifló fuerte que nos espantaba el sueño y lo que parecía novedad se convirtió en molestia. La abuela separó las jaulas para saber quién nos despertaba. Quedamos igual pues la sonoridad de la casa no permitía identificar el ave. Tampoco podíamos dejar los pájaros fuera, las madrugadas llegaban con harto frío.
La tarde se hizo gris. Pelotas de nubes gordas ensombrecieron el cielo y una lluvia finita empezó. “hay que meter a los pájaros dentro de la casa” dijo mamá. ¿Cómo fue? No supimos, pero el cardenal de ojo blanco escapó. Esa noche fui a la cama friolento y cabizbajo. Oía el viento. El agua tamborileaba al golpear sobre las hojas del naranjo, la luz del foco se perdía en el enramado. Dormía entrecortadamente. Abría los ojos y me preguntaba en dónde estaría. El frío, el sueño, el cansancio me venció. En la madrugada desperté sobresaltado. Escuché el canto de él entre las ramas del árbol. Fui hacia la ventana y pude divisarlo por su ojo de leche. Fue un instante, después se perdió de mi vista, de mis oídos, mas nunca de mi memoria.
Afuera se oía la chorrera de agua sobre las hojas del plátano y el viento hacía tronar el techo de la casa.
cardenal.

Colisión

El caracol corre y evita el golpe de la tortuga, sin embargo el remolino formado hace estragos en su caparazón.
caracol

El niño de las pandorgas

El día que conocí a Noemí tenía tres pelos de barba. Mi pasión era construir cometas. Seleccionaba el bambú: largo, seco y resistente. El viejo Meraz lo vendía. Sabía que lo serenaba en luna llena. Una receta para darle alma, según la abuela. El tarro era muy demandado.
Un día me hice el aparecido. El viejo sonrió. Yo pajareaba con la mirada.
– ¿Qué buscas?  me preguntó con ironía. Estaba chimuelo, tenía dos ventanas, por donde se le escapaba el aire al hablar.
– ¿Dónde tiene el tarro?
– ¡Qué!, ¿vas a hacer tu casa, te quieres casar…?
-Véndame un pedazo.
 –Ya lo vendí. Ayer se lo llevaron.
 Me retiraba con las espaldas aplastadas cuando me gritó. Volví y sacó de su casucha un hato: dorado como una cal color de luna. Sabía que vendrías…
Noemí llegó de la ciudad. Pelo negro, corto, orejas pegadas a la cabeza y aretes que bamboleaban al ritmo de su paso. Me ponía nervioso y solo sonreía. Ese día intentaba elevar una pandorga, tan obesa que daba de brincos, como esos canguros que salen en las caricaturas. No puede. Si deseas, podemos hacer una…
La cometa danzaba en el cielo. Construíamos una diferente en forma, color y las elevábamos. Un día que formábamos una estrella, nuestras caras quedaron a un suspiro y la timidez me paralizó las manos, pero no mi boca, y cerrando los ojos nos dimos un beso. Para mí fue el primero. Jugábamos en el riachuelo de agua fría, nos perdíamos entre los árboles y luego nos hacíamos los encontradizos. Una tarde se fue. Sin que yo supiese que se iba a ir, tal vez ni ella lo sabía.
Conseguí su dirección postal. Las cartas llegaban cada semana, después cada mes, luego…
Mece el viento mis recuerdos. He construido una cometa grande y resistente. ¡El papel fulge y al contacto con el aire se sacude nerviosa, preparándose para la aventura! ¡Qué hermosa! ¡Cómo se eleva! ¡Lleva dos carretes de hilo y quiere más! Óyela zumbar, parece decir ¿qué tal me veo? ¿me envías un correo?
Puse la huella de mis labios en el mensaje y se fue raudo por el hilo. El viento arreciaba y más alto subía. La cometa parecía decirme lo feliz que era. Dejé que el carrete se vaciara. El mensaje se perdía, era ya un punto. Percibí que el cordel podría romperse y empecé a enredar el hilo. La pandorga parecía inconforme; yo seguía enredando más el cable y ella daba vueltas sobre sí: ¡rabiosa!, ¡enojada! De pronto, caía en picada. Después subía, daba de vueltas. Para evitarlo solté la hebra.  Y, el viento la llevó entre las nubes; cada vez más lejos. Corrí, corrí, por los caminos que anduvimos, mojé mis zapatos en el arroyo que corría llevándose los tejos

cometas

LLuvia

Hubo una mujer que te decía lluvia,
blanca, ardiente.
Por las tardes,
cuando los pájaros volaban en bandada
la buscabas con palabras suaves, almidonadas,
-pájaras de fuergo que danzaban en el escenario de su vientre;
acelerando su bradicardia de poeta.
Tardes inmensas, abrazadoras, piras forjadas de estrellas errantes y el humo a sándalo que envolvía con papel de china las sienes de la memoria.
Un día llegó el sol de nieve, se fue el agua, cayó la hoja dejando huecos donde antes había murmullos obscenos y húmedos.
Se fue la tarde, los patos, la rosa, el ardor de la pupila.
La mano callosa es un páramo de terrones que sueña con la espuma del mar,  donde el oído se recuesta seco como el esqueleto de las hojas que encontramos en los libros polvosos y ofertados.

