A través de las sombras

De Elena Casero Viana

Tomado del Microdecameron coordinadora Paola Tena


Cada noche se asoma al telescopio. Se abstrae observando las estrellas, los cometas o la vía láctea. Permanece así varias horas. Cuando las luces de la ciudad se van apagando, los ruidos se amortiguan y la gente se recluye en sus casas, él ajusta la dirección del foco. Lo dirige entonces hacia las ventanas, hacia las sombras que se intuyen a través de las cortinas, a los gestos, cariñosos unos, bruscos otros. Hace un barrido visual por el barrio. Todo es igual cada noche. Cambia de nuevo la dirección hacia el firmamento. Sin embargo, algo le hace retroceder hacia las ventanas. Una cortina abierta, una figura femenina. Enfoca la lente hacia allí. Sonríe. Se da cuenta de que está siendo observado. Un telescopio como el suyo. Después de varios meses han dejado de buscar vida inteligente en el firmamento.

lamicrobiblioteca: DEDICATÒRIA DE PERIGEU / DEDICATORIA DE PERIGEO
Elena Casero Viana

Elena Casero Viana (València, 1954) es técnico de Empresas Turísticas y jubilada parcial en la multinacional Ford España S.L, aunque hubiera preferido ser músico. Hasta la fecha ha publicado Tango sin memoria (Mira Editores, 1996; reeditado en 2013 por Talentura Libros); Demasiado Tarde (Mira Editores, 2004); Tribulaciones de un sicario (Talentura Libros, 2009); Discordancias (Talentura Libros, 2011); Donde nunca pasa nada (Talentura Libros, 2014), y Luna de perigeo (Enkuadres, 2017). Ha colaborado también en distintos libros colectivos de relatos, publicados por Editores Policarbonados, Mira Editores, La Esfera Cultural o Generación Bibliocafé.

Testigo de cargo y descargos II

de Guillermo Bustamante Zamudio

Testigo de cargo

El teclado fue llamado a comparecer en el juicio contra el novelista: conocía como ningún otro sus huellas digitales.

Descargos II


—¿Por qué lo mató usted?
—Para complacerlo.
—Sírvase explicar.
—Siempre se preocupaba por llegar primero que yo a todo. Lo único que hice fue garantizar que también llegara primero a la muerte.

Guillermo Bustamante Zamudio (Colombia, 1958). Cocreador Ekuóreo y A la topa tolondra (revistas de microrrelato). Con Harold Kremer, compiló: Antología del cuento corto colombiano (1994); Los
minicuentos de Ekuóreo (2003); Segunda antología del cuento corto colombiano (2007); y Colección del cuento corto colombiano (2016). Libros de microrrelatos: Convicciones y otras debilidades mentales (2002), Oficios de Noé (2005), Disposiciones y virtudes (2016).

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El refugio

de Patricia Nasello


Nadie osa destazar árboles allí: el Lobo Feroz los protege. Roja hace a un lado su caperuza de guerra y depone las armas. Con suavidad, como quien pisa un lugar sagrado, colándose bajo la sombra del caldenal, se acerca al Lobo y lo besa en los labios. Ahora, el Lobo y Roja efectúan juntos las rondas de vigilancia. Silfos, ondinas, salamandras y gnomos aúnan hechizos para que se multipliquen en crías saludables. Quizás así, susurran en su melodioso idioma, se salve de la depredación humana la última arboleda que resta sobre la Tierra.

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Patricia Nasello (Argentina). Magíster en Escritura Creativa por
la Universidad de Salamanca y Contadora Pública por la
Universidad Nacional de Córdoba, publicó una micronovela
“Acabemos con ellos de una vez” (Alción, 2019), la antología
personal “Está rugiendo otra vez” (Quarks, 2020) y tres libros de
microrrelatos. Participó en antologías, periódicos y revistas
culturales en Argentina, México, España, Perú, Rumania,
Venezuela y Bolivia. Trabajos suyos han sido traducidos al
francés, italiano, rumano e inglés.

