La seña del murmullo es un conjunto de textos que le da la palabra a las voces marginadas. El viajero que tarda en llegar a su destino bajo un sol quemante. Las familias que han visto irse a sus seres queridos en busca de recursos. El matrimonio que vive en la sierra y baja en la madrugada con el niño porque se ha puesto grave. Aquel que llega tarde al entierro de la hermana y escucha ruidos en la fosa. La madre que va de pueblo en pueblo buscando a su hijo que está desaparecido y momentos de risa como el del médico que no encuentra compañero para tomarse una cerveza, o bien el paciente que se ve obligado a comer tlacuache (zarigüeya) para recuperar la salud. El médico tiene que atravesar el cementerio para poder tomar el transporte y siente que lo siguen. El libro contiene treinta textos donde los personajes dejan su quehacer.
La seña del murmullo (Colección Digital de Microficción Iberoamericana nº 14) Edición Kindle
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Era un adolescente y pregunté al subdirector de la secundaria si la institución me apoyaba si yo escribiese un libro. El profesor Cobos se ajustó los lentes y exclamó: «¡Claro Rubén! sería un honor para la instiución. La bondad del maestro para no romper el sueño de un adolescente que armaba versos de «yo, un joven que te ama y te adora» Llegó la vida con prisa y casi sesenta años después y veinte de estar «picando piedra» se hizo realidad el sueño. Gracias mil a la editora y al maestro Homero Carvallo por ser causa de mi agradecimiento y mi alegría. El adolescente Rubén y el viejo también.
La presentación del libro esta programada para el 3 de febrero del 2023. Estará en Amazon.
Estaban hechos el uno para el otro. Ella sádica, él masoquista. Por negocios ella salió de la ciudad. Él, ansioso, esperaba su regreso. Cuando llegó, pretextó jaquecas, cólicos y él sentía que el aire respirado era insuficiente. Ella indiferente escaneaba su sufrimiento. «hay demasiado aire, pero si deseas te llevo al bosque» en el cielo de su interior había una lluvia de estrellas. Tanto era la insistencia de él, que de vez en cuando lo azotaba con desgano y suplicaba: más duro, más, pero fiel a su sadismo, siempre lo dejaba a la mitad.
Alberto Chimal Nació en Toluca, Estado de México, el 12 de septiembre de 1970. Narrador, dramaturgo y ensayista. Realizó el diplomado de la Escuela de Escritores en la SOGEM y la maestría en Literatura Comparada en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor de la Universidad Autónoma de Coahuila, de la Escuela de Escritores del Estado de México, de la Escuela de Escritores de la SOGEM, de la Universidad Iberoamericana y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaborador de Arena, Casa del Tiempo, Crítica, El Ángel, Hoja por Hoja, La Jornada Semanal y Letras Libres. Parte de su obra ha sido traducida al italiano. Becario del FOECA-Estado de México, 1994 y 1996, y del FONCA, 1997; artista residente en el Banff Centre for the Arts en Alberta, Canadá, 2002. Miembro del SNCA. Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido. Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco. Premio Nacional de Cuento Benemérito de las Américas 1998 y Premio Kalpa 1999 por Se ha perdido una niña. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002 por Estos son los días. Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada 2014 por Manda fuego. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, húngaro y esperanto.
¿a quién prefieres a mamá o a papá? Contestaría sin titubear, que a mi padre. Si mi papá me hablara duro, golpeado, o peor, me dejara de hablar quedaría muda de sentimiento y correría a mi cuarto. Por fortuna no paso, ¿o sí? Fue la vez que vi a Margot, mi amiga, ponerle un chicle en la bolsa del profesor. El mentor no se percató y cuando buscó sus llaves… la niña que estaba cerca de él era mi amiga Margot. «Tú fuiste» «yo no fui, yo platicaba con Dané» El maestro siguió con su clase y no pasó a mayores. Por la mañana hice lo mismo y lo puse en su calcetín, mientras mi padre se bañaba. «¡qué tonta!» él, se dio cuenta al verme los ojos. «¡estás castigada!, no tendrás tus galletas de año nuevo que tanto te gustan»
Esa noche iba en el auto con mi padre. Me distraía con el fulgor de las figuras que adornaban las calles de la ciudad. Aparcó el carro frente a la tienda de pasteles. La vitrina rebosante de panecillos.
