La novela

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En toda novela los personajes se mueven, actúan, hacen planes y avanzan debido a un motor que los impulsa. Las razones que tienen para hacerlo las deben comprender los lectores incluso antes que los propios protagonistas, estas deben ser lógicas, coherentes y proporcionadas.

Lógicas, aún si sus personajes están a punto de hacer una locura, porque de otra manera sus lectores sienten que lo que hacen los protagonistas no tienen explicación y eso les hace sentir engañados.

Coherentes porque de lo contrario no crearán vínculos con personajes que consideren de comportamiento anárquico. Si a la mitad del libro el lector no cree conocer a los protagonistas se sentirá perdido, desorientado y falto de interés.

Proporcionadas, porque los preliminares y la génesis del clímax deben cubrir todos los ángulos y sólo una reacción acorde dejará satisfecho al lector. Si es demasiado pensará que el protagonista estaba desequilibrado y eso no se había explicado bien. Si es muy débil no cumplirá con sus deseos de justicia, lo que se traduce en desilusión.

Las acciones de sus protagonistas deben explicarse, si no hay causa se vuelven arbitrarias y rompen la credibilidad interna de la historia. Para conseguir razones y excusas existen varios recursos literarios y me centraré en dos muy importantes:

El arma de Chéjov es un recurso narrativo (originado en un principio dramático) que sostiene que cada elemento en la historia debe ser necesario e irremplazable, de lo contrario debe ser eliminado de la narración. Anton Chéjov, fue un novelista y dramaturgo ruso (además de doctor en medicina), considerado un maestro en la creación de historias.

«Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir.»  Escribió Chéjov en carta a Lazarev en 1889.

«Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.» En Reminiscences of AP Chekhov de Gurlyand.

Esta técnica literaria hace necesaria la utilización de cualquier objeto al que se haya hecho referencia de forma específica. Para Chéjov, si la pistola de la última frase no se utiliza, entonces no tiene sentido su mención en la narración y pasa a ser sólo una distracción vana y debe ser eliminada de la novela (con la única excepción de que haya sido específicamente creada para ser una distracción, un Red Herring).

El marco ideal es la referencia momentánea a un elemento, generalmente descartado por el protagonista y parcialmente olvidado por el lector, que luego se vuelve relevante para la historia.

No hay que confundir este recurso con un presagio o “foreshadowing”, que es cuando el escritor deja pistas sobre eventos futuros en la historia, las que son comprendidas luego de que el evento ocurre. El arma de Chéjov tiene más relación con remover información extra y descripciones innecesarias que dejar pistas a los lectores. Si describimos una pistola e indicamos que está cargada en los primeros capítulos, debe ser utilizada más adelante, porque si no se utiliza será irrelevante y no tuvo sentido describirla.

Y éste recurso no refiere a las armas específicamente, por supuesto.

Por ejemplo, si en los primeros capítulos el protagonista encuentra una llave de forma rara, se describe en detalle y se la guarda en el bolsillo, el lector estará desilusionado si esta llave no se utiliza en algún punto de la novela.

También puede construirse de manera inversa. Si el desenlace de su historia se asemeja peligrosamente a un “deus ex machina”, una resolución que parece caer del cielo, puede regresar a los primeros capítulos y “plantar” detalles y referencias que finalmente conduzcan a esa resolución. Estos detalles deberán ser específicos, lógicos y explicativos.

Chéjov nos previene así contra detalles superfluos. Un arma de fuego es una imagen llena de significado: Tiene potencial para la defensa y la seguridad, pero también para el peligro y la muerte. Hacer referencia a ella es una señal para que los lectores le presten atención. Si no pasa nada con ella, los lectores pueden sentirse engañados. Cada detalle en la narración debe tener un propósito.

Los detalles tienen poder. Pueden crear significado y expectativas, ya sea ésta su intención o no. Si no presta atención, un detalle fuera de lugar puede destruir la ilusión en la lectura.

Por otro lado hay detalles que sólo sirven de excusa para iniciar la acción: El MacGuffin. Alfred Hitchcock (inventor del nombrecito también) lo describe como:

“El dispositivo, el truco si se quiere, o los documentos que los espías persiguen… La única cosa que realmente importa es que en la historia, esos documentos o secretos deben parecen ser de vital importancia para los personajes. Para mí, el narrador, no tienen importancia alguna.”

Hitchcock utilizó el término MacGuffin para describir la pieza clave de una historia de misterio, de suspenso, detectives o espías; la fuerza motivadora o primordial detrás de la narrativa. No es el motivo en sí mismo, sino el aparatito, la situación o el acontecimiento que se encuentra detrás del motivo. Cuanto más examinemos la idea, más seguro estaremos de que describe un recurso poderoso que se encuentra en la mayoría (si no en todos) los relatos de ficción. Muchos escritores no se dan cuenta de que tienen un MacGuffin en su historia, pero está ahí.

