Soy comerciante y vengo a estas plazas porque aparte de vender disfruto los cambios de paisaje. Me crie entre nopales, iguanas y pulque. Mi madre me fue a encargar con sus compadres de la ciudad, salí bueno para las cuentas y mi padrino ya no quiso que regresara al rancho.
-Para que te vas, allá qué madres vas a hacer, quédate con nosotros y verás que la vida te va a pelar los dientes.
Un día ya no fui su ahijado, me hizo su compañero, después me prestó dinero para que me independizara y desde entonces; hago mi capital. Él me decía:
-No sea pendejo, no exhiba lo que tiene, camine en la vida con bandera de que es principiante, y cuando menos lo esperen, cómaselos. Sus carros que se vean viejos por fuera, pero por dentro que sean último modelo. Tampoco es que llegue a lugares de mala muerte, recuerde el dicho, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.
Aquí estoy con sesenta años, cumplo cuarenta que viajo por estos lugares y he disfrutado de los amigos, de la buena comida, licores y pues también de las mujeres. Tengo un compadre, bueno no lo es, pero nos decimos compadres. Llegó a mi bodega y me saludó a gritos.
-¡Raúl!
-Dime compadre.
-Oye veo que estas llenando de mercancía la camioneta.
-Me voy mañana al viaje.
-Pero mañana es semana santa, hay que disfrutar.
-Yo siempre lo hago, viajar y vender..
-Entonces vas a donde la gente en estos días se divierte y tu trabajando.
-A ver dime ¿qué es lo qué te traes?
-Bueno, te diré quiero ir a la playa, a divertirme y la verdad la comadre también. Y cómo tú conoces esos lugares, pensé que podíamos ir contigo.
-Yo no tengo inconveniente, porque soy quien maneja, pero irían incómodos y es un viaje como de ocho horas.
-No le hace Raúl, con tal de salir de estas tierras de polvo y frío, vale la pena.
Salimos temprano, al lado mío se situó la esposa de mi compadre que se llama Sonia. Pocas veces la vi, pero me dejó una buena impresión: amable, sencilla y distinguida. Bella figura que me preguntaba ¿qué le había visto a mi compadre?, dedicado al oficio de técnico dental. Con algunas incomodidades llegamos al puerto y nos fuimos a hospedar al hotel en donde por años llegó y gracias a eso pudieron conseguir otra habitación para ellos. Por la mañana desayunamos y fueron hacia la playa y yo hacia el tianguis. Más tarde, ya liberado fui a buscarlos. No tarde en encontrar al compadre enterrado en la arena y a la comadre disfrutando de la caricia del agua y la espuma. Ella me reconoció y salió a encontrarme. Tenía unos ojos chispeantes y casi se le salían de lo contenta que estaba.
-¡Es hermoso!, es hermoso. Métase al agua, sí que es una caricia. A empujones me llevó a que una ola me empapara de pieza a cabeza. Durante una hora vi como retozaba. Era una mujer ancha de cadera, la espuma del mar se le metía en sus pechos bastos. Cada vez que la veía cerraba los ojos y me repetía ¡ah que suerte de mi compadre!
Llegamos al hotel. Mi compadre se cambió y ya me esperaba en la sala del hotel.
-¿La comadre?
-Está hecha una muñeca de trapo.Tiene tanto sueño que no puede ni levantarse.
-Pues vamos a cenar.
-Compadre, y si nos vamos de cabrones por allí. Ya sabes, nos tomamos unas copas vemos algunas niñas.
La mayor parte de esos lugares estaban atestados de turistas, así que lo único que encontramos fue una casa de citas donde entrabas con alguna seña, te pasaban a una sala, con mesas pegadas a la pared. cortinas de gaza y bajo una luz tenue de colores había algunas jóvenes. Nos tomamos dos copas. Él pelaba los ojos tratando de ver cuál de todas le gustaba. Cómo la que señaló la tenía a mis espaldas no la apreciaba. Cuando la mujer se sentó en la mesa, no podía creer, era una chaparra, bustona, con papada, de cabello ensortijado, caderas anchas y patas flacas. Hubo química entre ellos, media hora después se hacían arrumacos como dos adolescentes. Yo escogí una de líneas suaves solamente para platicar. Al tiempo, él se deshacía en caricias en uno de los apartados. Pasó otra hora para que saliera y a media noche un taxi nos dejó en el hotel.
Antes de llegar a la ciudad natal, pasé a cargar gasolina y el compadre quiso la ventanilla, porque se sentía mareado. La comadre quedó a mi lado. La camioneta es de meter y sacar la palanca, por lo que al ejecutar los cambios mi mano rosaba la pierna de ella. Sentía su piel, la erección de sus vellos. Al despedirnos percibí la efusión de su abrazo, y la invitación, de que fuese a comer a su casa con la pareja. Invitación que acepté gustoso. Ya me comunicaría con ellos, pues bien sabían que mi oficio era estar fuera de la ciudad.
-A ver qué día te acompañamos de nuevo, dijo el compadre.
-Yo les digo, sirve que no me voy solo en el camino.
Uno de esos días, salía yo hacía un lugar donde cultivan flores y le dije a mi esposa, pero tenía compromiso con sus amigas, le dije al compadre, y refirió que tenía que entregar un trabajo urgente.
-Pero…
¿Pero qué?
 -Le diré a la comadre sirve que se distrae.
-Bien, me voy mañana a eso de las seis de la mañana, si desea, me hablas por teléfono y yo paso a tu casa.
A las cinco y media de la mañana me habló y me dice.
-La comadre quiere ir…

mujer sentada en la playa