La mujer

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El sol no tardará en salir. En silencio trota, sólo ella y su pensamiento. Escucha gritos lejanos que provienen de la zona boscosa de la ciudad. Los resplandores de las torres de la iglesia iluminan el rocío. La mirada se fuga y surge el color viejo del pasado. Recuerda su cara agraciada, la misma que ahora ve en sus hijos. Cerca del parque central, a una cuadra de la escuela donde estudió la primaria se ve jugando con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? En una calle casi en las afueras de la ciudad, reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que con los brazos cansados la abrigaban en las noches de oscuridad y de frío. Ya llega la alborada, se oye el canto de los pájaros, el aroma de la hierba, el color rosa de la cordillera y silba el himno escolar. Su novio, el primero y el único, le vislumbra, suspira recordando el inmenso placer de amarlo, entregada en espíritu y carne.

Sube por la pendiente, La respiración se hace asmática, el sudor se desliza por la piel. Se ve en su departamento, durmiendo después de la media noche y levantándose antes de que el sol abra. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma falda negra, su escoba hecha de ramas de árboles caídos que día a día sirve para recoger la basura y de lo encontrado, mantiene a su prole; al pasar a su lado siente su mirada vacía.  Muerde sus labios, desea darle los buenos días, y sólo levanta la mano. Prosigue su carrera golpeando el cemento. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que parecen puños levantados. Sobre el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.

De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más, logra rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corre por inercia; sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas, levanta la cara sobre el bermellón de las montañas y continúa con más fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.

Brevedad negra

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Al abrir la puerta percibió un olor a patas y sangre; reprimiendo la náusea se acercó al cadáver y lo identificó por el arete. Esbozó una sonrisa. Un grito hacia dentro y con los labios casi pegados:
– ¡Hasta que te vi muerto cabrón hijo de puta!
Escuchó ruido y después un dolor punzante que se incrustó en su nuca. Antes de sumirse en el vacío, la voz de su enemigo.
– ¡Hasta que se te va a quitar lo pendejo!
Y le dio la razón al gordo, quien salió acompañado del actor que ya había recompuesto su figura y le devolvía el pendiente zafándolo de la oreja.

El ayer de los adultos mayores

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Ayer jugábamos en el campo, en la calle, alumbrados por los quemadores de gas o la luna. Hoy no dejo salir a mi nieto ni a la esquina. Carros a velocidad, cazadores de niños y, ofrecedores de droga. Él se enoja y me dice que ya es grande y poderoso.

Pregunta

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Recostada sobre mi pecho, mira tímida. Su cabello destella. Me pregunto: ¿cómo puede tener esa luz de turbación en sus ojos, si ella fue la que me llevó al cielo? En su boca, fui flauta y gacela

Leonardo da vinci

Brevedad

Hay días periféricos,

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brotan por el camino sin que lo esperes. En el desconcierto camino indiferente, pero la memoria retrocede y la hierba vuelve a florecer entre tu cabello. Fuiste lluvia que bañó mi pecho mientras aupaba tus glúteos. Tu tórax sibilante, la quilla de tu barco que desprendía aromas de ola derramada. Aún te siento; vuelves a la memoria.

La hermana de Makiu

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Soy una cuerda que desafina. Hermana de Makiu. Una noche entraron a mi cama, -que es la misma de ella-: un gorila, un gato y un fantasma. Brinqué del susto y grité tan fuerte que los tres salieron corriendo. Yo no sabia que eran parte del sueño de ella y que ellos llegaban a protegerla para que no tuviese pesadillas. Si lo hubiese sabido, mis otras hermanas, no se hubieran asustado por mi grito.
Ahora, ellas me miran con recelo… y se llenan de miedo por la noche. En la mañana cuando tengo que irme a la escuela, me dicen:
-vete con cuidado… pasa las esquinas con atención, respeta los semáforos, siempre escoge calles transitadas…no te embobes con revistas, y se recatada y juiciosa, nada de balancearse como si tuvieses una muelle en cada pierna y en cada cadera una flor.
No saben que siempre camino pegada a la pared y la que marcha de ese modo es la bella Makiu.

El dios del Trueno

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Leyenda Totonaca

El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.

