La yegua

yeguaLa yegua tenìa asma y sudaba copiosamente. Estaba encharcado de mis corvas y la silla se movia de un lado a otro. Transitàbamos pegados a la montaña y a veces frunciendo la mirada olìa el desfiladero. Al pasar sobre una peña, la silla resbalo: mi cabeza abajo y los pies mirando el cielo.

-¡No se mueva! ¡no se mueva! ¡Aguante, aguante…! ¡Ya vamos! ¡Agarra la pinche yegua! ¡Cuida que no resbale! ¡Putas madres! Si nos quedamos sin médico: ¡Quién chingaos nos va a curar ey …ey… tú pendejo, amárrale las patas al doctor, qué no se vaya a caer, porque el pinche pueblo se queda sin matasanos. ¡Y todavía no lo probamos! ¡ Tánto trabajo que nos costó convencerlo!

Dále un vaso de caña para el susto,  y otro para que le vuelva la sangre…
No se preocupe doctor: ya verá que en el camino y en la vida,
siempre nos topamos con yeguas mañosas.

Zoraida

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El anciano compraba víveres, cuando la reconoció. Se instaló en otro espacio y momento.
Días de viento, lodo y frío. Los cascos del caballo chapoteaban el agua que dejó el chubasco. Vendía leche fresca casa por casa y en aquella casucha lloraba un recién nacido. Entró a la vivienda saludando y dejó la leche en la mesa de pino.
Zoraida – la madre- Adolorida por fuera, temblando por dentro, también lloraba. Dos noches antes había parido. El marido borracho todavía festejaba el nacimiento con sus amigos de labranza.
El viejo lechero revivió la llama del fogón, salieron de sus manos toscas olores de aguacate, manzanilla y canela. El té de manzanilla con canela para la niña, el de aguacate para ella.
Se untó las manos con olores de marihuana caña y albahaca. Con sus labios esparció humo y alcohol y con las manos dio masaje en el vientre para alisar los entuertos.
Ella lloraba cruzando los brazos, y con las manos apretaba la media luna de sus hombros. El viejo comprendió que los pechos estaban a punto de explotar: leche coagulada, leche en piedra: dolor blanco.

Los lienzos húmedos y calientes cayeron hasta casi quemarla, con dedos de seda y boca de canela ordeñó sus pechos, hasta romper los mosaicos albinos de la tela.

Lo demás llegó con el tiempo….mientras por el campo el marido se emborrachaba.

Hoy en la tienda se miran, se sonríen, cuando compran leche, flores de manzanilla y rajas de canela.

Si hubieras sido como Esteban

beso fresaTe comparo con Esteban. Es un señor que deja saber de alguna manera que le gusto.  Si te hubiese conocido y tratado como a él, todo sería distinto.

Cuando voy a una reunión,  él trata de ofrecerme su compañía. Me mira como si fuese un sueño, queriendo  interpretar mi ensimismamiento; ¡si supiera que estoy pensando en ti y deseando que llegue la hora de contemplarte en el café!

Al entrar al salón,  no me quita la mirada, hasta que logra  que yo lo vea. Me sonríe y fija más sus ojos  en los  míos, yo en cambio diviso para otra parte. En algún momento cuando menos espero, lo tengo cerca cuchicheando  algún piropo. Suspira y me saluda con un beso en la mejilla. Me  cuenta algún chiste y no puede ocultar que las palabras brotan entrecortadas. Se retira en silencio cuando ve mi indiferencia.

Si fueras  como esteban, jamás hubiese conocido la zozobra y este deseo que cada vez se hace leña dispuesta.

El adolescente

adolescenteeTumbado en la hamaca, meditaba. Casi identificaba al Ser cuando lo arrasó un sueño voraz y profundo. Masticó un chicle imaginario y roncó. Tuvo la seguridad de que al despertar tendría la respuesta a la duda del hombre. La voz lejana fue acercándose, y tras el primer garrotazo siguieron los demás. La voz se hizo demandante: “¡Levántate huevón, bueno para nada, deja de soñar y ayuda, no ves que la casa se cae”!

Célibe

images (10)El mar está en calma. Célibe camina por la orilla, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Se recuesta a contemplar la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. Pasan barcos petroleros y viejos pelícanos. El cielo tiene montes con vellocinos dorados. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo, y le place.

Parece que duerme; tal vez, entre sueña. Hay suavidad en el rostro. Se desabotona la blusa para percibir el fino roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en la planicie de su vientre. No quiere pensar en el mañana, únicamente atiende al momento. Desea relajarse y sentir la caricia del mar. Dormita y entre sueña. Observa a la hermana mayor sentada sobre las piernas del novio, moviendo tímidamente las caderas.

Llega el viento marino suave, aromático que despeina a la niña-mujer. Respira profundo. La brevedad de sus pechos empuja la blusa; y al contacto con la brisa brotan de su escondite los pezones. Su acomodo lo busca, bien entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Ahora brota calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

Por el camino

ancianosEl camino es una sábana de hojas ocres. La humedad se adosa en los árboles torcidos. Ella marcha firme, y él arrastra las hojas secas.

—Cuando despierto, imagino que me esperas en la cocina para preparar el desayuno. Recuerdo la vez que te dije que deseaba que fueses mi esposa.
— ¡Disfruta la mañana! Eso fue hace mucho tiempo.
— Bien sabes que tú no eras para mí, ni yo para ti. Tú querías hacer realidad el sueño de tu madre, y yo estaba lejos de ser eso.
— Nunca me gustó ser la mitad. O soy uno o soy cero y deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos.
— Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada.
— Hubiese disfrutado leerte lo que escribía para ti.
— En aquellos días mi mundo giraba sobre ti. En este momento es un recuerdo tierno y nada más. Ahora me atrae lo que sucede en mi ciudad, en mi país o en el mundo.
— Pero… Nos amábamos.
— Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué mis deseos de fuga. ¡Joder! ¡Te tardaste! Cuando te decidiste, no quedaba nada de espuma.

