Páramo

IMG_0944Llegaste humedeciendo mi páramo cuando la hierba asoleada no esperaba la lluvia. Salieron de los nidos los batracios, las blancas mariposas y el olor profundo de la tierra mojada. Te fuiste, y dentro quedó un vientecillo renuente. Aire fresco que no conoce el tiempo y que en el claroscuro de la tarde aparece silbando.

El regreso

sierraSalieron antes de la medianoche.

¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice suplicante al hijo, en medio del silencio.

La aldea de Portilla está en la cresta de la montaña, y el camino se vuelve complicado para las bestias. Con nitidez, se oye cómo el fierro de la herradura golpea y se desliza por el limo que cubre parte de las lajas. El cielo negro, el ruido de la cascada y el viento helado saben del esfuerzo que tienen que hacer para no romper en sollozos. Sostiene, con lo terso de sus manos, la cabeza de su hijo; y con su pecho y vientre forma un nido, para que encaje el pequeño cuerpo de Moisés. Tiene cuatro años, conoce la estatura del maíz, el dulce de sus granos, el siseo de la víbora y la cereza del café que corta cuando el fruto colorea; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado sin resorte.

San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia, pues recuerda lo que dijo su compadre:

Es una yegua mansa, pero a veces pajarea y se espanta. El golpe de los cascos sobre la roca se vuelve estridente cuando la bestia patina, y tiene que gritarle.

¡Oh, Oh, Oh, bestia, bestia! —para que se calme y vuelva a su paso. No mira, sólo atiende al camino. Y de golpe se le viene al pensamiento que su mujer no le dio más hijos y siente que en el pecho se están amasando bolas que le impiden hablar. Al cruzar el riachuelo, una estrella se mira en el cielo y la madre se persigna.

¡Gracias a Dios ya casi llegamos! —Exclama, mientras besa la nuca de su hijo, que revienta en fiebre –– Vas a ver que te vas a componer ––le dice al oído, y luego––:

-¡Apúrate, Celedonio, apúrate, que siento que el niño se desguanza!

Alumbrado por unos candiles y unas lámparas, el niño es puesto en un catre. La aguja busca encontrar la superficie de una vena, pero ésta se esconde en una piel que se arruga de seca. ¡Por fin, la encuentra! Un hilillo de sangre se diluye en el agua, señal de que se está dentro de la vena. Es crucial meter en el pivote de la aguja el conducto por donde bajará el suero. Con violencia, el niño intenta sentarse; el padre y la madre le detienen, mientras el médico se apronta para fijar la aguja. Después, se afloja, tan rápido, que se vuelve nada.

¡Mi hijo! —Grita la madre.

El médico alumbra y la boca está llena de restos de alimento. Le voltea la cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Le golpea el corazón y sus manos muellean con angustia el tórax. Los instantes caen como la rosa que el viento deshoja. La madre estalla en gritos y le habla en balbuceos, entrecorta las palabras, gime y sus lágrimas caen como un rosario que se rompe, pero el hijo, no despierta.

Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.

Negrura

variolaHace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. No discriminaste. Hoy te tienen encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para hacerte más letal. Me excita pensar que un descuido, puede ser mi fatalidad. Un día, cuando sólo seas referente en libros empolvados, quitaré tus candados y te dejaré olvidada en el aeropuerto y quince días después brotarías en forma de vesículas hediondas de pus y de muerte. En la hecatombe, te preguntaré: ¿Estás satisfecha?

La bestia

bestiaEl tren rezongaba. Parecía un becerro arisco, subiendo hacia el pueblo. Sobre los gruñidos de la máquina, las campanas repiqueteaban alocadas. Como todos los domingos en la plaza, la gente compraba y vendía. Del carruaje, salió un sujeto con una bocina parlante, invitando a las personas a ver el espectáculo del mediodía: “Podrán contárselo a los nietos de los nietos y siempre dudarán. Sólo sus ojos darán crédito” Dos horas después, el gentío se arremolinaba para mirar el acto.

