Harry Potter y Chéjov: una pareja explosiva de Piper Valca

Piper Valca

Cuando hablamos de la pistola de Chéjov, nos viene a la mente un rifle colgado en la pared de una sala, listo para ser descargado en cualquier momento y con la capacidad de producir mucho daño.
"Relación entre el recurso de chejóv y las aventuras de Harry Potter"
Imagen extraída de Shirtoid
Desde que Antón Chéjov emitió tal concepto, muchos escritores lo piensan dos veces antes de llevar a cabo descripciones demasiado detalladas de un escenario o de incluir personajes secundarios. J. K. Rowling llegó más lejos y fue capaz de crear una obra cargada de pistolas por todos lados. Tal fue el alcance de esta escritora, que su travesía le dio para publicar hasta siete libros con las aventuras del chico Potter. Algunas veces imagino la pared de Rowling así:
"Ejemplo de la pared de Rowling, autora de Harry Potter"
Es interesante analizar cómo una historia cuya temática no es digna de mi devoción incluye tantos recursos y estrategias para entrelazarlo todo de una forma tan infantil como excelente. Por esa razón, Chéjov y Potter se la llevan muy bien.

¿Por qué decidí dejar de leer a Harry Potter?

Lo que muchos no saben es que la pistola de Chéjov puede presentarse de muchas maneras, por lo que he decidido consolidarlas en Las Leyes de Chéjov.

Armería de Chéjov

Sucede cuando el autor introduce varias o incluso demasiadas pistolas de Chéjov en una historia. En Potter hay tanto armamento que me cansaría de enumerar.
El espejo de Erised, que en un principio se mostró como un reflejo de los deseos más profundos del corazón del hombre, en verdad tenía un encantamiento con el cual Dumbledore había ocultado la piedra filosofal.
La cicatriz de Harry le advierte de la presencia de Voldemort, le permite ver lo que Voldemort está viendo y finalmente se revela como el Horrocrux accidental de Voldemort en Harry.
El bezoar, brevemente mencionado en la primera clase de pociones de Harry, es utilizado en el libro 6 por Harry para salvar a Ron después de que bebe una botella de aguamiel envenenada. También se utiliza como una pista sobre la identidad del Príncipe Mestizo.
Probablemente el récord se lo lleva el Desiluminador de Dumbledore. Introducido en el primer capítulo de la serie, hace un cameo en el libro 5 y termina convirtiéndose en fundamental para la trama cuando Ron lo usa en el sótano de los Malfoy.
La Snitch del primer partido de Quidditch de Harry se perdió por casi seis y siete libros antes de ser útil para algo más que ser una captura impresionante, pues contenía la Piedra de la Resurrección.
Hagrid dice que su moto voladora pertenece a Sirius Black; Sirius no se menciona de nuevo hasta el libro 3 y de la propia moto no vuelve a saberse hasta el libro 7.
Los colmillos del Basilisco. El veneno del basilisco es una de las pocas maneras de destruir un Horrocrux. Cuando Harry usa la espada de Gryffindor para matar al basilisco, esta se impregna con dicho veneno. Dumbledore después usa la espada para destruir el Horrocrux del anillo, Ron lo utiliza para destruir el Horrocrux del guardapelo de Salazar Slytherin, y Neville lo utiliza para destruir a Nagini. Al final. Hermione utiliza un colmillo del basilisco para destruir el Horrocrux de la Copa Hufflepuff.
Los túneles que conducen fuera de Hogwarts, y el Mapa del Merodeador. Harry utiliza los túneles para llegar a Hogsmeade dos veces guiado por el mapa. El túnel que está bajo el Sauce Boxeador se utiliza para llegar a la Casa de los Gritos, construida para ocultar a Lupin fuera del castillo cuando hubiese luna llena. Después de que el mapa es confiscado por Lupin, este se da cuenta de que Pettigrew está vivo (en la película, Harry le dice a Lupin que vio a Pettigrew en el mapa, despertando sus sospechas). El mapa resulta haber sido escrito por el mismo Lupin junto con Sirius, Pettigrew y James Potter, Al finalizar, el mapa es usado por Ron y Hermione durante la batalla de Hogwarts.
La foto del periódico de las vacaciones de la familia Weasley es usado por Sirius Black para darse cuenta que Pettigrew está vivo.

Pistolero de Chéjov

Cuando la pistola de Chéjov, en vez de ser un objeto, es un personaje que se introduce de manera sutil y que más adelante adquiere un valor importante para la trama. En Potter no hay un pistolero, hay todo un ejército.

Pistolero ausente de Chéjov

Si la historia de fondo de un personaje principal incluye a un amigo, pariente, conocido o amante que está ausente, pero no muerto, con el tiempo esa persona aparecerá para crear conflicto.
En Harry Potter tenemos a Bartemius Crouch Jr. Todos creían que había muerto en Azkaban, pero el tipo escapó gracias a que cambió de lugar con su madre tras beber una poción multijugos.
Peter Pettigrew, quién también se creía muerto, en realidad se había transformado en un ratón porque era un animago.

Ejército de Chéjov

Cuando el autor describe algunos o incluso demasiados personajes con la función de ser Pistoleros de Chéjov.
La Señora Figg, se introduce como niñera de Harry y oímos poco de ella. Más adelante se nos revela que es miembro de la Orden del Fénix y es la protectora del chico mientras viva con los Dursley. Además, participó en el juicio contra Harry testificando a su favor.
Gellert Grindelwald es apenas nombrado en una tarjeta de rana de chocolate y no aparece sino hasta el libro 7, cuando Voldemort lo busca para que confiese donde se encuentra la varita de saúco.
Petunia Dursley, la malvada tía de Harry. Durante todo el libro se nos muestra como parte de esa familia abusiva y maltratadora, pero en el libro 5 se revela que posee la sangre de Lily (la madre de Potter) y por esta razón, durante su presencia, lo protegería de Voldemort hasta que fuera mayor de edad.
Scabbers, el ratón de Ron. Más adelante se muestra su verdadera identidad y la importancia que adquirió en la historia del libro. En verdad era el animago Peter Pettigrew, el traidor.

Boomerang de Chéjov

Cuando una pistola de Chéjov se ha utilizado una vez y vuelve a aparecer en escena más adelante.
Las tarjetas de la rana de chocolate, que en La piedra filosofal funcionan para informar a los personajes sobre Nicolas Flamel, en Las reliquias de la muerte vuelven a aparecer para mostrar a Grindelwald.
El comunicado de expulsión por el uso indebido de la magia fue enviado por Mafalda Hopkirk en el segundo libro. El personaje hace su aparición en el libro 7, cuando Hermione usa su pelo en una poción multijugos para infiltrarse en el Ministerio.
El espejo doble de Sirius Black, que es un regalo para Harry, más adelante cae en manos de Abeforth Dumbledore quien lo usa para ayudar a los chicos en Las reliquias de la muerte.

Aula de Chéjov

Cuando los personajes usan, por azares del destino y por casualidad, justo lo que aprendieron en una clase (casi siempre de ciencias).
Este patrón se repite a través de todos los libros una y otra vez, y con frecuencia es Hermione la víctima.
El efecto curativo de las mandrágoras es enseñado por la profesora Sprout en clase y más adelante se usa en la Batalla de Hogwarts.
En el primer libro, Snape interroga a Harry y una de las preguntas es sobre bezoares. En el sexto libro se utiliza para salvar la vida de Ron. Harry recordó la clase de Snape y le da de beber el bezoar.

Exhibición de Chéjov

Todo objeto que el escritor exhiba en un museo y que se encuentre protegido por guardias fuertemente armados, sistemas láser de seguridad o una caja de cristal, tarde que temprano debe ser robado. De lo contrario, el autor no debería dedicar tiempo en su descripción.
Si un grupo de turistas está viendo el objeto, durante el corte de luz o distracción será robado.

Broma de Chéjov

Cuando una broma o chiste cumple una doble función, pues da pie a una situación o evento importante para la historia.
En La cámara de los secretos, el Armario Evanescente fue usado por Nick Casi Decapitado para distraer al conserje Filch y conseguir que Harry se librara del castigo (risas). En La orden del Fénix fue usado como broma por los gemelos Weasley cuando empujan a Graham Montague de cabeza en el armario (risas). Para nuestra sorpresa, el Armario Evanescente resultó estar vinculado con otro armario en la tienda Borges y Burkes, y es usado por Draco Malfoy para que un grupo de mortífagos entren a Hogwarts.
La suscripción de Hermione a muchas clases genera situaciones graciosas, pues da la impresión de aparecer de improviso frente a Harry y Ron en los momentos menos esperados (risas).  Más adelante, cuando salvan a Sirius y a Buckbeat, nos damos cuenta que ha estado usado un giratiempos (que le permite viajar en el tiempo, valga la explicación).
La Sala de los Menesteres es introducida por primera vez de forma graciosa cuando se convierte en un baño con orinales, pues Dumbledore necesitaba un baño en la madrugada (risas). Más adelante se convierte en el cuarto más importante de Hogwarts.

Regalo de Chéjov

Es cualquier objeto o artefacto que es recibido como un regalo u oferta y más adelante se presenta como vital para la trama.
Harry Potter recibe una infinidad de regalos que más adelante le son útiles: el 25 de diciembre recibe como regalo de parte de Dumbledore la capa de invisibilidad, la cual sería sobreexplotada en cada libro,  Hagrid le regala una flauta que Harry usa para dormir a Fluffy, también tenemos una saeta de fuego enviada por Sirius Black y que usará en el Torneo de los tres magos.
En el testamento de Dumbledore todo es un regalo de Chéjov: la snitch dorada que contiene la Piedra de la resurrección, El Desiluminador de Ron, y el libro Los cuentos de Beedle el Bardo que dejó a Hermione.

Habilidad de Chéjov

Los personajes están capacitados en cualquier tipo de habilidad, conocimiento o destreza que les será de utilidad en algún momento de la historia.
Al ser Harry Potter una saga estudiantil, la mayoría de habilidades que demuestran los personajes son aprendidas en clase, por lo que cualquier hechizo usado puede darse por bien servido.
Un buen ejemplo es la habilidad de Ron para jugar ajedrez y su utilidad en la protección de la piedra filosofal.
 
Estudio de Runas antiguas fue uno de los cursos selectivos de Hermione, cuyo conocimiento le fue de utilidad para traducir el libro Los cuentos de Beedle el bardo, regalo de Dumbledore.

