Llegó la abuela a cenar. Mal comió dos tamales, su taza de chocolate, pellizco el pan y terminó con su copita de anis del mono. Cruzamos miradas, y todos nos levantamos. En la puerta nadie se animaba a encaminar a la abuela, hasta que mi madre le dijo: usted ya conoce el camino. Bien sabe que al final de la calle comienza el cementerio.
Estuve a un instante de proponerte matrimonio. Apretaba con mi mano la tuya y cuando estaba a punto de hacerlo recordé tu carácter firme de ser tú. Con tiento deslice mi mano, y haciendo que saludaba un conocido, rompí el momento comentándote “asi que no te gusta la nieve combinada” En el audio se escuchaba la canción “nosotros”
2Mario Morales y Marilyn Herbert1 comentarioMe gustaComentarCompartir
Mi abuela, ahora con la pandemia, parece un río interminable. Ora a sus abuelos, a sus padres, al cura que la casó y a sus hijos, nietos, biznietos y sigue la parentela. Entre la abuela y un tal padre Rentería, que ofició en la Media luna al servicio de un tal Pedro Páramo, sigue reza y reza para ser perdonado, ¡me tienen hasta la madre!, y no dejan que concilie el sueño eterno.
Ayer pasó con bastón y morral el vidente Tiresias; me dio un manojo de hierbas. Me abrazó. “buen viaje”, me dijo. Un mes después, evité la cárcel del inframundo frotando el olor de la santa malva con la piel cérea de ella y con la mía…con dos tablas inmovilicé su cuello y la mantilla sobre la testa y bien sujeta a la quijada. ¡A dónde vas! le gritaron y ella por instinto quiso mover el cuello, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos. Ella florecía en lágrimas y sonrisas al abrazar a sus hijos.
El frío con lluvia envolvía los huesos. “los fósforos se humedecen, así nadie los compra”, —decía la niña que los vendía en la calle. Pasó un gordo de barba blanca, la cargó. Los noticieros de última hora videograbaron. De regalo le dio un encendedor. “Esto te durará más“ y se fue silbando “Blanca navidad”
Acostado en el chinchorro, miro el mar y me agito cuando transitan los barcos. No puedo evitar que mis raíces se desordenen. ¿Tendré la fuga del nómada? ¿La prisa del viento? En tus ojos admiro los girasoles que revientan en mis sueños, y al acariciarlos, me da por besar tus pezones. Es la ola mil, los barcos se fueron y no tardas en pasar.
—¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice al hijo.
Portilla está en la cresta de la montaña. El camino es atropellado. Con nitidez se escucha el fierro de la herradura. Golpea y resbala por el limo que cubre las lajas. El cielo oscuro y el viento helado saben del esfuerzo que tiene que hacer ella para no romper en sollozos. Sostiene con el reboso a su hijo; su pecho y vientre forma un nido, donde encaja el pequeño Moisés. Tiene cuatro años, conoce el maíz, el siseo de la víbora y la cereza del café; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado dormido. San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia. Es mansa, pero con facilidad se espanta. Cuando patina tiene que gritarle: —¡Oh, Oh, ¡bestia! — para que vuelva a su paso. No se distrae, sólo atiende al camino. Recuerda que su mujer no le dio más hijos y siente nudos en el pecho. Por el riachuelo, un trueno irrumpe y la madre se persigna.
— ¡Gracias a Dios, casi llegamos! — besa la frente de su hijo, que revienta en fiebre –– te vas a componer ––le dice al oído––: ¡Apúrate, Celedonio, que el niño se desguanza!
El niño es depositado en un catre. La aguja busca una vena, que se oculta en una piel arrugada y seca. ¡Por fin!, un hilillo de sangre, señal de que está dentro. Es crucial embonar la manguera por donde bajará el suero. Con violencia el niño intenta sentarse; los padres le detienen, mientras el médico fija con una cinta adhesiva la aguja. Después, el niño se afloja, pareciera que el aire se escapa por los poros.
—¡Mi hijo! —Grita la madre.
El médico alumbra, la boca tiene restos de alimento. Voltea su cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Golpea el corazón y muellea con angustia el tórax. Los instantes caen como la flor que se deshoja. La madre estalla en gritos y balbuceos, gime y sus sollozos ruedan como las cuentas de un rosario que se rompe.
Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.
Nació después de las lluvias entre los arbustos. con esfuerzo logró hacerse notar, sin embargo, la penuria de sol, la tierra seca y la competencia criminal lo destinaron a ser enano. El tallo se hizo de jorobas por buscar el sol. Petiso, deslustrado, cuajó una papaya raquítica. Con respeto acaricié el fruto, tenía una carne maltratada y sin sabor. Dentro, escondidas entre sus pliegues, había cinco semillas oscuras y redondas donde estaba impresa la historia de su resiliencia y su deseo de trascender.
La tía Gertrudis no puede ver una puerta abierta de la alacena porque se enoja, pero ella deja abierta la de su dormitorio. La puerta del estante, se entiende, se meten las pipiliacas que se comen el chile del mole. La de su recámara no sé, quizá extraña a su difunto esposo. La escucho llorar y creo que por sofocarlo se oye como un quejido.
-¡ Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bisteces y medio de chorizo. Buscó el dinero y no lo encontró. -Dile que te lo apunte, luego voy y se lo pago.
-Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.
Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada.
Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros en la madrugada y los quejidos de mi tia antes de que cantara el gallo. Lo que recuerdo es que nunca faltó en la mesa un trozo de carne. Aun la escucho. » No desperdicien nada, que no me la regalan»
El atrevido oso acarició el rabo de la elefanta. Nunca supo cómo es que llegó a estar a tres metros del suelo y cogido por la trompa de la paquidermo. Frente a ella, un gorila se daba de golpes en el pecho, se llevaba las manos a los genitales y después daba de vueltas levantando ambos brazos y gritando ua ua ua pa pa pa… El oso hizo contacto con el piso y la elefanta caminó moviendo sus caderas con femenina armonía
Llegó la abuela a cenar. Ella de por si come poco. Mal comió dos tamales de mole, su taza de chocolate y pellizco su pan de muerto y terminó con su copita de anis del mono. Cruzamos miradas, al mismo tiempo nos levantamos y ya en la puerta, nadie se animaba a encaminarla, hasta que mi madre le dijo: abuela usted ya conoce el camino. Bien sabe que al final fe la calle comienza el cementerio.
Cayó al pozo. Ocho días después se despertó la niña y los padres sonrieron. ¿ Dónde está mamá Lucha?, preguntó con claridad. Nadie de las mujeres se llamaba así.