La bestia era dócil y gran imitadora de animales. La gente reía. Sin embargo, cuando rompió en un rugido más potente que el de un león, todos enmudecieron. Abrió las fauces y el voceador del espectáculo metió la cabeza; poco después, sólo los zapatos quedaron fuera. El animal hizo una contracción ventral y el sujeto desapareció. Llovieron monedas y aplausos de la multitud. Ella caminó en círculo, levantó los brazos y agitando unas alas que brotaron de su espalda, voló hasta perderse por encima de los cedros.
El tren ha quedado en la plaza. A media noche, el viejo más viejo del pueblo agoniza, y sobre el padrenuestro del cura, se escucha el tañer alocado de la campana. Es una noche sin viento y solo gime el silencio. El difunto era el último que recordaba aquel suceso. Ahora, nadie sabe.

Desasosiego dos

DOS-LUNAS¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue, pero mi corazón me dice que se quedó la mitad de él. No puedo dejar nada que lo haga imaginar que hay en la habitación una respiración diferente de la mía porque es capaz de todo.

Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra. Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió como diciéndome: ¡eso no basta!

Cuando pienso hablarle a alguno de mis amigos, repiquetea el teléfono.

¿Qué haces? Me dice con voz recelosa.

Aquí, limpiando los viejos libros que heredé de la abuela.

¡Tirálos, eso es basura!

Lo haré a su tiempo.

Mis ojos se detienen en el pez dorado que parece mirarme , mientras él se despide con instrucciones y besos por el teléfono.

La abuela, siempre lozana y viuda.

Variola

investigadoresHace tiempo desollaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos o carcomidos.No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para sumar tu letalidad. Tiemblo al pensar que un error puede serme fatal. El rechazo que la institución me impone, estimula mi deseo de ponerte en libertad. Tan sencillo como dejarte olvidada en algún aeropuerto y quince días después, brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas hediondas de pus y muerte.

La prueba

Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Solo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, miró a un ciego que cantaba, percutiendo con sus pies un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente los dobleces del humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguantó más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

Renoir Tejedora

Célibe

pubCélibe camina por la playa, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.

Sentada contempla la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo.

Entre sueña. Se desabotona la blusa para percibir el roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en su vientre. No piensa, solo atiende al momento.Relajada disfruta del mar. Dormita y recrea a la hermana sentada sobre las piernas del novio, moviendo discretamente las caderas.

Llega un aire que despeina a la niña-mujer. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; y al contacto con la brisa brotan los pezones. Busca acomodo entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Llega un calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

Escribiré

estudioSoy Susano Zabaleta y conozco al escritor. Somos amigos, pero si él dice que es blanco, yo, que negro. Cuando el enojo sube, le paramos, dando fin a la cuestión . Cambiamos de tema y decimos salud.

Un día dijo que no tomaría porque pretendía escribir como los ángeles. Por semanas no tuvimos ninguna charla, pero ese día, pareciera que el infierno había cambiado de domicilio, y fui a su departamento. Abrí la puerta sabiendo que allí estaba. Lo encontré escribiendo no sé qué cosas en su computadora y mirando diccionarios. No se inmutó.

—Espérame, no te vayas, termino y te atiendo, quiero enseñarte algo.

Con esa dichosa frase, me tuvo más de media hora.

—Ya termino, ya termino. —repetía. Estuve a punto de mandarlo a la chingada, cuando me dijo

—¿Sabes, Susano, que no tardaré en escribir como los ángeles? Tademus dice que los ángeles tienen piel; y en la espalda, las plumas que forman las alas.

Se desnudó. Dándome la espalda dijo:

—¡Mira! Ya me están saliendo las alas.

Yo, por más que miraba, no veía más que piel y espinillas.

—¿Cuáles alas? —pregunté.

