Las tijeras

artesanias
Busqué con afán y no encontré el libro donde aparecía un texto de mi autoría. Una semana antes, lo había tenido entre mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.
— ¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento?
—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas sólo puedes saberlo tú. me contestó molesta mi mujer.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada con los ojos puestos en la tela de campanitas impresas, en el pegamento. O quizá, fingía. Mi vida era una secuencia de tumbos y de ocasionales victorias. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para seguir escribiendo. Desaparecer mi libro, constituía un golpe duro a mi persona. Ella lo sabía.
Me acerqué poco a poco hacia ella. Cada vez, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo. Retumbando en mis sienes los martillos del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos en su tórax, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Me contuve.
Mis ojos encontraron debajo de la tela de pinos y campanitas, un destello que provenía de la afilada punta de la tijera. Me aproximé a la mesa. Las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.
tomando las tijeras, le dije:
—Estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.

El artista del cielo

M

hombre payaso

Un artista del cielo
El payaso “Risitas” sustituyó al hombre bala. Tronó el cañón y él salió disparado. Movía los brazos como si fuese ave y las manos como lo hacen las plumas sobre el parabrisas; el público de píe aplaudía a rabiar. Salió del circo al cielo y jamás regresó.

El almohadón

No requería tanto tiempo. Quince o veinte minutos bastaban. Teníamos un clima interior alimentado por caricias ocultas, tan o más eficientes que las se prodigan en la intimidad. Nuestro problema era distraer la atención de la mamá.

Yo llegaba por la noche y subir las escaleras en la oscuridad del pasillo, era mi disgusto. Nunca recibieron un acabado, y más de una vez tropecé. Alcanzaba el penúltimo escalón con el resoplo de un caballo viejo. La mamá rutinariamente veía películas gringas, pues era sorda por lo que prefería leer los subtítulos; siempre recogida en el sofá. Un mueble, por su tamaño, servía de división entre la sala y la puerta de la cocina.

Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en un comedor de cuatro sillas, a espaldas de la señora. Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría. Bajo la mesa comenzábamos el juego. Desnudos los pies, nos acariciábamos. Ella ascendía por mis piernas hasta localizar la entrepierna y, después, frotaba y frotaba hasta conseguir alterarme; se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte, respondía de la misma manera. Así que después de una hora de retozo, los ojos nos brillaban, brutal reflejo de lo que dentro ardía.

La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego. Ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara muy pegada a la mejilla de su progenitora quien le daba algunas indicaciones en voz baja. Tenía una falda corta que dejaba ver sus muslos y, por la manera como estaba, los pliegues de los glúteos y el color de las bragas. Mis manos fueron libélulas y se deslizaron con suavidad por la piel blanca, turgente.

Ella volteó y me hizo seña que me calmara, pero eso levantó más mis ansias y recargué cuerpo y deseo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, pero topó con mi dureza; y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome apretones placenteros. Luego, lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa cuando se posa en el extremo de un tronco. Mientras seguía hablando con su mamá, su cuerpo ocultaba el mío.

Era casi la media noche y la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en los ojos admití que nada se podía hacer. Así que al despedirme de la señora, sin que se percatara, tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Ella me acompañó a la puerta, pero en la oscuridad del pasillo, no pudimos evitar el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes.

Minutos después, la panty quedaba por los escalones. Sus manos se apoyaban sobre la pared; yo, detrás de ella. Mis dedos izquierdos sujetaban su cintura, y los derechos sus caderas. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón, le pedí que se hincara. Ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían, se escuchó la voz de la mamá llamándola.
— ¡Ya súbete! Y por favor, ¡no maltrates el almohadón! Es el que hace juego con el color de la sala.

Temor o cobardía

pareja-cafe-blog

Oprimí tu mano; un golpe me cerró la razón y me vi después del tiempo: había miedo, deseo y esa sensación de estar bajo tu sombra. Zafé los dedos con lentitud, como retirándome de un vacío. ¿temor de vivir? ¿o de vivir contigo?

La bella Makiu

niña makiuEl oso,
el gato,
el gorila.
Los tres se pelean
por arrullar a Makiu.
El oso promete un enorme abrazo.
El gorila un grito
que espante a los fantasmas que rondan cerca de la cuna.
El gato en silencio
calienta los pies,
mientras afuera el viento helado desgañita por los tejados.
Makiu duerme y complace al gato que no para de ronronear…

 

El hombre

pintura rembrand,hombre leyendoCuando cerraba la puerta su hijo lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años, se había ido de viaje. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. fue un otoño, y el frío entraba por las rendijas de la puerta. Vivían en un condominio donde los edificios eran idénticos. Siente que era una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era , suave, y susurrante parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba una alegría.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el pecho. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla

Los caminos

IMG_0621Hace frío y la neblina va y viene enredándose en la cintura de los árboles, parece gato y acecha entre los zacatales. Estas tierras fueron selvas: fuera y abajo las ceibas y a sembrar pasto para el ganado; en horas de sopor, se refugia bajo la sombra de los Tamarindos. Hoy llueve menudo y helado.

Van y vienen los caminos, pero hay encrucijadas donde acampa la gente alrededor de la fogata que cruje haciendo que la olla derrame el aroma del café. Unos se dirigen hacia arriba porque la abuela agoniza, otros regresan a la ciudad buscando sustento.
Nada diferente, por estos días, la niebla de la montaña baja hacía la sabana y la gente sorbe el café para tomar fuerza y seguir hacia arriba o hacia abajo, según convenga.