Orgullo

de Mónica Vargas

Después de tantas miradas acusadoras en su casa, Enrique cedió ante la presión social y ante el espejo. Se quitó la peluca y los tacones, se rizó las pestañas y salió a la calle con su bolso favorito.

***

Mónica Vargas (Tlaxcala, Tlaxcala, 1995). Estudiante de letras. Booktuber. Empedernida promotora de la lectura y aventurera en el mundo de la creación literaria.

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Deseo

de Christian Uribe


El pequeño Lucas sopló las velas de su pastel de cumpleaños. Sus padres, en un intento por facilitar un poco los asuntos del destino, le preguntaron a su hijo qué pediría. El niño los miró en silencio, seguro de no querer compartir su secreto, los besó en la mejilla, y les recordó que los deseos no se cuentan. Lucas se fue a dormir y soñó. Soñó que tenía cabello largo y lumínico, de un color rosa espectacular como el de Pinki Pie, su pony favorita. Mientras batía sus alas transparentes, los pies dejaron de tocar el suelo. Volaba. Se sentía libre y feliz, esplendorosa. Por primera vez, era una ella, perfecta y bonita; y no un él, un Lucas incompleto. Al día siguiente despertó, tenía la sonrisa alegre; con los brazos extendidos por el efecto de pájaro nocturno llegó y entró a la cocina, donde desayunaban sus padres; sirvió cereal en un tazón, y les dijo satisfecho que su deseo se había cumplido. Ellos se miraron extrañados, sabían que lo único que Lucas había hecho la noche anterior fue irse a la cama. Sorbieron café para apaciguar la inquietud paternal, y le preguntaron a su hijo cuál había sido el tan anhelado
deseo cumplido. Lucas respondió a la mitad de un bocado de Froot Loops: “deseaba volar”.


Christian Uribe (Cuernavaca, Morelos, 1983).
Egresada de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay.
Creadora emergente en el Programa de Estímulo a la
Minificciones alternas
Creación y al Desarrollo Artístico en el año 2018. Soñadora entusiasta y tejedora de palabras empedernida

El mundo al revés

De Mónica M.Volpini Camerlinckx



—Yo no quise matarlo. Lo juro por las cenizas de mi madre. Descubrí
que me estaba siendo infiel. Como en las novelas. Con mi mejor amiga.
—Pero usted se declaró culpable.
—Culpable de lo que pasó, pero no de matarlo.
—Explíquese. Los policías la encontraron al lado del cadáver con un
cuchillo. Los vecinos escucharon sus amenazas.
—Sí, porque pensé en matarlo. Pensarlo puede ser un pecado pero no un
delito. Discutimos y de pronto él puso los ojos en blanco y se cayó. Se golpeó en el
filo del mueble..
Era la décima vez que miraba aquel video con la confesión de la
supuesta asesina. Los policías estaban a su lado y repetían sin cesar la
misma historia. Otro crimen pasional seguido de una descarga por
problemas psicológicos. El juicio final se llevaría a cabo el mes
próximo y ellos carecían de pruebas.
Fue entonces cuando los hechos se sucedieron como en un
remolino de pasiones. Ella se suicidó en la celda. El teléfono sonó para
avisar que, durante un estudio médico que se había hecho unos días
antes, lo habían medicado erróneamente con algo que le produciría
apneas y desmayos. Tal vez era por eso que se había golpeado con el
filo de la cama y la mujer tendría razón. Corrieron a pedir una nueva
autopsia pero ya era demasiado tarde. Como otras tantas veces, el
mundo estaba al revés.