—¡No seas ignorante! Sólo tienes que fijarte en los plumíferos: la piel enrojece y poco a poco, hacen erupción. Primero brotan las puntas de los caños que se enramaran de plumas. ¡Fíjate bien! ¡Acércate más! —dijo furioso.

Sólo encontré puntos rojizos.

—¡Tócame!

Toqué. Sentí pequeños nódulos y, sí, estaban enrojecidos.

—¡Es el principio de mis plumas! Dentro de poco, escribiré como los ángeles.

Sueño

niñoAnoche soñé. Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba como a una cosa. No le daba de comer. Estábamos en un cuarto de hotel y esperaba a su madre para entregárselo. Como no llegaba, lo dejé sobre un montículo de ropa fuera del hotel, creyendo que anduviera por donde anduviera se percataría de su hijo.

Volví al cuarto y ya casi al llegar, me llegó el presentimiento de que la madre tal vez no lo viese, y regresé. Frenético corría para rescatarlo. Al encontrarlo sano y salvo, sentí como si se hubiese abierto el día después de meses de no ver al sol; y a trote, corrí con él buscándole agua y alimento.

Tenía la preocupación legítima de que el bebé me necesitaba, y yo sonreía con él y apretándolo en mis brazos, corría bajando por caminos de lodo, después escalones. Buscaba en aquel pueblo un puesto donde comprar agua y leche. Cuando vi al bebé comer, sentí que estaba bien, fue un momento de gloria y luz para mi interior y lo acerqué a mi cuello, dándole golpes suaves sobre su espalda y apretándolo sobre mi corazón.

La peste

¡Qué grandes fuimos cuando conducíamos a millones de roedores desde Asia hasta Europa! La sangre de la rata era amarga; y dulce, la de los hombres. Por cada familia infectada sólo quedaba la mitad para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.peste

Callejero

perroSentada bajo la sombra del almendro, una niña mira hacia el caserío imaginando que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada es llorosa. Las amigas que pasan la saludan. Algunas acompañadas de sus mascotas.

Está por regresar a su casa cuando siente el roce de un lomo peludo por sus piernas. Sabe qué es. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde se había metido.
-¡Dos días sin saber de ti! ¡Es demasiado!
El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada profunda se vuelve más triste y avizora que en un futuro, “Callejero” no regresará.

Desde lo más dentro lo regaña con gimoteos.
– ¡No has sido buen perro! ¡Eres libertino, andariego!
El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella suspira, lagrimea. Toma de la calle piedras y cerrando los ojos, las tira a no darle y le grita.
– ¡Vete!
Camina dándole la espalda y, después, corre hasta perderse en un punto.

Por qué no fuiste como Esteban

pareja-cafe-blogEsteban siempre sonríe, me busca en todos lados con su mirada y cuando creo haberlo perdido, me asalta con su insistencia, pero se retira en silencio cuando percibe mi indiferencia. En cambio tú… En el bar la penumbra es cómplice. Soy yo la que te besa, la que se desliza entre tus piernas y en mi fantasía deseo poseerte mientras el saxofonista vuela tocando la melodía. Estoy deseando tu embestida, sin voluntad para rechazarte. ¿Por qué no fuiste como Esteban?

Frenesí

mujer derojoSintió una erección tan violenta que por un segundo se sintió adolescente. Tuvo que pasar más de media vida para encontrarla.
-Éres lo que busco, le dijo al oído, sujetándola de las caderas. El perfume de sus cabellos lo enloquecía y sus labios rodaban sin cesar.
Dentro, la barca del infarto desataba sus nudos.

La guerra

OLYMPUS DIGITAL CAMERALos muertos están calientes. Vivieron con la negrura que los abuelos inculcaron. Estamos sin lágrimas, apedreados de la boca. Las mujeres se retiran despacio con sus senos blancos, llenos de leche y angustia.
Se fueron los muertos a pelear en otros silencios, adelgazando sus almas, afilando los odios.