cazadorAtó los cordones de las botas. Pulió la escopeta con el pañuelo, que después puso sobre el cuello. La gorra castrense le quedaba perfecta sobre la testa y muy de mañana se internó en la selva.
En el camino volvió a contar las balas. Eran cincuenta. De vuelta con la  la tarde,  dejó el arma en su sitio y, guardó exactamente cincuenta balas. Ninguna certeza se le puso al tiro.