Noticia de Chéjov

Cuando los personajes escuchan una noticia en la radio, periódico o televisión (en la mañana mientras desayunan o en el cine, algo rutinario) pero que en su momento no parece ser importante, incluso puede pasar desapercibida por ir acompañada de comerciales o otro evento llamativo.
En Harry Potter y la piedra filosofal el periódico El Profeta menciona un robo en Gringotts que resultó un intento de Voldemort por robar la piedra filosofal

Volcán de Chéjov

Si incluimos un volcán en nuestra historia, este por obligación tendrá que hacer erupción en algún momento.
En Potter no encontramos volcanes, gracias a Dios.

Leyenda de Chéjov

Si a los protagonistas se les narra alguna leyenda, mito o cuento de hadas, podemos garantizar que es verdadera o tendrá algo de cierta y los personajes tendrán que lidiar con ella.
En Harry Potter y la Cámara secreta, la cámara en si es un mito descartado por el profesor Binns durante su clase.

Arma prohibida de Chéjov

Por regla, cuando se advierte no tocar ni accionar un botón o una palanca, en algún momento de la historia alguien lo hará, de lo contrario no se enfatizaría en su riesgo.
Como un último consejo, recomiendo no intentar incluir el recurso de Chéjov si no tenemos experiencia con tramas complicadas. Si por el contrario somos del tipo de escritor que introduce pistolas por todos lados, corremos el riesgo de desviar la atención del lector, que buscará con insistencia coherencias y relaciones donde no las hay.
Este hecho sucedió con el personaje Mark Evans, un muggle que no tendría mayor importancia de no ser porque tiene el mismo apellido de soltera que la madre de Harry Potter. Esta casualidad hizo que muchos lectores esperaran algo del personaje y fue necesario que Rowling admitiera no existir relación alguna entre ambos. Solo fue un nombre que se le ocurrió.
Piper Valca

7 estereotipos de personajes negros que debes evitar de Piper Valca

!
EL PROBLEMA
Introducir y dar vida a un personaje de piel negra no es fácil, pues continuamente caemos en el error de estereotipar, ya sea exagerando o inhibiendo, rasgos, actitudes y
comportamientos desconocidos para nosotros.

Hemos permitido que los medios de comunicación (novelas, películas, historietas) nos vendan una imagen errónea del personaje negro, y sobre esa imagen nos basamos para
darles vida en nuestras novelas. Usar estereotipos nos hace sentir seguros. A través de ellos dominamos la realidad para que ella no nos sorprenda. Este libro explica 7 de los más conocidos estereotipos, con el fin de que los evites o uses con mucho tacto.

1. EL ESCLAVO CONTENTO
Los partidarios de la esclavitud encontraron en este estereotipo una manera de justificarla. El «esclavo contento“ nos mostraba un negro tan perezosamente feliz con su suerte, que no veía ninguna razón para la lucha. El esclavo satisfecho siempre fue emparejado con el «buen maestro“ , un propietario blanco que trató al esclavo como una persona menor, pero con humanidad y respeto. Este estereotipo se utilizó hasta entrada la década de 1940, y con frecuencia se puede observar en la literatura de la década de 1930 y en películas como Lo que el viento se llevó y La pequeña coronel

2. EL LIBRE MISERABLE
El «hombre libre miserable» se creó como una contraparte al “esclavo contento”. Él era la excusa que argumentaban los que apoyaban la esclavitud. Sostenían en sus novelas que un esclavo nunca fue concebido para ser libre. Ansiaba la libertad, pero cuando la lograba, no se adaptaba a su nueva vida, por lo que no había nada que deseara más que regresar con su amo.

3. EL NEGRO CÓMICO
El «Negro Cómico» fue uno de los principales pilares durante más de un siglo. Este personaje era una ridícula caricatura, con sus características personales y físicas
exageradas por el bien del humor. El Negro cómico nunca fue un personaje protagonista, pero siempre actuó como fiel compañero o el alivio cómico de la novela. Siempre se rio de sí mismo al igual que todo el mundo se rio de él. Topsy, un personaje de La cabaña del tío Tom, puede ser considerado el negro cómico por excelencia.

4. EL MULATO TRÁGICO
Por lo general se le otorgó este papel al genero femenino. El personaje tenía tantos antepasados blancos que podía «pasar» por blanca. Peor aún fue la implicación de que la sangre blanca en sus venas era lo que le daba a esa esclava el impulso para escapar,
mientras que la sangre negra la ataba a la barbarie y la falta de control, estereotipo asociado con los negros. El problema radicaba cuando aquella mujer “blanca”
daba a luz un bebé negro.

5. EL NEGRO LOCAL
Estos personajes estereotipados se encontraban generalmente en grupos, como en un coro griego. La mayor parte del tiempo eran «esclavos satisfechos», «primitivos» y “exóticos”, residentes de África, Barbados, o cualquier lugar paradisiaco y salvaje. Estos
personajes fueron tratados como un paisaje, incluidos solo para dar sabor y color a la historia. Es posible verlo en una novela que incluya el vudú, donde los negros en
un ritual están ahí sólo para establecer la escena. Tal como vemos en la obra de Lovecraft.

6. EL NEGRO EXÓTICO PRIMITIVO
Este es tal vez el más ofensivo y persistente de los estereotipos literarios mencionados. Este personaje estereotipado encarna todos los clichés sobre el «primitivo africano“. La lujuria, la potencia sexual, el deseo incontrolado por beber y drogarse y, a menudo, un
estilo de vida marcado por la violencia salvaje. Sus orígenes se basaban en la «herencia salvaje» que los escritores blancos creían pertenecía a los descendientes de africanos

7. EL NEGRO BRUTO
A principios de la historia de la literatura americana, el “Negro bruto“ no existía, pues su brutalidad había sido domesticada por medio de la esclavitud. De hecho, este papel civilizador fue uno de los argumentos a favor de la esclavitud.
No fue hasta cuando los esclavos liberados compitieron con los blancos del sur, todavía en estado de choque por los cambios recientes, que el Negro bruto se convirtió en
la encarnación del mal en la literatura.

8 CONSEJOS PARA QUE EVITES CAER EN
ESTEREOTIPOS
1. Conoce las culturas antes de crear un personaje que se encasille como estereotipo. Todas tienen elementos extraños detrás de los cuales existen razones lógicas.
2. Intenta ser siempre racional, no te guíes sólo por tus emociones. Sé honrado
personal e intelectualmente. Tus lectores lo agradecerán.
3. Sé empático: ponte en el lugar del otro. Intentar saber y comprender cómo viven
los demás, dará mayor realismo al  personaje.
4. Piensa que tus personajes, como los seres humanos, por el hecho de serlo, merecen
respeto y dignidad.
5. Sé autónomo, emplea tu propio criterio. No te dejes arrastrar siempre por un grupo. Nunca vayas contra tu conciencia.

6. Usa el sentido del humor. Ríete de las falsedades y exageraciones de los prejuicios.
7. No te dejes guiar por estereotipos. Tú eres una persona, los estereotipos son imágenes
falsas y simplificadas.
8. Todos somos diferentes y tenemos derecho a ser diferentes. Usar estereotipos puede hacerte ver como xenófobo o racista, por lo que, como expliqué inicialmente, debes tener cuidado al usarlos.

Tomado de antro narrativo:  https://www.antronarrativo.com

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La palabra exacta y el orden de C. Rosello

¿Hasta cuándo debes seguir revisando tu borrador?

¿Cuánto tiempo debes dedicar a cada una de tus frases?

Frank Budgen, pintor y amigo del gran novelista James Joyce, relata haberse encontrado con el escritor y haberle preguntado por cómo avanzaba su libro (Ulises):

—He estado trabajando duro durante todo día—respondió Joyce.
—¿Significa esto que has escrito mucho? —pregunté.
—Dos frases —respondió.
Esto me hizo gracia, pero al darme cuenta de que no sonreía, me acordé de Flaubert.
—¿Has estado buscando le mot juste*?
—No —me dijo— las palabras ya las tengo. Lo que estoy buscando es el orden correcto de las palabras dentro de la frase.

Tal vez este empeño obsesivo por la perfección sea un privilegio de otros tiempos, pero no está de más recordarlo para comprender que, detrás de las maravillas de la literatura, hay siempre un esfuerzo titánico.


*Le mot juste es una expresión francesa que significa “la palabra exacta”. Gustave Flaubert popularizó la expresión. Según él, cada palabra del texto debía elegirse con sumo cuidado para asegurar que fuera justo la necesaria.

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El senryu

Karay Senryu (1718-1790), también conocido como Hachiemon Masamichi.

-El Senryu es una composición poética que consta de tres versos y su estructura métrica es: 5-7-5.
-Admite metáforas, personificaciones y todo elemento lírico que se quiera utilizar.
-Es similar a un poema normal con métrica: tecetillo, poemeto, etc.
-El senryu, no nació lírico, se utilizaba de forma graciosa e irónica, humor negro, para burlarse de los gobernantes de la ciudad.
Más tarde se extendió su tema, basándose en temas de las personas, sus sentimientos, su alma, sus deseos, emociones, lo abstracto, lo metafórico, sensaciones, etc.
-No suele hablar de la naturaleza y si lo hace, es metafóricamente, nunca ser el centro de la historia.
-No hay kigo (Cambio de estación)
-No hay kireji (cambio de pensamiento)
-No lleva rima, se puede admitir la rima asonante pero no la consonante, ningún poema japonés la lleva.
-No lleva título.

Ejemplo:

Naces en mí
y levantas el vuelo
de mi suspiros.

 

Atentamente:
Maramín-Ricardo Linares

El arma de Chéjov y el MacGuffin de Hitchcock-Razones y excusas.por Tomás

La novela

gungun

En toda novela los personajes se mueven, actúan, hacen planes y avanzan debido a un motor que los impulsa. Las razones que tienen para hacerlo las deben comprender los lectores incluso antes que los propios protagonistas, estas deben ser lógicas, coherentes y proporcionadas.

Lógicas, aún si sus personajes están a punto de hacer una locura, porque de otra manera sus lectores sienten que lo que hacen los protagonistas no tienen explicación y eso les hace sentir engañados.

Coherentes porque de lo contrario no crearán vínculos con personajes que consideren de comportamiento anárquico. Si a la mitad del libro el lector no cree conocer a los protagonistas se sentirá perdido, desorientado y falto de interés.

