
La provocación

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En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción

Mi silencio desbarata los poemas grotescos que la realidad me dicta y en mi oreja se etiquetan los coletazos del río, algunos cantos de sirena, el chismerío de las hojas que acarrea el viento y voces, que no se atreven a preguntar por mí, porque la vida cotidiana distrae o mi nombre tiene gérmenes de ausencia que yo desconozco. Son días fértiles para la nada. Te das cuenta que con o sin ti, la vida sigue y sigue como una pelota que nunca termina de rebotar.
Doña Candi era esposa de un vaquero. El vaquero sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. El vaquero gustaba de la cerveza y de gastar lo poco que ganaba en otras mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor hacia ellos, ante los maltratos del vaquero. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo la veía trasteando frente a mi consultorio y lavando ropa ajena y cargando a sus pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, ella se acercaba a darme de lo poco que tenía: un café, una enchilada. Le veía la cara, su andar, su silencio y sabía, entonces, que esa mujer no estaba para odiar a nadie. Amaba a sus hijos por encima de toda pobreza.
Hay días que pasan sin pena ni gloria, otros, sin que lo desees, vuelven a zarandearte. Días periféricos que sin ser cometas arriban y te percatas con el rabillo del ojo cuando transitas por la banqueta. Me turba ser de nuevo tu presa, pero es inútil resistir y estoy oliendo tus abrazos y mi boca memoriosa desfallece en tu aliento. Eres un pozo y soy pez, cuello de gacela y tú felina. Te vas alada y no se cuando llegará tu próximo asalto. Vivo tiempos periféricos.
Tuve el impulso de pararme y vestirme. Creí que era ya muy tarde. La tranquilidad sobrevino cuando escuché a mi esposa dormir profundamente. Volví a acostarme, miré el reloj, oprimí el botón de luz, eran las cuatro de la mañana; una madrugada fría. Cerré los ojos y percibí el pulso al recostar mi cabeza. Conté la frecuencia, y rebasaba lo normal como si hubiese trotado. Respiré hondo. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión, o el exceso de café durante el día?Una mañana, ya para salir del trabajo, la besé una, dos, tres veces, y seguimos y seguimos hasta que el café dejó de hacer efecto, y gritó:
– Tengo citas pendientes.
Después corriste buscando un taxi.
Subiste al auto, me observabas y desviabas tu mirada. Movías tu cabeza de un lado a otro. Verte con falda corta, invitaba a pasar mis manos sobre la tersura de tus piernas. Con una mano guiaba el auto, la otra planeaba sobre la suavidad de tu rodilla.
– ¿Te quedarías quieta, así como eres de juguetona?
Yo escuchaba ya los latidos de mi abdomen mientras tu mano de piel de oveja cubría mi entrepierna. Aquella vez vi cómo preparabas el café, colmado de harina.
– Es café turco – dijiste- y está recién tostado…
Apreté de nuevo la luz del reloj y, escasamente, habían pasado unos minutos.