—¡Papá, papá cómprame mis galletas!
—Ya no recuerdas que estás castigada. — Le contestó con voz seca. Ella hizo un silencio.
—Ahora vengo.
—¡No me vas a llevar! Se fue sin contestarme.
No pude más y lloré. lloré sin gritos, con un dolor que se atoraba en mi pecho y garganta. Un señor extraño tocó el parabrisas del carro. «¡Niña! niña… estás de suerte, mira que mi hija no quiere galletas de chocolate. Te las regalo». Y siguió su camino. No me atreví a decirle a mi papá. Durante mucho tiempo creí que la fortuna me había sonreído, por haber degustado las crujientes achocolatadas en soledad. Hoy celebraremos el año nuevo y recordé a mi padre con su sonrisa abierta y sintiendo su abrazo apretado. Ahora comprendo que el desconocido era mi padre, en otra persona.
-Danéee, Danéee… ya estás lista! Apúrate o llegaremos tarde para la cena de año nuevo. La voz de mis sobrinas apurándome.
Tomé la foto de mi padre y poniéndola en el bolso me dije: «cenaremos juntos papá»
Cuanto tiempo perdemos en expresar lo que ya está dicho, sin tener en cuenta que la emoción dirige nuestro camino, ya no hay sombras que gobiernen nuestro ardiente corazón, atrás se ha quedado todo aquello que sólo era una ilusión. Tus rasgos se pierden, se evapora el tiempo, y acalla la vida, pero no hay […]
Tiene la tarde una espesa niebla, que no la recuerdo tan densa. En la calle del pueblo las personas parecen fantasmas. Hace una hora creí reconocer a un tio, ya finado, con el que jugaba dominó por las noches. Pensé que había sido una ilusión, pero detrás de mí escuché su voz que me dijo «te espero en el taller. Abriremos la garrafa de caña que curamos con nanche hace diez años» Seguí mi camino hacia el rancho y me entretuve deshierbando la milpa. De regreso recordé la voz y me dije « a ver si tienes tantos huevitos como para ir al taller del tío, ¡ja! ¡Yo no le tengo miedo, ni al mismo diablo! Es cierto, el taller estaba cerrado, pero sabíamos cómo destrabar la puerta. Me di cuenta que mi mano temblaba, y mi corazón parecía tocar una puerta. Al entrar, un quinqué espantaba a duras penas la oscuridad. Desde el fondo la voz de mi tío:« pensábamos que te habías arrepentido. Mira aquí tienes a Tencho, tu pareja de juego. Decía que el dominó no era el mismo si tu no estabas y a él le debes que estés aquí con nosotros. Siéntate, que la garrafa te esperaba para ser abierta y brindar por tu llegada» Tarde, pero comprendí.
Poco me atrevo a añadir a la Música. Poco a la interpretación de mi admirado Luciano Pavarotti. Cerrar los ojos y dejarme invadir por la emoción recordando a mi tío Juanjo (tenor y director de un coro de hombres) que tantas veces nos impresionó en las fiestas familiares. Un abrazo hondo allá donde estés.
Mientras buscan a donde acomodarse en el salón de clase de la escuela, las señoras del pueblo de las nubes se saludan y el vaho denso y nuboso sale de su boca. De las casas cercanas llega el olor a café. Presido la mesa del comité de salud. Las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión. Se hacen señas, muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto soportando las ráfagas de viento frío. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.
«Puedo verte a la distancia. Si tú pudieras hacerlo verías la sombra del cedro en mi rostro»
Me preguntan, discuto. Así son las mesas de trabajo.