Proporcionadas, porque los preliminares y la génesis del clímax deben cubrir todos los ángulos y sólo una reacción acorde dejará satisfecho al lector. Si es demasiado pensará que el protagonista estaba desequilibrado y eso no se había explicado bien. Si es muy débil no cumplirá con sus deseos de justicia, lo que se traduce en desilusión.

Las acciones de sus protagonistas deben explicarse, si no hay causa se vuelven arbitrarias y rompen la credibilidad interna de la historia. Para conseguir razones y excusas existen varios recursos literarios y me centraré en dos muy importantes:

El arma de Chéjov es un recurso narrativo (originado en un principio dramático) que sostiene que cada elemento en la historia debe ser necesario e irremplazable, de lo contrario debe ser eliminado de la narración. Anton Chéjov, fue un novelista y dramaturgo ruso (además de doctor en medicina), considerado un maestro en la creación de historias.

«Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir.»  Escribió Chéjov en carta a Lazarev en 1889.

«Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.» En Reminiscences of AP Chekhov de Gurlyand.

Esta técnica literaria hace necesaria la utilización de cualquier objeto al que se haya hecho referencia de forma específica. Para Chéjov, si la pistola de la última frase no se utiliza, entonces no tiene sentido su mención en la narración y pasa a ser sólo una distracción vana y debe ser eliminada de la novela (con la única excepción de que haya sido específicamente creada para ser una distracción, un Red Herring).

El marco ideal es la referencia momentánea a un elemento, generalmente descartado por el protagonista y parcialmente olvidado por el lector, que luego se vuelve relevante para la historia.

No hay que confundir este recurso con un presagio o “foreshadowing”, que es cuando el escritor deja pistas sobre eventos futuros en la historia, las que son comprendidas luego de que el evento ocurre. El arma de Chéjov tiene más relación con remover información extra y descripciones innecesarias que dejar pistas a los lectores. Si describimos una pistola e indicamos que está cargada en los primeros capítulos, debe ser utilizada más adelante, porque si no se utiliza será irrelevante y no tuvo sentido describirla.

Y éste recurso no refiere a las armas específicamente, por supuesto.

Por ejemplo, si en los primeros capítulos el protagonista encuentra una llave de forma rara, se describe en detalle y se la guarda en el bolsillo, el lector estará desilusionado si esta llave no se utiliza en algún punto de la novela.

También puede construirse de manera inversa. Si el desenlace de su historia se asemeja peligrosamente a un “deus ex machina”, una resolución que parece caer del cielo, puede regresar a los primeros capítulos y “plantar” detalles y referencias que finalmente conduzcan a esa resolución. Estos detalles deberán ser específicos, lógicos y explicativos.

Chéjov nos previene así contra detalles superfluos. Un arma de fuego es una imagen llena de significado: Tiene potencial para la defensa y la seguridad, pero también para el peligro y la muerte. Hacer referencia a ella es una señal para que los lectores le presten atención. Si no pasa nada con ella, los lectores pueden sentirse engañados. Cada detalle en la narración debe tener un propósito.

Los detalles tienen poder. Pueden crear significado y expectativas, ya sea ésta su intención o no. Si no presta atención, un detalle fuera de lugar puede destruir la ilusión en la lectura.

Por otro lado hay detalles que sólo sirven de excusa para iniciar la acción: El MacGuffin. Alfred Hitchcock (inventor del nombrecito también) lo describe como:

“El dispositivo, el truco si se quiere, o los documentos que los espías persiguen… La única cosa que realmente importa es que en la historia, esos documentos o secretos deben parecen ser de vital importancia para los personajes. Para mí, el narrador, no tienen importancia alguna.”

Hitchcock utilizó el término MacGuffin para describir la pieza clave de una historia de misterio, de suspenso, detectives o espías; la fuerza motivadora o primordial detrás de la narrativa. No es el motivo en sí mismo, sino el aparatito, la situación o el acontecimiento que se encuentra detrás del motivo. Cuanto más examinemos la idea, más seguro estaremos de que describe un recurso poderoso que se encuentra en la mayoría (si no en todos) los relatos de ficción. Muchos escritores no se dan cuenta de que tienen un MacGuffin en su historia, pero está ahí.

Pero ¿es posible escribir una historia, aún una de misterio, sin un MacGuffin?

Por supuesto. También es posible construir coches sin faros, pero será muy difícil conducir de noche. Además, incluso si el MacGuffin nunca se menciona, lo más probable es que esté ahí, rondando fuera de la vista, dirigiendo las acciones de los personajes y riéndose tras bambalinas. Un MacGuffin por omisión.

Ser consciente del MacGuffin de su propia historia y crearlo cuidadosamente para satisfacer sus necesidades, puede mejorar la lógica interna de la narración, fortalecer la motivación de los personajes, y aumentar el impacto inicial de la novela.

El ejemplo más claro es el de una de las novelas de misterio más famosas jamás escritas (y una de mis favoritas) El halcón maltés, de Dashiell Hammett. La trama involucra asesinato, romance y engaño en el San Francisco de la década de 1920, y nos presenta a Sam Spade, el detective privado que creó escuela en los investigadores privados estadounidenses de ficción.

El MacGuffin es, evidentemente, el tan mentado Halcón Maltés, la estatuilla de un pájaro de unos treinta centímetros de altura cubierta con esmalte negro.

Hammett pone en boca de sus personajes explicaciones sobre el dichoso pájaro de más de dos mil palabras. Parece, para abreviar la larga y hermosa historia, que un halcón de oro sólido con incrustaciones de piedras preciosas del pico a las garras fue elaborado en 1530 por orden del Gran Maestro de los Caballeros de Malta, como un regalo para el emperador Carlos V. El regalo se perdió en el mar, se encontró, se volvió a perder, reaparece, pasa de mano en mano y, en algún lugar a lo largo del camino, es cubierto de esmalte negro para ocultar su valor.

Podría haber dicho: “Es un pájaro negro que vale un montón de dinero”, pero la estatuilla debía ser tan rara, romántica e increíblemente valiosa para justificar que un personaje invierta diecisiete años de su vida buscándola. Media docena de personas mueren persiguiendo o protegiendo el pájaro negro y Hammett debe hacer que sus lectores crean que ese objeto vale tanta sangre derramada.

¡Eso es un MacGuffin!

La motivación es la codicia, el MacGuffin es el objeto que inspira esa codicia.

En muchos relatos, el objeto es físico: un pájaro negro, un manuscrito raro, un tesoro, una ojiva atómica, una herencia. Pero puede ser algo intangible, como el comunismo o la libertad o ganar una beca. Puede ser un ideal o un odio o un engaño, o las órdenes de su oficial superior.

Lo cierto es que alguien tiene que estar detrás de algo, y una fuerza (humana, animal o elemental) tiene que cruzarse en su camino, o no hay historia.

Con el fin de motivar adecuadamente a sus personajes, el MacGuffin tiene que ser algo que es plausible y merece la pena. Los chicos malos no van por ahí matando gente y causando caos sólo para demostrar que son los malos. Deben tener un objetivo en mente. Quizás sea un objetivo loco, pero no tiene que haber alguna razón para lo que hacen.

Entonces, ¿cómo hacemos para seleccionar (o crear) un MacGuffin que agregue el toque justo de importancia, verosimilitud, y misterio en su historia?

Vamos a examinar algunas de las consideraciones que pueden orientar su elección:

– Su MacGuffin debe adaptarse a las necesidades de su argumento y los deseos de sus personajes.

– Con un MacGuffin muy elaborado, los personajes tendrán que ser más complejos, ya que tienen que ser la clase de gente que corresponda a las complejidades del MacGuffin que ha creado.

– La trama en sí puede ser muy complicada incluso con el MacGuffin más directo.

– La relación entre los personajes y el MacGuffin no debe romper la consistencia interna de su historia. Debe ser lógica y estar convenientemente explicada.

– El MacGuffin debe parecer real para el lector, o al menos ser capaz de evocar la suspensión voluntaria de su incredulidad. Y debe ser lo suficientemente potente como para justificar lo que sucede en su búsqueda.

Es lo más importante, el MacGuffin no debe parecer falso o artificial a ojos del lector. Claro que toda historia de ficción es una creación artificial, pero el lector no quiere ver los hilos de la marioneta ni siquiera saber que están ahí.

Si el MacGuffin es robar un banco y la codicia es el motivo, usted ya ha explicado lo suficiente. Su lector entiende la codicia, la ha visto antes, y que centre su objetivo en un atraco le parece lógico y creíble. Pero si el MacGuffin es, por ejemplo, la estatua de un pájaro, es mejor que pase algún tiempo explicando por qué alguien se preocuparía por eso.

Si el MacGuffin es una actitud: alguien pone bombas en las clínicas de aborto a causa de sus intensas convicciones y una gran dosis de manía homicida, el lector lo va a creer, porque sabe de esas cosas. Pero si su villano está matando a las personas que llevan globos rojos en el parque, es mejor que explique y justifique de manera plausible su odio a los globos rojos.

 

 

Hay-ku por Maramín-Ricardo Linares

HAIKU: su creador fue Masaoka Tsunenori (Shiki) (1867-1902)

-Son tres versos con la métrica: 5-7-5
-Habla del presente: aquí y ahora.
-Sin metáforas.
-Sin personificaciones.
-Sin subjetivismo.
-Se evita los adjetivos.
-Abundan los sustantivos.
-No lleva título.
-No lleva rima.
-No es lírico ni poético.
(lo poético se encuentra en la naturaleza, no en la forma de narrar una escena que nos impacta)
-Lleva kigo (Estación del año, directo o indirecto)
-Lleva kireji (cambio de pensamiento)
-Está basado en la naturaleza y en el hombre pero sin incluirse, es parte de la misma.
-Se evita la muerte, miseria, sexo, etc., si se menciona, tiene que ser tangencial, de forma que quede en un segundo plano.

Ejemplo:

Trina el jilguero
en la copa de un árbol.
Huevos en nido.

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Hay dos clases más de haiku:

Con kakekotoba: que es cuando el kireji está en el segundo verso y representa tres imágenes, relacionadas entre sí.

Ejemplo:

Inundaciones.
Garza encima de un tronco.
Nido flotando

Sin kakekotoba: que es cuando el kireji está en el segundo verso y hace un seguimiento con el tercero aportando solo dos imágenes.

Ejemplo:

Placas de hielo.
El sol en el crepúsculo
brilla en el mar

Atentamente:
Maramín-Ricardo Linares

Al grano, sin rodeos…

Palabras como puños (o cómo usar menos adjetivos y mejorar tu estilo)

 CARLES ROSELLÓ LENGUAJE Y ESTILO 63 COMENTARIOS

No todas las palabras fueron creadas iguales.

