Llegó a su casa con hambre. En la cocina había sopa con pescuezos y patas de pollo. Al mordisquear el hueso tuvo un dolor intenso en la encía. Extrajo la prótesis dental y la puso sobre la mesa. Los huesos, en vez de tirarlos al cesto de la basura se los dio al perro que dormía bajo el árbol. Regresó a la cocina y al no encontrar el puente dental, corrió a buscarlo, pero el aparato bucal se hizo ojo de hormiga. El perro deseoso de más alimento se hizo el aparecido moviendo de un lado a otro la cola. Él pensado lo peor, lo tomó de la cabeza forzándolo a abrir las fauces, desesperado introdujo los dedos. El animal le clavó los colmillos en la mano. Fuera de sí, sujetó al perro del cuello, ambos rodaron por el suelo. Él apretándolo, el perro luchando por zafarse. Pateaba, gruñía, arqueaba el espinazo y por el esfuerzo el can lo bañó de excremento desde el cuello hasta el pecho. Se distrajo y el animal huyó. Con rabia buscó una piedra y solo halló un proyectil irregular que lo hizo volar buscando la cabeza del perro.
Cuando se bañaba, tuvo un repentino entendimiento y en bata se fue a la calle con una lámpara. Recordó que el objeto que le tiró al perro no tenía la textura de una piedra, sino que era muy liviano. Después de una búsqueda minuciosa, palmo a palmo, había encontrado su prótesis. Estaba hincado en medio de la calle, mirando el cielo y dándole gracias a Dios, cuando fue arrollado por la bicicleta del vigilante que perseguía a un ladrón. Rodó con un dolor intenso en la boca. Horas después era intervenido por fractura del maxilar inferior. Luego de dos meses quiso ponerse la prótesis, pero con horror se dio cuenta que no le ajustaba. Ha cambiado. Se ha vuelto medroso y es que el perro bajo el mango lo acecha.
Normalmente empleamos comas para separar oraciones seriadas. Si estas oraciones comparten el mismo verbo, solo lo usaremos la primera vez, y lo «callaremos» en la siguiente -o siguientes- oraciones porque se entenderá perfectamente.
El problema se da a la hora de puntuar estas oraciones compuestas. En el lugar del verbo «callado» (la elipsis), pondremos comas, pero donde estaban las comas originales que habíamos utilizado para separar las oraciones en serie, pondremos punto y coma [ ; ]. Ejemplos con dos oraciones seriadas:
• María escribe en Facebook; Pedro, en Twitter.
• El Gobierno pretende ejercer su autoridad; los narcotraficantes, su poder sobre la autoridad.
Ejemplos con tres oraciones seriadas:
• Jorge come manzanas; Alberto, duraznos; Marcos, guayabas.
• La SEP falla a los niños; el SNTE, a los maestros; las escuelas, a toda la sociedad.
También existe la opción de usar la secuencia [ , y ] en lugar de punto y coma:
• Jorge come manzanas; Alberto, duraznos, y Marcos, guayabas.
• La SEP falla a los niños; el SNTE, a los maestros, y las escuelas, a toda la sociedad.
El correcto uso del punto y coma y la coma en casos de elipsis aclarará el sentido de la proposición el 99 por ciento de las veces. Si ponemos atención a este detalle, nuestra redacción será más clara y precisa.
Sintió la tibieza de una boca en sus labios. El tren del medio día había cruzado el túnel y la claridad volvió. Los cuatro pasajeros parecían dormidos y de pelo en pecho.
En mi espacio de relax en la oficina, me da por imaginar que te platico los cotilleos que hacen mis compañeras de oficina, mientras bromean y tomamos café. En mi dormitorio, entre los susurros del acondicionador de aire, me gustaría que estuvieras en mi cobijo. Amo el placer de decir lo que sucede, lo que vuela por mi interior. Me estremece paladear los gajos de tu nombre, y gritar en silencio lo que no puedo decir en voz alta. fantasear que eres tú quien levanta mis piernas y entre el agua desbordada percibir en mi senda la marcha de tu infantería. Exhausta, abrazo a mi almohada.
El tintineo de un reloj, el tintineo de una campana y el sonido de alguien respirando. Algunas veces era así en el apartamento del tío. El salón con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Dos lámparas en las esquinas que parecían torres.
En las mesas y jugueteros vivía el grupo de muñequitos de porcelana. Dos veces al día se limpiaban meticulosamente. El reloj daba las campanadas cada hora, y cuando lo hacía, era como si alguien saliera del cuerpo del tío, dejándolo solo con sus pensamientos y recuerdos.
Ayer a las quince horas de Greenwich se dieron a conocer noticias catastróficas para las bolsas del mundo: murió la gallina de los huevos de oro, el vellocino de oro desapareció y el rey Midas agoniza de inanición. Solo se está en espera de que la expedición que se armó con los mejores gambusinos del mundo de la buena noticia que por fin encontraron el tesoro de Moctezuma.
La cochinilla es excelente para pintar de carmín alimentos veganos. Los veganos lo ignoran, y algunos al enterarse que el rojo emana de un insecto, sienten que han caído en pecado, y para limpiar su impureza se flagelan con pencas de nopal que es donde se cultiva el insecto.
Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré. Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.
— ¡Lléveme al aeropuerto! por favor.
En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. En treinta minutos me situé frente a su casa. Los faroles prendidos y el silencio se rompía por algún carro en la lejanía.
La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Identifiqué la escalera que conduce al sótano, abrí la puerta presionando la manija. Llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Siempre dejo la ventana entrecerrada» me dijo alguna vez. Sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo estaba compitiendo en un torneo de pesca. Dormía profundamente en una cama enorme. Ingresé al baño. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado.
Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.
— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.
De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.
—¡Qué haces aquí!
A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado.
—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.
—¡Vete!, vete de aquí.
Tenía ansiedad en la cara.
—Mi marido no tardará en llegar.
—Él está en la pesca del Sábalo.
—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.
—Pero entonces…
—No tienes ni un minuto.
Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.
—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.
Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso, se pasa a otro y las manos acariciando el talle , la espalda, la nuca, y las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde.
Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.
—Mamá, mamá, ya me voy.
Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.
—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.
Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:
— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.
Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella que se estremece cuando le susurro las palabras en el monitor. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría por el polvo y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Escuché sus ronquidos. Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Tocaron quedo. Cuando entreabrió la puerta, encontró a su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.
En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté
— ¿Mi maleta?
Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de un mueble. Cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.
— ¿Me puedo despedir de papá?
— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.
— Y ese equipaje?
—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.
— Mejor regálamelo.
— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.
Escuché sus pisadas bajar con rapidez.
—Qué bueno que no te vio mi hija.
Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.
— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?
Ella no pudo ocultarme.
—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.
Así que volvimos sobre nuestros pasos.
— Perdona.
Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:
— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.
Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé. «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio la maleta.
— ¡Ahora sí lárgate! esa chismosa ya se habrá ido.
Tomé el maletín, moví la cabeza y hablé con fuerza:
-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.
Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.