Siempre ganas por decisión

Eres elegante boxeadora. Con pasitos hacia delante, a los lados, mueves tu cuello con gracia; me distraes. Poco a poco me acorralas. Cuando llega tu golpe, me abrazo a ti. En el clinch bailamos, mejilla con mejilla y por instantes golpeo con besos intensos tu cuello y caemos. Murmullos, suspiros, respiraciones entrecortadas de los cuerpos. La campana suena y regresamos a nuestra rutina, esperando la revancha.

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A mis maestras

Me acercas tu voz, mi oído hace fiesta y no sabe qué hacer; como el perro amarrado por días,  y lo sueltas.  Corro, me detengo, te miro, te beso. Deseo abrazarte, permanecer dentro.
 Tu voz cotidiana que platica del viento,  de los fantasmas que van, o te asomas por la ventana para mirar la pileta donde la luna acude a delinearse la sombra.
Me alcanza tu voz instructora, las frases que corriges, se transforman. Tienen tus ojos saber, y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me amenazas con tu sonrisa; bajo tu mirada, atento, pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras.
En el devenir  escucho  tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su sapiencia  alcanza mis viejas paredes. Cuando hablas y cantas mi nombre, mi oído se hincha y baila.

Maestra manet

Y la pelota nunca para

Mi silencio desbarata los poemas grotescos que la realidad dicta.  En mi oreja se etiquetan los coletazos del río, algunos cantos de sirena, el chismerío de las hojas que mueve el viento. Voces que no preguntan; la vida cotidiana distrae, o mi nombre tiene gérmenes de ausencia que desconozco. Son días fértiles para la nada. Te das cuenta que con o sin ti, la vida sigue; sigue como una pelota que nunca para de rebotar.

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La madre

Doña Candi era esposa de un vaquero que  sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. Él, como muchos varones, gustaba de la cerveza, gastar lo ganado en mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor,  a los maltratos que le propinaba su esposo. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo veía,  lavaba ropa ajena y ayudaba a los pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, me ofrecía un café, un bocadillo.  Veía su silencio. sonrisa y su trajín. Sabía, entonces, que esa mujer no escondía celos, rencillas sino un profundo amor para sus hijos.

Tribute-to-Diego

 

El retorno

Hay días que pasan sin pena ni gloria, otros vuelven a zarandearte. Días periféricos que sin ser cometas arriban. Te percatas cuando transitas. Me turba ser de nuevo tu presa, estoy oliendo tus abrazos, mi boca memoriosa desfallece. Eres laguna y soy pez, cuello de gacela y tu leona. Desapareces y se que el día menos pensado llegarás.Vivo tiempos periféricos.

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Nació una leyenda

Las hormigas llevaron de toxicología sangre de diabético, que suicidó con pesticida. Murieron en su hormiguero. Sólo vivió una que todo olisqueaba y que habían encarcelado por tener una conducta extraviada. Los “gemidos” que fueron de advertencia se convirtieron en aullidos de dolor. Así nació la leyenda de la hormiga perro.hormiguitas

Un hombre observador

La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Sonreía y decía lo feliz que era conmigo. Mentía.  No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Y ésta aunque se oculte un hombre sensible lo percibe.

Tuve momentos de alegría, cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Las veces que la conducía sobre las grandes  avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa. Poco a poco se fue apagando. Tal  vez ella  no lo sabía, o lo disimulaba. Nunca me lo dijo.

Muy en la mañana la niebla reptaba en el piso. la reconocí por su forma de caminar. En una mano llevaba su equipaje, en la otra su bolso; subía y bajaba en  desorden como lo hace las mariposa con el ala rota. Se iba de viaje cuando apenas ayer con su índice me dibujaba en la mejilla  su labio.

El tren partía, me miraba incrédula. La saludé moviendo el pañuelo. aquel que me regaló en un cumpleaños y que estaba bordado con las iniciales de mi nombre.

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El cuadro

En el cuadro se veía un hombre maduro, el traje gris contrastaba con la oscuridad de la corbata. Su cabeza altiva, sus ojos tenían una luz que parecía diluirse en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.
Pensé que el deseo de romper en llanto era sólo mío, ¡pero no! con el pañuelo enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño  llevaba bajo el brazo, no podíamos soportar.
Al día siguiente amanecimos con la almohada apretada contra el pecho.