Espero otro silencio para imaginar que nos damos vueltas con los brazos abiertos, para recoger el paisaje. Allá el monte del abuelo con su pinar, abajo el rio que serpea entre las lajas.
Finalizó la reunión.
Las mujeres mayores, se enteran que me gustan las flores, desean enseñarme su jardín.
—Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo.
Yo acepto. Otras me ofrecen violetas.
—Para que se las lleve a su novia.
Nadie nota mi urgencia de subir al vehículo. Es un viaje largo. Cuando llegue me embarcaré en el río de tu espalda para sembrar en tus orillas los coditos y flores que me dieron en el pueblo de las nubes. Eterno se me hace el viaje, pero que placentero es sentir cosquillas en el corazón.
Nuestro planeta y la evolución de los seres vivos se encuentra lleno de sorpresas, millones de imágenes recorren a diario revistas, periódicos y otras fuentes de divulgación sobre los hombres y mujeres, rostros, piel, tamaño, atuendos, miradas, destrezas y muchas otras características físicas, emocionales y de conocimiento. También los animales terrestres, acuáticos y voladores nos […]
«Tanta timidez tiene su corazón, que no se atreve. No soy yo quien tiene que dar el primer paso. No me obligue».
Mensaje que estaba entre las páginas de un libro. Lo ojeaba. Editado en 1950. “mil poemas de amor” Mi interés no eran los poemas seleccionados, sino encontrar otro mensaje que me diera información de lo que sucedió.
«¡Por fin! Entró como fantasma en mi sueño. Se acostó a mi lado y sentí su brazo rodear mi cintura. Era él, mi mano reconoció los vellos de su brazo».
Entre los poemas de Neruda y García Lorca y garabateado. «cuando nos cruzamos en un pasillo, nos rozamos. Su mano de ladrón asalta mis caderas y su aliento en mi cuello me perturba.
«Mañana se irá mi tía para cuidar a su mamá… tiemblo».
La pesadilla desatada por el COVID-19, en 2020, encendió las alarmas y sentido de la responsabilidad en la escritora Almudena Grandes, fallecida hace poco más de un año. En la novela Todo va a mejorar presenta un espejismo incómodo.
Frente a mi consultorio vivía la esposa de un vaquero. ¿Y eso que tiene de extraordinario? Cómo tampoco la tiene el hecho de que el vaquero era muy buen vaquero, Nada diferente a otros vaqueros del pueblo: gustaba de la cerveza y gastar lo poco que ganaba en mujeres que cada ocho días arribaban al pueblo. Doña Candi, su esposa, hacia todo lo posible por mantener a la prole, vendía antojitos, lavaba, planchaba. No, nada de pegarle a los hijos, su amor hacia ellos, nunca se vio menguado por las ofensas del vaquero. No, nadie me lo decía, la veía en su quehacer diario, en las caricias que prodigaba con el peine desbaratando los nudos del pelo de las niñas. Algunas veces me saludaba, trayéndome un café con una galleta. Su cara apacible, su silencio, me decían que esa mujer no era capaz de odiar a nadie y que amaba a sus hijos por encima de toda pobrezaUn día el vaquero se fue con otra mujer y ella más vivía para sus hijos. Nada extraordinario; el amor no es noticia.
Una amiga escritora me confió en estos días su preocupación con un problema técnico muy común en nuestro trabajo. Su pregunta era: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?
En primer lugar, habría que preguntarse por qué los escritores de esta época le tenemos tanto miedo al melodrama. Después de todo, como dijo T.S. Eliot,: “No es posible definir drama y melodrama de modo que se excluyan uno al otro; los grandes dramas suelen tener algo de melodramático, y los mejores melodramas llegan a participar de la grandeza del drama”. Por su parte, Fanger y me parece que también algún otro historiador de la literatura definieron al melodrama como tragédie populaire. Cierto: aquí había que atender a las definiciones clásicas de lo trágico, que señalan terror y piedad como sus principales ingredientes, incompatibles con el elemento patético que en cambio es característico del melodrama y del sentimentalismo popular.
