Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle a su madre enferma otra porción. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, y con una fiera recién nacida.
La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo y me detenía en los signos de su frente. ¡Qué feliz me haces! Y su mano buscaba la mía. No advertía que después de su sonrisa, frucía leve el entrecejo.
Movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Comprendí que no era el varón que deseaba. Amablemente me despedí.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atras con dos hijos. Esperaban el urbano. No pude evitar mi reproche conmigo mismo por no ser perseverante. Sin duda la amé y lo que vi me duele. Los tiempos nunca vuelven igual.
Escuché mi nombre en el velatorio y volteé identificando a un sujeto que nombraba a otro señor de marcada edad, risueño, apoyaba sus manos en el bastón. (o sea había tres Rubenes en un círculo de cinco metros cuadrados)-¿Qué haces tocayo? Aquí, despidiendo al amigo, se me adelantó por poco y como bien ves, esperando el camión. Sonrió lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.
Le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar.
“Ya es muy tarde”,
“no lo es”,
“y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos”,
No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto.
¿Estás seguro?,
claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio, así mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas.
Eso se lo dije hace tres meses. Días después de haber hecho el corte dejó de hablarme y me evitaba, ahora me hizo la seña de que me esperaba bajo el mango.
No estaba lejos, diez minutos a buen paso, el árbol vivía casi pegado al arroyo. Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y cuando terminábamos sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde habíamos cortado mangos verdes, cocoyos y otros de un amarillo que invitaba.
Le hincamos la muela, el diente y toda la arcada a los mangos. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. La tarde si hizo parda, así que me embarré de mango y le dije: te toca a ti… “no va a querer”, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y con la lengua y labios sorbíamos el arroyo de dulce que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
El árbol solo es dormitorio de tordos. Le reclamé a la Cristina porque no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces la tomé de la cintura y la besé, ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no. Qué estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores. Qué mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: cortas mandarinas…
La ciudad es un hormiguero de alientos. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados a la prisa y la ansiedad.Un cielo con grises que presumen agua. El viento tiene olor a metal y cuero; mueve tendederos, antenas y anuncios . Los pájaros nómadas se van huyendo del smog y del frío.Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre. Algunos se cubren con los periódicos. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. Me prende el recuerdo.Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante. Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineando. Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.Aquella mañana cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagine en qué problemas si el carro se detuviera, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano.Recuerdo cuando te sentaste a la mesa, los cabellos se tendieron en la superficie. Olías a mañana de pueblo que por la noche se lava después de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiraba tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas. escapaste.Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.Así llegaste a mi vida. te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambio de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba. — Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos hablan más. Era increíble, ¡me tomabas en cuenta! Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me habitaste la piel con tus caricias y mis ojos brillar cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante.Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí, sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río, bracear hasta el desmayo. Hundirme en el fondo enredarme en la hierba y el agua llegándome al alma y cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad. Cabizbajo solía regañarme por no haber interpretado tus señales.Hoy, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se juntan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros. —Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas. —Déjame en la esquina, por favor. — ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres? —No, gracias.El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva.
Jugábamos dentro del baño. Abrí la manivela de la regadera y las gotas frías cayeron sobre tu cabello, la camisa mojada se pegó a tu espalda. Me llevaste a tu lado, el agua nos cortaba la respiración. Pasamos a la pasión que azuzó la lava de tu boca, saciaste tu sed con la plenitud de mis pechos, me llené de contracciones. tomé de tu geografía la península y la anexé como un territorio conquistado. Sonaba el agua, el gemido y mi pierna fue boa enroscada a tu cintura. El frío tomó su sombrero y se fue.
El cuerpo se encontró vestido con una túnica blanca ensangrentada. La causa de la hemorragia fue causada por una corona que le incrustaron con un cincel en el perímetro del cráneo. El seno izquierdo había sido cercenado por el filo diamantino de un instrumento. El departamento de investigaciones especiales, después de un escrutinio no había encontrado señal. Una segunda ronda hecha por el departamento forense a cargo del doctor Quinci* recogió una muestra de una diminuta mancha hemática del vidrio de la ventana, que después de minuciosos análisis fueron identificadas como pertenecientes al portador de un raro defecto molecular en el cromosoma X. Más tarde, el asesino en serie era detenido… Sacó el disco compacto del DVD y lo tiró por la ventana del octavo piso como si se tratara de un drom. Repasó en su mente las últimas películas del género. Salió exaltado y abordó el avión que lo llevará a una ciudad de la frontera. Era tiempo de sentir el latido de la acción y prenderse de adrenalina.
Rubén García García. Médico egresado de la UNAM. La brevedad ha sido compañera. Nace en Álamo, Veracruz, México y ha sido publicado en diversas antologías y revistas electrónicas.
—¿Qué tal las enchiladas de la fonda? —Mejor estaban las de mamá —Ya vendrá, fue a ver a su abuela que estaba enferma —De eso ya tiene un mes y no viene —Ya vendrá, ten paciencia. El fin de semana nos vamos a buscarla. —Eso me dijiste hace ocho días y te fuiste con tu compadre el «Mastique» El cielo de la ciudad se ha cargado de un color gris cemento.
El ayer lejano. Duele porque ya no estoy en tus pensamientos. Hay días en que tus manos acarician mis mejillas, y mis piernas rodean tu cintura. Los labios gritando hacia dentro y después el silencio cómplice. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Solo los aromas se mezclaron como lo hicieron alguna vez.