Célibe

images (10)El mar está en calma. Célibe camina por la orilla, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Se recuesta a contemplar la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. Pasan barcos petroleros y viejos pelícanos. El cielo tiene montes con vellocinos dorados. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo, y le place.

Parece que duerme; tal vez, entre sueña. Hay suavidad en el rostro. Se desabotona la blusa para percibir el fino roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en la planicie de su vientre. No quiere pensar en el mañana, únicamente atiende al momento. Desea relajarse y sentir la caricia del mar. Dormita y entre sueña. Observa a la hermana mayor sentada sobre las piernas del novio, moviendo tímidamente las caderas.

Llega el viento marino suave, aromático que despeina a la niña-mujer. Respira profundo. La brevedad de sus pechos empuja la blusa; y al contacto con la brisa brotan de su escondite los pezones. Su acomodo lo busca, bien entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Ahora brota calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

Por el camino

ancianosEl camino es una sábana de hojas ocres. La humedad se adosa en los árboles torcidos. Ella marcha firme, y él arrastra las hojas secas.

—Cuando despierto, imagino que me esperas en la cocina para preparar el desayuno. Recuerdo la vez que te dije que deseaba que fueses mi esposa.
— ¡Disfruta la mañana! Eso fue hace mucho tiempo.
— Bien sabes que tú no eras para mí, ni yo para ti. Tú querías hacer realidad el sueño de tu madre, y yo estaba lejos de ser eso.
— Nunca me gustó ser la mitad. O soy uno o soy cero y deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos.
— Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada.
— Hubiese disfrutado leerte lo que escribía para ti.
— En aquellos días mi mundo giraba sobre ti. En este momento es un recuerdo tierno y nada más. Ahora me atrae lo que sucede en mi ciudad, en mi país o en el mundo.
— Pero… Nos amábamos.
— Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué mis deseos de fuga. ¡Joder! ¡Te tardaste! Cuando te decidiste, no quedaba nada de espuma.

—Me ofusqué. Después te propuse matrimonio, y me rechazaste. Cuando te dije, era el momento. ¡Me había ilusionado! Todo tiene su tiempo. Creo que tuviste miedo.

— Es posible, me vuelvo una mujer muy frágil cuando amo. Regresemos. El frío empieza a calar, el aire muerde mis huesos.
— Pero… ¡Vivimos juntos!
— Querrás decir que somos vecinos porque habitamos en el mismo edificio. Este asilo tiene sus normas.

No llegaríamos lejos

carroNo llegaríamos lejos en la vida, te dije, mientras un mechón de tu pelo se dejaba mecer por el viento. Seriamos una pareja atolondrada, por decir lo menos, que tal si un día vamos en el auto, -tenemos impulsos espontáneos-, verte con falda corta invita a pasar mi mano derecha sobre la calvicie de tus piernas, mientras la mano izquierda controla el volante. ¿Tú te quedarías quieta, así como eres de juguetona? No lo creo. Empezaría a sudar frío percibiendo los latidos de mi abdomen mientras tu mano de piel de oveja oprime y desoprime mi entrepierna. No llegaríamos lejos.

La visión

http://www.vuni.net - digital artEran las cuatro de la mañana. Una madrugada fría. Cerré los ojos, y escuché mi pulso acelerado al recostar mi cabeza. Respiré hondo y traté de dormir. Llegó lo que estuve soñando: corría con todo mi aliento. Una grieta abierta en la tierra me perseguía y un coro de hachas cantaba “ dale dale no pierdas el tino” Cuando desperté la cabeza de mi esposa y la mía rodaban por la pendiente.

Las margaritas

 margaritas

En un mercado persa encontré margaritas. El dependiente,  un anciano con barba entrecana y con anteojos que parecían de migajón,  me decía que las flores habían sido cultivadas en un invernadero que estaba rodeado de montañas,  y que en noches tibias se exponían a la luz de la luna.

Las margaritas son diminutas. Tienen un centro dorado y unos pétalos blancos. Éstos  nacen transparentes, después  palidecen y terminan en blanco sideral. El centro  es de un amarillo suave que recuerda la luz satelital.

Lo grandioso,  me decía el anciano,  que cuando uno se asoma al centro de ellas, tienen el prodigio de comunicarse.

Se quitó los lentes toscos  de migajón, movió las cejas hirsutas y  se metió dentro del ramo. Escuché con eco su voz:

— Hay una mujer que trota por las mañanas  y al llegar a su casa,  una perra nevada le ladra.  “Ojalá y me contaras cuentos, le dice” y la perra aúlla. “Te dije que me contaras cuentos, no que me cantaras”.

