margaritas

En un mercado persa encontré margaritas. El dependiente,  un anciano con barba entrecana y con anteojos que parecían de migajón,  me decía que las flores habían sido cultivadas en un invernadero que estaba rodeado de montañas,  y que en noches tibias se exponían a la luz de la luna.

Las margaritas son diminutas. Tienen un centro dorado y unos pétalos blancos. Éstos  nacen transparentes, después  palidecen y terminan en blanco sideral. El centro  es de un amarillo suave que recuerda la luz satelital.

Lo grandioso,  me decía el anciano,  que cuando uno se asoma al centro de ellas, tienen el prodigio de comunicarse.

Se quitó los lentes toscos  de migajón, movió las cejas hirsutas y  se metió dentro del ramo. Escuché con eco su voz:

— Hay una mujer que trota por las mañanas  y al llegar a su casa,  una perra nevada le ladra.  “Ojalá y me contaras cuentos, le dice” y la perra aúlla. “Te dije que me contaras cuentos, no que me cantaras”.

Me dejó intrigado – Ella en sus cartas refería su hábito de caminar por las mañanas y al regresar la perra salía a su encuentro.

Empecé a observar mejor el centro de las flores.

—A ellas no les gusta que las miren como si las desnudaran; hágalo suave, como si las moviera una brisa fresca. No es fácil, si aprende, entonces podrá soñar con ella,  siempre y cuando el afecto  sea auténtico. La otra condición es que deben ser dos ramos.

—Entonces véndame otro.

—Imposible, éstos ya no están en venta, son encargos.

—Tráigame otro —le dije a gritos.

Asintió con la cabeza, me hizo una reverencia con sus lentes y siguió atendiendo a la clientela.