trape,irene mala

El sapo verde de Graciela Montes

Humberto estaba muy triste entre los yuyos del charco.
Ni ganas de saltar tenía. Y es que le habían contado que las mariposas del Jazmín de Enfrente andaban diciendo que él era sapo feúcho, feísimo y refeo.
—Feúcho puede ser —dijo, mirándose en el agua oscura—, pero tanto como refeo… Para mí que exageran… Los ojos un poquitito saltones, eso sí. La piel un poco gruesa, eso también. Pero ¡qué sonrisa!
Y después de mirarse un rato le comentó a una mosca curiosa pero prudente que andaba dándole vueltas sin acercarse demasiado:
—Lo que a mí me faltan son colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde. Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito, igualito a las mariposas.
La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario.
Y Humberto se puso la boina y salió corriendo a buscar colores al Almacén de los Bichos.
Timoteo, uno de los ratones más atentos que se vieron nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras:
— ¿Qué lo trae por aquí, Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche? A propósito, tengo una boina a cuadros que le va a venir de perlas.
—Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores.
— ¿Piensa pintar la casa?
—Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina.
Y Humberto se llevó el azul, el amarillo, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿para qué puede querer más verde un sapo verde?
En cuanto llegó al charco se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se echaba una ojeadita en el espejo del charco.
Cuando terminó tenía más colorinches que la más pintona de las mariposas. Y entonces sí que se puso contento el sapo Humberto: no le quedaba ni un cachito de verde. ¡Igualito a las mariposas!
Tan alegre estaba y tanto saltó que las mariposas del Jazmín lo vieron y se vinieron en bandada para el charco.
—Más que refeo. ¡Refeísimo! —dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas.
— ¡Feón! ¡Contrafeo al resto! —terminó otra, sacudiendo las antenas con las carcajadas.
—Además de sapo, y feo, mal vestido —dijo una de negro, muy elegante.
—Lo único que falta es que quiera volar —se burló otra desde el aire.
¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento con su corbatita fucsia.
Tanta vergüenza sintió que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando cómo el agua le borraba los colores.
Cuando salió todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas riéndose como locas.
— ¡Sa-po verde! ¡Sa-po verde!
La que no se le paraba en la cabeza le hacía cosquillas en las patas.
Pero en eso pasó una calandria, una calandria lindísima, linda con ganas, tan requetelinda, que las mariposas se callaron para mirarla revolotear entre los yuyos.
Al ver el charco bajó para tomar un poco de agua y peinarse las plumas con el pico, y lo vio a Humberto en la orilla, verde, tristón y solo. Entonces dijo en voz bien alta:
— ¡Qué sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde!
Humberto le dio las gracias con su sonrisa gigante de sapo y las mariposas del Jazmín perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes, todo el verano.

sapo.

Dos mundos

Te beso.
En otro sol descubro tus ojos
y la atmosfera de tus hombros.
No estés triste.
Recuerda que vivimos en dos mundos.
Soy el de la noche
que resbala por tus pestañas,
y siembra en el centro, asido de tus caderas.