Algunas son fuertes (marea, sangrar, abeto) y traen a la mente multitud de imágenes y asociaciones.

Otras son débiles (aparentemente, deprisa, completo) y apenas modifican el fluir del pensamiento.

Nombres y verbos suelen ser fuertes y, si tus frases reposan en ellos, tus historias cobran vida y los personajes saltan de la página y agarran al lector por la solapa.

Adjetivos y adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.

Si aprendes a usar menos adjetivos tus palabras reflejarán mejor tus ideas y maravillarán al lector igual como lo hacen contigo.

Conseguirlo requiere esfuerzo (¿qué vas a colocar en el lugar de ese adjetivo?), pero merece la pena.

Aquí tienes una guía que te ayudará a lograrlo.

1. Identifica los adjetivos y los adverbios

El primer paso para usar menos adjetivos y adverbios es encontrarlos. Así que, ¿cómo vamos de gramática?

Aquí tienes un repaso relámpago:

  • Los nombres designan seres: casa, perro, abrigo.
  • Los verbos designan acciones: amar, lanzar, frotar.
  • Los adjetivos modifican a los nombres: la casa grande, el perro viejo, el abrigo gris.
  • Los adverbios modifican a los verbos (y a otras palabras): amar apasionadamente, lanzar lejos, frotar enérgicamente.

Cuando acabes de escribir una frase o un párrafo, identifica los adjetivos y los adverbios. Esto te dará un primer diagnóstico.

Aquí tienes un ejemplo de lo que te estoy sugiriendo (adjetivos en rojo, adverbios en azul):

«Los adjetivos y los adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.»

2. No escuches los cantos de sirena: los adjetivos y los adverbios parecen bellos, pero no lo son.

Repite conmigo: «hablaba armoniosamente«.

Fíjate bien: «armoniosamente«.

¿No te parece bello el serpenteo envolvente con el que el «mente» arrastra a la armonía un poco más allá de lo que tenía previsto?

Cuando escribas, las palabras débiles intentarán seducirte. Y a menudo lo conseguirán.

¿Por qué?

Porqué a ti, que ves en tu cabeza aquello que quieres contar, te parecerá que ese adjetivo o adverbio lo describe perfectamente.

¿Acaso no es armoniosa su forma de hablar?, te dirás. ¿Por qué no puedo decir que «hablaba armoniosamente» si, realmente, hablaba armoniosamente?

Porque el lector no puede ver dentro de tu cabeza y decir que alguien hablaba armoniosamente, por cierto que sea, no le ayudará a sentir ninguna armonía.

Tu tarea como escritor o escritora no es decirle al lector lo que debe sentir, sino provocar en él ese sentimiento. Y eso no se consigue con adjetivos.

Cuando oigas cantos de sirena, tápate los oídos, o átate a un mástil, como hizo Ulises, pero no te dejes seducir. Evita los adjetivos y adverbios fáciles y esfuérzate en mostrar, mediante nombres y verbos, porqué su forma de hablar era armoniosa.

«Los adverbios son como el diente de león. Si encontráis uno en vuestro césped, os parecerá bello y único. Si no lo arrancáis, sin embargo, al día siguiente tendréis cinco, y cincuenta al día después… y luego, amigos míos, vuestro césped estará totalmentecompletamenteavasalladoramente cubierto de dientes de león. Entonces los reconoceréis por la mala hierba que realmente son, pero ¡ay!, entonces será demasiado tarde».Stephen King

3. Elimina los adjetivos y adverbios redundantes

¿Qué tienen en común la blanca nieve, el frío invierno y las duras piedras?

Que las tres son expresiones redundantes.

Salvo excepciones, la nieve es blanca, el invierno frío y las piedras duras.

Reserva los adjetivos para la nieve azul, los inviernos cálidos y las piedras blandas y no malgastes la atención del lector con lo que ya sabe.

Algo parecido ocurre con los adverbios.

Alguien totalmente convencido está, simplemente, convencido.

Algo absolutamente perfecto es, simplemente, perfecto.

Tienes mucho que contar y la atención del lector está siempre a punto de abandonarte: ve al grano.

4. Busca alternativas para los que resistan

Una vez eliminados los redundantes, tu texto seguirá plagado de adjetivos y adverbios (los que hablan de nieves azules e inviernos cálidos).

No te rindas.

Aunque su función sea necesaria, aún puedes deshacerte de ellos y conseguir que tu frase impacte mejor al lector.

La primera alternativa es buscar un nombre (o verbo) que pueda sustituirlos:

  • En lugar de «un niño pequeño» puedes escribir «una criatura».
  • En lugar de «tocó dubitativamente» puedes escribir «tanteó».
  • En lugar de «un niño travieso» puedes escribir «un pícaro».
  • En lugar de «tocó tiernamente» puedes escribir «acarició».

Por último, si no encuentras ningún nombre o verbo que contenga la información que necesitas dar, intenta reconstruir la frase desde un ángulo distinto:

  • En lugar de «tecleaba deprisa» puedes escribir «sus dedos corrían sobre las teclas»
  • En lugar de «el metal brillaba» puedes escribir «el reflejo del sol, que daba de lleno sobre el metal, le deslumbró».

5. Quédate con los buenos

Los adjetivos y los adverbios no son palabras perversas que debas evitar a cualquier precio.

Debes evitar el abuso, que desafortunadamente es la tendencia natural. Pero cualquier palabra, usada con intención, puede ayudarte.

Josep Pla, un escritor catalán tan controvertido como brillante, era un maestro en el uso de los adjetivos.

No los evitaba en absoluto y, para colmo, solía utilizarlos de tres en tres.

Pero nunca los improvisaba y dice la leyenda que, en el tiempo que dedicaba a elegir uno, podía fumarse un cigarrillo.

Ahí va un ejemplo (adjetivos y adverbios en cursiva):

«Jo no he estat mai feminista, però encara menys masculinista. Són paraules que em fan horror. Crec que els homes i les dones són absolutament iguals i, si he tingut alguna preferència, ha estat per les dones. Elles són el sexe fort.»—

«Yo nunca he sido feminista, pero menos aún masculinista. Son palabras que me provocan horror. Creo que hombres y mujeres son absolutamente iguales y, si he tenido alguna preferencia, ha sido por las mujeres. Ellas son el sexo fuerte.»

Josep Pla

Conclusión: usa adjetivos y adverbios cuando no tengas alternativa, pero, incluso entonces, esmérate en tu elección.

Revélate contra la pereza

Minimizar el uso de adjetivos y adverbios te costará, sobre todo al principio.

Completar tus frases con ellos te permitiría decir algo pasable con poco esfuerzo, pero si quieres que tu prosa conmueva, necesitas hacerte amigo de los nombres y los verbos. Son duros de trabajar, pero son el camino.

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¿Qué es una elegía? de Crystal Harlan

Una elegía es una composición lírica de tono melancólico en la que el yo lírico lamenta la muerte de una persona.

El género se ha cultivado desde la Antigüedad clásica cuando se caracterizaba por una estructura métrica fija (una serie de dísticos), y una temática más variada. Además de la muerte, las elegías trataban catástrofes, desamores, derrotas, guerras, exaltaciones patrióticas y el amor.

Durante la Edad Media, escritores españoles escribían plantos, poemas elegíacos, cuya temática se limitaba generalmente al tema de la muerte. Algunos ejemplos son Coplas que fizo don Jorge Manrique que a la muerte del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre, de Jorge Manrique y Plancto que fizo la Virgen el día de la Pasión de su fijo, de Gonzalo de Berceo. En el Renacimiento el género adquiere una influencia de Petrarca, como se puede apreciar en las elegías de Garcilaso de la Vega. La composición es más cuidada y compleja en las elegías de escritores barrocos, como Lope de Vega y Luis de Góngora, y surgen varios subgéneros elegíacos, como el epicedio y la endecha. El género sigue cultivándose en los siglos siguientes, especialmente en el siglo XX, cuando salen elegías de la pluma de Miguel de UnamunoFederico García Lorca, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, entre otros.

Ejemplo:

«En la muerte de un hijo», de Unamuno

Abrázame, mi bien, se nos ha muerto
el fruto del amor;
abrázame, el deseo está a cubierto
en surco de dolor.

Sobre la huesa de ese bien perdido,
que se fue a todo ir,
la cuna rodará del bien nacido,
del que está por venir.

Trueca en cantar los ayes de tu llanto,
la muerte dormirá;
rima en endecha tu tenaz quebranto,
la vida tornará.

Lava el sudario y dale sahumerio,
pañal de sacrificio,
pasará de un misterio a otro misterio,
llenando el santo oficio.

Que no sean lamentos del pasado,
del porvenir conjuro,
bricen, más bien su sueño sosegado
hosanas al futuro.

Cuando al ponerse el sol te enlute el cielo
con sangriento arrebol,
piensa, mi bien: «A esta hora de mi duelo
para alguien sale el sol».

Y cuando vierta sobre ti su río
de luz y de calor,
piensa que habrá dejado oscuro y frío
algún rincón del amor.

Es la rueda: día, noche; estío, invierno;
la rueda: vida, muerte…
Sin cesar así rueda, en curso eterno,
¡tragedia de la suerte!

Esperando el final de la partida
damos pasto al anhelo,
con cantos a la muerte henchir la vida,
tal es nuestro consuelo.

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Diferencia entre metáforas y símiles, de Crystal Harlan

¿Cuál es la diferencia entre la metáfora y el símil? La respuesta breve es bastante simple: ambas figuras retóricas comparan dos palabras o conceptos, pero mientras que el símil los vincula con un nexo comparativo (comosemejante apareceigual que, etc.), la metáfora no. En el caso de la metáfora, un término representa y sustituye al otro.

Ejemplos de metáforas:

«Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;» -«Coplas a la muerte de su padre», Jorge Manrique

«La luna es una ausencia.
Se espera siempre.
Las hojas son murmullos de la carne.
Se espera todo menos caballos pálidos». -«La luna es una ausencia», de Vicente Aleixandre

Ejemplos de símiles:

«Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata». -«Es la mujer del hombre lo más bueno…», de Lope de Vega

«El sexo siempre sabe a mar de invierno,
a galernas en medio de la noche». -«Del gusto», de Josefa Parra

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El tiempo literario por Tomás

El tiempo, en todos sus aspectos, es uno de los elementos importantes en cualquier novela. A diferencia de las artes estáticas, como la fotografía o la pintura, la literatura narra escenas desarrollando acciones a través del tiempo. Para ello creamos el tiempo literario y lo utilizamos a nuestro antojo.