Leyenda

 

El enano

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En días de hastío, se acostaba en la playa, e imaginaba que de un mar de olas pequeñas, llegaban cientos de hombrecillos y lo sujetaban.

Nadando hacia el horizonte

horizonte

Ajado, desfalleciente, libro mi batalla por escribir. Miro a la montaña, al viento que mueve la arboleda y al horizonte donde nado persiguiendo al sol. Vuelvo la cabeza y te observo jugando con la pandilla. Deseo recorrer a pie las grandes avenidas y percibir el frío helado que adormece.

Los hijos ya son hombres, nadie me acompaña; y el eco de mis tacones solo suena para mí. A veces llegan olores de jazmines y me deleito, de alegre vainilla que golpea, del intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared. Sigo en el camino apretando contra mi pecho la esperanza.

Llueve, y el horizonte cada vez más cerca. Nadar cerca del sol será bello.

 

 

 

 

 

La palabra

niña mirando el mar.Antonieta VralloCaminé sobre el principio del final. Reflexioné que lo mejor está dentro. Abrí ventanas y azucé pensamientos; que vuelen y vuelen para que lleguen a ser.He vivido entre párrafos. «Mis ojos ardían y las letras danzaban”. Encontré camino en la palabra. Ella es corazón. Me hace lanzarla y embelesa hacerla flor, cielo o mar.

Soñar es peligroso

 

sala

Estoy entresoñando. Te mueves en la oscuridad con la destreza de un ciego en su casa. Dejé la puerta del dormitorio entreabierta y a través de la rendija tu sombra me estremece. Desapareces.
En la mañana que sorbo el café y muerdo el pan, siento la insistencia de tus ojos. Tienen fuerza. Levanto la cara y desvías la mirada. Tal vez piensas que me molestaría si me vieses comer. Para nada, pues seguiría haciéndolo y sonreiría.

Estoy en tu casa como un invitado extraordinario, pues sé que no introduces a nadie que no sea de tu familia y yo no lo soy. Soy tu invitado que llegó del norte. Es complicado definirme, pero diré que soy un amigo íntimo al que no conocías en persona. Los niños se han ido a la escuela, y pronto iras al laburo. El carro de la compañía ha llegado y alcanzo a escuchar el ronroneo del motor.

El tiempo se ha echado encima. El taconeo de tus botas en la duela del piso, es fiel reflejo de tu prisa. Miro a través de la ventana, las buganvilias ofrecen nuevos ramos y la perra retoza en la grama. Sé que observas mis espaldas. Tienes la mirada pesada y tersa como es el mercurio. Pero en este momento, en que la perra persigue a la libélula, le agregas el deseo de no ir al trabajo y quedarte conmigo a contemplar el jardín. Sé que sacudiste la cabeza e hincaste tu tacón en las vetas de la madera. No tanto para que me diera cuenta, sino para decirte que volar es peligroso.

El beso que me dejas en la mejilla tiene humedad, presión y, un grito contenido. Todo lo transformas. Sudo. Tengo caballos en el corazón y en el bajo vientre una caricia no concretada. Cierras la puerta, pero alcanzo a escuchar tu respiración entrecortada y, luego el ruido del motor que se aleja.

El palomo

mujer.folklorEl cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.

—¿Se quieren casar? —preguntaba.

La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Y luego un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía entonces que había un sí, todo era cuestión del tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón, una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría a cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ese era su negocio.

Aquel domingo llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja; transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral.

La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos,destrozándose el pulpejo de los dedos. La luz ámbar de los quinqués daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile. Jacinto, cortador de caña, con reverencia alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y luego distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.

La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.

Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando la hoz, arremetió contra él; con un gesto de dolor, el hombre abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor en un santiamén lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado; los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre poco a poco dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.

Al victimario lo ataron a un poste que servía para sostener el cielo de la pista. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera al son del bajo. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.

El día que fuimos

mar y parejaUn día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.

El diluvio

sirena

Noé escuchó el canto de una sirena que pedía posada en el nombre de Dios. Estuvo tentado a decirle que sí, mas recordó la fiereza de los gatunos; la dureza del instinto. Ella se fue. Y él, quedó con latidos entre las piernas.