El dios del Trueno

tajin
Leyenda Totonaca

El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.

Leyenda

 

El enano

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En días de hastío, se acostaba en la playa, e imaginaba que de un mar de olas pequeñas, llegaban cientos de hombrecillos y lo sujetaban.

Nadando hacia el horizonte

horizonte

Ajado, desfalleciente, libro mi batalla por escribir. Miro a la montaña, al viento que mueve la arboleda y al horizonte donde nado persiguiendo al sol. Vuelvo la cabeza y te observo jugando con la pandilla. Deseo recorrer a pie las grandes avenidas y percibir el frío helado que adormece.

Los hijos ya son hombres, nadie me acompaña; y el eco de mis tacones solo suena para mí. A veces llegan olores de jazmines y me deleito, de alegre vainilla que golpea, del intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared. Sigo en el camino apretando contra mi pecho la esperanza.

Llueve, y el horizonte cada vez más cerca. Nadar cerca del sol será bello.

 

 

 

 

 

La palabra

niña mirando el mar.Antonieta VralloCaminé sobre el principio del final. Reflexioné que lo mejor está dentro. Abrí ventanas y azucé pensamientos; que vuelen y vuelen para que lleguen a ser.He vivido entre párrafos. «Mis ojos ardían y las letras danzaban”. Encontré camino en la palabra. Ella es corazón. Me hace lanzarla y embelesa hacerla flor, cielo o mar.

Soñar es peligroso

 

sala

Estoy entresoñando. Te mueves en la oscuridad con la destreza de un ciego en su casa. Dejé la puerta del dormitorio entreabierta y a través de la rendija tu sombra me estremece. Desapareces.
En la mañana que sorbo el café y muerdo el pan, siento la insistencia de tus ojos. Tienen fuerza. Levanto la cara y desvías la mirada. Tal vez piensas que me molestaría si me vieses comer. Para nada, pues seguiría haciéndolo y sonreiría.

Estoy en tu casa como un invitado extraordinario, pues sé que no introduces a nadie que no sea de tu familia y yo no lo soy. Soy tu invitado que llegó del norte. Es complicado definirme, pero diré que soy un amigo íntimo al que no conocías en persona. Los niños se han ido a la escuela, y pronto iras al laburo. El carro de la compañía ha llegado y alcanzo a escuchar el ronroneo del motor.

El tiempo se ha echado encima. El taconeo de tus botas en la duela del piso, es fiel reflejo de tu prisa. Miro a través de la ventana, las buganvilias ofrecen nuevos ramos y la perra retoza en la grama. Sé que observas mis espaldas. Tienes la mirada pesada y tersa como es el mercurio. Pero en este momento, en que la perra persigue a la libélula, le agregas el deseo de no ir al trabajo y quedarte conmigo a contemplar el jardín. Sé que sacudiste la cabeza e hincaste tu tacón en las vetas de la madera. No tanto para que me diera cuenta, sino para decirte que volar es peligroso.

El beso que me dejas en la mejilla tiene humedad, presión y, un grito contenido. Todo lo transformas. Sudo. Tengo caballos en el corazón y en el bajo vientre una caricia no concretada. Cierras la puerta, pero alcanzo a escuchar tu respiración entrecortada y, luego el ruido del motor que se aleja.

El palomo

mujer.folklorEl cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.

—¿Se quieren casar? —preguntaba.

La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Y luego un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía entonces que había un sí, todo era cuestión del tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón, una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría a cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ese era su negocio.

Aquel domingo llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja; transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral.

La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos,destrozándose el pulpejo de los dedos. La luz ámbar de los quinqués daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile. Jacinto, cortador de caña, con reverencia alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y luego distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.

La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.

Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando la hoz, arremetió contra él; con un gesto de dolor, el hombre abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor en un santiamén lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado; los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre poco a poco dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.

Al victimario lo ataron a un poste que servía para sostener el cielo de la pista. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera al son del bajo. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.

El día que fuimos

mar y parejaUn día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.

El diluvio

sirena

Noé escuchó el canto de una sirena que pedía posada en el nombre de Dios. Estuvo tentado a decirle que sí, mas recordó la fiereza de los gatunos; la dureza del instinto. Ella se fue. Y él, quedó con latidos entre las piernas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La pasarela

mujer mariposaLlegaste como aguacero en un día soleado. De las hierbas silvestres del páramo volaron mariposas, la tierra dura se ablandó y brincaron los sapos enlodados de tiempo.
Te fuiste.
Dentro de mí quedó un vientecillo renuente, aire fresco que desconoce el horario y que en días pluviosos ofrece en fila mariposas en pasarela.

Un gato al acecho

niña mirando-ventanaTodos los días el campanero llega muy temprano a la iglesia y anuncia el llamado a misa, son las mismas beatas, el mismo cura que no para desde hace cuarenta años. A esa hora el aroma a pan inunda la calles torcidas y empedradas del pueblo. Nada pasa, transcurre la vida con lluvia pertinaz, neblina que, sin faltar a la cita baja de la montaña. Es una tierra cansada, los perones que han enraizado tienen sus ramas como manos viejas y huesudas. Este día la niebla baja a ras de la tierra. Parece una sierpe que sube enroscándose al tallo del árbol. Muy cerca hay una ventana, detrás de la ventana una niña hace dibujos en el vidrio. Ha puesto su mirada en el humo frío que arremeda el deslizar de la boa. Tras de ella, un felino acecha y con la zarpa ataca. Ella se carcajea por la torpeza del gato. Dejó de llover y el sol inunda.

