Hubo una mujer que te decía lluvia,
blanca, ardiente.
Por las tardes,
cuando los pájaros volaban en bandada
la buscabas con palabras suaves, almidonadas,
-pájaras de fuergo que danzaban en el escenario de su vientre;
acelerando su bradicardia de poeta.
Tardes inmensas, abrazadoras, piras forjadas de estrellas errantes y el humo a sándalo que envolvía con papel de china las sienes de la memoria.
Un día llegó el sol de nieve, se fue el agua, cayó la hoja dejando huecos donde antes había murmullos obscenos y húmedos.
Se fue la tarde, los patos, la rosa, el ardor de la pupila.
La mano callosa es un páramo de terrones que sueña con la espuma del mar,  donde el oído se recuesta seco como el esqueleto de las hojas que encontramos en los libros polvosos y ofertados.

trape,irene mala