Mónica M. Volpini Camerlinckx nació en Gral. Pico (La
Pampa), es autodidacta y actualmente tiene editados siete libros de
novela romántica y poemas. Ha participado en antologías. También
escribe microrrelatos y novelas de ficción

Los crímenes de Arcobaleno

De Carlos vitale


Cuando fue asesinado Alberto Ongaro un sentimiento de
estupor sobresaltó las calles del pueblo. ¿Quién podía odiar a un
anciano farmacéutico que durante más de cuarenta años había servido
a sus conciudadanos con esmero y abnegación? Cuando a los pocos
días fue asesinado el mecánico dental Jorge Ongaro, con la misma
frialdad profesional y sin causa aparente, a la natural consternación se
sumaron algunos jocosos comentarios sobre la insólita coincidencia de
los apellidos, aunque no eran pocos los Ongaro de Arcobaleno, quizá
sólo unidos por un remoto antepasado. Pero cuando el asesinado fue
Antonio Ongaro, empleado administrativo, única víctima real, singular
objetivo de una mano aborrecida, cesaron las bromas y ya no se habló
de coincidencias, sino de acontecimientos sorprendentes y de
justificado temor. Los Ongaro se demoraban en sus casas, sus
parientes eludían las visitas. En ocasiones, se los descubría
introduciéndose, al atardecer, en un bar o en un cine con ademanes de
histérica despreocupación. Lo cierto es que uno a uno fallecieron
Domingo, Juan, Diego y Vicente Ongaro. En algunos casos, la familia
ofrecía confusas explicaciones de sus muertes: una intoxicación
originada por unos medicamentos ingeridos por descuido o un súbito
ataque al corazón provocado por un exceso de esfuerzo. Era una
maldición de la que se negaban a formar parte. Perplejos y asustados,
los supervivientes planeaban huir en medio de la noche. Una secreta
culpa, oscuramente deseosa de expiación, los retenía, sin embargo,
entregados a su destino. ¿Para qué huir?, ¿cómo huir?, ¿adónde huir?,
se preguntaban. Tarde o temprano se había de pagar, razonaban,
aquella humillación, aquel fraude, aquella fatal indiscreción. Y
esperaban su turno: una falsa pista para una sola muerte verdadera.

Carlos Vitale (Buenos Aires, 1953) es Licenciado en
Filología hispánica y Filología italiana. Ha publicado Unidad de lugar
(2004), Descortesía del suicida (2008), Cuaderno de l’Escala (2013), Fuera de
casa (2014), El poeta más crítico y otros poetas italianos (2014)
y Duermevela (2017).

Corazón joven

Paola Tena tomadado del microdecamerón

A doña Juana le trasplantaron un corazón a los setenta y dos años; el suyo ya no daba ni para lo mínimo.

—¿De dónde vienen estos corazones? —le preguntó al anestesiólogo, tumbada sobre la camilla del quirófano.

—De donantes —contestó él, colocándole la máscara de oxígeno.

—¿Y de quién era este? —preguntó otra vez, quitándose la mascarilla de un manotazo.

—Eso no se sabe, doña Juana, son datos confidenciales. De un joven, supongo, alguien de veinte años a lo más que habrá muerto en un accidente. Ahora, a dormir.

Lo que oyó le impactó de tal modo que mientras se hundía en el sopor del fentanilo hizo un juramento: le mostraría a ese corazón todo lo que se perdió por la crueldad del destino. Así que cada domingo emprendía una caminata de tres horas por los montes, que remataba bebiendo ron y bailando hasta la madrugada, y al mismo tiempo se enamoró perdidamente de una pelirroja que le abrió las puertas del paraíso terrenal a su joven corazón. Y todo por ese donante; si por ella fuera, reflexionaba doña Juana recorriendo el país en moto, se hubiera dejado morir gustosamente en el quirófano.

***

Paola Tena (Chihuahua, Chihuahua, 1980). Pediatra es su identidad “oficial”. Escritora es su personalidad no tan secreta. Ha publicado microcuentos en varias antologías y revistas dedicadas al género minificcional. Ha sido ponente en sesiones de animación a la lectura. Imparte talleres de Escritura Creativa y elaboración de fanzines. Es autora de Las pequeñas cosas (Ediciones La Palma, 2017), su primer libro.

Revista Microfilias: CUATRO MICROS DE PAOLA TENA

Karma

de Fernando Sánchez Clelo

KARMA

Fernando Sánchez Clelo

Incorpóreas, emergiendo del limbo, dos almas despertaron. Recordaron sus vidas pasadas juntas: la fuerza del amor las hizo inseparables más allá de la muerte. Vislumbraron la eternidad unidas y, para su nueva reencarnación, se amalgamaron, se hicieron una.

