Amor de Jovenes

De Paola Tena del Microdecamerón


Mi tía se escapó a los catorce años con un novio al que había
conocido en un campamento de verano. Las vecinas, enteradas
de todo el idilio incluso antes que los interesados, le informaron
al abuelo que la pareja había puesto rumbo a Cuencamé. Él bajó
una maleta del clóset y metió a la carrera las dos cosas que le
cupieron, después de dar parte de la fuga a la señora Marisa,
madre del novio y antes de pasar a recogerla en su Golf verde del
‘59; cada quien se iba a ocupar de su hijo, él ya cumplía con
haberle avisado.
Cuando llegaron a la estación del pueblo el autobús ya
había salido, así que condujeron ocho horas hasta Cuencamé en
el carrito destartalado de mi abuelo, tiempo que les dio de sobra
para contarse los vericuetos y avatares de la vida de cada uno, y
encontrar que al fin y al cabo no eran tan diferentes, e incluso
hasta se caían bien. Sorprendieron a los enamorados en la
carretera pidiendo aventón de noche para ir hasta la Ciudad de
México. El viaje de regreso fue de silencio sepulcral por parte de
mi abuelo y reproches sin fin por la de la madre.
Los jóvenes enamorados se separaron al volver al pueblo
y nunca más volvieron a dirigirse la palabra, pero el amor a veces
triunfa: cuando el abuelo falleció, entre sus cosas encontramos un
atadito de cartas románticas, todas con la misma firma: Marisa.

Gente de pocas palabras - Programa 146 - Las pequeñas cosas ...

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