Páginas de un diario

Mar Foto de MP
Me he visto caminar por la orilla del mar y meditar cada vez que el agua me besa los pies. Su inmensidad me sobrecoge y sobre el horizonte veo un barco de vela que se hunde en el tiempo. Me veo jugando sobre el pecho de mi padre y sus manos dulces abrazándome; entonces los ojos se me inflaman. Suspiro y camino pensando que su sombra me sigue y cuida. Como toda vida he sufrido y reído; el equilibrio entre ambas cosas es lo que me mantiene. Una ola llega, me burbujea en la piel y después se va. Nada se queda, todo por movimiento se va. Me iré yo, pero dejaré en el vuelo de las gaviotas mis quehaceres. Eso deseo, eso amo…

Foto de M.P.A.

El cascanueces

barco en el espacio

hay noches que tus cabellos danzan su cascanueces sobre la planicie de mi pecho. La sábana desprende aroma de hierbas y navegamos velas al cielo con bandera de pirata y, sobre la Osa mayor, angulamos las articulaciones hasta ser sudor y silbido. Sediento consumo el agua, y el peso cierra mis párpados, me hunde. Por la mañana, me sorprendo al encontrar sobre el espejo el dibujo de un galeón abriéndose en un mar de cielos.

Una vieja amistad

mujer y salaCuando pregunté por el Rondi, ella puso cara de “no me acuerdo”. Dije ¿cómo es posible de que no te acuerdes de él, si te llevaba a todas partes, incluyendo a tu marido? “Ah el Rondi”, reaccionaste. “pues no sé nada de él”. Allí si te di la razón, pues a mí me pasa lo mismo, soy tan desmemoriado que algunas cosas se han ido de mi cabeza. Pero no puedo pensar que a ti se te haya olvidado: tenía alrededor de treinta años, ágil, juvenil con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Alto, esbelto. Con una manera de caminar felina y al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo, que antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas. “qué se te antoja” ¡qué era lo que él pidiese, y que tú no intentaras complacerlo! Tu esposo sonreía satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo creímos que algo les había dado para tenerlos tan mareados. Sabíamos que había llegado del norte, pero nunca mencionaste cómo lo conociste y porqué todos los días llegaba a tu casa. Comían y cenaban con él. Todavía más, en algunas ocasiones, ya de noche nos despedíamos y él seguía la plática. ¿Habrá sido posible que te hayas olvidado de él? Antes del Rondi, los cuatro, Latz, yo y ustedes siempre hacíamos planes, el sábado o el domingo, que si vamos a la playa o vamos de compras. La verdad tuvimos viajes fantásticos, el río, el mar. La serenata del día de las madres. Todo funcionaba bien y por supuesto terminábamos en algunas ocasiones perdiendo la vertical por el alcohol, Pero recuerdo que tú, siempre fuiste ecuánime, al menos nunca te sobrepasaste. Tu esposo en ese entonces tampoco. Claro lo de tu esposo es aparte, en realidad tenía un carácter llevadero, pero cuando le brincaba el apellido a la cabeza, entonces era capaz de desbaratar cualquier fiesta y era mejor despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi? no recuerdo, sólo sé de ese momento que fue tan especial para ti y que más parecías esposa del Rondi , que de tu marido. Por supuesto, Latz y yo secreteábamos y decíamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocíamos por tu nariz fuerte, ojos de gata, boca roja y gruesa. El busto grande y duro, caderas amplias y unas piernas largas y velludas. Sí, en aquel entonces, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen. ¿A poco tu esposo no se daba cuenta de que te veías enajenada? Pienso que no, porque él también miraba entusiasmado la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza en ambos, que cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, también pasaba con Latz, conmigo, que tu marido se ausentaba y despedíamos al gordo con bromas y él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! : en la playa, en casa, y aquella vez en la oscuridad total, sentí tus manos explorando y yo quieto, porque sabía que eras tú y luego tu boca cercana a la entrepierna, bajé el zíper y sin ayudarte, hiciste el resto, fueron unos cuantos minutos, lo suficientes para saber de la presión y la humedad de tu boca. luego tu voz:” ya vete… él no tarda en llegar”. semanas después el que llegó fue el Rondi y ya no hubo miradas , ni manos inquietas. No supe más. Y ahora que te he visto y te he preguntado por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó, pero a mí no… aún rescato con la imaginación tus labios gordos sobre mi piel brillosa, mis manos peinando tu testa.

La fiebre de las ovejas locas

La oveja dejó que la trasquilaran sin oponer resistencia y decidió un alocado estilo ajedrez:: cuadrados blananimals ovejacos con negros; así, podría poseer un caballo. Al final, desesperada, tomó su bolsa y se compró un perro ovejero para consolarse.