Años después de renacer, él se autonombró Freddie Mercury.

Asiste a la plática literaria con Fernando Sánchez Clelo

Fernando Sánchez Clelo (Puebla, Puebla, 1974). Entre sus obras más recientes están La letra de bengala (2019), Un reflejo en la penumbra (2016) y Resonancias (2018), antología realizada con Gloria Ramírez. Es director de la colección Ficción Express en Publicaciones BUAP.

Los boquiabiertos

de Eduardo E. Vardé



Como una flor desmembrándose, la gente se apartaba del pasillo
para abrir paso a esos dos que se venían corriendo. Cuando el tren se
acabó, la persecución también. Quedaron cara a cara, dispararon. Una
bala atravesó el furgón hacia el carterista, mientras que otra atravesó el
lugar en sentido opuesto, hacia el policía. Los disparos se cruzaron
frente a los inertes boquiabiertos. Cuando los proyectiles hubieron
impactado en sus respectivos objetivos, los testigos creyeron que eso
era el fin. Menos uno, quien afirmó que las balas siguieron surcando el
aire, llegaron a la casa de cada muerto, ubicadas en barrios similares,
bajos y pobres, y atravesaron a cada mujer y a cada hijo, ultimando
mucho más que dos vidas.

La quietud
—¡Quieta ahí! —exclamó mientras la arrinconaba contra el
portón— ¿Tus labios o la vida?
Ella bajó los párpados, lenta, temerosa y se entregó en la quietud
a su suerte.

PN en búsqueda de hombre se presume hirió de bala a otro en riña


Eduardo E. Vardé (Buenos Aires, 1984). Estudiante, docente,
escritor y ser humano.
Contacto en http://eduardovarde.blogspot.com

Tomado de » o ispara usted o disparo yo» antologa Lilian Elphick

Se busca final

Azucena Rodriguez


Claro que tuvimos un final feliz. Y por supuesto que, como
siempre sucede en las malas comedias románticas, no supe
reconocerlo. Y, finalmente, ni siquiera reconocí el final triste
.

Tomado del Microdecamerón organizado por Paola Tena

Adriana Azucena Rodríguez - Detalle del autor - Enciclopedia de la ...

Amor de Jovenes

De Paola Tena del Microdecamerón


Mi tía se escapó a los catorce años con un novio al que había
conocido en un campamento de verano. Las vecinas, enteradas
de todo el idilio incluso antes que los interesados, le informaron
al abuelo que la pareja había puesto rumbo a Cuencamé. Él bajó
una maleta del clóset y metió a la carrera las dos cosas que le
cupieron, después de dar parte de la fuga a la señora Marisa,
madre del novio y antes de pasar a recogerla en su Golf verde del
‘59; cada quien se iba a ocupar de su hijo, él ya cumplía con
haberle avisado.
Cuando llegaron a la estación del pueblo el autobús ya
había salido, así que condujeron ocho horas hasta Cuencamé en
el carrito destartalado de mi abuelo, tiempo que les dio de sobra
para contarse los vericuetos y avatares de la vida de cada uno, y
encontrar que al fin y al cabo no eran tan diferentes, e incluso
hasta se caían bien. Sorprendieron a los enamorados en la
carretera pidiendo aventón de noche para ir hasta la Ciudad de
México. El viaje de regreso fue de silencio sepulcral por parte de
mi abuelo y reproches sin fin por la de la madre.
Los jóvenes enamorados se separaron al volver al pueblo
y nunca más volvieron a dirigirse la palabra, pero el amor a veces
triunfa: cuando el abuelo falleció, entre sus cosas encontramos un
atadito de cartas románticas, todas con la misma firma: Marisa.

Gente de pocas palabras - Programa 146 - Las pequeñas cosas ...