Manipulamos los segundos, los días, los años, los siglos, adelantando y atrasando el reloj según nuestra conveniencia.

Primero debemos distinguir dos clases de tiempo literario:

El tiempo de la historia
Es el lapso temporal en el que transcurren los hechos, desde el principio hasta el fin. Por ejemplo en la novela El médico, Noah Gordon cuenta la historia de Rob Cole durante prácticamente toda su vida. Sin embargo en Ulises, James Joyce cuenta lo sucedido a Leopold Bloom en un solo día.

El tiempo del relato
Es el que dura la composición literaria que el autor hace en su novela en el tiempo que lleva leerla. Si en una historia el tiempo se prolonga durante años, como en la novela de Gordon, la recomposición que hace el autor permite que todo ese tiempo relatado se comprima en los días que nos lleva terminar de leer el libro. En la novela de Joyce es al revés, el tiempo se dilata, porque hay que poner mucho empeño para terminar de leer Ulises en un día.

Hay dos factores que podemos modificar en el tiempo literario del relato: La duración (el tiempo como lo percibe el lector) y el orden de los eventos (de qué forma se presentan las escenas y se construye el relato).

Los recursos que podemos utilizar para alterar la duración del relato son: Resumen y Elipsis (para acortar el tiempo); Escena (tiende a narrar “en tiempo real”); Descripcióndigresión y dilatación (alargan el tiempo del relato con respecto al real).

Resumen
Es una manera de condensar parte de la historia en una secuencia breve de frases. Se utiliza cuando los hechos narrados no tienen una importancia central en la historia. Es como narrar superficialmente, sin detalles y escogiendo la información mínima necesaria que deseamos transmitir.

“Durante su primer año en el colegio, las cosas trascurrieron normalmente, sin mayores incidentes ni contratiempos, salvo la gripe que le retuvo en cama cuatro días en pleno periodo de exámenes.”

Elipsis
Es la eliminación en el relato de una parte de la historia que el autor no considera pertinente o necesaria. En este caso, la historia da un salto adelante y comienza a narrar hechos que en verdad están separados de lo que se venía contando por algún lapso de tiempo. Existen dos clases, las elipsis explícitas, en las que el autor indica que ha pasado el tiempo:

“Luego de terminar la frugal cena en la cafetería nos despedimos y partí hacia la estación de trenes con mi pequeña maleta y mis enormes sueños.
Doce años después, con el título de Médico cirujano especializado en Cardiología, regresé al Hospital Central y allí estaba ella, sentada tras el mismo escritorio en la recepción.”

Las elipsis implícitas no recurren a la expresión literal del paso del tiempo. El lector debe deducir ese paso de la propia acción.

“Pasamos sin contratiempos por el arco detector de metales y el control de documentación hasta que finalmente subimos al avión. En París llovía cuando aterrizamos pero nada podía empañar la felicidad que sentía Alexandra. Su sonrisa era radiante.”

Evidentemente ha pasado un tiempo entre que subieron al avión y aterrizaron en París, pero el autor no considera de importancia para el relato narrar lo ocurrido en el vuelo y el lector entiende que en ese tiempo no pasó nada interesante.

Los escritores utilizamos constantemente este recurso, pero ser consciente de las posibilidades que tiene nos puede ayudar para emplearlo de manera creativa, como en la escena del mercado en Notting Hill, donde las estaciones se suceden mientras el protagonista camina.

Escena
Cuando escribimos una escena intentamos mostrar los hechos al lector, como si fuese “en directo” y por ello el relato se aproxima bastante al tiempo real de la historia.

Descripción
Cuando describimos, el tiempo de la historia se detiene. Al contrario que en una escena, la descripción no implica acción ni paso del tiempo, por lo que alarga el tiempo del relato aportando detalles del escenario, la situación o los protagonistas mientras mantiene el tiempo literario en pausa. Es similar a una fotografía y mientras contamos lo que vemos no sucede nada.

Digresión
Cuando detenemos la acción en un relato, pero en lugar de describir algo introducimos reflexiones o pensamientos propios del autor. Este recurso está un poco en desuso en la novela actual, pero aún hay quien introduce sus pensamientos al margen de la historia en forma de ironía, duda o pensamientos metafísicos.

Dilatación
Si yo describo con lujo de detalles todo (todo, todo) lo que pasa durante cinco minutos en el mercado central de una ciudad grande, tomará varias horas leer ese relato. Lo que hice en ese caso fue hacer pasar el tiempo más despacio (en cámara lenta) para poder referirme a cada aspecto de la escena, a cada gesto de los protagonistas.

Esto pasa en la escena que da comienzo a la película Swordfish y nos muestra una serie de detalles desde diferentes puntos de vista, del instante de la explosión. Y es lo que sucede en las luchas de Matrix.

El orden de los eventos es el que decidimos cuando nos proponemos convertir una historia en argumento. El orden de un argumento no siempre coincide con el orden cronológico, sino que pasa a ser nuestra personal forma de encadenar los acontecimientos según nos interese darlos a conocer el lector. Las Anacronías son los movimientos hacia adelante o atrás en el tiempo con respecto al presente del relato y son los recursos que utilizamos para ordenarlo: AnalepsisRacconto y Prolepsis.

Analepsis o Flashback
Recrea un acontecimiento concreto del pasado de la historia. Con un salto atrás en el tiempo se muestra una situación previa, un resumen o una escena que consideramos crucial para comprender el relato de ahí en adelante. Luego vuelve a la acción actual y prosigue la historia. Es un recurso muy utilizado para explicar comportamientos, acciones o elecciones de nuestros protagonistas, porque bien sabemos que cada acción que realizan debe tener una causa.

Racconto
Si bien es estrictamente un tipo de Analepsis o retrospección, el Racconto es una narración más extensa de acontecimientos anteriores al tiempo de la historia. Se diferencia del Flashback sobre todo en la extensión.

Prolepsis o Flashforward
Es un salto adelante en el tiempo, hacia el futuro. Nos adelantamos a los acontecimientos para desvelar una escena o suceso posterior, quizás consecuencia o producto de las acciones que se llevan a cabo en ese momento de la historia. Este es un recurso poco utilizado en comparación al Flashback.

http://escrilia.com/el-tiempo-literario/

Aspectos del cuento por Julio Cortázar

Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.

Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posesión y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que solo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y sin embargo, no creo que sea así. Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.

La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país -Francia- donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.

Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco incasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un «orden abierto», novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el «clímax» de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa «apertura» a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.

Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir… Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: «Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo.» A mí me han reglado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: «Muchas gracias», y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.

Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.

En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no…

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Algunas notas sobre los diálogos porRodolfo Martínez

Cierta vez, alguien me preguntó qué encontraba más difícil en el trabajo de escribir. No parpadeé al responder: «Los personajes y los diálogos». Del diseño de personajes quizá hablemos en otro momento, pero hoy me gustaría pediros unos minutos de vuestra atención para dedicarlos a lo difícil que es construir un buen (o incluso un mal) diálogo.

A menudo, y especialmente en los cuentos, donde no hay espacio para un desarrollo en profundidad de la psicología de un personaje, la forma en que éste habla puede bastar para definirlo. Un personaje que nos es presentado hablando de determinada manera evocará en nuestra mente una concreta forma de ser y, si el autor es lo suficientemente hábil, ni siquiera necesitará describirlo física o mentalmente para que tengamos una imagen clara de cómo es.

Claro que ahí tropezamos con el meollo de la cuestión: La frasecita sin importancia de «si el autor es lo suficientemente hábil». De hecho, es perfectamente posible que un cuento con una buena idea de partida, bien desarrollada y que esté impecablemente escrito en sus partes narrativas y descriptivas, resulte luego un completo fiasco a causa de la pobreza de sus diálogos. Últimamente he tenido la oportunidad de leer bastante material de autores noveles y precisamente uno de los lugares donde éstos parecen tener más dificultades es en ese tema. Cuentos que en general no están mal escritos suelen tener unos diálogos que entorpecen el desarrollo de la acción más que ayudarla a avanzar, que no resultan ni fluidos ni naturales, dando al lector la impresión de que los personajes hablan como si recitasen papeles aprendidos de memoria en una mala obra de teatro.

¿Cómo debería ser entonces un buen diálogo? En primer lugar y, posiblemente más importante, debe sonar natural a nuestros oídos mentales de lector, que parezca (aunque en el fondo no lo sea) un diálogo de verdad, de los que puede oír por la calle o decir él mismo. Debe también aportar información, no ser simplemente una pieza dialéctica vacía. Y, por último, y peliagudo, está el tema de las acotaciones, de cómo introducirlas.

Trataré cada uno de estos temas por separado.

La naturalidad

Algo primordial es adaptar los términos y las construcciones gramaticales que vamos a usar a la personalidad que queremos definir por medio de ese diálogo. Un individuo iletrado, de escaso nivel cultural, no usará los cultismos y las construcciones subordinadas que puede utilizar un especialista en literatura germánica medieval.

Si estamos escribiendo un relato en el que los personajes son navajeros del más miserable suburbio de Barazagor, el olvidado planeta por allá a la izquierda, tendremos que hacerles hablar de acuerdo con su papel. Utilizarán frases más bien cortas o en todo caso unidas por conjunciones. Pocas veces usarán oraciones subordinadas, tenderán a servirse exclusivamente del indicativo, e incluso es posible que trabuquen algunos tiempos verbales, que digan «si no habrías venido» en lugar de «si no hubieras venido», por ejemplo. Su vocabulario será más bien limitado, y con cierta frecuencia se servirán de muletillas e interjecciones varias que insertarán en mitad de una frase.

Usarán determinadas palabras propias de su jerga. Por el contrario, si estamos describiendo la investigación de un grupo de sesudos físicos que tratan de desentrañar el último misterio del universo, tendrán que hablar de forma completamente distinta. Su habla será algo más ampulosa, pero al mismo tiempo más precisa. Usarán, evidentemente, términos como «vector» o «gradiente de velocidad». En general hablarán igual que un individuo de cultura más o menos media con la jerga propia de su profesión.

