Gato en el tejado de zinc calientepor las mañanas sorbíamos café. Ella, sentada en mis piernas;
—¿No quiere más?
yo sonreía, mientras mi mano jugaba con el rulo de su pelo y extasiado con el olor de su cabellera. Todo está igual: los libros, el viejo ventilador, las flores en el esquinero.

He prometido no preguntarme: ¿sí ella recordará? ¡maldigo!

¡Qué tiradero! Un poco de orden antes de cerrar las ventanas, mientras escucharé la melodía que gustábamos y de su pelo salían mariposas oliendo a manzanilla. ¡Uff!, ¡qué cansancio!; todo reluce como si ella lo hubiese hecho! Me dormiré en la poltrona, antes pondré mis días en mis manos, se irán en la madrugada, sin que puedan asustarse por los ruidos de la ciudad.