Pandemia perene

de Dina Grijalva

Tomado del Minidecamerón. Compilado por Paola Tena

Se conocen, se enamoran locamente, sufren por las jornadas
laborales que les impiden estar mucho tiempo gozando de su
amor, llega un virus letal, el gobierno obliga a toda la población a
quedarse en casa. Se encuarentenan –y todo lo demás– en la casa
de ella. Desean que el virus no desaparezca jamás.

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Dina Grijalva es escritora y ensayista. Doctora en Letras por la UNAM. Profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente realiza una Estancia Posdoctoral en la Universidad de Salamanca, en donde investiga sobre la narrativa erótica en lengua española. Entre sus libros de ensayos destacan: Eldorado: Mito y evocación en la narrativa de Inés Arredondo y Eros: Juego, poder y muerte. Suslibros de minificciones son: Las dos caras de la luna y Goza la gula.

Casamiento

de Katalina Ramírez

Tomado del Minidecamerón compilado por Paola Tena


En el primer viaje de ella (hacia él; hacia el cuerpo de él, hacia su
piel y sus manos, hacia su cama y su habitación diminuta), se
vaciaron y volvieron a llenar el uno en el otro y la otra en el uno
múltiples veces, y sus hilos se trenzaron —por primera vez— de
forma paralela en calles, pueblos, restaurantes, museos, tiendas,
en un parque, en un templo, en un mirador (donde observaron
miles de hilos tejerse y se imaginaron a sí mismos repetidos hasta
el infinito hacia atrás y hacia adelante —como los mira Dios desde
su omnipresente asiento—) para volver a su camino
perpendicular en un aeropuerto.
Al volver, Helena, la enamorada Helena, no quería seguir
esperando, así que se casó con la única persona que no se
marcharía jamás: con ella misma.

Katalina Ramírez (Puebla, 1990). estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía y un diplomado en Edición y comercialización de libros, el cual ella misma gestionó, en la Universidad Iberoamericana de Puebla. Ha organizado eventos masivos de fomento a la lectura, como la primera Feria del libro infantil en Puebla, talleres de edición, entre otros. Actualmente trabaja como editora de manera independiente con diversas editoriales. Ha impartido clases de Literatura, y actualmente imparte la clase de Edición en la Universidad Anáhuac. Escribe microcuentos y poemas, y ha publicado textos de dichos géneros en seis antologías internacionales y en diversas revistas nacionales.

Despedida

de Ernesto Tancovich


Ella sabía que él vendría. Él no sabía que ella sabía. Emboscada
en la oscuridad espera. Desde allí distingue las finas líneas de luz que
contornean la puerta. Oye la pava bullir en la cocina, que olvidó
apagar, y piensa en los platos aún sucios. Oye pasos afuera, que se
acercan, se detienen. Gira la llave, sigilosa. La vertical de luz se
ensancha, como si un telón se corriese, generando un rectángulo
amarillento. En el rectángulo se recorta la silueta del visitante. Entra,
con pasos medidos, cautelosos, revólver en mano. Ella se había
prometido no dudar y dispara, Una, dos veces, tres. Él da pasos de
ebrio, a un lado, a otro y se desploma, gatillando en la caída. El
proyectil da en el cielorraso. Hay una breve lluvia de arenas. Da
rugidos de animal, revolviéndose en el suelo, en borboteos de sangre.
Ella jadea, su cuerpo entero tiembla. Piensa que debería rematarlo,
detener el surtidor de aguas rojas que ahogan el grito. Y a la vez,
fascinada, mira esos ojos despavoridos que la miran. Él se va
aquietando, una mano invisible lo aprieta, los ojos blanquean. Ella
guarda su pistola en el bolso, ya preparado para el viaje. Va hacia la
puerta eludiendo los charcos, la cierra. Ya en la calle, que huele a
jazmín, recuerda una vez más los platos sin lavar, la hornalla
encendida. Siempre, aún de chica, le fastidió dejar algo pendiente. Con
esa desazón se aleja, noche adentro
.

«O dispara usted o disparo yo » compilación de Lilian Elphick

efectos de no lavar los platos