Ese tema, el de la jerga, es muy importante en dos aspectos. Cada profesión, cada forma de vida, tiene su vocabulario propio, y si pretendes describir a un médico, tienes que estar bien enterado de qué términos usan los médicos. No digo que llegues al nivel de documentación de Gabriel Bermúdez, que para Salud mortal se devoró tomos y tomos de divulgación médica, pero sí que estés lo suficientemente enterado como para no cometer gazapos y caracterizarles mínimamente bien.

El otro aspecto de las jergas, el de las hablas marginales, es más peliagudo.

Decía Raymond Chandler que sólo hay dos tipos de jergas aceptables para el escritor: «el slang que se ha establecido en el lenguaje, y el slang que uno mismo inventa. Todo lo demás está propenso a ponerse fuera de moda antes de alcanzar la imprenta»1. Un ejemplo perfecto de jerga inventada puede ser La naranja mecánica2, donde el autor, partiendo del vocabulario ruso, crea el nadsat, la lengua juvenil que hablan los pandilleros de la novela. Burgess introduce tan bien el nadsat en su novela, de una forma tan paulatina, y con un contexto tan esclarecedor, que uno apenas necesita mirar el glosario que incluyen algunas ediciones del libro para comprender su significado. En nuestro país podríamos citar el caso de Ahogos y palpitaciones3, novela olvidable en casi todos sus aspectos, pero que resulta interesante por la deformación a que el autor somete el idioma. Nos describe una sociedad que vive por y para el placer, donde el sufrimiento es algo inconcebible y obsceno: de esa forma, el lenguaje se deforma hasta el extremo de que palabras como «sangre» y «muerte» son auténticas procacidades y los más prosaicos aspectos fisiológicos humanos son descritos en tonos poéticos y alegóricos.

Por otro lado, el diálogo debe ser fluido, ha de tener un ritmo propio, y en ese aspecto quizá nos pudiera servir de ayuda la poesía, especialmente la clásica, férreamente estructurada en torno a grupos acentuales muy concretos. Un soneto de Garcilaso o de Quevedo puede ser de mucha ayuda para ayudarnos a ir cogiendo ese ritmo. Volviendo a citar a Raymond Chandler: «Es probable que comenzara con la poesía; casi todo comienza en ella.»4

Pero todo lo dicho no basta para que un diálogo suene natural. Uno puede haber cumplido todo lo que acabo de exponer y aun así encontrarse con que acaba de escribir una conversación forzada y anquilosada. ¿Dónde está entonces la naturalidad? Ahí es donde interviene el oído del escritor, su intuición y sus años de oficio.

En primer lugar, en una conversación real, los interlocutores no sueltan un ladrillo de discurso respondido a su vez por otro ladrillo de discurso. La gente, cuando habla, se interrumpe unos a otros, se producen lapsos de silencio, un personaje inicia un chiste y aquel con el que está hablando se lo termina… No hay nada que cause peor efecto que Pepe diciendo: «Yo creo que…» y soltando una parrafada a la que Manolo responde «Pues yo pienso…» y suelta una nueva parrafada solo para que, cuando acabe, llegue Juan y diga «Quizá, pero a mí me parece…» para embarcarse en nuevo discurso. Eso no es un diálogo, sino tres monólogos sobre el mismo tema.

Cuando dos o más personas hablan, las circunstancias mandan en muchas ocasiones sobre ellos. Se puede empezar hablando de fútbol y, a medida que la conversación va derivando, se termina poniendo a parir al gobierno sin que nadie lo haya planeado así. En el mundo «real» las conversaciones no son, no suelen ser, algo preparado. En la literatura, sin embargo, deben serlo. Si transcribimos un diálogo es porque hay determinada información que queremos transmitir a través de él, algo que queremos contar usando esa conversación. Por tanto, hemos de ceñirnos al tema que queremos exponer, pero al mismo tiempo hemos de ser consecuentes con la caracterización de nuestros personajes. Si hemos diseñado uno de ellos de tal forma que tenga tendencia a divagar, tendremos que hacer que, en determinados momentos, el tema de la conversación se aparte de nuestro propósito, aunque luego la hagamos volver a él.

También hay que tener en cuenta que, si el diálogo lleva una gran carga emocional, es más que probable que alguno de los personajes que intervienen en él, en un momento dado, suelte una palabrota para aliviar su propia tensión o recalcar una idea. ¿Por qué no? No hay que tener miedo a las palabrotas, la gente las usa cuando habla y, aunque el escritor no debe abusar de ellas, resulta peor aun que prescinda totalmente de su uso. Nada resulta más ridículo que un individuo que supuestamente está furioso, diciendo: «¡Córcholis! Menuda faena me habéis hecho!». Si está furioso de verdad, no dirá «córcholis» o «cáscaras»; soltará un exabrupto. No hace falta ser terriblemente vulgares, pero una o dos palabrotas insertadas en una conversación de forma natural ayudan a hacerla más creíble, siempre que no nos pasemos.

Y cuando ya tenemos el diálogo ¿cómo sabemos que éste es válido? Una solución puede ser coger lo que uno acaba de escribir e intentar leerlo en voz alta. Eso nos salvará en más de un momento de perpetrar diálogos que nos parecían maravillosos en la página escrita y que al ser oídos se nos revelan cursis, artificiales o torpes. Sin embargo tampoco esa es la solución definitiva. A García Márquez le preguntaron en una ocasión por qué daba tan poca importancia al diálogo en sus libros. Respondió que para él: «El diálogo en lengua castellana resulta falso. […] En este idioma existe una gran distancia entre el diálogo hablado y el escrito. Un diálogo que en castellano es bueno en la vida real no es necesariamente bueno en las novelas. Por eso lo trabajo tan poco»5. A primera vista puede parecer que el escritor colombiano está en uno de sus habituales desbarres, pero si nos paramos a pensarlo un poco veremos que no deja de tener razón, en cierto sentido. Al contrario de lo que nos ocurría antes un diálogo puede sonar perfecto al oírlo y luego, en la página, resultar completamente inadecuado. No olvidemos que la literatura es, en el fondo, un artificio, un fingimiento. Un diálogo escrito debe parecer que es igual que uno hablado, pero en realidad no lo será.

¿Qué hacer, entonces?

Mi primer consejo sigue siendo, creo yo, útil pese a todo. Lee el diálogo en voz alta y, si no resulta, tíralo a la papelera. En cuanto a cómo solucionar la segunda cuestión, eso es algo que va dando el tiempo, la experiencia y, sobre todo, el haber escrito mucho. El genio sigue siendo un 20% de inspiración y un 80% de transpiración. O, en las inmortales palabras de Sherlock Holmes: «Watson, el genio sólo es la capacidad de esforzarse».

Dar información. ¿Cómo?

Como cualquier otra parte de un relato, un diálogo cumple una función. Y esta, creo yo, es básicamente la de aportar información de una forma más rápida, directa y agradable al lector de la que lo puede hacer un fragmento narrativo6.

Un recurso muy usado por determinados escritores del pasado es, en lugar de mostrarnos la acción, situarnos ante dos personajes: uno asiste a ella, el otro no. El primero le cuenta al segundo lo que ocurre. Era algo muy usado por Shakespeare; claro que él no lo hacía por gusto: no podía poner en escena a dos ejércitos de quince mil hombres dándose de bofetadas, así que tenía que limitarse a situar sobre el escenario a un criado que, desde lo alto de una torre, le cuenta a su señor lo que ocurre en el campo de batalla.

Pero es algo que se sigue utilizando hoy en día y no es un mal método. La narración de la acción por parte de un testigo a un tercero puede ser mucho más colorista, emocionante y vital que una descripción directa de esa acción. Sobre todo, si lo que estamos narrando es de importancia secundaria para el relato y no queremos perder demasiado tiempo en su descripción, el truco del testigo siempre es útil.

Un recurso similar es el de utilizar un diálogo para que el lector se entere de acontecimientos que han ocurrido antes de que se inicie el relato, para situarle en el escenario, en el universo donde se desarrolla la historia. Esto no es peligroso cuando uno de los interlocutores de la conversación ignora lo que el otro le está contando. El que lo sabe se limita a poner en antecedentes a su amigo y punto. El problema viene cuando ambos saben lo que ha pasado y el único que lo ignora es el pobre lector.

Este es un defecto del que no escapan ni escritores experimentados. Del que, de hecho, es difícil escapar. ¿Cómo te las apañas para poner en antecedentes al lector sobre algo que todos los personajes de la novela saben ya perfectamente y que es imprescindible que el lector sepa para que comprenda perfectamente la situación?

La solución del escritor inexperto es la que yo llamo la de la intervención parlamentaria. Aquello de «Señores diputados, no les voy a decir…» y acto seguido se lo dice. No es difícil encontrar en un cuento primerizo una conversación que empieza más o menos así:

-Todos sabéis que ayer por la tarde hubo una reunión en la que se decidió…

Si todos lo saben ¿para qué lo cuenta? Lo lógico es dar esos acontecimientos por sabidos y seguir a partir de ahí. Pero el lector los ignora y hay que contárselos de alguna manera.

Pero no de esa. Eso crea una impresión de pobreza y falsedad en el diálogo. La gente no habla de cosas que ya saben para que un ente misterioso ajeno a su universo se entere de lo que les ha pasado.

La solución es, quizá, dar la información poco a poco, a pequeños retazos. Siempre que uno tenga espacio suficiente, por supuesto. Se puede intentar otra cosa, si los acontecimientos en cuestión son lo suficientemente importantes como para haber sido tenidos en cuenta por los historiadores: insertar, en mitad del relato, un fragmento de un supuesto libro donde se comenten esos hechos, como hacía Asimov en su serie de las Fundaciones con las citas de la Enciclopedia Galáctica. O, como hábilmente hace Gabriel Bermúdez en Salud mortal, conseguir que el personaje central asista a una conferencia de carácter histórico-político.

Al final, si uno es lo suficientemente hábil, puede incluso utilizar la solución de la intervención parlamentaria y hacer que el lector no se de cuenta de que las normas de la verosimilitud acaban de ser transgredidas. Pero pocos escritores pueden permitirse eso impunemente.

Los Interlocutores

Dice Umberto Eco que cuando se puso a escribir El nombre de la rosa: «Las conversaciones me planteaban muchas dificultades. […] Hay un tema muy poco tratado en las teorías de la narrativa: […] los artificios de los que se vale el narrador para ceder la palabra al personaje»7. Como no hay nada mejor que un ejemplo, véase el siguiente, que es el mismo que Eco propone en su libro: dos personajes se encuentran y uno le pregunta al otro que cómo está. El otro responde que no se queja y pregunta a su vez qué tal está el primero. Como veremos enseguida, hay muchas formas en las que puede ser presentada esta conversación, y no todas son iguales:

A:

-¿Cómo estás?