Pero ¿es posible escribir una historia, aún una de misterio, sin un MacGuffin?

Por supuesto. También es posible construir coches sin faros, pero será muy difícil conducir de noche. Además, incluso si el MacGuffin nunca se menciona, lo más probable es que esté ahí, rondando fuera de la vista, dirigiendo las acciones de los personajes y riéndose tras bambalinas. Un MacGuffin por omisión.

Ser consciente del MacGuffin de su propia historia y crearlo cuidadosamente para satisfacer sus necesidades, puede mejorar la lógica interna de la narración, fortalecer la motivación de los personajes, y aumentar el impacto inicial de la novela.

El ejemplo más claro es el de una de las novelas de misterio más famosas jamás escritas (y una de mis favoritas) El halcón maltés, de Dashiell Hammett. La trama involucra asesinato, romance y engaño en el San Francisco de la década de 1920, y nos presenta a Sam Spade, el detective privado que creó escuela en los investigadores privados estadounidenses de ficción.

El MacGuffin es, evidentemente, el tan mentado Halcón Maltés, la estatuilla de un pájaro de unos treinta centímetros de altura cubierta con esmalte negro.

Hammett pone en boca de sus personajes explicaciones sobre el dichoso pájaro de más de dos mil palabras. Parece, para abreviar la larga y hermosa historia, que un halcón de oro sólido con incrustaciones de piedras preciosas del pico a las garras fue elaborado en 1530 por orden del Gran Maestro de los Caballeros de Malta, como un regalo para el emperador Carlos V. El regalo se perdió en el mar, se encontró, se volvió a perder, reaparece, pasa de mano en mano y, en algún lugar a lo largo del camino, es cubierto de esmalte negro para ocultar su valor.

Podría haber dicho: “Es un pájaro negro que vale un montón de dinero”, pero la estatuilla debía ser tan rara, romántica e increíblemente valiosa para justificar que un personaje invierta diecisiete años de su vida buscándola. Media docena de personas mueren persiguiendo o protegiendo el pájaro negro y Hammett debe hacer que sus lectores crean que ese objeto vale tanta sangre derramada.

¡Eso es un MacGuffin!

La motivación es la codicia, el MacGuffin es el objeto que inspira esa codicia.

En muchos relatos, el objeto es físico: un pájaro negro, un manuscrito raro, un tesoro, una ojiva atómica, una herencia. Pero puede ser algo intangible, como el comunismo o la libertad o ganar una beca. Puede ser un ideal o un odio o un engaño, o las órdenes de su oficial superior.

Lo cierto es que alguien tiene que estar detrás de algo, y una fuerza (humana, animal o elemental) tiene que cruzarse en su camino, o no hay historia.

Con el fin de motivar adecuadamente a sus personajes, el MacGuffin tiene que ser algo que es plausible y merece la pena. Los chicos malos no van por ahí matando gente y causando caos sólo para demostrar que son los malos. Deben tener un objetivo en mente. Quizás sea un objetivo loco, pero no tiene que haber alguna razón para lo que hacen.

Entonces, ¿cómo hacemos para seleccionar (o crear) un MacGuffin que agregue el toque justo de importancia, verosimilitud, y misterio en su historia?

Vamos a examinar algunas de las consideraciones que pueden orientar su elección:

– Su MacGuffin debe adaptarse a las necesidades de su argumento y los deseos de sus personajes.

– Con un MacGuffin muy elaborado, los personajes tendrán que ser más complejos, ya que tienen que ser la clase de gente que corresponda a las complejidades del MacGuffin que ha creado.

– La trama en sí puede ser muy complicada incluso con el MacGuffin más directo.

– La relación entre los personajes y el MacGuffin no debe romper la consistencia interna de su historia. Debe ser lógica y estar convenientemente explicada.

– El MacGuffin debe parecer real para el lector, o al menos ser capaz de evocar la suspensión voluntaria de su incredulidad. Y debe ser lo suficientemente potente como para justificar lo que sucede en su búsqueda.

Es lo más importante, el MacGuffin no debe parecer falso o artificial a ojos del lector. Claro que toda historia de ficción es una creación artificial, pero el lector no quiere ver los hilos de la marioneta ni siquiera saber que están ahí.

Si el MacGuffin es robar un banco y la codicia es el motivo, usted ya ha explicado lo suficiente. Su lector entiende la codicia, la ha visto antes, y que centre su objetivo en un atraco le parece lógico y creíble. Pero si el MacGuffin es, por ejemplo, la estatua de un pájaro, es mejor que pase algún tiempo explicando por qué alguien se preocuparía por eso.

Si el MacGuffin es una actitud: alguien pone bombas en las clínicas de aborto a causa de sus intensas convicciones y una gran dosis de manía homicida, el lector lo va a creer, porque sabe de esas cosas. Pero si su villano está matando a las personas que llevan globos rojos en el parque, es mejor que explique y justifique de manera plausible su odio a los globos rojos.