El naranjo

arbol de narnajoY se vino el invierno, aún cuando es mayo. La lluvia perezosa y afilada cae sobre el naranjo, ¡qué olvidadizo!, no encuentra la gabardina. Esperaba un chubasco que le sacara el polvo cotidiano y nunca la migaja fría que lo estremece hasta las raíces.
El pájaro verdelimón brincotea entre sus ramas y, canta como si el mundo estuviese sordo, siempre lo tolera, pero con este jodido frío, sus pisadas leves duelen. Llegó la pájara y viene de afilarse las uñas, bailan un tango, vuelan y se posan bajo los paraguas del papayo.
Él se enrama sobre sí, tirita, cierra las hojas y a lo lejos escucha el parloteo de las aves.

Se fue la lluvia

niña mirando-ventanaSe fue la lluvia. La hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares del limón se macularon de un amarillo pálido. La perra duerme enroscada y, a veces, saca su ojo y mueve la oreja. Miro el cielo con pedazos claros; en otros parece una pantalla de televisión gris. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen, el obrero salió en la madrugada a trabajar en la compañía que jode al subsuelo. El faro no pestañea, y el fuego del quemador es apenas una luz que dormirá con la luz de un sol precario. La florecita ya se despertó y me ha mandado su promesa. Camino silbando y saludo a los vecinos.

A mis amigas

Tu voz platica del viento, de los fantasmas que van y vienen; mientras guisas o te asomas por la ventana para mirar el agua donde la luna acude a su cita. Voz instructora, donde lo que corriges lo transformas. Tienen diccionario tus ojos y veo a los ripios correr en desbandada. Me formas un nuevo lenguaje con tu sonrisa y así, comprendo las declinaciones que susurras. Escucho tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su savia alcanza mis viejas paredes. Cuando me hablas y me nombras, mi oído se hincha y baila.

La depilación

Hoy, los pelos de la nariz han crecido. He conseguido un espejo con aumento y una pinza. A ver, allá­ está uno. Trataré de apresarlo, no logro, ¡buf!f al fin; ¡tardé una eternidad! Parece que fue ayer cuando mi amante me decí­a, acuéstese, que yo lo depilaré. Uno tras otro los sacaba y cada vez que gritaba, ella corrí­a sus dedos por mi mejilla y frotaba su nariz contra la mía. Eres chillón,  y me besaba..

 

En el parque

Monumento a Cuba MadridHay una estatua, que cuando tránsito por la arboleda siento que me mira. Giré la testa con rapidez para sorprenderla y sólo conseguí aceptar que su mirada es más pesada que la mía. Bajé la cabeza y un sabor de hojas removidas me abrazaba.

Tuve una novia que cierta vez, se desató de mi mano y corrió a una banca abanicada por el mar y se recostó cruzando la pierna imitando a una estatua. Nunca supe de ella…
y sólo la recordaba cuando pasaba por esa banca.

Me llené de años y percibí que al pasar por el bosque
la estatua que saluda al sol me mira insistente. Un día, cansado de la persistencia la enfrente cara a cara, ojo a ojo y reconocí en su frente la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y dejé que mi cuerpo se perdiera entre la arboleda.

El día se marca en las mañanas

Hoy en la mañana me bañaba, cuando escuché que abrían la puerta, al darme vuelta me encontré con mi esposo en una actitud de recuperar una noche perdida de sexo. Le dije que ya tendríamos tiempo. Pero el agua que caía de mi pelo dejaba gotas que se prendían a mi piel, ya sus palmas sopesaban mis promontorios excitándolo más. Hubiese querido sentir lo mismo, sin embargo, las urgencias de citas contraídas, me limitaban. Nada me excitaba. pensaba en el maldito tiempo que nunca es suficiente, ni para el descanso, ni para el sexo. Sentía un coraje que no deseaba expresar con palabras y no hacerlo sentir mal “por favor déjame salir” y en un titubeo me zafé de sus brazos llegué a mis labores, pero atrás dejé una mano que estalló en la puerta del baño.

Nostalgia

Gato en el tejado de zinc calientepor las mañanas sorbíamos café. Ella, sentada en mis piernas;
—¿No quiere más?
yo sonreía, mientras mi mano jugaba con el rulo de su pelo y extasiado con el olor de su cabellera. Todo está igual: los libros, el viejo ventilador, las flores en el esquinero.

He prometido no preguntarme: ¿sí ella recordará? ¡maldigo!

¡Qué tiradero! Un poco de orden antes de cerrar las ventanas, mientras escucharé la melodía que gustábamos y de su pelo salían mariposas oliendo a manzanilla. ¡Uff!, ¡qué cansancio!; todo reluce como si ella lo hubiese hecho! Me dormiré en la poltrona, antes pondré mis días en mis manos, se irán en la madrugada, sin que puedan asustarse por los ruidos de la ciudad.

Tormenta

tormentaLlovía, llovía intensamente…Detuvo el carro. Soltó la mano del volante y la depositó en la frágil nuca de la mujer. En silencio toleraba el martilleo en su cabeza. Era un cuello frágil y llovía, llovía, llovía…. La mano subía y bajaba. Eran caricias analgésicas obsequiadas con las yemas de los dedos. Sólo se detenían entre los dorsales y el Nilo de la espalda. Ella Aflojó la tensión y lo invitó a seguir. Dos manos iban y venían que mojaban, que humedecían. Afuera del carro los cántaros de agua se rompían en el parabrisas.
—¿El dolor? -le preguntó.
—Me lo quitas con las manos.
Estas crecieron desmesuradas. Llegaron al pómulo de sus pechos. El clímax del agua coincidió con el arrebato. Ella fue quién lo guío; y sentada, lo cabalgó en la tormenta. Después le musitó.
—Llévame a la casa no sea que me vuelva el dolor.