-No me quejo, ¿y tú?
B:

-¿Cómo estás? -dijo Juan.

-No me quejo, ¿y tú? -dijo Pedro.
C:

-¿Cómo estás? -se apresuró a decir Juan.

-No me quejo, ¿y tú? -respondió Pedro en tono de burla.
D:

Dijo Juan:

-¿Cómo estás?

-No me quejo -respondió Pedro con voz neutra. Luego, con una sonrisa indefinible-: ¿Y tú?
Umberto Eco propone un par de ejemplos más, pero estos cuatro son suficientes. A y B son prácticamente idénticos, pero C y D son muy distintos a estos y, a la vez, muy diferentes entre sí. Como vemos, la mano de un narrador se mete en mitad de la conversación y altera completamente el efecto que nos produce ésta. En C y D vemos unas connotaciones en la respuesta de Pedro que están completamente ausentes de A y B.

¿Cuál es la solución más adecuada? Tema difícil, y no creo que se pueda hablar en este caso de una solución más adecuada que otra. Cada autor tendrá sus gustos al respecto, sus propias ideas, y estas se reflejarán en la forma de presentar los diálogos. Hemingway, por ejemplo, apenas utilizaba acotaciones, nos decía muy poco sobre la voz o el estado de ánimo del que hablaba, se limitaba a transcribirnos sus palabras, para así preservar las posibles ambigüedades que pudieran surgir al interpretar el lector la conversación. Esto está bien, si uno realmente quiere que las ambigüedades que surjan queden ahí. Si no, la intervención del narrador es obligada. Al fin y al cabo, para eso está, para decirnos que Pedro sonreía maliciosamente cuando decía que estaba bien, o que Juan hablaba de forma agitada cuando preguntaba.

Mi opción personal es prescindir de las acotaciones, salvo de las más elementales en una primera escritura. Luego, cuando llega el momento de corregir el texto, vas viendo si son necesarias más, si te interesa recalcar que Juan jadeaba cuando Pedro tocó determinado tema, o si prefieres no poner sobre aviso al lector sobre las reacciones del personaje. Depende. Como ya he dicho, es una opción personal.

Lo que sí debemos tener bien claro es qué nos proponemos con un diálogo. ¿Queremos simplemente intrigar al lector, engancharle a los acontecimientos pero seguir dejándole en la ignorancia o incluso en la confusión en algunas partes? Entonces no seremos demasiado prolijos. Por el contrario, si no deseamos que el lector llegue a una conclusión errónea sobre el diálogo que acaba de leer utilizaremos las acotaciones para romper las posibles ambigüedades que surjan en la conversación.

Entroncado con esto, me gustaría comentar muy brevemente otro defecto de los escritores primerizos: utilizar demasiados interlocutores en el mismo diálogo. Una conversación a dos bandas ya tiene sus propias dificultades, pero si metemos a tres o incluso cuatro participando en ella, la dificultad se multiplica.

Los dos fallos que se suelen producir más a menudo son los siguientes:

  1. Cada personaje suelta su parrafada de información y convierte el diálogo en un número variable de monólogos.
  2. Llega un momento en que el escritor se pierde y no sabe realmente quién está hablando. O, si lo sabe, no es capaz de hacérselo claro al lector y es éste entonces el que se pierde.

Mi consejo es empezar con cierta modestia y precaución: dos interlocutores, tres a lo sumo. Ya es bastante difícil de por sí como para complicarnos más todavía.

Si, por razones estructurales, necesitamos que en determinada conversación haya presentes cuatro o cinco personajes, existe un truco para ello. Diseñar el diálogo como si se desarrollase solo entre dos interlocutores. Y luego, coger la parte del diálogo de uno de ellos y dividirla a su vez entre otros dos o tres personajes. Si se hace con el suficiente cuidado, el lector tendrá la impresión de que todos hablan, y la dificultad para el escritor no habrá aumentado en exceso.

Conclusión

Un pájaro aprende a volar cayéndose del nido y un escritor aprende a escribir pergeñando bodrios, a veces durante años y años y a veces, por desgracia, durante toda su vida. Las notas que he expuesto más arriba pueden resultar o no de utilidad, pero ningún consejo sustituirá a la práctica. El escritor se hace escribiendo, emborronando miles de páginas.

Y se hace también leyendo, aprendiendo cómo otros escritores antes que él han resuelto los mismos problemas a los que él se enfrenta ahora.

Y, en el caso concreto de los diálogos, se hace escuchando. Si un escritor debe ser un observador de lo que le rodea (sí, incluso un escritor de ciencia ficción o fantasía porque, no nos engañemos, estaremos en la Tierra Media o en Akasa-Puspa, pero seguimos escribiendo sobre hombres y mujeres -o alienígenas y elfos- contando qué les pasa y cómo reaccionan ante lo que les pasa), debe serlo especialmente de lo que se dice junto a él si aspira a escribir algún día diálogos que resulten creíbles como tales.

Termino ya, recomendando a cinco autores que, desde mi parcial punto de vista, han sobresalido como constructores de diálogos y quizá puedan ayudar al escritor bisoño a enfrentarse con este tema. La elección de estos cinco en favor de otros puede parecer subjetiva. No os llaméis a engaño: lo es. Son autores cuyo manejo de la conversación me ha influido enormemente en un momento u otro: Miguel Delibes, uno de los oídos más finos y sensibles de la literatura española. Sus diálogos en Los santos inocentes siguen siendo, para mí, el mejor ejemplo del habla rural convertida en arte que existe en nuestras letras.

Raymond Chandler, cuyos personajes utilizaban el diálogo como arma cuando no podían hacerse con una pistola. Las réplicas y contrarréplicas de Marlowe, casi a ritmo de ametralladora, son siempre ingeniosas, fluidas, vibrantes. Sus diálogos más delirantes quizá estén en Adiós, muñeca.

Isaac Asimov. Sí, habéis leído bien, Isaac Asimov. Sus diálogos son funcionales, no resultan casi nunca forzados y, sin florituras de ninguna clase, resultan creíbles. Como ejemplo citar El fin de la eternidad o algunos capítulos de la primera parte de Los propios dioses.

Pese a la vacuidad de contenido de muchas de sus conversaciones, Frank Herbert y Robert Heinlein. Especialmente este último en El número de la bestia, que más que una novela (como tal resulta bien pobre) es un manual de cómo escribir buenos diálogos.

FIN

Notas

NOTAS

1.Chandler, Raymond. Cartas y escritores inéditos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1976.
2.Burgess, Anthony. La naranja mecánica, Minotauro, Barcelona, 1976.
3.Martín, Andreu: Ahogos y palpitaciones, Ultramar, Barcelona, 1987.
4.Chandler, Raymond. El simple arte de matar, Bruguera, Barcelona, 1980.
5.Mendoza, Plinio Apuleyo. El olor de la guayaba, Bruguera, Barcelona, 1982.
6.Claro que Frank Herbert y Robert Heinlein quizá no estuvieran muy de acuerdo conmigo, visto como les encantaba poner a varios personajes hablando durante algunos cientos de páginas sin que dijeran absolutamente nada. Eso sí, haciéndolo de una forma muy entretenida (la apostilla no es mía, sino de Juan Parera).

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Objeto de la narración: idea Por Óscar Pantoja

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Una vez William Faulkner vio a una pequeña niña subida en unos cajones de madera, junto a una ventana, tratando de ver lo que había en el interior de una habitación. Abajo varios niños la animaban. La niña tenía sus calzoncitos sucios. A Faulkner, esta imagen lo atrapó. ¿Quién era esa niña? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué hacía subida en esos cajones? ¿Por qué espiaba? ¿Quiénes eran los niños de abajo? ¿Qué había adentro de la habitación? ¿Por qué tenía embarrada la falda y los calzoncitos? Estas preguntas empezaron a darle vueltas en su cabeza y no las podía detener. Las repetía una y otra vez, hasta que descubrió que aquello no podía parar ahí. Aquello que lo atenazaba día y noche era una IDEA, que tenía que convertir en algo, un cuento, una novela, no lo sabía. Este es un ejemplo de cómo actúan las ideas en el escritor. No se sabe en dónde pueden aparecer, pero cuando aparecen, generalmente ya no lo sueltan. Las ideas son así: avasalladoras, directas, imborrables. La idea es el germen primigenio de la creación. Es el universo en bruto, el pequeño brillo de algo que tiene una profundidad enorme. El inicio de una historia. Después, Faulkner, reelaboró sus preguntas y empezó a organizar todo aquel remolino sin sentido. Descubrió que la niña hacía parte de una familia tradicional de los Estados Unidos, que los niños de abajo eran sus hermanos, que uno de ellos era un idiota, que otro años después se suicidaría porque se enamoraría perdidamente de ella. Que otro la maltrataría. Que en realidad esa idea lo llevaba a un lugar, a un TEMA, a contar la historia de una familia, de Los Compson. Pero eso no era nada raro. Contar la historia de una familia no determina todo un tema. Faulkner, en su proceso de creación unió los calzoncitos sucios de la niña con la historia de la familia y ahí encontró el tema definitivo de lo que quería contar: la historia, ruptura y caída irreparable e irreversible de una familia de los Estados Unidos. Ese es el tema, la organización de la idea en forma lógica, de tal forma que el lector pueda entender esa idea, que a simple vista es ilegible. El escritor, con el tema hace comprensible esa idea. Descubrió que la niña se llamaba Candace o Caddy, y que la historia se habría de desarrollar en la semana santa a lo largo de varios años, y que todos los personajes que intervienen, los hermanos, tienen voz en la novela, menos Caddy. Ahora sólo faltaba una cosa, el TÍTULO. Un escritor, para saber titular, debe leer mucho, porque sólo así puede conocer los títulos que se han utilizado y los que le pueden dar pistas para reutilizar, y los que suenan comunes o feos, y los que en realidad sí pueden valer la pena. El título lo sacó del hermano idiota de Caddy, uniéndolo a un verso de Macbeth, de Shakespeare:

 

Es un cuento

 

Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

 

Sin ningún significado.

 

La novela la tituló: El ruido y la furia. Y el primero en empezar a contarla es Benjuí, el idiota que está detrás de la cerca.