—Me ofusqué. Después te propuse matrimonio, y me rechazaste. Cuando te dije, era el momento. ¡Me había ilusionado! Todo tiene su tiempo. Creo que tuviste miedo.

— Es posible, me vuelvo una mujer muy frágil cuando amo. Regresemos. El frío empieza a calar, el aire muerde mis huesos.
— Pero… ¡Vivimos juntos!
— Querrás decir que somos vecinos porque habitamos en el mismo edificio. Este asilo tiene sus normas.

No llegaríamos lejos

carroNo llegaríamos lejos en la vida, te dije, mientras un mechón de tu pelo se dejaba mecer por el viento. Seriamos una pareja atolondrada, por decir lo menos, que tal si un día vamos en el auto, -tenemos impulsos espontáneos-, verte con falda corta invita a pasar mi mano derecha sobre la calvicie de tus piernas, mientras la mano izquierda controla el volante. ¿Tú te quedarías quieta, así como eres de juguetona? No lo creo. Empezaría a sudar frío percibiendo los latidos de mi abdomen mientras tu mano de piel de oveja oprime y desoprime mi entrepierna. No llegaríamos lejos.

La visión

http://www.vuni.net - digital artEran las cuatro de la mañana. Una madrugada fría. Cerré los ojos, y escuché mi pulso acelerado al recostar mi cabeza. Respiré hondo y traté de dormir. Llegó lo que estuve soñando: corría con todo mi aliento. Una grieta abierta en la tierra me perseguía y un coro de hachas cantaba “ dale dale no pierdas el tino” Cuando desperté la cabeza de mi esposa y la mía rodaban por la pendiente.

Las margaritas

 margaritas

En un mercado persa encontré margaritas. El dependiente,  un anciano con barba entrecana y con anteojos que parecían de migajón,  me decía que las flores habían sido cultivadas en un invernadero que estaba rodeado de montañas,  y que en noches tibias se exponían a la luz de la luna.

Las margaritas son diminutas. Tienen un centro dorado y unos pétalos blancos. Éstos  nacen transparentes, después  palidecen y terminan en blanco sideral. El centro  es de un amarillo suave que recuerda la luz satelital.

Lo grandioso,  me decía el anciano,  que cuando uno se asoma al centro de ellas, tienen el prodigio de comunicarse.

Se quitó los lentes toscos  de migajón, movió las cejas hirsutas y  se metió dentro del ramo. Escuché con eco su voz:

— Hay una mujer que trota por las mañanas  y al llegar a su casa,  una perra nevada le ladra.  “Ojalá y me contaras cuentos, le dice” y la perra aúlla. “Te dije que me contaras cuentos, no que me cantaras”.

Me dejó intrigado – Ella en sus cartas refería su hábito de caminar por las mañanas y al regresar la perra salía a su encuentro.

Empecé a observar mejor el centro de las flores.

—A ellas no les gusta que las miren como si las desnudaran; hágalo suave, como si las moviera una brisa fresca. No es fácil, si aprende, entonces podrá soñar con ella,  siempre y cuando el afecto  sea auténtico. La otra condición es que deben ser dos ramos.

—Entonces véndame otro.

—Imposible, éstos ya no están en venta, son encargos.

—Tráigame otro —le dije a gritos.

Asintió con la cabeza, me hizo una reverencia con sus lentes y siguió atendiendo a la clientela.

La Gárgola

mascaronLa construcción del arca se  ejecutó en una lucha contra el tiempo. Caía  la noche cuando Noé  terminó de reclutar a los animales y  gruesas gotas caían iniciando la monotonía de la lluvia.  Ella identificó el barco y se situó sobre el mascarón de proa, lo que permitió sobrevivir. y ser símbolo y arte en futuras catedrales.

Nuestras bocas

15355505-grapes-and-blackberries-in-a-wooden-basket-on-a-glass-tableHoy mi boca circula en triciclo. Ruedo. Tus ojos oscuridad de moras. Rodeo el dátil de tu boca. Hay uvas, nuestras bocas comen del racimo; sabores que nuestras lenguas buscan. Los labios se calcan y la palabra ahogada solamente musita.

Jarra de vino o laguna

lipo  Tirémonos sobre la alfombra. Vivir en tu interior, soñar en tu boca. Correré mis manos por tu cintura, y siendo barca retornaré por el rio de tu espalda. Allá tus senos de guanábana. Tu ombligo redondo y profundo, poza, jarra de vino o laguna donde aún se baña Li-po.

El cazador

cazadorAtó los cordones de las botas. Pulió la escopeta con el pañuelo, que después puso sobre el cuello. La gorra castrense le quedaba perfecta sobre la testa y muy de mañana se internó en la selva.
En el camino volvió a contar las balas. Eran cincuenta. De vuelta con la  la tarde,  dejó el arma en su sitio y, guardó exactamente cincuenta balas. Ninguna certeza se le puso al tiro.

Príncipe Liliputiense

Renoir Auguste—¡Eres el sapo más hermoso que he visto!

—Croac, croac.

 —¡Cómo brillas! ¡Qué ojos tan vivos! Tienes olor a vainilla. ¿Serás acaso un príncipe?-—Croac, croac.

 Lo besó una, dos y tres veces y quedó prendada del sabor; ansiosa, lo recorrió con su lengua. El animalejo sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir más la boca lo tragó.

 El batracio sí se transformó en un príncipe y ahora busca afanosamente una salida y está seguro de haber sido devorado por un monstruo.