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Del recuerdo

Pasé mi niñez en en el trópico, con venero de petróleo. Los directores de la empresa vivían en en casas de lujo edificadas en los hombros de la loma; los obreros calificados vivían en casas de madera canadiense en la planicie, en las afueras habitaban los indígenas, en chozas que tenían paredes de barro y techo de palma. Mi casa era de madera con piso de color ladrillo y un patio sombreado por árboles. Recuerdo a mi madre arrodillada con escobeta y jabón fregando el piso para que sacará su color rojizo. Color de atardecer que miraba encaramado  sobré las ramas de un viejo almendro que le daba por desnudarse dos veces al año.

 

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El cielo es el mismo

Después del estallido siguió el de las ametralladoras con golpes de muerte. Luego hubo un silencio hiriente que ocupó el espacio de las almas. Se oían sollozos y lágrimas que rodaban por los pómulos sepia de las mujeres. Gritos de muerte cabalgaban en aquellas tierras de oración y fe. Y entre el desierto y la montaña incrédulos se miraban Mahoma y Moisés.

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Los recuerdos

Mientras asean el auto, reconozco la geografía y estoy en la certeza que algunos árboles y casas saben que hay ayeres de mí que aún retozan. Ella es un compendio de años del cual tomó una brevedad. Siempre te pienso.

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De la familia

Poco les importó que Noé no las invitara,se instalaron. Hoy son parte de la familia y no saben de etiquetas, van de la mierda a la torta.

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La primera novia

los almendros tiraban las hojas. Al pasar por la vieja escuela, el taller de cocina estaba abierto. la vi a través del cristal.  la había buscado sin éxito. Y ahora la contemplaba de espaldas. Respiré profundo. Me acerqué, tuve temor de tocarla o hablarle. El momento se hacía tenso, seco de la boca. Oí su voz.

— ¿Cómo estás?

Respiré entrecortado y balbuceé.

—Estoy bien, ¿y tú?

—Aquí, haciendo una tarea.

—Es sábado.

—Le prometí a la maestra que vendría.

la boca seguía seca, el sudor cegándome. Cinco días traté de verla y ahora estaba frente a ella, no sabía que decir y me sentía torpe. Iba a retirarme.

— ¿Por qué no me ayudas?

—Sí —le dije con rapidez. ¿Qué tengo que hacer?

tomé conciencia de la situación. Estábamos en el taller de cocina, recién había sacado del horno tres piezas redondas de pan y disponía a decorarlos;  batía el merengue.

—¿Me acercas el azúcar que está en aquella esquina?

fui presto hacia el frasco, a mitad del camino, con una voz cantada me detuvo. —No puedes entrar así, necesitas un gorro; están de este lado, póntelo.

Dudé. ¡Bonito me vería con una cofia de cocinero! sería el hasmereir de los compañeros si me viesen.

—Ándale, son cosas de la cocina, ¿verdad que me vas a ayudar? Pero si no quieres. dijo quedo…

La turbación era evidente. Sin pensarlo, tomé uno de color azul cielo, lo amarré a la nuca y fui por el azúcar.

— Un poquito más —batía. —Tráeme el color, ¿éste te gusta? o ¿aquél? Ahora dame el pan, sujétalo aquí, dame el cuchillo; mira, de aquel lado donde están las duyas y las cucharas.

Olvidé quien pudiera verme y sólo estuve pendiente de sus indicaciones. Cada vez que rozaba mi piel, aparecía torpe al contestar. No pude contenerme y en un alarde de valor, con palabras cuatropeadas por la asfixia me animé:

— ¿Quieres ser mi novia?

Me miró, alzó su ceja morocha y continuó decorando el pastel, dándole las pinceladas con las que imprimiría su estilo. La duya iba de un lado a otro, subió a un banquito, y remató su decoración sobre la cima de la torta. Trataba de encontrar una respuesta en su cara.

— En el pastel te contesto –me dijo muy seria al quitarse el gorro.

Mis ojos ávidos buscaban, iban del pan dulce a su mirada y torpes la interrogaban.

—Súbete al banco —me dijo, riendo.

Arriba, con letras azules que destacaban sobre el fondo blanco, estaba escrita la palabra SÍ. Afuera, los remolinos seguían jugando con las hojas ocres del almendro.

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Incertidumbre

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Hacer el amor, quedarse ahí, con la experiencia del instante. Nunca se sabe si será el último; con la mujer, con la vida.

Despedida

Mis aguas ya no tienen el brío de la gacela; los árboles florean por la magia de la vida. Tienes en tu mano un espejismo, tan quebradizo que el vuelo  de un pájaro lo fragmentaría. Mi árbol carente ha tirado la hoja y los retoños tardan.

Arboly viento.