 

 

 

 

 

 

Una vez William Faulkner vio a una pequeña niña subida en unos cajones de madera, junto a una ventana, tratando de ver lo que había en el interior de una habitación. Abajo varios niños la animaban. La niña tenía sus calzoncitos sucios. A Faulkner, esta imagen lo atrapó. ¿Quién era esa niña? ¿Cuántos años tenía? ¿Qué hacía subida en esos cajones? ¿Por qué espiaba? ¿Quiénes eran los niños de abajo? ¿Qué había adentro de la habitación? ¿Por qué tenía embarrada la falda y los calzoncitos? Estas preguntas empezaron a darle vueltas en su cabeza y no las podía detener. Las repetía una y otra vez, hasta que descubrió que aquello no podía parar ahí. Aquello que lo atenazaba día y noche era una IDEA, que tenía que convertir en algo, un cuento, una novela, no lo sabía. Este es un ejemplo de cómo actúan las ideas en el escritor. No se sabe en dónde pueden aparecer, pero cuando aparecen, generalmente ya no lo sueltan. Las ideas son así: avasalladoras, directas, imborrables. La idea es el germen primigenio de la creación. Es el universo en bruto, el pequeño brillo de algo que tiene una profundidad enorme. El inicio de una historia. Después, Faulkner, reelaboró sus preguntas y empezó a organizar todo aquel remolino sin sentido. Descubrió que la niña hacía parte de una familia tradicional de los Estados Unidos, que los niños de abajo eran sus hermanos, que uno de ellos era un idiota, que otro años después se suicidaría porque se enamoraría perdidamente de ella. Que otro la maltrataría. Que en realidad esa idea lo llevaba a un lugar, a un TEMA, a contar la historia de una familia, de Los Compson. Pero eso no era nada raro. Contar la historia de una familia no determina todo un tema. Faulkner, en su proceso de creación unió los calzoncitos sucios de la niña con la historia de la familia y ahí encontró el tema definitivo de lo que quería contar: la historia, ruptura y caída irreparable e irreversible de una familia de los Estados Unidos. Ese es el tema, la organización de la idea en forma lógica, de tal forma que el lector pueda entender esa idea, que a simple vista es ilegible. El escritor, con el tema hace comprensible esa idea. Descubrió que la niña se llamaba Candace o Caddy, y que la historia se habría de desarrollar en la semana santa a lo largo de varios años, y que todos los personajes que intervienen, los hermanos, tienen voz en la novela, menos Caddy. Ahora sólo faltaba una cosa, el TÍTULO. Un escritor, para saber titular, debe leer mucho, porque sólo así puede conocer los títulos que se han utilizado y los que le pueden dar pistas para reutilizar, y los que suenan comunes o feos, y los que en realidad sí pueden valer la pena. El título lo sacó del hermano idiota de Caddy, uniéndolo a un verso de Macbeth, de Shakespeare:

 

Es un cuento

 

Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

 

Sin ningún significado.

 

La novela la tituló: El ruido y la furia. Y el primero en empezar a contarla es Benjuí, el idiota que está detrás de la cerca.

Parafraseando a David Mamet en su libro “una profesión de putas” Por Óscar Pantoja.

Las principales cuestiones que se debe plantear un escritor son: ¿dónde pongo el lápiz? y ¿Qué les digo a mis personajes que hagan? Claro que hay otra pregunta más importante: ¿Quién va a contar esto? Semejante disyuntiva se puede enfocar de dos maneras. La mayoría de los escritores lo enfocan diciendo «Vamos a seguir a los personajes», como si el cuento fuera un documento de lo que hizo el personaje.
Ahora bien: si el cuento es un documento de lo que hace el personaje, más vale que haga algo interesante. Es decir, este enfoque coloca al escritor en la coyuntura de escribir el cuento de manera original e interesante, y hace que constantemente se esté preguntando: ¿Cuál será el narrador más interesante para contar al escribir esta escena de amor? ¿Cuál es la manera más interesante de escribirla con sencillez? ¿Cuál es el comportamiento más interesante que puedo permitirle al personaje en la escena en que, por ejemplo, ella se le declara? Así se realiza la mayor parte de cuentos, como un supuesto documento de lo que hicieron de verdad personasauténticas.

Hay otra manera de contar un cuento, que es la manera que recomendaba Eisenstein, aunque Eisenstein no escribió muchos cuentos. Este método no tiene nada que ver con seguir los pasos del personaje, sino que consiste en una sucesión de párrafos yuxtapuestos, de manera que el contraste entre dichas párrafos haga avanzar la historia en la mente de los lectores. Esto es un sucinto resumen de la teoría de Eisenstein sobre el montaje.
Siempre se debe intentar contar la historia sabiendo quién la va a contar y mediante la yuxtaposición de oraciones y párrafos que, básicamente, carecen de inflexiones. Para el señor Eisenstein, la mejor oración es una oración sin inflexiones. Una oración de una taza de té. Un párrafo corto de una cucharilla. Una oración de un tenedor. Un párrafo de una puerta. Que el montaje cuente la historia. Porque, de otra manera, no tienes acción dramática, tienes narración. SÍ te metes a narrar, estás diciendo: «Nunca van a adivinar por qué lo que acabo de contar es importante para la historia». Carece de importancia que el lector adivine por qué es importante para la historia. Lo importante es, simplemente, contar la historia. Que el lector se sorprenda.

En último término, el cuento está mucho más cerca del simple contar historias. Si se fijan en la manera en que la gente cuenta historias se darán cuenta de que las cuentan cinematográficamente. Saltan de una cosa a la siguiente, y la historia avanza por yuxtaposición de imágenes, es decir, por el montaje. La gente dice: «Estaba yo en la esquina, un día de niebla, y había un montón de gente corriendo como loca. Debía ser la luna llena. De repente, se nos acerca un coche, y el tío que estaba a mi lado dice…» Si se fijan bien, es una lista de planos: (1) un tipo parado en la esquina; (2) plano de la niebla; (3) la luna llena brillando en lo alto; (4) un hombre dice «Parece que la gente se vuelve boba en esta época del año»; (5) un coche se aproxima. Esta es una buena manera de hacer películas: yuxtaponiendo imágenes. Ahora estamos siguiendo la historia y nos preguntamos ¿Qué va a pasar a continuación? En literatura, la yuxtaposición de oraciones, de párrafos hace evolucionar la historia.
La unidad más pequeña es la oración; la más grande es el cuento o la novela; y la unidad que más le preocupa al escritor es el párrafo. Primero, la oración: la yuxtaposición de oraciones es lo que hace avanzar el cuento. Las oraciones componen la escena, el párrafo. El párrafo es un ensayo formal, un cuento en miniatura. Comparándolo con el cine, se podría decir que es una especie de pedazo de un documental. Los documentales toman materiales básicamente no relacionados, y los yuxtaponen con el fin de inspirarle al espectador la idea que el cineasta quiere transmitir. Toman unas imágenes de pájaros picoteando en una rama; toman otras imágenes de un cervatillo levantando la cabeza. Los dos planos no tienen nada que ver el uno con el otro. Se rodaron con días o años de diferencia, y a millas de distancia. Y el cineasta yuxtapone las imágenes para transmitirle al espectador la idea de máxima alerta. Los planos no tienen nada que ver uno con otro. No son un registro de lo que hizo el protagonista. No son un registro de la reacción del ciervo ante los pájaros. Son, básicamente, imágenes sin inflexiones. Pero cuando se yuxtaponen, transmiten al espectador la idea de alerta ante el peligro. Eso es buen cine. Esto sería buena literatura.
Pues bien, los escritores deberían intentar hacer lo mismo. Y disponemos de una ventaja: podemos escenificar y escribir exactamente las oraciones y los párrafos sin inflexiones que necesitamos para nuestra historia. Y después yuxtaponerlos. En la sala de montaje, un director está siempre pensando: «Ojalá tuviera un plano de… Caramba, has tenido todo el tiempo del mundo antes de rodar la película; has podido decidir qué planos ibas a necesitar, y salir y rodarlos. En la reescritura, en la reelaboración de los borradores escritos, se cuenta con la inmensa ventaja de cortar o ampliar una oración, un párrafo.
En este país, casi nadie sabe escribir un cuento, incluido yo. Casi todos los cuentos exponen material que no interesa. «Nick, un treintañero con afición a lo insólito.» ¿Cómo se puede ver lo insólito? Eso no se puede ver. «Jodie, una pasota angustiada que lleva treinta horas sentada en un banco.» ¿Cómo puedo ver la angustia? No se puede. Si descubres que una cosa no se puede explicar más que mediante la narración, es casi seguro que esa cosa no es importante para la historia (y, por tanto, tampoco para el lector): el lector no pide información sino drama. Pues entonces, ¿para qué necesitamos esa información? Esta terrible y fastidiosa narración echa a perder casi todos los cuentos colombianos.
Voy a explicar por qué las oraciones y párrafos no deben tener inflexiones.

Dos tipos van andando por la calle. Uno de ellos le dice al otro…

 

Confiesa, lector, que ahora estás escuchando. Estás escuchando porque quieres saber lo que ocurre a continuación. Las oraciones y párrafos no deberían tener más inflexiones que los cortes de esta pequeña historia Dos tipos andando por la calle… uno empieza a hablarle al otro… El propósito de la técnica es dejar libre al subconsciente. Si sigues las reglas concienzudamente, podrás dejar libre tu subconsciente. Esa es la verdadera creatividad. De lo contrario, te verás estorbado por tu mente consciente. Porque la mente consciente siempre está procurando gustar y resultar interesante. La mente consciente tenderá a sugerir lo obvio, el cliché, porque estas cosas ofrecen la garantía de haber gustado en el pasado. Sólo la mente que se ha salido de sí misma para enfrascarse en una tarea es capaz de desarrollar auténtica creatividad.
El funcionamiento mecánico de un cuento debería ser como el mecanismo de un sueño. Las imágenes de un sueño son enormemente variadas y tremendamente interesantes. Y casi todas ellas carecen de inflexiones. Es su yuxtaposición lo que da fuerza al sueño. El terror y la belleza del sueño nacen de la conexión de aspectos de la vida que no tenían relación entre sí. Por discontinua y absurda que pueda parecer la yuxtaposición a primera vista, un análisis metódico revela una organización del grado más elevado y más simple y, en consecuencia, un significado muy profundo. ¿No es cierto? Lo mismo se puede decir de un cuento. Un buen cuento tiene tan poco de documento de los progresos del protagonista como un sueño. Todo cuento debería ser una «secuencia onírica». En otras palabras, todo es una ilusión. La cuestión es: ¿cómo de buena va a ser la ilusión?