pies

Raúl el comerciante

Soy comerciante y vengo a estas plazas porque aparte de vender disfruto los cambios de paisaje. Me crie entre nopales, iguanas y pulque. Mi madre me fue a encargar con sus compadres de la ciudad, salí bueno para las cuentas y mi padrino ya no quiso que regresara al rancho.
-Para que te vas, allá qué madres vas a hacer, quédate con nosotros y verás que la vida te va a pelar los dientes.
Un día ya no fui su ahijado, me hizo su compañero, después me prestó dinero para que me independizara y desde entonces; hago mi capital. Él me decía:
-No sea pendejo, no exhiba lo que tiene, camine en la vida con bandera de que es principiante, y cuando menos lo esperen, cómaselos. Sus carros que se vean viejos por fuera, pero por dentro que sean último modelo. Tampoco es que llegue a lugares de mala muerte, recuerde el dicho, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.
Aquí estoy con sesenta años, cumplo cuarenta que viajo por estos lugares y he disfrutado de los amigos, de la buena comida, licores y pues también de las mujeres. Tengo un compadre, bueno no lo es, pero nos decimos compadres. Llegó a mi bodega y me saludó a gritos.
-¡Raúl!
-Dime compadre.
-Oye veo que estas llenando de mercancía la camioneta.
-Me voy mañana al viaje.
-Pero mañana es semana santa, hay que disfrutar.
-Yo siempre lo hago, viajar y vender..
-Entonces vas a donde la gente en estos días se divierte y tu trabajando.
-A ver dime ¿qué es lo qué te traes?
-Bueno, te diré quiero ir a la playa, a divertirme y la verdad la comadre también. Y cómo tú conoces esos lugares, pensé que podíamos ir contigo.
-Yo no tengo inconveniente, porque soy quien maneja, pero irían incómodos y es un viaje como de ocho horas.
-No le hace Raúl, con tal de salir de estas tierras de polvo y frío, vale la pena.
Salimos temprano, al lado mío se situó la esposa de mi compadre que se llama Sonia. Pocas veces la vi, pero me dejó una buena impresión: amable, sencilla y distinguida. Bella figura que me preguntaba ¿qué le había visto a mi compadre?, dedicado al oficio de técnico dental. Con algunas incomodidades llegamos al puerto y nos fuimos a hospedar al hotel en donde por años llegó y gracias a eso pudieron conseguir otra habitación para ellos. Por la mañana desayunamos y fueron hacia la playa y yo hacia el tianguis. Más tarde, ya liberado fui a buscarlos. No tarde en encontrar al compadre enterrado en la arena y a la comadre disfrutando de la caricia del agua y la espuma. Ella me reconoció y salió a encontrarme. Tenía unos ojos chispeantes y casi se le salían de lo contenta que estaba.
-¡Es hermoso!, es hermoso. Métase al agua, sí que es una caricia. A empujones me llevó a que una ola me empapara de pieza a cabeza. Durante una hora vi como retozaba. Era una mujer ancha de cadera, la espuma del mar se le metía en sus pechos bastos. Cada vez que la veía cerraba los ojos y me repetía ¡ah que suerte de mi compadre!
Llegamos al hotel. Mi compadre se cambió y ya me esperaba en la sala del hotel.
-¿La comadre?
-Está hecha una muñeca de trapo.Tiene tanto sueño que no puede ni levantarse.
-Pues vamos a cenar.
-Compadre, y si nos vamos de cabrones por allí. Ya sabes, nos tomamos unas copas vemos algunas niñas.
La mayor parte de esos lugares estaban atestados de turistas, así que lo único que encontramos fue una casa de citas donde entrabas con alguna seña, te pasaban a una sala, con mesas pegadas a la pared. cortinas de gaza y bajo una luz tenue de colores había algunas jóvenes. Nos tomamos dos copas. Él pelaba los ojos tratando de ver cuál de todas le gustaba. Cómo la que señaló la tenía a mis espaldas no la apreciaba. Cuando la mujer se sentó en la mesa, no podía creer, era una chaparra, bustona, con papada, de cabello ensortijado, caderas anchas y patas flacas. Hubo química entre ellos, media hora después se hacían arrumacos como dos adolescentes. Yo escogí una de líneas suaves solamente para platicar. Al tiempo, él se deshacía en caricias en uno de los apartados. Pasó otra hora para que saliera y a media noche un taxi nos dejó en el hotel.
Antes de llegar a la ciudad natal, pasé a cargar gasolina y el compadre quiso la ventanilla, porque se sentía mareado. La comadre quedó a mi lado. La camioneta es de meter y sacar la palanca, por lo que al ejecutar los cambios mi mano rosaba la pierna de ella. Sentía su piel, la erección de sus vellos. Al despedirnos percibí la efusión de su abrazo, y la invitación, de que fuese a comer a su casa con la pareja. Invitación que acepté gustoso. Ya me comunicaría con ellos, pues bien sabían que mi oficio era estar fuera de la ciudad.
-A ver qué día te acompañamos de nuevo, dijo el compadre.
-Yo les digo, sirve que no me voy solo en el camino.
Uno de esos días, salía yo hacía un lugar donde cultivan flores y le dije a mi esposa, pero tenía compromiso con sus amigas, le dije al compadre, y refirió que tenía que entregar un trabajo urgente.
-Pero…
¿Pero qué?
 -Le diré a la comadre sirve que se distrae.
-Bien, me voy mañana a eso de las seis de la mañana, si desea, me hablas por teléfono y yo paso a tu casa.
A las cinco y media de la mañana me habló y me dice.
-La comadre quiere ir…

mujer sentada en la playa