Me dejó intrigado – Ella en sus cartas refería su hábito de caminar por las mañanas y al regresar la perra salía a su encuentro.

Empecé a observar mejor el centro de las flores.

—A ellas no les gusta que las miren como si las desnudaran; hágalo suave, como si las moviera una brisa fresca. No es fácil, si aprende, entonces podrá soñar con ella,  siempre y cuando el afecto  sea auténtico. La otra condición es que deben ser dos ramos.

—Entonces véndame otro.

—Imposible, éstos ya no están en venta, son encargos.

—Tráigame otro —le dije a gritos.

Asintió con la cabeza, me hizo una reverencia con sus lentes y siguió atendiendo a la clientela.

La Gárgola

mascaronLa construcción del arca se  ejecutó en una lucha contra el tiempo. Caía  la noche cuando Noé  terminó de reclutar a los animales y  gruesas gotas caían iniciando la monotonía de la lluvia.  Ella identificó el barco y se situó sobre el mascarón de proa, lo que permitió sobrevivir. y ser símbolo y arte en futuras catedrales.

Nuestras bocas

15355505-grapes-and-blackberries-in-a-wooden-basket-on-a-glass-tableHoy mi boca circula en triciclo. Ruedo. Tus ojos oscuridad de moras. Rodeo el dátil de tu boca. Hay uvas, nuestras bocas comen del racimo; sabores que nuestras lenguas buscan. Los labios se calcan y la palabra ahogada solamente musita.

Jarra de vino o laguna

lipo  Tirémonos sobre la alfombra. Vivir en tu interior, soñar en tu boca. Correré mis manos por tu cintura, y siendo barca retornaré por el rio de tu espalda. Allá tus senos de guanábana. Tu ombligo redondo y profundo, poza, jarra de vino o laguna donde aún se baña Li-po.

El cazador

cazadorAtó los cordones de las botas. Pulió la escopeta con el pañuelo, que después puso sobre el cuello. La gorra castrense le quedaba perfecta sobre la testa y muy de mañana se internó en la selva.
En el camino volvió a contar las balas. Eran cincuenta. De vuelta con la  la tarde,  dejó el arma en su sitio y, guardó exactamente cincuenta balas. Ninguna certeza se le puso al tiro.

Príncipe Liliputiense

Renoir Auguste—¡Eres el sapo más hermoso que he visto!

—Croac, croac.

 —¡Cómo brillas! ¡Qué ojos tan vivos! Tienes olor a vainilla. ¿Serás acaso un príncipe?-—Croac, croac.

 Lo besó una, dos y tres veces y quedó prendada del sabor; ansiosa, lo recorrió con su lengua. El animalejo sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir más la boca lo tragó.

 El batracio sí se transformó en un príncipe y ahora busca afanosamente una salida y está seguro de haber sido devorado por un monstruo.

Bip-bip

correcaminosLa implacable maestra, le decía al alumno, —que estaba a punto de llorar— escribirás cien veces: “el ave canta aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas*”. —No puedo—,gimoteaba el Correcaminos.

* ¡A gloria! Salvador Díaz Mirón

La salida

pareja aCaímos en el aburrimiento, pasamos del paroxismo al tedio. Las coincidencias del ayer ahora son contradicciones. El sexo es la puerta donde nos encontramos, pero ¿ hasta cuándo? Las pláticas en el café, el lenguaje de las manos en el parque, han quedado lejos. Ahora tenemos el reproche, la pregunta, la ironía. Esperamos la noche y sin hablar, vivimos para el placer. Yo sueño con otra mujer, tú con otro hombre. Tendremos un espacio para reconsiderar, ya que hoy en la noche, para fortuna de ambos, llega tu marido

Escalosfrío

mujeres grises Camilo BarrocalEn una clínica clandestina, donde la discreción era norma, el cirujano retiraba los restos fetales de su interior. Con el dinero del trabajito obsequiaría a su amante una noche de placer. Justo cuando terminaba, identificó el lunar verrugoso del que salían hirsutos vellos, aquél en el que tantas veces depositó la humedad de sus labios.

Los Girasoles

manzaAcostado. Cuento las olas. Tiemblo cuando los barcos silban y mis raíces se estremecen. ¿Seré un nómada en reposo, un viento, o es el miedo que me da al ver los amarillos? En mis sueños, veo tus ojos tan grandes como girasoles, trituro hojas, aprieto las manos y, después no sé qué me da por besar tus pezones. Ya es la ola mil, el barco se ha ido y tú no tardas en pasar.