García Márquez, ‘el novelista en castellano más importante después de Cervantes’

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Al extremo de Rubén García García

Sendero

La cochinilla es excelente para pintar de carmín alimentos veganos. Los veganos lo ignoran, y algunos al enterarse que el rojo emana de un insecto, sienten que han caído en pecado, y para limpiar su impureza se flagelan con pencas de nopal que es donde se cultiva el insecto.

El torneo de pesca de Rubén García García

Sendero

l torneo de pesca de Rubén García García

Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré. Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.

¡Lléveme al aeropuerto! por favor.

En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. En treinta minutos me situé frente a su casa. Los faroles prendidos y el silencio se rompía por algún carro en la lejanía.

La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Identifiqué la escalera que conduce al sótano, abrí la puerta presionando la manija. Llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Siempre dejo la ventana entrecerrada» me dijo alguna vez. Sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo estaba compitiendo en un torneo de pesca. Dormía profundamente en una cama enorme. Ingresé al baño. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado.

Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.

— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.

De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.

—¡Qué haces aquí!

A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado.

—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.

—¡Vete!, vete de aquí.

Tenía ansiedad en la cara.

—Mi marido no tardará en llegar.

—Él está en la pesca del Sábalo.

—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.

—Pero entonces…

—No tienes ni un minuto.

Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.

—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.

Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso, se pasa a otro y las manos acariciando el talle , la espalda, la nuca, y las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde.

Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.

—Mamá, mamá, ya me voy.

Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.

—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.

Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:

— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.

Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella que se estremece cuando le susurro las palabras en el monitor. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría por el polvo y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Escuché sus ronquidos. Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Tocaron quedo. Cuando entreabrió la puerta, encontró a su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.

En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté

— ¿Mi maleta?

Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de un mueble. Cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.

— ¿Me puedo despedir de papá?

— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.

— Y ese equipaje?

—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.

— Mejor regálamelo.

— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.

Escuché sus pisadas bajar con rapidez.

—Qué bueno que no te vio mi hija.

Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.

— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?

Ella no pudo ocultarme.

—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.

Así que volvimos sobre nuestros pasos.

— Perdona.

Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:

— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.

Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé. «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio la maleta.

— ¡Ahora sí lárgate! esa chismosa ya se habrá ido.

Tomé el maletín, moví la cabeza y hablé con fuerza:

-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.

Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.

— ¿Te vas sin darme un besito.

El cuento latinoamericano: Argentina (23) — Lapizázulix la galaxia del cuento

Sueños, entresueños, (des)engaños “Dibujo” Con claridad soñó que el que lo creaba, moría. Al día siguiente no pudo despertar ninguno de los dos. MOPTY DE KIORCHEFF, ANA MARÍA (Argentina, 1948) El otro lado de la cama Luego de más de quince años de matrimonio, una noche ensayaron una novedad: intercambiar los lados de la cama […]

El cuento latinoamericano: Argentina (23) — Lapizázulix la galaxia del cuento

10 poemas esenciales de Alfonsina Storni y sus enseñanzas – Cultura Genial

https://www.culturagenial.com/es/poemas-esenciales-de-alfonsina-storni/

5 libros que definen a Annie Ernaux, Nobel de Literatura 2022 – Uno TV

https://www.unotv.com/internacional/5-libros-que-definen-a-annie-ernaux-nobel-de-literatura-2022/

Un saxofón en el bar de Rubén García García

sendero

Me estremecí con tu olor de varón, tu piel cuchicheándome al oído. La tela plegada a mi pezón me encendía en un placer doloroso. No pude más y me quité la braga. Desde mi lugar veía solo dos mesas una en la que jugaban ajedrez y en la otra un tipo que escribía. Un saxofón. Mi vestido amplio, oscuro y la poca luz ocultaron lo que hacía. Cuando me atreví el mesero hizo una seña, como interrogando si deseaba algo y con un ademán le di a entender que no. Sentirme sobre ti y con mis dedos felinos al centro. ¡Nadie puede evitarlo! Muerdo la servilleta para no gemir… Es culpa, miedo y algo más que no defino. ¡Me insulto! Tal vez sólo trato de defenderme de lo que creía imposible hacer, tal vez sólo limpio o ensucio mi conciencia, Me maldigo porque quizá un día no me importen los veinte años de matrimonio ¡qué se vayan al desagüe! Temblorosa salí del bar con el libro bajo el brazo.

Pura pasión, Annie Ernaux

Premio Nobel 2022

Avatar de alexanderzarateormaecheFragmentos literarios de Solaris

 
«Durante todo este tiempo he tenido la impresión de vivir mi pasión en clave de novela, pero ahora no sé en qué clave la estoy escribiendo,si en la del testimonio, o de la confidencia -como suele ser habitual en las revistas femeninas-, en la del manifiesto o del atestado, o incluso del comentario de texto.
No estoy relatando una relación, no estoy contando sólo una historia (que solo capto a medias) con una cronología precisa, <<vino el 11 de noviembre>>, o aproximada, <<transcurrieron unas semanas>>. Para mí no había cronología en esta relación,sólo conocía la presencia o la ausencia. Me limito a acumular las manifestaciones de una pasión y a oscilar incensantemente entre <<siempre>> y <<un día>>, como si este inventario fuera a permitirme alcanzar la realidad de esta pasión. Por supuesto, aquí, en la enumeración y descripción de los hechos, no hay ironía ni escarnio, que son…

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Todo se parece… de Rubén García García

Sendero

El aroma del café salta de casa en casa. La neblina no se despereza y sigue en reposo. En el pueblo de Tlen repiquetean las campanas llamando a misa. La niña de ojos negros se entretiene haciendo dibujos en el vidrio de la ventana que da al patio. Mira que la niebla se arrastra bajo el manzano: «es una boa que repta». Algo más le ha llamado la atención. Es el gato de Juan, su amigo de la escuela, que brinca sobre la serpiente de humo y cae sobre el charco llenándose de barro. Romi explota en una carcajada, y recuerda que ayer, Juan se tropezó frente a su casa. El gato con lodo y su amigo también.

Perseverancia de Rubén García García

Sendero

Salió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal reconoció a la misma araña que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos

Los posos de Rubén García García

Sendero

En el departamento del tío, la sala de estar con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Un grupo de muñequitos vivía en las mesitas y esquineros. Dos veces al día eran meticulosamente limpiados. El reloj que cada hora daba la cuota exacta de campanadas, el espejo situado en lo alto de la pared era un ojo registrando cualquier movimiento. Las lámparas sobre los esquineros parecían dos torres.

En la noche, para ir a mear, iba sigiloso. Los botones del pijama los aseguraba. Cerrado el baño. Salía el chorro grueso y enérgico que caía golpeando el agua del retrete. Rompía la profundidad de aquel silencio. Sentía que meaba sobre sonajas y el éxtasis llegaba al bajar la palanca que hacía un ruido de hipos mayúsculo. Disfrutaba del ruido, que a él le parecía música. Acostado en línea recta sobre la impoluta sábana se abría paso una inesperada erección, a la cual cumplía con suspiros y chillidos de gato bebé.

Aurora Luque: «La poesía no consuela tanto como la religión, pero acompaña»

https://es.noticias.yahoo.com/aurora-luque-poes%C3%ADa-consuela-religi%C3%B3n-094925389.html