Tal vez la repugnancia que sentimos los escritores hacia el melodrama sea precisamente temor a caer en lo patético, a querer representar un gran momento de la vida humana y hacer el ridículo en el intento. Entonces mejor no nos arriesgamos, dado el caso, mejor recurrimos a la elipsis o a la narración indirecta o de plano no nos acercamos a esos momentos. O también, como lo han hecho muchos de nuestros colegas siguiendo la moda imperante, optamos por una visión trivialista de la vida, un discurso deconstruccionista sobre el desmantelamiento de los mitos de la vida emocional, o algo así.
Por otra parte se ha argüido que caer en lo melodramático le quita verosimilitud a la narración. Argumento bastante discutible, porque alguien que sabe hacerlo no tiene por qué padecer ese problema. Y una cosa más que hay que tener en cuenta es que la mayoría de los lectores prefieren una buena novela cursi que una mala novela artística. Después de todo, como Agustín Lara sentenció alguna vez: todo el que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi.
En fin, todo esto viene a que creo que lo más importante ante esta cuestión es relajarse, no tomárselo tan en serio. Total, siempre hay oportunidad de revisar lo escrito y, viéndolo bien, es muy larga la lista de escritores notables a quienes el público lector ha perdonado un párrafo o varias páginas de melcocha, si en el balance general ésta alcanza a justificarse.
En cualquier caso es útil examinar las artes con que algunos maestros han salido airosos del problema. Y de todos los ejemplos que conozco, el que me parece más interesante se encuentra en la obra que Virginia Woolf y muchos otros críticos han aplaudido como la mejor novela de toda la literatura: La guerra y la paz. Como hemos de recordar, una de sus principales líneas argumentales cuenta el romance entre Natasha Rostov y el príncipe Andrei Bolkonsky. Ellos se conocen porque tenían que conocerse (como suele suceder en las novelas y en la vida), se enamoran a primera vista y deciden casarse. Pero ante la oposición de su padre y la necesidad de recuperarse totalmente de una herida de guerra, Andrei le pide a Natasha que pospongan un año la boda. Muy de malas, ella acepta. El príncipe se va a Alemania y desde allá le escribe regularmente a su prometida. Ella le responde del mismo modo. Se extrañan con pasión, como enamorados. Pero ya cerca de que termine el plazo, Natasha se deja deslumbrar por el efébico Anatole Kuragin, desatándose así un conflicto maravilloso que le permitirá a Tolstoy explorar con máxima intensidad sus grandes temas.
Ahora bien, poco después de que los enamorados se conocen, la familia Rostov organiza una partida de caza. Natasha insiste en unirse, a pesar del poco entusiasmo con que los patriarcas de la familia ven su espíritu amazónico. Tolstoy dedica a narrar la cacería dos capítulos admirables, llenos de tensión narrativa, de violencia épica, de poesía. Al final vemos una loba acorralada por los cazadores y los perros. La vemos luchar por su vida con esa ferocidad trágica del que sabe que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. El momento de su muerte es muy poderoso: la imagen se queda en la mente del lector. Luego de este episodio hay un regreso a la vida cotidiana, se vuelve a las otras líneas argumentales y uno ya no piensa más en la loba ni en su mirada a punto de enfrentar a los perros. Pero cuando Natasha, finalmente, confiesa su traición y es interrogada por su familia, Tolstoy ya sólo necesita una pincelada para hacernos entrar en sus emociones: la infiel se queda mirando a sus parientes “como un animal herido mira a la jauría que la acorrala”. No se dice más. No es necesario. No hay lágrimas ni grandes palabras. La imagen de la loba aterrada en medio del bosque salta a la imaginación fundiéndose con la de Natasha y cargando la escena con un sentido ominoso. Es una formidable respuesta a la pregunta de mi amiga: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?