Despedida

de Ernesto Tancovich


Ella sabía que él vendría. Él no sabía que ella sabía. Emboscada
en la oscuridad espera. Desde allí distingue las finas líneas de luz que
contornean la puerta. Oye la pava bullir en la cocina, que olvidó
apagar, y piensa en los platos aún sucios. Oye pasos afuera, que se
acercan, se detienen. Gira la llave, sigilosa. La vertical de luz se
ensancha, como si un telón se corriese, generando un rectángulo
amarillento. En el rectángulo se recorta la silueta del visitante. Entra,
con pasos medidos, cautelosos, revólver en mano. Ella se había
prometido no dudar y dispara, Una, dos veces, tres. Él da pasos de
ebrio, a un lado, a otro y se desploma, gatillando en la caída. El
proyectil da en el cielorraso. Hay una breve lluvia de arenas. Da
rugidos de animal, revolviéndose en el suelo, en borboteos de sangre.
Ella jadea, su cuerpo entero tiembla. Piensa que debería rematarlo,
detener el surtidor de aguas rojas que ahogan el grito. Y a la vez,
fascinada, mira esos ojos despavoridos que la miran. Él se va
aquietando, una mano invisible lo aprieta, los ojos blanquean. Ella
guarda su pistola en el bolso, ya preparado para el viaje. Va hacia la
puerta eludiendo los charcos, la cierra. Ya en la calle, que huele a
jazmín, recuerda una vez más los platos sin lavar, la hornalla
encendida. Siempre, aún de chica, le fastidió dejar algo pendiente. Con
esa desazón se aleja, noche adentro
.

“O dispara usted o disparo yo ” compilación de Lilian Elphick

efectos de no lavar los platos

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